Peccatorum, más que la chica del té 04_Una semana #5
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04_Una semana #5

—No quieren acabar con nosotros literalmente, lo que buscan es que ya no exista el trabajo de torum. Sin IPAS, nadie podrá ser un liberado ni pagar por sexo.

—Pero eso sería genial, ¿no? —pregunto, pero entonces, abro los ojos mucho y soy consciente de que acabo de apoyar a un grupo terrorista o lo que sean—. Quiero decir… que…

Erin me escruta y un destello cruza su cara, no sé bien lo que significa ni qué está pensando, pero creo que es bueno.

—Déjalo, Ramla, vamos a comprar el móvil.

Me acerco hasta el mostrador y el amable dependiente vuelve a preguntarme:

—¿Y bien? ¿Has pensado ya lo que deseas?

—Sí, un móvil al que mi jefa pueda mandarme mensajes, por favor.

Erin emite una risita y el dependiente me mira perplejo.

—Bueno… —dudo—, y que también pueda contestarle yo a los mensajes.

Ahora Erin se ríe con más fuerza y lo escruto. Parece divertirse mucho.

—No le veo la gracia.

—Tiene mucha, Ramla —Y se ríe de forma juguetona, sin acritud.

—Vale, quizá también necesite hacer llamadas y recibir llamadas —prosigo, pero el dependiente me mira como si, en verdad, yo fuese un extraterrestre, mientras que Erin no para de reírse—. Vale, está bien, ¿puedes dejarme tu móvil, Erin?

Él me lo entrega mientras me mira con unos ojos muy tiernos. Se lo enseño al dependiente.

—Quiero uno igual que este y ya está.

—Buena elección, es el mejor del mercado —comenta y se marcha a buscarlo. Yo cojo el móvil y se lo devuelvo a Erin.

—Nunca he tenido móvil, ¿vale? Así que deja de reírte y dime que es fácil de usar.

Erin se apoya contra el mostrador de una manera que me vuelve rematadamente loca y doy un paso hasta él.

—Lo es. Es más, te diré que todos los móviles pueden llamar y mandar mensajes.

Vale, por eso se estaba riendo. Sí, supongo que es obvio, pero, aunque el pater Massimo tenía uno, yo no solía usarlo, salvo para alguna llamada puntual.

—Genial —exclamo divertida—, ahora el dependiente pensará que estoy loca.

Erin se ríe.

—¿Cómo puede alguien no tener móvil?

Me encojo de hombros y me sincero:

—Mi padre no me dejaba.

Su rostro se contrae en una mueca de disgusto y creo que piensa que he tenido el padre más horrible del mundo. Puede que así haya sido, pero no por el asunto del móvil, sino porque me secuestró cuando era pequeña.

—¿El mismo que jugaba contigo debajo de la mesa cuando había tormenta para que no te asustaras? —Asiento y él suaviza la voz y pregunta—: ¿Está… vivo? —Mi rostro cambia y se da cuenta de que me acabo de disgustar—. Perdona, Ramla, no debí preguntar, es que dijiste que no tenías familia.

Vaya, lo comenté de pasada, pero parece que él está pendiente de lo que digo.

—No pasa nada —comento, agradecida por que se interese siempre tanto por mis sentimientos—.

En realidad, sigue vivo, solo que… —No puedo contarle la verdad, pero quiero hacerlo, así que cuido mis palabras para poder sincerarme al máximo—.

Es mi padre adoptivo y, aunque eso siempre me ha dado igual, hace poco hizo algo que me hizo mucho daño y, ahora mismo, estamos distanciados.

—Lo siento mucho —comenta con una suave voz. Siempre cambia el tono para hacerlo más dulce cuando cree que estoy triste y eso me parece precioso, la verdad. José nunca me ha tratado así—. Si alguna vez quieres hablar de ello o de lo que sea… Estoy aquí, ¿vale?

Hablar de lo que sea…

—Gracias, Erin. ¿Y tú? ¿Qué hay de tus padres? ¿Tienes familia, novia, novio?

Lo reconozco, una punzada de celos me surge ante la posibilidad de que tenga pareja. Es simpático, agradable, divertido, protector y físicamente único. Debe tener a muchas personas haciendo cola por él.

—Nada de nada —dice y eso me parece triste. ¿No tiene a nadie?

—Aquí está su móvil en los diferentes colores que tenemos disponibles.

El dependiente nos interrumpe y muestra una gran variedad de tonos.

—El azul.

—Tan bonito como tus ojos —comenta el dependiente y yo sonrío, pero Erin pone una mueca de disgusto y no sé por qué.

—Una pregunta más, ya sé que puede llamar, lo de antes era una broma —añado y él se ríe sin más—, pero… ¿hay alguna restricción? ¿Puedo llamar a cualquier lugar del mundo?

—Sí, claro, es un móvil —comenta él, pero luego lo piensa un segundo y dice—, bueno, a las Islas, no, pero ¿quién querría hablar con nadie de allí?

Se ríe, pero yo me quedo seria.

—Claro…, pero… ¿y si alguien quisiera llamar allí? ¿Hay alguna forma de hacerlo?

—Fen —interviene Erin—, ven a pagar el móvil, te lo ha encargado Amanda a ti.

Fen se acerca divertida mientras mira algo en su propio teléfono. Se dispone a pagar mientras Erin me agarra con suavidad del brazo y nos hace a un lado de la tienda.

—¿Por qué quieres llamar a las Islas?

—Mi padre está allí —contesto sin más y, al momento, me arrepiento. ¿Por qué le he contado eso? Ahora sabrá que soy una bendecida y, sinceramente, no tengo ni idea de cómo va a reaccionar.

—¿Por eso os habéis distanciado? Porque se ha convertido en un bendecido… —reflexiona Erin en voz alta.

¿Cree que mi padre vivía aquí y se ha hecho bendecido?

Sí, eso pasa, para eso veníamos de misión, para empapelar la capital con propaganda.

Pero entonces, me surge una duda… ¿Cómo llegan los que quieren vivir como bendecidos a nuestras Islas?

¿Acaso la Península les deja marcharse de aquí libremente o lo hacen de forma ilegal?

La conversación termina ahí porque Fen llega con la compra y nos pide que vayamos a tomar un té. Odio el té, pero accedo, me gusta pasar tiempo con Erin.

Vamos a un centro comercial que hay justo al lado y nos sentamos en una terraza interior de una tetería. ¡Genial! Erin pide té para todos y yo me lo llevo a la boca mientras lo derramo disimuladamente para no ingerirlo.

—¡Qué fuerte! —dice Fen mientras alza el móvil hacia todas partes—. Ese de ahí tiene el IPAS apagado. ¿Quién lo diría? No parece un liberado por cómo viste… ¿será un torum como nosotros? No, no es muy guapo… Ostia, seguro que va a tirarse a alguien y acaba de pagar para que se lo apaguen un rato…

—¿Qué haces, Fen? —pregunta Erin, algo cansado de la chica, aunque también divertido, creo que no le cae tan mal como a mí.

—En la tienda, que tenían una publicidad de una app nueva para saber quién tiene el IPAS apagado…

—Me percato de que hay un hombre en la mesa de al lado que está totalmente pendiente de nuestra conversación—.

Valía una pasta, pero para eso trabajo como torum, ¿no?

Para poder permitirme todos los caprichos que quiera.

Erin resopla y yo abro los ojos, nos miramos y nos reímos de su ocurrencia, pero ella está pendiente de su móvil y no se da cuenta. Lo planta delante de mí.

—¿Fen? —inquiero y asomo mi cabeza desde detrás del aparato para que me vea.

—Pues funciona bien —dice ella—, porque dice que tienes el IPAS apagado. Bah, pero qué estafa, no hay nada que diga que lo tienes apagado para siempre, así es imposible saber quién es un torum.

El hombre de la mesa de al lado nos mira de arriba abajo, como haciendo una nota mental de cómo son nuestros cuerpos, especialmente, el mío. Yo me incomodo mucho, pero no digo nada.

Pasamos un rato relativamente agradable hablando de cosas triviales mientras finjo que bebo té.

Al terminar, Erin se acerca a pagar y yo no me opongo, pues aún no he cobrado nada y no tengo dinero. Mientras Fen se va al baño, yo permanezco sentada en la mesa de la terraza interior del centro comercial.

El hombre que nos ha estado prestando atención se levanta y viene justo hacia mí. Ocupa el asiento vacío y me sonríe educadamente.

—Buenas tardes, he oído que eres una torum. Déjame decirte que eres guapísima.

—Gracias… supongo —comento mientras busco con la mirada a Erin o a Fen, ellos estarán acostumbrados a esto, pero yo no. ¿Qué se supone que debo hacer?

—Tengo monedas, acabo de pagar para desconectar mi IPAS media hora. Nos vamos al baño… y… ya sabes… ¿Cuánto cobras por chupármela hasta que me corra?

—Yo… perdona, pero…

El hombre se me acerca demasiado y me toca la entrepierna por debajo de la mesa.

—Vamos, putita, ¿no te vas a poner tímida ahora?

La respiración se me entrecorta y ni siquiera saco el valor para decirle que deje de tocarme, porque me he quedado paralizada por el miedo.

Alguien lo levanta de la silla sujetándolo fuerte de los brazos y todo el mundo se nos queda mirando.

—Primero de todo, vas a pedirle disculpas a Ramla, porque ese es su nombre —le dice Erin— y, en segundo lugar, me vas a dar tu número de identificación, porque tocar a una mujer sin su permiso constituye un delito sexual penado con la cárcel y da la casualidad de que soy su guardaespaldas, porque trabajamos para el presidente.

El hombre suplica y lloriquea, se me acerca —lo poco que le permite Erin— y me dice:

—Perdóname, Ramla, siento haberte tocado y haberte llamado eso que te he dicho.

—Ahora, de rodillas —le ordena Erin con ferocidad y no sé si está haciendo esto por mí o porque realmente no soporta que nadie me trate mal. ¿Por qué?

Lo reconozco, ver a Erin tan protector conmigo me gusta, porque, además, nunca me menosprecia. José a veces es protector, pero siempre va de la mano con hacerme sentir inútil.

¿Por qué los comparo? José es mi novio y Erin es… un torum, un pecador, un ciudadano de la Península. A todos los efectos, es mi enemigo, o debería, porque lo cierto es que se está portando conmigo como un verdadero amigo.

El hombre hace lo ordenado y pronto se organiza un enorme revuelo.

Llegan los policías del centro comercial y Erin tiene que identificarse.

Fen llega del baño y comienza a grabar con su móvil todo lo que está pasando mientras posa para la cámara; deduzco que lo hace para sus redes sociales, aunque poco sé yo de eso.

Me siento incómoda y confundida por todo lo que ha pasado y, lo reconozco, tengo ganas de llorar, pero aguanto la compostura.

El viaje de vuelta a la mansión es horrible. Aún no me he recuperado del susto, pero Fen se lo pasa hablando todo el tiempo sobre los muchos seguidores que va a conseguir con lo que ha sucedido. Erin va en otro coche, siguiéndonos.