04_Una semana #4
Miro hacia ambos lados, pero todos escuchan como si lo que estuviese diciendo fuese lo más normal del mundo. ¿Vamos a disfrazarnos de gatitos para una fiesta de adultos? ¿Por qué será que algo me dice que hay mucho más?
—¿Y qué tenemos que hacer? —comenta Fen mientras saca una lima de uñas y se retoca la manicura—. Porque a nosotras siempre nos toca hacerlo todo y ahora somos una menos.
—Venga —interviene Luc con un tono desenfadado—, ¿que a vosotras os toca todo? Te recuerdo que nosotros somos solo dos y hacemos el mismo trabajo que vosotras tres.
—Vale —comenta Amanda—, luego habláis, tengo prisa. El caso es que la fiesta consistirá en un concurso, ganará la mejor pareja animal. Los invitados traerán a sus torums, los liberados harán peticiones para emparejaros y os pedirán lo que quieran que hagáis.
—Entonces… —interviene Fen de nuevo—, ¿lo mismo me toca con un liberado que con un torum que no sean estos dos? —Amanda asiente—. Pues a ver si llega pronto la fiesta, que me tenéis aburrida —les dice a Luc y Erin con cierto toque juguetón en la voz.
Los nervios se adueñan de mí otra vez. ¿Esto es habitual?
Parece que sí. Es una especie de fiesta donde cualquiera puede tener sexo con cualquiera.
Y yo aún sigo sin haberlo hecho con nadie, aunque lo haya intentado…
Creo que la mano me tiembla y me obligo a recordar que Erin me ha pedido que confíe en él, que me sacará de aquí en unos días.
—Contadle luego a Alaska el tema. Os mandaré los detalles al móvil. Ahora, una pregunta más: Ramla, Luc, Erin… ¿cómo va el asunto que os encargué?
Se refiere a mi virginidad, pero no lo va a decir abiertamente porque Fen está delante y es un secreto.
—Solucionado —miente Erin y Amanda sonríe.
—Perfecto, porque irás directa a la fiesta sin pasar por el presidente antes, ¿vale, Ramla?
Asiento mientras abro mucho los ojos y finjo una sonrisa. Luego, la res nos pide, no tan amablemente como se esperaría de la que se supone que debe cuidarnos, que nos marchemos de su despacho.
Nada más salir, los cuatro recorremos el pasillo que nos aleja de la oficina de Amanda, en dirección a nuestro comedor, pues es mediodía.
Luc pregunta:
—Erin, ¿se puede saber por qué le has mentido a Amanda? El «asunto» no está ni de lejos solucionado y esto nos va a salpicar a todos.
Fen da unos pasos para colocarse a nuestra altura e interviene:
—¿De qué habláis? Espero que a mí no me salpique nada, después de lo de Abigaíl…
Llegamos al comedor y Erin se planta delante del grupo y le pregunta a Fen:
—¿Qué pasó anoche?
—Nada, ostia, nada —miente ella y se sienta junto a una mesa. Erin la sigue, Luc, también y yo me quedo de pie, pero luego, definitivamente, me siento con ellos.
—Tía —comienza Luc mientras se recoge su larga melena negra en una coleta, siempre lo hace para comer—, Abigaíl lleva aquí más que nadie, parecía complaciente y nunca tenía movidas… ¿De verdad ahora está con otro liberado?
Fen nos mira a todos y crispa su rostro. Después, pone morritos y mira a Erin mientras le pone la mano en el pecho de forma juguetona, con una cercanía que me incomoda o, más bien, me pone celosa. ¿Celos? Ay, Dios…
—Si me dices cuál es el asunto que os lleváis entre manos, os cuento lo que sé.
—Nada —espeta Erin mientras se levanta para coger cuatro vasos y cuatro cervezas.
Luc interviene:
—¿Tú que crees que puede ser, Fen? La princesita, que nunca ha…
Erin tira las latas de cerveza en la mesa a modo de advertencia, pero Fen ha entendido perfectamente a lo que se refería y exclama:
—¡Jo-der! ¿Y cómo te metes a torum si no has echado un polvo en tu vida?
—Dejad de hablar de eso —susurra Erin—, ¿sabéis lo peligroso que es?
—Vale —dice Fen mientras abre una cerveza y la espuma le mancha sus delicadas manos—, pero tú eres quien has preguntado por cosas peligrosas.
—¿Abigaíl? —inquiero yo y Fen me escudriña y asiente.
Todos se sirven las cervezas, yo no. Sí, soy rara, pero tampoco me gusta la cerveza.
—¿Qué sabes, Fen? —pregunta Erin mientras le pasa una servilleta para que se limpie las manos y, luego, abre la cuarta lata y me la entrega. Yo finjo una sonrisa y hago como que bebo, como hacía con el té en mi villa.
Fen se echa hacia delante sobre la mesa para evitar que nadie nos escuche. En esta parte de la casa no suele haber mucha gente, pero, a las horas de la comida, permanece un cocinero que también hace las labores de camarero. Lo miro, pero está a sus cosas, terminando un guiso que huele delicioso.
—Abigaíl jamás había dicho «rojo».
—¿Lo dijo y el presi la ha despedido por eso? —pregunta Luc sorprendido.
—Cállate, idiota —exclama Fen y prosigue con la historia mientras toda nuestra atención se centra en ella—.
El caso es que nuestro presidente a veces tiene que hacer algunos favores para conseguir lo que quiere.
Ya sabéis que no todos los políticos o empresarios están liberados, pero Abigaíl me contó que el presidente paga por apagar sus IPAS durante una noche y Abigaíl era quien se ocupaba de satisfacer los deseos de estos tipos.
—Tía, ¿pero eso es legal? —pregunta Luc y ella se encoge de hombros.
Yo miro a Erin, pero no parece sorprendido o perturbado por la historia, parece que ya la supiera y eso me hace dudar de él.
Lo que cuenta Fen es horrible y si Erin lo sabía…
Debería haber hecho algo como lo va a hacer por mí… ¿no?
—El caso —Fen nos mira con interés a través de sus ojos rasgados— es que anoche llegó llorando y, cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que había dicho «rojo» a alguien importante para el presidente y se había liado la cosa.
—¡Joder! —exclama Luc—. ¡Qué movida, tía!
—Por eso ha vendido su contrato a otro liberado —comenta Erin, aunque parece más una reflexión para sí mismo—, por eso ha cambiado de móvil.
—¿La has intentado llamar? —pregunta Fen.
—Sí, en cuanto Amanda nos ha dado la noticia, le he mandado un mensaje y el número no pertenece a nadie.
Luc y Fen sacan sus móviles y miran algo rápidamente en ellos.
Mientras, yo zarandeo con nerviosismo la cerveza cerca de mi boca, sin bebérmela.
Esto pinta muy mal, ¿y si Erin no consigue sacarme de aquí?
¿Y si el presidente me pide que haga algo así?
¿Y si tengo que tener sexo con alguien en la fiesta?
—¡Ostia puta! —grita Fen y luego baja la voz—. Ha quitado todas sus redes sociales.
—¿Y si se la han cargado? —pregunta Luc—. En las pelis pasan esas cosas.
—¡Ya está todo dicho! —interviene Erin en un tono severo—. Abigaíl no está, centrémonos en hacer nuestro trabajo.
El silencio se impone, pero Fen me mira con preocupación y creo que sé en lo que está pensando… ¿Quién de nosotras tres va a sustituir a Abigaíl en esos trabajos de dudosa legalidad?
Como estamos sentados juntos, comemos en la misma mesa, y creo que es la primera vez que me siento parte de este grupo, aunque sea solo por el miedo que compartimos ante lo que ha pasado con Abigaíl.
Por la tarde, Fen me lleva en su coche fuera de la mansión para comprarme un móvil. Pone música y sé que lo hace porque no quiere conversar conmigo. Desgraciadamente, no es rock.
Nos adentramos en la capital, la gente parece ajetreada y feliz.
Aparentan ser buenas personas, como las que viven en mi villa; sin embargo, todos conocen el asunto de los liberados y los torums y les da igual, permiten que, cada año, cientos de jóvenes se conviertan en torums y entreguen sus cuerpos a quienes poseen dinero para comprarlos…
No parece un trabajo, porque, una vez que firmas, no hay escapatoria y debes hacer todo lo que te piden; más bien, parece esclavitud.
Fen aparca frente a una tienda de venta de móviles, apaga la música, mira por el retrovisor y exclama:
—¿En serio? ¿Qué coño hace este aquí? —Y sale disparada del vehículo. La sigo y me doy cuenta de que se dirige a otro coche, empieza a aporrearlo y Erin sale del vehículo—. ¿Por qué me estás siguiendo?
—Solo acato órdenes. El presidente ha recibido amenazas de los antiguos, me han pedido que os escolte, pero tranquila, me mantendré al margen.
—¿Al margen? —comenta Fen—. No lo hagas, no quiero pasar la tarde con la princesita. Pasa y ayúdame a comprarle un móvil.
Erin sonríe y creo que la petición le ha parecido más que bien. Yo también le sonrío.
—Hola, Erin.
—Hola, Ramla. —Y nos quedamos mirando.
Fen pone los ojos en blanco.
—Que sí, que hola todo el mundo, ¿podemos acabar con esta historia del móvil cuanto antes?
Nos reímos y los tres pasamos a la tienda. Un amable dependiente, nos dice desde detrás del mostrador:
—¿En qué puedo ayudarles?
Yo miro a Fen porque no sé nada sobre móviles, pero ella chista.
—Sabes que tienes boca para hablar, ¿verdad, princesita? Voy a mirar unas cosas, ahora vengo. —Y se marcha.
Me alejo un poco del mostrador y le susurro a Erin:
—¿Vas a ayudarme a huir ahora?
—No, Ramla, aún no.
Escruto su bonito rostro lleno de pecas, parece que hoy su barba pelirroja asoma un poco más y está verdaderamente atractivo. Lleva una ropa informal que ciñe su figura a la perfección.
—Entonces… ¿qué son los antiguos? Pensaba que vuestro único enemigo eran los bendecidos —comento, porque ha dicho que los antiguos habían amenazado al presidente y no tengo ni idea de quiénes son.
—¿Vuestro? —repite él y me doy cuenta de que no me he incluido.
—Del presidente, me refiero.
—Los antiguos —comienza en voz baja—, habrás tenido que oír hablar de ellos. —Me mira, pero al ver mi gesto contrariado, se ríe—. Vale, lo olvidaba, eres de otro planeta. Son un grupo que trabaja en contra del presidente, quieren instaurar el sistema antiguo.
Lo reflexiono un momento y creo que sé de qué habla.
—¿Quieren quitar los IPAS a todo el mundo?
—Sí y acabar con los torums y los liberados —añade él.
—¿Quieren matarnos? —pregunto sorprendida, pero Erin se ríe y ver sus carnosos labios abrirse para enseñarme los dientes es lo mejor que me ha pasado desde que me he despertado hoy.