06_La vida de una torum
la vida de una torum
Alguien me zarandea y abro los ojos. Un charco de vómito es lo único que veo.
—¡Ramla, Ramla! Pero… ¿qué te ha pasado? ¿Ramla?
Creo que es la voz de Albert la que me llama, pero un enorme dolor de cabeza me martillea y soy incapaz de contestar. Intento tomar el control de la situación, de mi cuerpo…
El olor a vómito es nauseabundo. Entonces, de repente, sé lo que está pasando. Aún voy con el disfraz de gata de la fiesta de anoche y estoy tirada en el suelo de mi habitación, sobre mi propio vómito.
Oigo a gente hablar y puertas abrirse. Veo unos bonitos ojos enmarcados en un rostro pelirrojo, me observan desde lo alto.
—Ramla, ¿estás bien? ¡Joder! ¿Quién te ha hecho esto?
—Lo siento… He ensuciado el suelo —alcanzo a decir. Creo que Erin va a sonreírme y a divertirse por mi comentario, pero su rostro es amargo y muestra un enorme enfado y una gran preocupación.
—Albert, llama a una ambulancia y avisa a Amanda, está en su despacho, que venga de inmediato —dice Erin.
—Sí, sí, voy —contesta y escucho pasos.
Erin se va un momento y regresa al instante con una toalla, me limpia la cara y me coge entre sus brazos. Emito un grito de dolor porque parece que mi cuerpo ha revivido y me duele horrores.
—Lo siento —dice él y me deja suavemente sobre la cama, acaricia mis mejillas un instante, pero no creo que haya llegado a tocarlas—. Ramla, ¿ha sido el presidente? Te fuiste con él y no volví a verte, estaba muy preocupado.
—Él no… —balbuceo, pero todo me duele. Imagino que esto es como te sientes después de que te droguen.
—Ramla, dime quién te ha hecho esto y lo mataré.
Su ferocidad es muy intensa y me asusta, es como cuando atacó a Luc o al hombre del centro comercial. Erin es dulce conmigo, pero a veces, saca a florecer una furia que me hace temerle, aunque lo haga para protegerme.
—¿Vas a matar al presidente? —pregunto.
—¿Ha sido él? —comenta incrédulo y yo niego con la cabeza, lo que me produce nuevamente un gran dolor y malestar.
—Te veo borroso, Erin… —le digo mientras un leve mareo me hace cerrar los ojos un momento.
—Tranquila, no hagas esfuerzos —mira mi vientre y su expresión se aterroriza—, es posible que tengas alguna costilla rota.
—¿Costilla rota? —pregunto sorprendida—. No, el presidente solo me drogó, él no… —Intento recordar, pero una laguna enorme de imágenes se enreda y ondula dentro de mí, haciendo que la realidad se confunda con una pesadilla.
—Ramla —espeta preocupado—, dices que el presidente te drogó…
¿para qué? ¿Recuerdas lo que te ha pasado?
—Niego con la cabeza y veo su cara de disgusto—.
Te han dado una paliza, Ramla, tienes que ir a un hospital, estás llena de moratones, tienes el labio partido, un ojo morado y sangre seca por toda la cabeza.
—Va… vale —digo.
Él niega con la cabeza y creo que una pequeña sonrisa asoma en su rostro, que se disipa rápidamente.
—¿Vale? Ramla, quien quiera que te haya hecho esto, va a morir, es una salvajada, tenía que haberte sacado de aquí. Lo siento muchísimo, pero te prometo que lo mataré.
Erin quiere matar a la persona que me ha dañado, pero yo no recuerdo haber recibido una paliza… ¿O sí?
—Él… —comienzo—. Creo que fue a quien Abigaíl le dijo «rojo».
El presidente me explicó que me drogaba por mi bien, pero, si me ha dado una paliza…
No lo entiendo —continúo, ahora entre lágrimas, porque, de repente, me siento vulnerable, enfadada, utilizada y muy asustada—, pensé que solo quería sexo.
Yo… vi unos vídeos de cómo se hacía, estaba preparada por si acaso…
Contigo fue… me gustó —confieso, pero sigo llorando y sé que estoy temblando.
—Ramla, eh, tranquila —me pide Erin dulcemente—. Hay personas que disfrutan pegando a otras… que se excitan, es asqueroso.
A pesar de sus intentos para que me mantenga calmada, me levanto de la cama con un enorme dolor que se dispara en todas direcciones. Sé que Erin me pide que regrese a la cama, pero voy hacia el espejo de cuerpo entero que hay en el vestidor de mi habitación. Él me ayuda para que no me caiga.
Hay una mujer negra en el reflejo, pero esa no soy yo, no puede serlo…
—¿Quién es esa? —pregunto al aire, porque realmente sé que es mi imagen, pero no tiene mi color habitual.
La zona de mis costillas está llena de moratones, también mi cara, que se ve hinchada y fea.
Mi aspecto es horrible y comienzo a temblar—.
No… ¿quién haría esto por placer? ¡Erin!
—grito, como si él tuviese la culpa de algo, pero, al instante, me desvanezco.
—¡Ramla! —dice él dulcemente mientras me sostiene y veo el reflejo de los dos abrazados en el espejo—. Necesitas ir a un hospital. Todo irá bien.
—No es cierto, Erin… No lo es —concluyo mientras me dejo llevar por el mareo y caigo totalmente sobre él.
Sé que me ha cogido en brazos, pero las fuerzas me han abandonado y no creo que merezca la pena intentar ponerme en pie.
Alguien irrumpe en la habitación mientras Erin me deja con delicadeza sobre la cama.
—Amanda no me deja llamar a la ambulancia —comenta Albert con un tono de pánico en la voz.
Lo miro, acaba de entrar en la habitación seguido de nuestra res, así que supongo que se refiere a ella.
—Albert —ordena con un gesto duro—, márchate de inmediato, tú no has visto nada, porque, si así fuera, serías despedido. ¿Lo entiendes? —Albert duda, pero Amanda le grita—: ¡Vete ya!
En un segundo, Albert se marcha y cierra la puerta tras de sí. Ahora es Erin quien grita:
—¿Te has vuelto loca? ¿Sabías algo de esto? Necesita ir a un hospital.
Amanda se acerca a la cama y me escruta, lo que ve la asusta, no hay duda. Mira a Erin y le advierte:
—Lo primero de todo, no vuelvas a gritarme, Erin. Lo segundo, el médico de la familia está de camino.
Erin la coge de los brazos y la aparta de la cama con brusquedad, sacando a relucir la furia que he visto en él otras veces, siempre cuando… cuando se trata de mí, de protegerme… Ahora lo entiendo.
—Así que tú sabías esto. ¡No podía decir «rojo» porque estaba drogada! Sabes que es ilegal, ¿no? ¿Cómo has permitido una cosa así, Amanda?
La res no se achanta frente a Erin y lo empuja, sé que no tiene nada que hacer frente a su tamaño y sus músculos, pero él se deja hacer y la suelta.
—¿Y cuál es la diferencia entre legal y no legal?
¿Acaso alguna vez has querido decir «rojo» y no lo has hecho por miedo a ser despedido, Erin?
Sabes muy bien cómo funcionan las cosas.
Fui yo la que le exigí al presidente que la drogase.
Imagínate si, además de estar así, recordase cada golpe y cada abuso.
—No puedo creerlo —dice Erin mientras niega con la cabeza y se queda perplejo, parece que, sin palabras.
La res viene hasta mí y me coge de la mano.
—Lo siento, Ramla, no creí que fuese a ser tan terrible, tampoco creo que el presidente lo pensase…
Le debía un favor a alguien importante y no podíamos arriesgarnos a que algo se torciese.
—Pero todo se ha torcido, me han dado una paliza; sin embargo, eso no parece que le resulte preocupante—.
Todo irá mejor a partir de ahora, te dije que estoy aquí para ayudarte y eso haré.
Escucho risas irónicas, es Erin quitándole valor a las palabras de la res. Amanda tensa el rostro y se recoloca las gafas. Tiene carácter y no le hace gracia la actitud de Erin, así que se mueve hasta quedar de frente a él.
—La próxima vez —comienza Erin—, apagas tu IPAS y vas tú misma si tanto te preocupa que algo «se tuerza».
—Te estás pasando, Erin —le advierte ella—, sabes que podría despedirte.
—Y tú sabes que eso no pasará porque jamás he dado un motivo para ello, pero no esperes que me parezca bien que casi maten a una compañera.
Alguien llama a la puerta y lo agradezco porque, aunque me está encantando ver a Erin defenderme con tanto ímpetu, me duele la cabeza y solo quiero que todos me dejen dormir, tengo mucho sueño.
Amanda abre y es una médica, imagino que la de la familia.
Les pide muy amablemente a la res y a Erin que abandonen la sala para inspeccionarme, pero Amanda se niega y Erin también, así que me examina con ellos en la sala.
Al menos, tienen la decencia de apartar la mirada cuando se trata de mis partes íntimas.
—Necesito saber qué ha ocurrido para averiguar la magnitud de lo que estoy viendo —comenta la doctora mirando a Amanda, así que tengo muy claro que no espera que yo le cuente nada, la res es quien manda.
—Salió de la mansión después de la fiesta, llevaba algunas copas de más en el cuerpo, ya sabes cómo son los jóvenes. Fue a algunas discotecas, cree que la drogaron.
—No lo creo —interrumpo—, lo sé.
La doctora desvía la atención hacia mí, pero pronto Amanda prosigue:
—Bueno, el caso es que no recuerda nada más y la hemos encontrado así esta mañana.
La doctora me hace una serie de preguntas muy concretas a las que me es fácil ser sincera sin poner en entredicho la historia de la res.
Miro a Erin y él está serio, así que creo que lo más prudente es no contarle a la médica la verdad, que fue el presidente quien me drogó para que alguien a quien le debía un favor me hiciese esto para ponerse cachondo.
—Señorita —comienza la médica después del examen—, ¿quieres que te dé el diagnóstico delante de ellos o prefieres…?
—Necesito saber cómo está la empleada del presidente —la interrumpe la res, haciendo alarde de su poder y la médica sabe muy bien que debe callar y obedecer.
—Está bien, si no te opones, señorita…
—Adelante —confirmo mientras intento tranquilizarme.
—La buena noticia es que no hay ninguna costilla rota, pero puede que sí alguna contusión o fisura, esta tarde te pasarás por mi consulta y haremos unas radiografías. Te traeré algunos medicamentos para el dolor y… Tienes también un desgarro anal —comenta y los nervios se me disparan.
—¿Eso qué significa? —pregunto alterada.
—¿Cuándo podrá volver a trabajar? —interviene Amanda.
—Nunca —interrumpe Erin, pero la res lo mira con dureza y él guarda silencio.