04_Una semana
una semana
Luc llama a la puerta y ya he perdido la cuenta de las veces que ha intentado tener relaciones sexuales conmigo en estos tres días desde que Amanda me pidió que perdiera la virginidad con él o con Erin.
El pelirrojo, en cambio, no lo ha intentado ni una sola vez, y eso me enfada un poco, lo reconozco.
No abro la puerta. Espero a que se vaya mientras sigo leyendo en internet todo lo relacionado con los torums y los liberados.
No ha sido tan difícil aprender a usar este trasto.
Los datos son extensos en la red de la Península, lo que me hace pensar que en las Islas tenemos capada gran parte de la información.
Le doy vueltas una y otra vez a todo lo que he leído y comprendo que el sistema de los torums está pensado como un laberinto sin salida, del que, una vez que te metes, es imposible escapar.
No hay apenas casos de gente que haya ido a la cárcel por haber abandonado su puesto de torum.
Básicamente, los torums lo son para toda la vida y, si tu jefe no está contento, le vende tu contrato a otro liberado y vas a vivir a una nueva casa con nuevos compañeros torums…
Y nadie se niega porque la alternativa es ir a la cárcel.
Empiezo a entender que mi padre adoptivo tenía razón sobre esta gente: son el mal personificado.
Amanda sabía perfectamente dónde me estaba metiendo y ni siquiera se molestó en pedirme que leyese el contrato antes de firmarlo.
La noche cae demasiado pronto porque hay toneladas de información en internet que necesito consultar. ¿Cómo puedo fugarme de aquí? ¿Cómo puedo salir de la Península y regresar a las Islas? ¿Puedo al menos contactar con mi novio para que sepa dónde estoy? ¿Estará en la cárcel?
Con los ojos agotados de tanto mirar la pantalla, me voy a dormir, pero, al cabo de un rato, unos intensos truenos azotan la mansión y me despierto sobresaltada.
Es lo único que me faltaba para ponerme histérica.
Aguardo en la cama, aferrada a la ligera colcha, pero no cesan.
La corriente se va y veo que las luces de emergencias se encienden.
Me echo la sábana por encima de la cabeza.
Salgo de la habitación a oscuras, guiándome por la tenue luz de emergencias que hay encendida por todas partes, y llego hasta la mesa de la cocina.
Me meto debajo e imagino que tengo cinco años, que esta es la mesa de mi casa y que pronto mi padre adoptivo vendrá a buscarme, se meterá debajo conmigo y fingiremos que estamos de acampada.
Odio las tormentas y hacer esto es lo único que me calma.
Sí, poner una sábana en mi cabeza y esconderme bajo una mesa.
Alguien me alumbra con una linterna. Es Erin que, al verme, se ríe.
—¿Ramla? ¿Estás despierta?
—Sí, ¿cómo iba a haber llegado aquí si no? —pregunto mientras me aferro a la sábana y me arrebujo en ella al escuchar nuevos truenos, gesto que a Erin le hace mucha gracia.
—Perdona, pero creía que podrías ser sonámbula. ¿Qué haces debajo de la mesa con la sábana en la cabeza? —Se agacha para quedar de rodillas delante de mí.
Un trueno suena y grito. Le agarro del brazo y tiro de él, que se deja llevar y se acomoda a mi lado, bajo el mueble.
—¿Quieres? —Y le ofrezco un poco de sábana. Se ríe, pero acepta y pronto ambos estamos bajo la tela, mirando la parte de debajo de la mesa.
—¿De qué planeta has salido tú, Ramla? —pregunta muy divertido.
Otro trueno resuena muy fuerte y oímos la lluvia golpear con intensidad sobre la mansión.
—Cuando era niña, mi padre fingía que íbamos de acampada en mitad del salón cuando había tormenta —me sincero—. Era la única forma en que conseguía calmar mi miedo.
Hay un pequeño silencio. Imagino que está pensando en lo idiota que soy.
—Entonces… —dice él—. ¿Jamón o queso?
—¿Cómo? —pregunto confundida.
—El sándwich, esto es una acampada, ¿no? ¿Lo quieres de jamón o de queso?
Lo miro y ahora soy yo la que sonrío y me relajo.
—¿Y yo soy la que viene de otro planeta? —inquiero divertida—. ¿Quién se come un sándwich solo de queso sin jamón?
—A mí me encantan.
Ambos nos reímos y reconozco que ha conseguido que me olvide de la tormenta.
Nos miramos un momento sin decir nada y veo felicidad en su rostro. ¿Es posible que yo le caiga bien? Él despierta en mí muchas cosas…
Escuchamos unos gritos infantiles y, después, una voz de una mujer que chilla.
—¡Sarah, para de una vez!
Ambos nos inquietamos y vemos pasar corriendo a una niña de unos cuatro o cinco años, que se ríe y va directa a la única habitación cuya puerta está abierta, la mía. Detrás, le sigue una señora, que deduzco será la niñera.
Erin sale rápidamente de debajo de la mesa y me advierte.
—Es la hija del presidente.
Ambos corremos hasta mi habitación. La niñera está desquiciada porque la pequeña ha abierto la ventana y se ha subido al marco y no quiere bajar. Aunque estamos en una planta baja y el riesgo de caída es mínimo, afuera se produce el diluvio universal.
La niña salta al exterior, perdiéndose en el agua.
La niñera comienza a gritar y agarra a Erin, que intenta soltarse para ir detrás de la hija del presidente.
Así que no lo pienso y corro hasta la ventana.
Los truenos no son un gran aliciente para poner un pie fuera de la mansión, pero la niña se está empapando bajo la lluvia mientras la escuchamos llorar.
Tiro la sábana, subo al marco de la ventana y me precipito al jardín exterior. Todo está oscuro, solo se ilumina con los rayos que no dejan de caer por todas partes. No sé qué le sucede a la niña o qué la ha llevado a salir afuera.
—Sarah, ¿por qué no pasamos dentro y me cuentas por qué estás tan triste?
—¡Ramla! —grita Erin y me giro. Está en la ventana con un pie fuera para alcanzarnos, pero un rayo cae entre él y nosotras y la histeria cunde en los rostros de todos.
Agarro a la niña entre mis brazos. Ella patalea y yo le susurro:
—Sarah, soy amiga de tu papá, me llamo Ramla. ¿Sabes? A mí me encanta jugar bajo la lluvia a que soy una pirata. ¿Te gustan los piratas?
La niña se calma y veo a lo lejos a Erin hacerme señas para que intente entrar en la casa.
—¿Piratas? ¿Y tienes un tesoro?
—Claro —afirmo mientras corro con ella más calmada hacia la ventana. Erin la coge y la mete dentro, voy a hacer lo propio cuando un trozo de tejado se desprende de la mansión y me golpea en la cabeza, haciéndome caer.
Entonces, solo veo el cielo rojo sobre mí. Está furioso y creo que Dios ha venido a reclamar a esta pecadora. Pero unos ojos azules se sitúan delante y comprendo que aún no es mi hora, solo me he caído por el golpe, pero creo que estoy bien.
Erin me ayuda a ponerme en pie y entramos a través de la ventana a mi habitación. Lo noto preocupado.
—¿Ramla, estás bien? —pregunta él mientras me lleva a la cama y me sienta.
—¿Sarah? —Llamo a la niña y ella me mira desde los brazos de su niñera—. Te prometo que otro día te enseñaré mi tesoro pirata.
—Sí, Ramla —dice.
—Uf… vamos a ponerte ropa seca y a dormir —exclama la niñera mientras nos mira—. Gracias, me subo con ella, no deberíamos estar aquí.
—No daré parte —comenta Erin y la niñera lo agradece nuevamente. Se va con la pequeña y nos quedamos a solas en la habitación. Él me mira, se aparta, busca una toalla y me la pone por encima—. Ramla, ¿por qué has hecho eso?
—Sí, lo siento —comento mientras tirito de frío—, debí apartarme cuando el tejado se vino abajo.
—No me refiero a eso —dice mientras niega con la cabeza, en una mezcla entre divertido y preocupado—. No es tu trabajo cuidar de la hija mimada del presidente y pensaba que te asustaban las tormentas.
—No es una niña mimada —inquiero ofendida.
—Sí lo es, se pasa el día haciendo lo que le da la gana, volviendo loca a su niñera.
—Posiblemente, solo necesita que sus padres le presten atención.
Nos miramos mientras escudriña mi rostro. Luego, sonríe y busca una toalla para él. Intenta secarse porque su ropa está empapada, como la mía. Se planta delante de mí y me analiza.
—¿Crees que necesitas que llame al médico? —Niego y la luz regresa, él apaga la linterna y se despide—: Creo que sobrevivirás, Ramla, hasta mañana.
—Espera —le digo poniéndome en pie—, no te vayas, por favor. —Erin me mira y no tengo ni idea de qué decirle, pero sigo hablando, porque nunca he sido una persona de quedarse callada—: ¿Crees que podrías quedarte conmigo hasta que la tormenta termine?
Erin sonríe y creo que le ha enternecido mi propuesta.
—Claro —contesta—, pero deberíamos quitarnos esta ropa…
—Va… va… vale —consigo decir y él vuelve a reírse.
Erin busca algo en la habitación, un mando, pulsa un botón y, en una de las paredes, se proyecta una chimenea. Abro mucho los ojos, desconcertada, sobre todo porque de ella sale calor. No sabía que mi habitación podía hacer eso.
—Ven, anda…
Me siento en el suelo, frente a la falsa chimenea que desprende un calor muy real. Él se quita el pijama y se queda en calzoncillos, se seca el cuerpo y se me queda mirando.
—Lo siento, ¿te molesta que me quede en ropa interior? No he caído en preguntarte, a las otras torums les da igual.
Le miro y niego con la cabeza, aunque no sé si me molesta o no, lo cierto es que es muy agradable ver su cuerpo y, de repente, siento que en la habitación hace un poquito más de calor y no sé si es por la chimenea o por algo más.
—¿Así que formas parte de la seguridad del presidente? —pregunto solo para distraerme mientras me aferro a la toalla—. ¿Y hay muchos altercados con niñas pequeñas?
Él sonríe un momento, pero luego, me contesta muy serio.
—En realidad, solo trabajo cuando hace falta una mano extra y, además, protejo a los torums veinticuatro horas, ya que soy uno de ellos.
Me escurro el cabello lago mojado.
—¿Y de quién podríamos necesitar protección? Además de la tormenta, claro.
Ambos nos miramos divertidos, pero él vuelve a ponerse serio.
—Nadie que trabaje para el presidente está a salvo, Ramla, no lo olvides nunca. Y, si alguna vez estás en peligro, no te la juegues por ellos, procura salvarte tú.
Me mira con ojos de advertencia.