05_El concurso
el concurso
La semana transcurre veloz y sigo siendo virgen, pero supongo que ya da igual.
Hoy es la fiesta de cumpleaños de Sarah, la hija del presidente, el liberado que me contrató como torum, esclava sexual a todos los efectos, solo que de forma legal.
Sí, he tenido tiempo para leer mucho en internet y hacerme una idea de lo que este sistema implica.
Y, sí, lo reconozco, también he visto algunas imágenes de cómo es una relación sexual, solo por si acaso, porque hoy es el día.
Erin me va a sacar de aquí, pero es posible que, antes de eso, tenga que tener relaciones…
Me pongo el vestido de gata, que es, más bien, una pequeña prenda casi sin tela que ciñe mi cuerpo a la perfección y realza mis pechos con un enorme relleno. Supongo que me queda bien. El disfraz es de pelo negro y no contrasta con mi piel del mismo color, pero define mi silueta.
Miro mi habitación, espero que por última vez, y me voy a celebrar que Sarah cumple seis años con los padres de sus amigos.
Alaska, Fen, Luc, Erin y yo nos encontramos en el salón de la mansión donde se celebrará la fiesta para adultos. Es decir, todos los torums del presidente estamos aquí, todos menos Abigail, claro.
El lugar no es tan grande como esperaba, pero, eso sí, está decorado al detalle. Lo han llenado de plantas, figuras de animales y han puesto multitud de sillones, cojines y alfombras en tonos verdes. Todo evoca la temática de la fiesta: animales.
Hay mesas con canapés y bebidas frías. También veo numerosas botellas de alcohol y eso me preocupa un poco porque nunca lo he tomado.
Cuando nos adentramos en el salón, observo a más de una docena de chicas y chicos jóvenes, muy atractivos, disfrazados de variados animales. Todas las prendas tienen algo en común: pretenden hacer bonitos los cuerpos y mostrar gran parte de ellos.
Fen y Luc enseguida se nos adelantan para conocer a nuestros compañeros de oficio.
Alaska me mira y me doy cuenta de que, posiblemente, sea a la que mejor le queda el atuendo de todas nosotras.
El color negro del disfraz de gato contrasta con su pálida piel y sus cabellos blancos, haciéndola verdaderamente hermosa.
—Es tu primera fiesta, ¿verdad? —pregunta con su dulce y agudo tono de voz.
—Sí. —Muestro una sonrisa fingida.
—Pues los canapés son deliciosos. Por lo demás, haz lo que te dije, piensa en alguien que te guste y disfruta.
—Gracias, Alaska.
Sonríe tímidamente y se desliza hacia la zona de canapés con esa suavidad que solo ella posee.
Erin se ríe y se sitúa a mi lado mientras observa el salón que se abre ante nosotros.
Me giro para verlo bien y… ¡guau! Si los disfraces los ha escogido Amanda, hay que reconocerle el gusto.
El atuendo consta de varios complementos de pelo gris: un calzoncillo tipo tanga, unas botas altas, unas muñequeras y un pequeño chaleco que deja ver su cuerpo a la perfección.
Además, lleva unas orejas de lobo que asoman entre sus cabellos pelirrojos.
—Oye, no te rías —me dice Erin de forma divertida y sé que lo dice porque le estaba mirando de arriba abajo con una sonrisa.
—No, si no me reía… Estás… bien. —Me pongo algo nerviosa y vuelvo a sentir lo que ahora sé que se llama «excitación».
Sí, gracias a internet, he deducido yo solita que ver a Erin me excita—.
A ver, quiero decir que tu cuerpo no tiene malformaciones ni cosas raras…
En fin, que eres joven y se te ve bien, por lo de la juventud, quiero decir…
La risa desborda a Erin y yo decido que es hora de callarme.
—Gracias, me alegra saber que crees que mi cuerpo es… joven. —Erin abre esos carnosos labios y los usa para volver a dibujar una sonrisa en su cara.
Me pone enferma, de una forma sobrehumana, y pienso que estaría bien hacer con él esas cosas que he visto en el vídeo que mostraba lo que es una relación sexual, pero…
¿qué me pasa? Sí, lo sé, que tengo el IPAS apagado y quiero pecar con Erin, lo que me recuerda que quizá me obliguen a practicar sexo con un desconocido antes de poder huir.
—Erin, ¿sigue en pie lo de…? —No consigo continuar con la pregunta, casi tengo miedo de mencionar en voz alta que hoy voy a abandonar mi trabajo como torum, que voy a marcharme de su lado.
Él pone un gesto de disgusto y me temo lo peor, pero asiente. Luego, acerca su boca a mi oreja.
—Me informarán por el móvil y yo te avisaré a ti. Para ello, debemos intentar permanecer juntos. Hay muchos coches hoy por la fiesta, mis… amigos, tienen que aprovechar el momento adecuado.
—Gracias —expreso con cierta amargura, pues, aunque me encanta la idea de permanecer con él, sé que no depende de nosotros. He leído el documento explicativo que nos mandó la res y el funcionamiento del concurso está totalmente fuera de nuestro control.
—Eh, todo irá bien, Ramla, ¿vale? —Y me mira con un dulce gesto, para animarme.
Yo abro mucho los ojos en respuesta y me paso la lengua por los labios, nerviosa. Él sonríe, creo que le divierten mis muecas.
—Bueno, pues vamos a probar los canapés, ¿no? —inquiero.
—No tengo mucha hambre.
—¿Qué pasa? ¿Si no hay un sándwich solo de queso, no cenas? —pregunto de forma divertida, porque esta noche no nos han servido cena y recuerdo que me dijo que le encantaban.
Él se ríe y, al final, nos acercamos a la mesa. Allí hay varios torums charlando y comiendo. Los liberados llegarán cuando les apetezca, así lo indicaba el documento explicativo.
Una chica que va vestida de unicornio —sí, creo que es algo de eso, porque, en realidad, parece un chicle rosa con muchísima purpurina, largas pestañas postizas y dos pezoneras para tapar sus enormes pechos— se nos acerca, pero toda su atención se dirige a Erin.
Lo mira como si fuese a devorarlo y, al mismo tiempo, adopta una postura de lo más seductora.
—Hola, soy Brana, encantada. —Y le da dos besos a modo de saludo.
—Mucho gusto, soy Erin. —Como la chica ni me mira ni ve a Alaska, que también está aquí, él nos presenta—: Y ellas son Ramla y Alaska.
Finge una sonrisa y nos da dos besos.
—Sois los torums del presidente, ¿no? ¿Cuántos tiene? —pregunta con sorpresa mientas bate sus pestañas postizas.
—Cinco —respondo yo.
—¡Qué suerte! Y, además, el presidente es guapo.
Mi liberado es más feo que una pasa arrugada y solo me tiene a mí.
Estaba deseando venir a la fiesta, no creo que me escoja…
Por favor, espero que no. Lo mismo me emparejan contigo, Erin —comenta llena de una esperanza que se va demasiado rápido de sus ojos, pues habrá leído las normas del concurso y todos sabemos que las posibilidades de que nos emparejen entre torums es casi nula—. Eso me encantaría —añade.
—Estaría bien.
Me quedo alucinada. ¿Erin le está dando coba?
Ella se ríe y finge sonrojarse. La situación me incomoda y creo que voy a decir algo fuera de lugar cuando veo a Albert hacerme señas desde la distancia para que me acerque.
¿Qué hará aquí? Hasta donde yo sé, se ocupa de labores variadas en la zona de la casa donde vivimos los torums, pero estamos en uno de los salones de fiestas.
—Ramla, estás increíble —me dice cuando me acerdo, pero sé que no le gustan las chicas, al menos, no de forma sexual, porque he coincidido con él varias veces y me lo ha dejado claro: prefiere a los hombres.
Albert forma parte del personal de la mansión que se ocupa de las instalaciones de los torums y, en general, de cuidarnos. Él ha sido quien me ha ayudado a maquillarme esta misma tarde, pues no soy muy diestra en ello.
—Gracias.
—Me das mucha envidia, lo sabes, ¿no? Con todos esos chicos y el IPAS apagado…
Lo que yo les haría… —comenta con cierto toque perverso mientras fija la vista en los torums del salón, pero luego vuelve a mirarme a mí—.
Oye, que están todos como locos buscando a Sarah, la hija del presidente.
Imagino que no estará aquí, pero, la verdad, era la excusa perfecta para admirar las vistas. —Y se ríe de forma traviesa.
—¿No encuentran a la cumpleañera? Solo tiene cinco años, ¿no? No puede andar muy lejos —comento con cierta preocupación, me apena esa niña.
—Aún no hay que alarmarse, suele hacer estas cosas habitualmente. Es imposible que llegue a esta sala, pero, si lo hiciera, con la poca ropa que lleváis…
—Sí, no es un lugar adecuado para una niña. No te preocupes, estaré atenta.
—Gracias, Ramla. —Albert me toca el codo de forma cercana—. Pasadlo bien, estás increíble. —Y se va.
Me recoloco mi largo cabello para que tape un poco mis hombros y mis pechos. El aire acondicionado está fuerte y solo llevo un sujetador y un tanga de cuero negro con un rabito de gata cuyo pelo me hace cosquillas cuando me toca el culo.
Voy a dirigirme hacia el interior del salón, cuando, de repente, la puerta vuelve a abrirse y un grupo enorme de gente llega conversando.
Me tengo que hacer a un lado para que no me aplasten.
Veo al presidente, a su mujer y a otras personas que van con mucha más ropa que nosotros y que, además, parece excesivamente elegante y cara.
No hay duda, son las mujeres y hombres liberados a los que esta noche vamos a complacer con este concurso de animales.
Algunos se ubican en unos cojines dispuestos en el suelo; otros, en sillones colindantes. Pronto, unos camareros se acercan con unas máscaras en bandejas de plata. Ellos se ríen y escogen los animales de los que quieren caracterizarse.
Alguien se ubica a mi lado. Lo miro: pelo largo negro, barba espesa y un gesto desenfadado. Es Luc.
—Tía, dime que al final lo has hecho con Erin.
—Me mira, pero no respondo—. Joder, no la líes hoy, que lo digo por tu bien y el de todos, ¿vale?
—Mira hacia el frente y luego ingiere bebida que huele a alcohol—.
Oye, lo mismo piensas que soy un cabrón, pero, de tanto tener sexo por obligación, uno se vuelve menos empático. Lo siento si me sobrepasé.