05_El concurso #2
Erin me mira desde la distancia y creo que su rostro está tenso. No le gusta que Luc esté cerca; sin embargo, se está disculpando y eso me parece raro, pero lo agradezco.
—Yo también lo siento, Luc —le digo sinceramente—. Siento que mi problema te haya salpicado y no te preocupes por la fiesta… Sé lo que tengo que hacer.
Él se ríe y me golpea el hombro.
—¡Di que sí, tía! ¡Vamos a pasarlo en grande! —Y se va divertido. Él no es como Erin o como Alaska. Parece que, en parte, disfrute de este trabajo.
El presidente da unos golpes sobre una mesa y el silencio se impone en el salón. Entonces, lo escucho, un llanto suave e infantil. Mi jefe comienza a hablar para explicar las normas del concurso de parejas de animales, pero yo sigo el sonido de unos quejidos hasta debajo de una mesa.
Todos están pendientes de nuestro liberado.
Todos menos Erin, que tiene los ojos puestos en mí y me observa con el rostro cargado de confusión.
Estamos demasiado lejos el uno del otro, así que no puedo explicarle nada de lo que está sucediendo.
Aparto el mantel que cubre la mesa y me meto debajo.
Aquí está la niña llorando, abrazada a su propio cuerpo.
—¿Sarah? —comienzo con delicadeza mientras me sitúo a su lado, en el poco espacio que queda—, ¿te acuerdas de mí? Soy Ramla, la chica a la que le gustan los tesoros y los piratas.
Ella me mira y contiene las lágrimas.
—¿Ramla? ¿Por qué vas en bañador?
Lo pienso un segundo y me doy cuenta de lo complicada que es la situación, no debería estar aquí con todos estos adultos medio desnudos.
—Pues… espero que me guardes el secreto, pero he perdido el pijama. Creo que un pirata malvado me lo ha robado y estaba buscándolo por aquí. ¿Lo has visto?
—¿Tu pijama? —pregunta ella algo más sonriente—. No, pero puedo ayudarte a buscarlo.
Alguien destapa la mesa, es Erin. La niña, al verlo con tan poca ropa, se asusta y comienza a llorar. Erin habla con alguien a través de su muñeca y no olvido que forma parte de la seguridad del presidente.
—¡Sarah! Es el pirata malvado —le digo como un juego y tiro del mantel para que volvamos a quedar ocultas—. Ya sé, me ha robado el pijama porque él tampoco tiene.
—Por eso va desnudo. —Sarah se vuelve a relajar.
—Claro, pobrecito, se le ve el pompis. —Pongo una mueca divertida y ella se ríe escandalosamente.
—¿Sarah? —pregunta una voz de mujer y destapa el mantel nuevamente. Es la esposa del presidente. Tiene un gesto de preocupación cruzándole el rostro—. ¿Qué haces aquí? Cierra los ojos y sal de inmediato.
—¡No! —grita la niña y la madre no da marcha atrás, sujeta la tela y la mira con el ceño cargado de rabia y preocupación.
El presidente llega a la escena. Su gesto se suaviza al ver a su hija e intenta dialogar con su mujer, que está gritando para que la niña salga. Consigue calmarla, pero Sarah se pone a llorar.
—Oye, Sarah —le digo y sé que todos me están escuchando perfectamente—, ¿te acuerdas del pirata que me ha robado el pijama porque se le veía el pompis?
—La niña me mira y se ríe nuevamente—. Quiere robarle a tu mamá su vestido para usarlo como vela de su barco, por eso tu mami está tan preocupada y quiere que te vayas de aquí, para que el pirata no te atrape.
La madre me observa y también a su hija. Está desconcertada; en cambio, el presidente me mira con ojos firmes y asiente, como indicándome que continué. Detrás de ambos rostros, Erin sigue comunicándose con alguien a través de la pulsera de su muñeca mientras está pendiente de todo lo que ocurre.
—Vale, pero ¿van a venir mis papás a mi fiesta?
Miro al presidente y él niega con la cabeza.
Creo que sé lo que ocurre, esta niña necesita pasar más tiempo con sus padres, pero ellos prefieren usar a sus torums y a los de sus amigos para tener sexo.
Pienso en Massimo, supongo que no fue tan mal padre después de todo, él sí pasaba tiempo conmigo... aunque me secuestrase.
—Están deseando ir, pero primero tienen que atrapar al pirata. Así que, mientras tanto, como son muy buenos padres, te han organizado una preciosa fiesta de cumpleaños con todos tus amiguitos para que te diviertas y… cuando atrapen al pirata, seguro que te llevarán uno de sus muchos tesoros.
La niña me mira expectante.
—¿Y serán chuches?
—Pues claro, Sarah, ¿qué puede ser mayor tesoro que unas chucherías deliciosas? Y también montañas de chocolate.
La niña sonríe, le hago cosquillas y ahora ríe a carcajadas.
—Vale, entonces me quiero ir ya a mi fiesta para que mis papis atrapen al pirata malo y me traigan el tesoro.
—Claro, pero… —cambio la voz para hacerla más dramática—, una última cosa… ¿Tú crees en la magia? —Ella asiente y yo prosigo—: Entonces, necesito que uses una capa mágica que te hará invisible, así podrás salir sin que el pirata malo te vea.
—¡Qué chuliii ! Sí, sí, capa mágica —grita eufórica.
—Vale, Sarah, cierra los ojos un segundo y piensa en las palabras mágicas que te sepas.
La niña me hace caso y yo tiro del mantel con fuerza.
Escucho copas y bandejas caer. Cuando la tela está libre de los canapés, envuelvo a la niña y a mí y ella abre los ojos, me mira y se ríe, yo también.
La dirijo fuera de la mesa con la tela cubriendo nuestras cabezas para que no vea los cuerpos desnudos de los torums. Luego, con algo de dificultad, porque no veo nada, salimos del salón.
La puerta está abierta y, nada más cruzarla, alguien la cierra.
Retiro el mantel con cuidado y allí están el presidente y su esposa.
La niña los abraza y ellos le devuelven el gesto con cariño.
No sé qué ocurre después, porque el presidente me hace un gesto para que lo siga y regresamos al salón mientras Sarah sigue en los brazos de su madre con una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando pasamos, los liberados están de pie frente a la puerta y me aplauden.
Yo me quedo totalmente desconcertada y el presidente coge mi mano y la levanta.
—Y por eso los torums nos salen tan caros, hacen cualquier trabajo mejor que el resto de empleados. —Sus amigos ríen—. Si no fuese por el atuendo, diría que sería mejor niñera y cuentacuentos que el payaso al que he pagado una fortuna para venir al cumpleaños de mi hija.
Todos ríen nuevamente y el presidente les pide amablemente que regresen a la fiesta, pero no me suelta la mano. Cuando nos hemos quedado alejados del resto, se me queda mirando.
—Gracias. Sarah es una niña complicada, ninguna niñera habría conseguido algo así… Si puedo hacer algo por ti…
Me percato de que Erin está a unos metros de nosotros observando la escena. Me paso la lengua por los labios, nerviosa.
—Disculparme si hoy no… estoy a la altura —comienzo—, soy nueva en el trabajo.
El presidente se ríe, pone sus manos sobre mi cintura y acerca su boca a mi oreja.
—No me pongas más cachondo de lo que ya lo has hecho, Ramla. Y no te preocupes, yo soy un experto en follar, te enseñaré. Pero hoy tendré que dejar que mis invitados disfruten de ti. Tranquila, les obligaré a portarse bien; si no, siempre puedes contarles un cuento.
Se aparta de mí y me hace un gesto a modo de despedida. Lo miro perpleja, no sé si se ha reído de mí o en verdad está agradecido por lo que he hecho.
«Pero hoy tendré que dejar que mis invitados disfruten de ti».
Una presión crece en mi pecho y, cuando Erin me habla, me sobresalto. ¿Cuándo ha llegado hasta aquí?
—Eres única, Ramla —dice con verdadera fascinación—, lo has vuelto a hacer.
—¿El qué? ¿Decir estupideces que hacen que la gente se ría de mí?
Él niega con la cabeza, bastante divertido.
—Sorprenderme. —Y me mira profundamente—. Pero recuerda lo que te dije, no te la juegues por ellos. —Y señala a los liberados.
—Su hija no tiene la culpa de tener unos padres así, lo volvería a hacer. Además, no ha sido nada.
Erin va a decirme algo, pero el presidente nos llama a todos los torums para dar comienzo al concurso y ambos caminamos juntos mientras cruzamos varias miradas vacías de palabras, pero cargadas de sentimientos.
Cuando Erin detiene sus ojos en mí, lo hace de una forma que parece mágica, como si yo fuese algo que él no creía posible.
Nos colocamos en línea delante de los liberados, que permanecen sentados en los cómodos sillones y en el suelo, sobre los cojines.
Se les ve relajados y creo que es por el alcohol.
Recuerdo que el documento que nos envió Amanda recordaba la importancia de no ingerir grandes cantidades de este líquido para que pudiésemos realizar nuestro trabajo dignamente y con unos estándares de calidad.
Hago el recuento rápidamente: quince torums y doce liberados.
Tocamos a más de un torum por liberado. No sé por qué, pero pensé que esta sería una fiesta multitudinaria; en cambio, solo está el presidente —sin su mujer, que ha debido quedarse con la niña— con unos cuantos amigos, padres y madres de los amigos de su hija.
Recuerdo que no todos los presentes tienen por qué tener un torum o ser un liberado, algunos solo tendrán el IPAS apagado durante la fiesta por cortesía del presidente.
El concurso comienza y los ánimos están muy exaltados.
Todos tiran los dados con grandes expectativas.
El que más número saque, será el primero en escoger pareja.
Una mujer, que parece una señora de edad bastante avanzada por la recatada forma de vestir, es la ganadora.
Hay aplausos y vítores entre los invitados, mientras que los torums permanecemos como estatuas, inmóviles en línea frente a ellos, para que puedan escogernos.
La señora, que lleva una careta de serpiente, se pone en pie y les hace un gesto a todos para que guarden silencio.
—En primer lugar, quisiera agradecer al presidente su invitación —este hace un gesto con los dedos para restarle importancia— y, especialmente, el acceso a esta fiesta privada sin IPAS —añade de forma pícara y todos ríen—. La pareja que quiero escoger es…