Peccatorum, más que la chica del té 03_La primera vez #3
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03_La primera vez #3

Me ayuda a incorporarme y me doy cuenta que ya no estoy mareada por las vueltas, sino por la expectativa de lo que va a hacerme.

El presidente pega su pecho a mi espalda y noto su vello.

Después, baja lentamente los tirantes del sujetador y mete sus dedos en mi escote hasta tocar mis pezones.

Erin hizo lo mismo ayer; sin embargo, las sensaciones que él me despertó y las que estoy experimentando ahora son diferentes.

Al tocarme, se endurecen y la respiración me cambia para hacerse más rítmica, pero siento celos de mi cuerpo y una parte de mí se molesta porque este hombre mayor que yo y al que no conozco me esté tocando.

No hago nada, solo me quedo plantada en el sitio mientras él me manosea. Coge mi mano y la baja suavemente hasta que palpo algo duro y alargado. Sí, lo estudié en biología, es el miembro masculino. Lo toco, pero no sé qué espera que haga con él.

—No has tenido muchas relaciones sexuales, ¿verdad? —susurra con cierto toque juguetón en la voz.

—Las justas —miento, porque no he tenido ninguna. Bueno, quizá sí, una, si cuenta lo que hice ayer con el pelirrojo en el escenario.

Él me da la vuelta y suelto su miembro. Ahora quedo de frente a su cara, que me analiza con deseo, con unas ganas desbocadas, como si fuera a comerme, a devorarme. No había visto a nadie mirarme así jamás y algo se asusta en mi interior.

«Rojo», me repito internamente, pero no he olvidado que Erin me ha dicho que no puedo romper el contrato porque iría a la cárcel. Entonces… ¿me despedirá si grito «rojo»?

Ahora sus manos van a mi sujetador y lo rompe haciendo explotar los corchetes y liberando mis pechos.

Nadie los había visto nunca y creo que me estoy poniendo colorada.

Él se relame al observarlos y comienza a besarlos al mismo tiempo que me dirige hasta una de las camas. Me tumba, pero yo permanezco quieta.

—Preferiría que colaborases, pero lo pasaré por alto porque es tu primer día.

—Gracias —contesto amablemente y él endurece el rostro y se centra nuevamente en mis pechos: los toca, los besa, los estruja con sus manazas…

Entonces, me tumba totalmente sobre la cama y se echa encima de mí, como sentado sobre mi barriga. Noto su miembro duro sobre mi vulva y, justo cuando se abre camino a través de mi ropa interior y mete sus dedos dentro de mí, lo empujo sin haberlo pensado.

—¡Rojo!

Se aparta bastante molesto, me mira un instante y yo me hago un ovillo en la cama mientras intento no ponerme a gritar como una histérica.

El presidente se va hasta la barra, se sirve una bebida en silencio y yo lo único que deseo es desaparecer de aquí. ¿Por qué me ha tocado de esa forma?

Al cabo de unos minutos, que se me hacen eternos, termina de beberse el líquido y vuelvo a escuchar los hielos chocar contra el cristal del vaso, creo que le gusta zarandearlos para hacerlos sonar.

Luego, me mira y me señala la puerta. Me levanto lentamente, cojo la bata, me la pongo y me dirijo hacia la puerta, pero cuando voy a marcharme, él me pide:

—Dile a Fen que suba.

Lo miro, asiento y me voy lo más rápidamente que puedo de la habitación mientras las lágrimas se precipitan por mi cara.

Recorro la elegante mansión y, en uno de los pasillos, a lo lejos, veo a Erin.

Va vestido de traje y creo que está haciendo guardia.

Recuerdo que me dijo que, además de ser un torum, trabajaba para la seguridad del presidente y su esposa.

Me alegra que no me vea porque, incluso a esta distancia, se percataría de mis lágrimas y, por alguna razón incomprensible, no quiero que sepa nada de lo que ha sucedido. Él me advirtió y, aun así, estoy aquí.

Justo cuando voy a doblar la esquina para bajar las escaleras hasta la planta baja, se percata de mi presencia.

Giro mi cara lo más rápidamente que puedo, deseando que no haya visto el río que hay bajo mis ojos.

Bajo a toda velocidad y me pongo a llamar a todas las habitaciones, porque no sé cuál es la de Fen.

La única puerta que se abre es la de la chica albina.

—Hola, soy Ramla, perdona que te moleste —comienzo mientras ella me mira a través de sus ojos casi blancos—, estoy buscando la habitación de Fen.

—Está al final del pasillo, es la más grande —comenta con una media sonrisa y una voz muy aguda.

—Gracias, por cierto… no recuerdo tu nombre.

Amplía la sonrisa, aunque con cierto temor.

Parece una chica muy delicada, no solo por el albinismo, que le hace tener el cabello, las pestañas, las cejas y la piel totalmente blancos, sino por su forma de moverse y hablar.

Da la sensación de que, en cualquier momento, pudiera desintegrarse.

Es muy guapa, con buenas formas y, de repente, me da asco que el presidente tenga a este grupo de chicas jóvenes, cada cual más única, para tocarlas cuando quiera.

—Me llamo Alaska —dice con su aguda voz—, seguro que seremos grandes amigas. Buenas noches, Ramla —concluye y cierra la puerta mientras yo también me despido.

Camino hacia la habitación de Fen, toco a la puerta y ella abre y, cuando me ve, pone los ojos en blanco y comenta con cierto tono desagradable:

—Joder, princesita, que una cosa es que tengas claro que yo soy la reina y otra que no hagas ni tu puto trabajo… Quiere que suba, ¿no?

—Sí, el presidente me ha dicho que te pida que vayas —comento, para asegurarme de que estamos hablando de lo mismo, aunque parecía obvio.

—Pasa, anda, que tengo que cambiarme.

Me adentro en su habitación, que más bien parece una casa propia, con salón y terraza.

—Bueno, en realidad, ya me iba —le digo, porque lo único que quiero es esconder mi cabeza debajo de las almohadas.

Ella se quita el pijama y se queda totalmente desnuda. Aparto la mirada.

—Eres un puto desastre —me dice mientras se cambia de ropa interior—. ¿Cómo vas a follar con el presidente si no puedes ni mirarme las tetas sin escandalizarte?

Esta chica me cae verdaderamente mal, es maleducada, arrogante y… ¿De qué va?

—¿Necesitas algo de mí, Fen? Lo digo por marcharme ya —comento mientras me acerco a la puerta.

—Yo de ti, no, princesita, pero tú de mí, sí: que te salve el culo y deje contento al presidente, porque, si no, te aseguro que mañana te va a caer una buena bronca.

Me paso la lengua por los labios, nerviosa y, sin haber meditado mucho mis siguientes palabras, le pregunto:

—¿Vas a tener sexo con él?

Ella se coloca una bonita bata como la mía sobre su ropa interior y me observa como si yo fuese idiota, con la misma expresión que me ha mirado muchas veces mi padre, como si fuese inferior.

—Obviamente, para eso me paga. Madre mía… —dice como para sí misma—. Bueno, a ver, ¿hasta dónde habéis llegado? Por saber a qué me enfrento.

¿Quiere que le cuente lo que hemos hecho?

—Pues… —balbuceo—, cuando me ha tocado la vulva, le he empujado y he gritado «rojo».

Ella abre la boca y se para en el centro de su enorme habitación.

—No… no puede ser cierto —dice, pero yo asiento y ella se ríe a grandes carcajadas—. Joder, princesita, me debes un enorme favor, tiene que estar desquiciado. En fin, aparta, voy a hacer tu puto trabajo.

Abre la puerta y se va. La sigo, pero nuestros caminos pronto se separan cuando llego a mi habitación.

No me detengo a despedirme y ella tampoco parece tener ganas de dirigirme la palabra. Se marcha hacia la estancia del presidente y yo me adentro en la mía. Me seguro de cerrar bien la puerta para quedarme totalmente sola.

Pongo AC/DC en el ordenador a un gran volumen y me permito golpear los cojines de la cama. A veces, cuando era niña, lo hacía en casa, cuando el pater Massimo no me dejaba hacer lo que quería. Grito en silencio mientras dejo que la música haga vibrar mi cuerpo.

Me quito la bata y me zarandeo a ritmo de las guitarras eléctricas hasta que caigo agotada de sueño, sin saber qué voy a hacer con mi vida, pensando en cómo huir de esta situación.

Huir… ¿a dónde? Porque por eso firmé, ¿no?

Porque no tengo alternativa, ni casa ni dinero ni forma de regresar a las Islas.

Y aquí estoy nuevamente, sentada en el cómodo sillón del despacho de Amanda, la res del presidente, esperando para contarle lo mal que fue anoche, o quizá su jefe ya la ha puesto al día.

Ella escribe a toda velocidad por su móvil mientras yo espero.

Para ser algo así como una psicóloga, no trasmite nada de paz, al contrario, verla existir es estresante, parece que nunca tenga tiempo de nada.

Tira el móvil sobre la mesa, agotada, se recoloca las gafas, me mira bastante molesta y me pregunta:

—¿Eres virgen?

—¿Virgen? No sé a qué te refieres. —Ella pone una mueca de enfado y me veo en la obligación de explicarme—: La madre de Jesús era virgen porque no conocía el pecado.

—¿Me estás hablando de religión? ¿Qué eres, una bendecida o qué? —pregunta mientras se ríe, creo que ha pretendido hacer una broma, así que abro los ojos y finjo una sonrisa.

—No, claro…

—A ver, Ramla. No sé cuál es la situación vulnerable de la que vienes, pero debe ser muy terrible para que en tu expediente ponga que es información clasificada. Pero sabes que está prohibido solicitar este trabajo si eres virgen, ¿no?

—Sí, claro… —miento nuevamente.

—Vale, pues puedo hacerte un examen médico oficial y, si compruebo que eres virgen, perderás el trabajo, serás sancionada y tu vida se pondrá muy, pero que muy difícil. ¿Entiendes?

—¿Y no hay forma de volver a activarme el IPAS y olvidar todo esto? —inquiero, porque es lo único que se me ocurre. No entiendo que cueste tanto dinero desactivarme el IPAS para siempre, ¿no habría sido más sencillo desconectarlo solo cuando el presidente quisiese acostarse conmigo?

—Mira, Ramla, mi trabajo es satisfacer las necesidades de mi jefe —comenta mientras coge el móvil y hace una llamada, oigo el tono.

—Pensaba que tu trabajo era que los torums estuviéramos emocionalmente bien.

Ella se muestra ofendida por mis palabras y yo me maldigo por no saber guardar silencio. Alguien descuelga, es una voz masculina. Ella le ordena a través del móvil: