05_El concurso #4
La música llega a su fin y él sale con la misma suavidad que ha entrado. Yo reniego de que todo termine, porque quiero más, mucho más, pero él se viste y yo le imito mientras todos nos aplauden.
La joven poco agraciada que nos ha emparejado nos coge de la mano y nos dirige hasta un lugar en el suelo, donde ahora permanecemos los tres sentados mientras se producen las votaciones. Son favorables.
El juego prosigue, pero yo me siento extasiada y no puedo evitar mirar a Erin cada vez que tengo ocasión. Pasa un rato hasta que él me dedica unas palabras en voz baja, aprovechando que la mujer se ha ausentado un momento y que los invitados están comentando a gritos los actos de la última pareja.
—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño, Ramla? —pregunta, preocupado.
—Sí… em... no —balbuceo.
—¿Sí o no? —pregunta dulcemente.
—Ha sido… corto —comento, aunque tengo muy claro que no era eso lo primero que quería decir.
Erin se ríe y yo abro mucho los ojos, nerviosa, y finjo una sonrisa. Él analiza mi cara y niega con la cabeza mientras se ríe. No sé si es que soy muy expresiva o que Erin tiene facilidad para divertirse con los gestos que hago.
El juego dura bastante rato, la verdad, y veo de todo: acciones y personas que me sorprenden para bien y otras para mal. Fen, por ejemplo, es ampliamente sensual y, aunque el hombre que la ha escogido no llega a penetrarla, parece que sea ella la liberada y lleve el control de la situación.
Luc acaba con un hombre y creo que, aunque ser torum implique acostarte con personas de ambos sexos, le habría agradado más que hubiese sido escogido por una mujer.
En general, aunque no hay mucho sexo con penetración, veo muchos tipos de juegos sexuales que, lo reconozco, me dan curiosidad y ganas de probarlos con Erin.
También siento asco una vez más por el sistema de los liberados y los torums y, aunque soy nueva en el ámbito del pecado carnal, creo que este acto debería ser realizado libremente por dos personas que lo deseen y jamás por obligación, ya que parece algo demasiado íntimo como para ser así: forzado, obligado, observado y analizado.
Transcurre bastante tiempo hasta que se han formado todas las parejas, porque cada vez el juego va más lento debido a las enormes cantidades de alcohol que están tomando todos.
Me doy cuenta de que los torums también beben, aunque más comedidamente.
Erin no, yo tampoco. Él lleva su reloj, que imagino que estará conectado a su móvil.
Lo mira de cuando en cuando y sé que está esperando la señal.
¿Cómo podré huir del salón? Quizá excusándome para ir al aseo…
Antes de salir de aquí, tendré que coger ropa porque creo que los guardias de la puerta verían raro que fuese mi noche libre si me ven vestida de gata salvaje…
El concurso llega a su fin y gana la chica vestida de unicornio, la que lleva solo dos pequeñas pezoneras y altas cantidades de purpurina.
Ella es la pareja que ha seleccionado el presidente.
Supongo que la victoria es suya por ser quien es, pero, realmente, da igual, porque esto solo era un mero entretenimiento.
Ahora la música suena alta y las parejas pueden pasar a unas habitaciones privadas que hay para tener relaciones en privado. Algunos lo hacen inmediatamente, como el hombre de la máscara de conejo, que tira de Alaska con ansiedad fuera del salón y temo lo que pueda hacerle.
Erin y yo nos quedamos en el centro de la pista de baile.
—Siento mucho lo que ha pasado, Ramla —me dice—. La primera vez debería haber sido mejor.
—¿Mejor? —pregunto sin haberlo meditado y él me escruta.
—Debería haber sido con alguien que tú hubieras escogido libremente.
—Te he escogido a ti, Erin —comento, porque no entiendo a qué se refiere exactamente.
Erin se queda perplejo, pero no dice nada y siento que su silencio es nuevamente un rechazo. Entonces, comprendo que para él tampoco tiene que ser sencillo.
—Perdona tú, Erin —comienzo, pero pone una mueca disconforme—, quizá no querías tener sexo conmigo, no te he preguntado. Yo… —balbuceo, de repente, nerviosa y comenzando a temblar.
Él me agarra por los brazos con suavidad.
—Eh, Ramla, está bien, pronto te irás. Yo estaré bien, ¿vale? No te disculpes conmigo. —Y mira el reloj, pero, por la expresión de su cara, sé que no hay noticias de sus amigos.
—Ramla —me llama alguien. Me giro y es el presidente, que le hace un gesto con los dedos a Erin para que nos deje a solas—, lo has hecho muy bien, enhorabuena. Ven, tengo un trabajo especial para ti.
El presidente me hace un gesto para que le siga, pero yo no puedo hacer otra cosa que buscar los ojos de Erin, que están clavados en mí, mientras abandono el salón. ¿Quiere que me acueste con él? ¿Y qué hay de la chica unicornio?
No nos estamos dirigiendo a las habitaciones junto al salón que han dispuesto para el sexo, me está llevando a su habitación privada, donde hace una semana que lo empujé.
Cuando llegamos a la puerta, se detiene antes de abrir, agita un vaso que lleva con alcohol y hace chocar los hielos con el cristal. Ese sonido me inquieta. Lo veo zarandearse como si él mismo fuese un hielo y comprendo que va muy borracho. ¿Será posible tener sexo así con él?
—Tómate esto. —Me muestra una pastilla y me ofrece su vaso.
Es mi jefe, mi liberado, el presidente de la Península, pero recuerdo perfectamente aquello que me enseñaron en el colegio de «no aceptes comida de un desconocido».
Él es peor que alguien a quien no conoces, porque la perversión implícita en el hecho de que coleccione mujeres bonitas hace que sea peor que un desconocido.
—Gracias, pero… no suelo tomar alcohol.
—Ramla, es por tu bien, hazme caso. Te has portado bien con mi hija, yo te devuelvo el favor.
Ahora me abre la boca con sus dedos y me mete la pastilla. ¿Por qué no se lo impido? Pues porque estoy muerta de miedo. Me acerca el vaso con alcohol y me obliga a beber. Luego, cierra mi boca y me tapa la nariz para asegurarse de que me he tragado la pastilla.
No tardo mucho en sentir un leve mareo que se va intensificando. Puede que en las Islas no sepamos mucho de la vida que llevan aquí, pero sí lo suficiente como para saber que me ha drogado. Lo que me inquieta es… ¿para qué?
El presidente me susurra:
—No quiero tener que despedir a otra torum. Pórtate bien, Ramla.
Abre la puerta, me empuja dentro y cierra. ¿Qué? ¿No me ha drogado para tener sexo conmigo? El mareo se apodera de mí, pero no me caigo, es como si flotase. Hay una figura que me ordena cosas a las que siento que no puedo negarme. ¿Qué me está pasando?
Entonces lo comprendo… Este es el hombre al que Abigaíl le dijo «rojo», por el que la despidió el presidente. Y yo estoy aquí con él, a solas, y estoy segura de que Erin no entrará por la puerta para decirme que sus amigos me esperan para sacarme de aquí…