Peccatorum, más que la chica del té 06_La vida de una torum #2
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06_La vida de una torum #2

La doctora se encuentra en arenas movedizas, creo que es muy consciente de que aquí sucede algo que nadie le está contando, pero parece ser prudente y no pregunta.

—A ver, es posible que el desgarro te lo hicieras trabajando si anoche mantuviste relaciones sexuales —comenta la médica intentando centrar su atención en mí, pero la noto inquieta—, que deduzco que sí, porque presentas signos de haberlas tenido.

En tal caso, como médica, es mi obligación recomendarte detener el trabajo si te está haciendo daño, para evitar desgarros como este.

Por otro lado… Si no te lo hiciste trabajando y, dado que te han dado una bestial paliza después de drogarte…

Mi opinión como médica es que te han violado, Ramla. Deberías presentar una denuncia…

—Nadie va a denunciar —interviene la res—. ¿Acaso el presidente puede permitirse un escándalo como este? Recuérdalo antes de volver a insinuar algo así, porque te recuerdo que trabajas para el presidente.

—Sí —dice la médica—, tú también, Amanda, y todos los aquí presentes, lo sé muy bien.

—Ahora me toca la cara con cariño y añade—: Voy a por unas medicinas y vengo a cuidarte, pronto te sentirás mejor.

Ahora, descansa. —Y recoge sus cosas bajo un sepulcral silencio.

Luego, se marcha dando un portazo sonoro, enfadada.

—Vale —dice Amanda algo nerviosa—, vamos a relajarnos todos. Esto no volverá a suceder, ¿de acuerdo? Pero tenéis que mantener la boca cerrada y dejar que haga mi trabajo y os proteja. Si vais contando por ahí lo que no es, habrá consecuencias y no podré evitarlas.

La res le toca con la mano el pecho a Erin de forma cercana y sé que entre ellos hay una historia que viene de tiempo atrás. Él no dice nada y Amanda se marcha.

Nos quedamos solos y yo estoy tan abrumada que no tengo palabras, solo quiero dormir.

—Te he mentido —dice Erin y yo le escruto mientras él camina hacia mi cama con la cabeza alicaída—. Ayer por la mañana… Mis amigos me dijeron que no podían sacarte, que lo intentarían, que estuviese pendiente, pero que me hiciese a la idea de que no sería posible…

No sé qué decir, porque esa información cae como un jarro de agua fría.

—Entonces… —comienzo con la voz rota— soy una torum y no hay escapatoria posible, ¿no?

—La hay, Ramla —me mira directamente a los ojos con tanta fuerza que creo que va a traspasarme—, pero no voy a mentirte, no sé cuándo llegará. Pueden ser horas, días, meses… años —añade con la voz triste.

—¿Quiénes son tus amigos? —pregunto casi sin voz, estoy a punto de dormirme…

—Lo que importa, Ramla, es que algún día mataré a la persona que te ha hecho esto y, después, a todos los involucrados.

Erin me da un dulce beso en la frente que me deja sin palabras, se levanta y se marcha, pero cuando está a punto de cruzar la puerta, grito su nombre:

—¡Erin!

—Ramla…

Nos miramos desde la distancia y sé que no hay más palabras que podamos decir ahora mismo porque hay demasiado dolor implícito en todo lo acontecido.

Él es con quien perdí mi virginidad, con quien pequé en un acto rápido, fogoso y ordenado por quienes tienen el poder, pero, lo reconozco, fue increíble.

La noche fue perfecta hasta que el presidente me dio esa pastilla.

No, no recuerdo los actos que sucedieron después y una cosa es cierta, Amanda tiene razón, ya me siento miserable sin recordarlo.

Así que supongo que, a su manera, la res me protegió.

De una forma retorcida, sí, pero lo hizo.

Erin agacha la cabeza y se va de la habitación. ¿Es posible que se sienta culpable por no haberme podido sacar de aquí?

Las dos semanas de descanso, se convierten en casi mes y medio.

Mi cuerpo se recupera, pero no tanto mi estado emocional.

Creo que estoy deprimida. Erin se esfuerza por hablar conmigo, incluso Fen y Luc, a su manera, se sientan en las comidas y las cenas en mi mesa, pero, habitualmente, permanezco callada.

No hay escapatoria posible, todos los torums que han intentado escapar de sus liberados han sido encarcelados. ¿Sería la cárcel mejor que esto?

Y las semanas se convierten en meses y yo, que no sabía nada de relaciones sexuales, aprendo todos y cada uno de los juegos previos, de lo que es el acto sexual, las mil y una formas de satisfacer los deseos carnales…

Soy una pecadora y ahora tengo claro que no hay un hogar al que regresar, no puedo ser una bendecida con todo lo que he hecho, con todo lo que el presidente me ha obligado a hacer…

A veces pienso en mi novio, supongo que estará en la cárcel. ¿Cómo se encontrará? ¿Qué pensaría si supiese que ahora uso maquillaje y vestidos seductores a diario, que me codeo con hombres y mujeres poderosos y me acuesto con ellos?

Y el ciclo de depresión sigue estando ahí. El presidente no es violento en nuestros actos sexuales, pero no es como con Erin… Y a menudo hago lo que me dijo Alaska: estoy con el presidente, pero imagino que es Erin quien me toca.

Y pasan cuatro meses en un parpadeo y parece que me he acostumbrado a ser una torum.

Hacemos ejercicio para mantener la figura bonita, cuidamos nuestra dieta y asistimos a toneladas de fiestas.

En un par de ellas, he tenido que mantener relaciones sexuales con torums que no trabajan para el presidente.

Con el chico estuvo muy bien, la verdad, creo que llegué a gemir y notar que explotaba de placer, y eso me hace sentir culpable, como si estuviese podrida por dentro.

Con la chica me gustó algo menos, aunque ella se esforzó por que yo disfrutase.

Creo que no me atraen las mujeres como lo hacen los hombres.

Y sí, también he tenido que hacer tríos con el presidente, introduciendo en la ecuación a Alaska, a Luc o a Fen, pero nunca a Erin…

Alguien irrumpe en mi habitación. Me pongo en guardia. Un miedo atroz me recorre el cuerpo, como si, en cualquier momento, la silueta del desconocido que me dio una paliza pudiese aparecer aquí.

Veo a Fen entrar contorsionando sus caderas de forma sensual mientras usa sus manos con esas uñas postizas e inmensamente cuidadas para pulsar el botón que hace que las persianas se suban.

Primero, pienso que viene para decirme que el presidente quiere jugar conmigo, o con nosotras… Pero luego, recuerdo que es mi día libre, el único donde nadie debe molestarme.

—Buenos días, princesita. —Y se mete en mi vestidor a buscar algo.

—¿Ocurre algo, Fen? Hoy es mi día libre.

Ella asoma su cabeza desde detrás de un vestido y me mira con sus ojos rasgados.

—Pues que vamos a celebrar tu cumpleaños.

¿Se ha vuelto loca? ¿Fen queriendo festejar algo conmigo?

Me incorporo en la cama.

—Hoy no es mi cumpleaños.

Ella lanza un vestido en mi dirección.

—Bueno, obviamente, pero como eres doña rara y no tienes redes sociales, no he podido consultar cuándo es tu cumple, así que vamos a celebrarlo hoy. Ponte esto.

Miro la prenda. Es un vestido ceñido color turquesa, bastante corto y escotado.

—Fen, gracias —digo, porque no he perdido mis modales a pesar de haberme convertido en una pecadora—, pero no tengo ganas de fiestas.

Ahora la veo hurgar entre mi calzado, pone el culo en pompa y, si me gustasen las mujeres, me fijaría en ella de una forma sensual, porque ha adoptado una postura muy seductora, no sé si a posta o es que ya no hay diferencia entre la chica y la torum.

—Es obvio que no tienes ganas, pero estoy harta de esta fase de Ramla depresiva —comenta con desprecio mientras me lanza unos botines blancos—.

Estos quedarán perfectos con el vestido.

Si quieres, te maquillo, pero no tengo ni puta idea de cómo se peina el pelo que tenéis las negras, así que con eso tendrás que apañarte tú sola.

Alucino en colores. Fen está intentando animarme, aunque lo haga a su manera…

—Fen, en serio, es mi día libre, solo quiero escuchar música y…

Ella se planta delante de mí y pone las manos en jarras sobre su cintura.

—Mira, princesita, me da igual lo que digas.

Te hemos preparado una fiesta por tu cumpleaños, ¿vale?

Con tarta, regalos y esas cosas… Y vas a ir porque lo digo yo.

Ya sé que pasaste por algo muy jodido en la fiesta de animales, pero hace meses de eso y, aunque ni tú ni Erin habláis de ello, sé que fue chungo de cojones.

Me paso la lengua por los labios, nerviosa.

—¿Qué te pasa, Fen? ¿Por qué haces esto? Yo no te caigo bien… —digo con algo de maldad para ver si así me deja en paz.

Ella me mira asombrada.

—Sí, llevas razón, ahora mismo me caes como el culo.

Me gustaba más la Ramla contestona que no se callaba ni un momento, que iba por ahí riéndose con Erin y volviendo rematadamente loco a Luc.

Y quiero que vuelvas, ¿vale? Joder, solo nos tenemos los unos a los otros, no quiero vivir con una depresiva…

La miro y sonrío, pero ella pone los ojos en blanco y chista.

Fen es egoísta por naturaleza y puede que, en gran parte, solo haya hecho esto porque, en verdad, no le guste compartir su vida con una persona triste; sin embargo, creo que, en el fondo, está algo preocupada por mí y eso es… bonito, supongo.

—Vale, iré a tu fiesta.

—No, princesita, no es mi fiesta, es la tuya.

Abro mucho los ojos y finjo una sonrisa no tan falsa como pretendía. Sí, Fen me ha hecho sonreír.

Me visto y ella me ayuda con el maquillaje, aunque no hace más que quejarse de lo mal cuidada que tengo la piel. Es divertido ver cómo se esfuerza en comportarse como una amiga.

Al cabo de un rato, estoy preparada con un bonito vestido turquesa muy sexi, mi cabello largo suelto, un maquillaje en tonos plateados que hacen resaltar mi oscuro tono de piel y, para concluir, unas botas grisáceas y brillantes con un gran tacón.

—Vale, ahora no te toques mucho la venda porque no quiero que jodas mi obra de arte —dice refiriéndose a mis párpados pintados mientras me coloca una venda sobre los ojos para que no pueda ver a dónde me lleva.

—Fen, esto no es necesario.

—Cállate y disfruta de tu cumpleaños…