04_Una semana #3
—¿Cómo va a ser? —Coge una taza de café y sigue manteniéndose cerca de mí—.
Pues con alguna movida de alto contenido sexual…
Por eso no entiendo que te resistas tanto a que nos acostemos ahora, que podemos actuar por nuestra cuenta, pronto nos dirán exactamente cómo proceder…
¿No preferirías tenerme para hacerme lo que quieras?
—¿Hacerte lo que quiera?
—Hola —dice alguien y ambos nos giramos. Es Erin, que aún va en pijama, lo que me recuerda que yo también y que enseño demasiada piel—. Amanda me ha mandado un mensaje para que vayamos a su despacho a la una del mediodía.
Luc mira el móvil.
—Sí, lo ha pasado a todos. Bueno, a Alaska, no, que es su día libre.
—Y a Ramla, tampoco, por eso lo decía —comenta Erin.
—¿Es que no tienes móvil? —me pregunta Luc sorprendido.
—No —respondemos a la vez Erin y yo, nos miramos y juraría que hay una tensión extraña latente, lo que me hace recordar que debo perder la virginidad y él se negó y me dejó con una sola opción: Luc.
Aparto la mirada de Erin, abro mucho los ojos y finjo una sonrisa mientras cojo de la mano a Luc.
—Bueno, la semana se acaba —le digo—, ahora tengo tiempo, podrías… ¿explicarme eso de hacerte lo que quiera?
Él se ríe y Erin tensa la mandíbula mientras se me queda mirando bastante molesto. Creo que solo estoy actuando así porque sé que a Erin le enfadará. ¿Qué me sucede?
Luc deja el café con ansiedad y me pasa el brazo por los hombros bruscamente. Nos dirigimos hacia mi habitación mientras los nervios se hacen latentes y comienza a temblarme el cuerpo.
Luc cierra la puerta.
—Ni «rojo» ni mierdas, ¿vale, Ramla? Hagamos lo que nos apetezca, ¡estoy harto de órdenes!
—No tengo ni idea de qué se supone que debo hacer…
Él se rasca su espesa barba y, por la expresión de su cara, creo que le ha gustado que yo sea una ignorante.
—¿En serio? Joder. Vale, yo te voy a enseñar.
Viene hasta mí y me pone las manos en el culo mientras me mete la lengua con celeridad hasta el fondo.
Me aparto un momento, pero recuerdo que debo hacer esto, si quiero llegar a fin de mes para usar las monedas para huir.
Así que vuelvo a acercarme y él me empuja contra la cama bruscamente.
Sus formas me recuerdan a las que usa a veces José conmigo, cuando se enfada, y no me gusta.
Aun así, me mantengo a la espera de sus enseñanzas.
—Tienes que tocarme el pene, Ramla —me ordena mientras se aparta el largo cabello de la cara y me lleva la mano hasta su entrepierna, donde noto un bulto, lo toco y él me guía para que lo masajee.
—Yo… —comienzo, algo agobiada—, creo que esto no es buena idea…
Pero él me gira sobre la cama y me baja los pantalones y las bragas.
—Venga, tía, te aseguro que te va a gustar mucho más conmigo que con ese viejo.
Y me mete los dedos dentro de mi vagina. La sensación me abruma y le grito:
—¡Para!
Pero él se echa sobre mí en la cama y, aunque ha sacado los dedos de mi interior, me agarra de las muñecas y me dice molesto:
—Tía, tú me has pedido que venga. En serio, ¿no sabes lo que te hará ese viejo? Amanda nos va a matar si no hacemos esto. Venga, relájate, que te va a encantar.
Intento hacerle caso y asiento. Él arremete nuevamente y me besa el cuello; luego, baja por mi escote y despierta algo instintivo en mí…
No está tan mal… Se aparta, se quita los pantalones y se queda totalmente desnudo.
Tiene un cuerpo musculoso y cuidado. Es velludo, él lo es en general.
Su cabello es largo y cae por ambos lados de mis pechos mientras me los besa.
—Quítate el sujetador, Ramla, abre la boca y usa la lengua…
Le hago caso y me quito el sujetador, pero uso mis manos para cubrir mi desnudez. Él agarra mis muñecas y me dirige al borde de la cama. Lleva mis manos a su culo y dirige mi cabeza hasta su miembro.
—La lengua, Ramla…
¿Quiere que use mi boca para envolver su miembro?
Estoy intentando procesar la información cuando él agarra mi cabeza con fuerza e intenta abrirse camino en mi boca. No lo puedo evitar, grito:
—¡Espera, no! Esto no…
—Ramla, tía, ¿quieres ir a la cárcel?
Me pongo nerviosa y él me empuja sobre la cama y se echa sobre mí.
—No, espera, para —le vuelvo a gritar, pero él me da la vuelta y comienza a separar mis muslos, abriéndose camino por debajo de mis braguitas—. ¡Luc, no estoy preparada! ¡Espera!
Él se detiene un momento y noto el enfado cruzar su rostro.
—¿Qué mierda te pasa, tía? ¡Solo trato de ayudarte!
Me pongo de los nervios y las lágrimas salen de mis ojos. Él sigue sobre mí y siento que estoy entrando en pánico.
—¡Aparta! —le grito entre lágrimas.
Y no sé si tiene intención de quitarse o no porque alguien irrumpe en la habitación y lo agarra por el cuello con violencia, tirándolo al suelo.
—Tienes un minuto para perderte.
Erin mira con ferocidad a Luc con un puño levantado en el aire. El otro, que es igual de grande y podría defenderse con violencia, solo le recrimina mientras se pone en pie.
—¿O qué?
—O te mato —le dice Erin y la amenaza parece muy real. El terror se apodera de mí y me hago un ovillo en la cama mientras las lágrimas siguen desbordándose.
Luc tensa el rostro, pero no hace otra cosa que mirarme con desprecio.
—Ya me suplicarás que te folle, princesita.
Usa la forma despectiva con la que me llama Fen y eso me ofende.
Respecto a la otra palabra, no sé qué significa, pero seguro que tiene que ver con el sexo.
De alguna forma, la expresión molesta a Erin, que agarra a Luc por el cuello y lo arrastra por la habitación hasta lanzarlo fuera de ella.
El otro no se defiende y deduzco que Erin lo intimida, quizá por su labor como seguridad dentro de la mansión.
Erin cierra la puerta y respira muy fuerte, creo que intenta calmarse. Después, viene hasta mí y se sienta en la cama.
—No me toques —le digo perdiendo los nervios y él se aparta, con el rostro turbado de tristeza.
—Dame unos días —me pide—, intentaré sacarte de aquí.
Me seco las lágrimas.
—¿Sacarme de aquí? ¿Cómo vas a…?
Él se me acerca y veo su rostro pecoso y bonito.
—Tú tienes tus secretos, Ramla, yo también tengo los míos. Confía en mí… ¿de acuerdo?
Me tiende la mano y se la cojo.
—Confío en ti —le digo y él sonríe.
Luc hace como si no hubiera pasado nada, pero Erin se muestra tenso en su presencia. Fen también está en la reunión a la que nos ha convocado Amanda. Alaska tiene el día libre, pero falta Abigaíl, la cuarta torum.
Erin me ha prometido que me sacará de aquí…
¿Cómo? Y lo que es más inquietante… ¿Por qué?
La cabeza me da vueltas y, lo reconozco, aún tengo los nervios a flor de piel por todo lo que me ha hecho Luc.
Sé que debería haberme relajado, pero, por alguna razón, me pone nerviosa que él me toque así, igual que cuando lo intentó el presidente.
Creía que, al tener desactivada el IPAS, sería fácil entregarse al pecado, pero no, solo fue fácil con Erin.
Su presencia, incluso en el despacho de Amanda, rodeados de personas, me hace sentir un calor intenso que es difícil de apagar.
Amanda sigue hablando por teléfono con alguien, parece muy cabreada, pero no le presto atención, sino que intento centrarme en algo ajeno a toda esta situación.
Lo único que se me ocurre es mirar las plantas que envuelven el lugar, lo que me recuerda que el huerto de mi casa —de mi villa, de mi verdadero hogar— estará más que muerto a estas alturas.
La res tira el móvil sobre la mesa, exhausta, se recoloca las gafas y nos dice:
—Espero que hayáis disfrutado de estos días de tranquilidad, porque se acabaron las vacaciones, chicos. —Ahora, coge un papel, creo que tiene un listado de temas a tratar—. Lo primero de todo: Fen, esta tarde te vas con Ramla y le compras un móvil; luego, me pasas la factura y te lo abono.
Fen me mira y frunce el ceño.
—¿Y tengo que ser yo? ¿Es que no puede ir ella solita?
—Puede —la desafía Amanda, que está claro que no va a tolerar sus contestaciones—, pero te estoy diciendo que vayas tú, como parte de tu trabajo. ¿Algún problema?
Fen no se esfuerza mucho en fingir una sonrisa y mira sus perfectas uñas, tratadas, cuidadas, pintadas y muy largas.
—Ningún problema, la princesita y yo iremos de compras —escupe con disgusto.
Amanda chista, agotada, y yo me pregunto en qué momento comenzó a odiar su trabajo. Sigue mirando su papel y nos dice con un tono raro en la voz:
—Abigaíl ya no trabaja para el presidente.
El silencio se hace en la sala y todos se miran sin decir nada. Yo no la conocía mucho, es la cuarta torum, pero imagino que le tenían cariño porque parecen perplejos y, supongo, que a pesar de las diferencias evidentes entre unos y otros, son como una pequeña familia y su marcha les afecta.
Nadie dice nada y, como jamás pienso en lo que hago, pregunto:
—¿La ha vendido a otro liberado?
Todos fijan la vista en mí y Amanda tuerce el gesto.
—Ha cedido su contrato a otro liberado —matiza—, ella estaba de acuerdo.
—¿En serio? —pregunta Erin molesto—. ¿Y eso, cuándo se decidió? Porque ni siquiera se ha despedido.
—Anoche —contesta Fen y es en ella en quien se centran todas las miradas ahora. Todas expresan sorpresa, menos la de Amanda, que, más bien, es de advertencia.
—Bueno —interviene la res mientras se recoloca las gafas—, no hay más que hablar.
Si no se ha despedido, pues la llamáis por teléfono o le dais a «me gusta» en las redes sociales.
Ahora, lo más importante —resopla y no imagino qué puede ser más relevante que el hecho de que hayan vendido a una compañera a otro liberado.
Por lo que he leído, eso no suele ser buena señal y creo que Fen sabe algo, así que no puedo evitar sentir ganas de interrogarla—: la semana que viene es la fiesta de cumpleaños de Sarah, la hija del presidente.
Los niños se quedarán a dormir con las niñeras, y los padres, mientras tanto, celebrarán una fiesta privada para adultos.
La temática de la fiesta es: animales. Las chicas seréis gatas y los chicos, lobos.