04_Una semana #2
—Para trabajar al servicio del presidente, no pareces respetarlo mucho.
Erin pone el gesto duro y cambia de tema rápidamente, pero yo me he percatado del doble rasero que muestra siempre respecto a los torums y su trabajo.
—¿No vas a quitarte el pijama? Tranquila, puedo darme la vuelta.
Lo miro un segundo, tiene una mueca muy divertida dibujada en su cara.
—Gracias, eres muy amable, pero no es necesario.
Me pongo en pie, pero él permanece sentado. Aparto la toalla mientras le miro directamente a los ojos; luego, me quito el pijama y él se da la vuelta.
—Erin, quiero confesarte que he estado buscando en la red mil y una formas de fugarme de aquí.
Su espalda se contrae un poco y yo sigo quitándome la ropa interior hasta quedar totalmente desnuda.
—¿Por qué me cuentas eso? Soy del equipo de seguridad, tendría que detenerte.
Pero su voz no muestra alarma ninguna por mi confesión.
—Te lo digo porque sé que no irás corriendo a contárselo a nadie. Al fin y al cabo, fuiste tú quien me advirtió de que no me convirtiese en torum.
Seco con la toalla mi cuerpo desnudo y sigo mirando su fornida espalda, que también está llena de pequeñas pequitas.
—Pues debería aprender a advertir mejor, porque no sirvió de mucho —comenta como si esto fuese un juego.
Trago saliva, contengo el aire y me siento a su lado, desnuda, él me mira y una extraña expresión recorre su rostro. Estoy muerta de vergüenza, pero cuando hace amago de apartar su cara, la atrapo entre mis manos y le obligo a mirarme.
—Imagino que ya lo sabes, Erin, es imposible fugarse de aquí, así que… —me paso la lengua por los labios, nerviosa—, si he de tener relaciones sexuales… Si alguien ha de tocarme por primera vez… No quiero que sea Luc ni el presidente, me gustaría que fueras tú.
Acerco mi cuerpo al suyo; mi cara, a esos labios carnosos que tiene, y le beso dulcemente, porque eso sí sé hacerlo, ya que tengo novio, un dato que, en estos momentos, prefiero enterrar en lo más profundo de mi ser.
Erin responde con calidez al beso, de forma suave y lleva su mano a mi cara con dulzura.
Mi lengua se abre camino en su boca y él hace lo propio con la suya, creando entre ambas movimientos coordinados y armónicos que son de lo más deliciosos.
No, nunca me he besado así antes con nadie, esto es nuevo, pero también lo es la necesidad que está recorriendo mi cuerpo, una ansiedad por que él me toque, por tocarlo…
Pero entonces, Erin se aparta y solo se me ocurre disculparme:
—Lo siento, ¿he hecho algo mal? Perdona, yo…
—Ramla, eh, Ramla —susurra mientras me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—, nadie va a tocarte si no quieres, no puede obligarte.
De repente, me siento desnuda y avergonzada y me alejo de él, me aferro a la toalla mojada y cubro mi cuerpo.
—Pero si no le doy lo que quiere, me venderá a otro liberado o acabaré en la cárcel.
Sonríe.
—Veo que te has informado, muy bien; un poco tarde, pero está bien. Escucha, conozco al presidente y no se deshará tan fácilmente de ti, le gustan las personas únicas y no somos fáciles de encontrar. Tú eres increíblemente especial. Aguanta todo lo que puedas y te prometo que todo irá bien.
Me pongo en pie porque estoy ofendida por su rechazo.
Quizá no soy suficientemente bonita, no como las otras chicas torums, no como él, porque es un Dios en la tierra: divertido, elegante, valiente y forma parte de la seguridad de la mansión.
No es un don nadie, mientras que yo solo soy la chica que sabe preparar té, la negra de ojos raros, la que no fue capaz de cruzar los controles en una misión secreta para los bendecidos.
—Soy especial porque soy negra con los ojos azules, eso es todo, ¿no? —exclamo molesta—. Gracias por tu inestimable ayuda.
Él se pone en pie y lo empujo sutilmente hacia la puerta.
—No eres solo eso, pero para el presidente… —se excusa, pero yo lo dirijo fuera de mi habitación.
—Buenas noches, Erin, ya solucionaré mi problema con Luc.
Su rostro se contrae lleno de rabia y sé que va a decir algo, porque es evidente que no se lleva bien con él; sin embargo, le cierro la puerta en las narices muy ofendida por su rechazo.
A la mañana siguiente, estoy totalmente decidida a perder la virginidad con Luc.
No sé qué implicará, aunque tengo algunas teorías en base a lo que he visto y han comentado, y solo hace cinco días que soy una torum.
No sé si estoy aterrada o no, pero si no puedo huir de aquí, esta es la única alternativa que tengo.
Me dirijo a la cocina para desayunar. Como todas las mañanas, hay fruta, tostadas y algunos bizcochos dispuestos sobre la mesa alta. También hay zumo de naranja, café y té.
Miro la hora y soy consciente de que es temprano para los torums, soy la primera. Casi lo agradezco, porque continúo en pijama y cubre poca piel, pero el que tapa más quedó empapado anoche.
Busco todo lo que necesito y me dispongo a desayunar sola.
—Buenos días —me dice una voz aguda, la miro. Es Alaska, es hermosa, pero de una forma siniestra, pues su piel es muy pálida, su cabello, sus ojos, cejas, pestañas… hasta sus labios parecen tener otro color diferente al de cualquier persona—, ¿encontraste a Fen la otra noche?
—Sí —contesto mientras ingiero leche con cola-cao, sí, porque odio el café y el té.
Ella coge un vaso con zumo de naranja y le da un trago mientras se sienta a mi lado.
—No te preocupes, Ramla, mi primera vez con el presidente dije «rojo» como un millón de veces.
La miro, me transmite tranquilidad. Coge una tostada y se unta un poco de tomate.
—¿En serio? Yo solo una vez… Pero lo empujé.
—¿Empujaste al presidente de la Península en tu primera noche trabajando para él? —Ella esboza una sonrisa comedida y yo la imito, mientras decido que quiero ser su amiga.
—Oye, ¿puedo preguntarte por qué entraste a trabajar como torum?
—Si no he entendido mal, todas las personas que viven en la Península saben bien cómo funcionan los torums y no creo que alguien pueda escoger esta vida por voluntad propia…
¿O sí? ¿O realmente el sexo no es tan terrible y no debería temerlo?
Ella da otro bocado a la tostada y, por un momento, creo que no va a contestarme, pues su mirada se oscurece un poco, pero, en cuanto termina de masticar, se limpia con delicadeza y me explica con su suave voz.
—Mis padres no podían costearse los tratamientos médicos que necesito para no quedarme ciega y la sanidad pública solo cubría algunas cosas básicas.
El presidente paga mi tratamiento —ahora sonríe—, así que, gracias a que soy una torum, puedo seguir viendo.
—Yo sonrío también, pero es un gesto fingido, su historia me ha parecido triste—.
¿Y tú, Ramla? ¿Qué te ha llevado a ser una torum?
—Buf… —exclamo sin pensar, luego doy un último trago a mi taza de cola-cao—. Una serie de malas decisiones y acontecimientos para los que nadie me preparó.
—Vaya —comenta sin más.
—Alaska —le digo porque, de repente, se me ha ocurrido algo—, ¿podrías explicarme qué es una relación sexual?
—Ella pone una extraña cara y recuerdo que la res me dijo que era ilegal entrar a este trabajo siendo virgen, así que se supone que ya debería saberlo—.
No tengo mucha experiencia, aunque tenía novio… —añado, para que no sospeche.
Ella da un bocado a la tostada y creo que está pensando cómo explicármelo.
—Hay muchas formas, pero, básicamente, el presidente va a meterte su…
—señala su entrepierna con algo de vergüenza y comprendo que ella no es como Fen o Luc, que parecen más descarados— por cualquier parte de tu cuerpo que le apetezca.
Si te dejas llevar, te gustará, solo debes relajarte y pensar que lo haces con alguien que te gusta.
—¿Con alguien que me guste?
—Sí, yo suelo pensar en mi novia. Hablando de… —dice mientras saca su móvil—, es ella, perdona, es que hoy tengo el día libre y he quedado con mi chica, vuelvo esta noche. —Se limpia la boca con la servilleta y se marcha apresuradamente—. Adiós, Ramla.
Me quedo perpleja. Sí, me explicaron que podría seguir teniendo una vida normal, pero no había pensado que eso implicase salir de la mansión cuando quisiera ni que fuese a tener días libres.
Imagino que, hasta final de mes, no me pagarán, pero creo que necesito que llegue ese momento cuanto antes, quizá podría usar las monedas para pagar algún transporte que me alejase de aquí.
¿Podría sobornar a algún guardia del puerto de embarque de la Península para que me llevase hasta las Islas?
Una vez allí, cualquier bendecido me ayudaría en cuanto supiera que soy la hija del pater Massimo; al fin y al cabo, él es igual de importante allí que el presidente lo es aquí.
Sí, creo que ese es mi nuevo plan. Anoto mentalmente la idea para buscar en internet cómo sobornar a un guardia sin acabar en la cárcel en el intento.
Entonces, alguien toca mi espalda.
—¡Buh!
Me sobresalto y me giro, es Luc. ¡Oh, no!
—Buenos días, Luc.
Él se me planta delante y me percato de que va sin camiseta, solo con unos pequeños pantalones, que imagino son su bañador, ya que parece que pasa más tiempo dentro de la piscina que fuera de ella.
—Tía, sabes que se te acaba la semana, ¿no? He ido a tu habitación varias veces, pero no estabas… ¿Dónde te metes?
—He estado ocupada —comento mientras me levanto del taburete y comienzo a recoger lo que he ensuciado para marcharme.
—¿Ocupada? Esta semana no teníamos nada programado. Disfruta de la libertad porque pronto estaremos preparando la fiesta del presi . —No se sienta; en vez de eso, me sigue por la cocina, coge un bollo y se lo come de un bocado.
—¿Preparar una fiesta? ¿Cómo? —pregunto solo por darle conversación, porque aún estoy decidiendo si perder la virginidad con él o pedirle dinero prestado a algún compañero para intentar fugarme, pero…
¿a quién? Erin no me lo daría después del plantón de anoche; Alaska quizá, pero nos conocemos poco; Luc y Fen están descartados y, en cuanto a la otra torum, solo he intercambiado dos palabras con ella.