Peccatorum, más que la chica del té 03_La primera vez #2
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03_La primera vez #2

Yo me planto en el borde de la piscina y le contesto:

—No me he enfadado, pero soy mucho más que unos ojos azules.

Él mira mi cuerpo de arriba abajo.

—Desde luego que eres mucho más que eso, pero ya habrá tiempo de comprobarlo. —Y se ríe, justo como lo hace Fen mientras sigue nadando de forma estilizada.

Me doy la vuelta para marcharme. ¿Qué le pasa a esta gente? Erin se planta delante y me ofrece una toalla. Yo la cojo y me seco lo más rápido que puedo.

—Gracias.

—Suerte esta noche —me dice y se va enfadado.

El resto del día pasa tranquilo y me encierro la mayor parte en la enorme habitación que han dispuesto solo para mí.

Lo reconozco, lo primero que hago es encender el ordenador y buscar música rock de los ochenta.

Hay unos altavoces grandes y me permito subir el volumen más de lo que debería.

Supongo que me da igual hacer enemigos, porque ya parece que todos me odien, o quizá soy yo, que no entiendo de qué van…

La hora de ir al encuentro sexual del presidente se acerca y estoy muy nerviosa. No sé qué se espera de mí ni si me gustará. También hay una voz voluminosa que me grita que voy a ir al infierno por haber abrazado esta vida de pecadora…

A la hora de la cena, parece que cada uno hace su vida y apenas hablo con nadie. Transcurre en el mismo comedor donde he tomado el desayuno y la comida.

Después, sigo a Erin disimuladamente hasta su habitación y compruebo que está junto a la mía. Se adentra y yo voy a llamar a la puerta porque quiero decirle algo. Sin embargo, escucho voces y me detengo, parece que esté hablando con alguien, imagino que por teléfono.

—¿Habría posibilidad de una extracción esta semana? —Guarda silencio y, en unos instantes, prosigue bastante enfadado—. Te digo que sí, que es necesario, el sujeto ha sido engañado…

Al cabo de unos segundos, se hace el silencio total e imagino que la conversación ha terminado. ¿De qué estaba hablando?

Voy a llamar a la puerta, pero él sale y se choca de bruces contra mí.

—Lo siento, estaba…

—¿Espiándome? —pregunta ciertamente confundido.

—No, yo… ¿puedo pasar? —Y señalo el interior de su habitación.

Erin abre la puerta del todo, esboza una mueca divertida y me señala su habitación. Accedo y, aunque es igual que la mía, se nota que lleva el suficiente tiempo aquí como para haberla decorado a su gusto.

Se sienta sobre la alfombra del suelo, en una postura juvenil. Me mira, yo permanezco de pie, frente a este atractivo pelirrojo.

—Tú dirás, Ramla, ¿qué necesitas?

Me paso la lengua por los labios y él se ríe suavemente y enarca una ceja. Creo que mis muecas le parecen graciosas y no sé por qué.

—¿Sabes sí podría romper el contrato antes de las… once de la noche?

La diversión se va de su cara y cambia de postura; parece, de repente, más mayor.

—Ramla… en serio… ¿de qué planeta sales tú?

—Si te lo dijese, no me creerías —contesto mientras esbozo una media sonrisa y me siento en el suelo, delante de él, pero lo suficientemente separada como para no volverme loca con su cercanía.

El silencio se hace un momento mientras nos miramos.

No sé qué pasa por su cabeza ni por qué es un torum, aunque parece odiarlo—.

Si no lo sabes… ¿podrías decirme cómo hablar con la res? ¿Estará ahora en su despacho?

Él me mira seriamente y, pasados unos segundos, contesta:

—No está. Podrías llamarla para una emergencia, pero, Ramla, si renuncias al contrato, le deberás al presidente veinte millones de monedas, que es lo que ha pagado por desactivar tu IPAS. Todo el mundo sabe eso…

¿Veinte millones? Esto es una pesadilla, no tengo ese dinero, bueno, no tengo NADA de dinero. Quizá el pater Massimo podría pagarlas, pero… no creo que sepa dónde estoy o que quisiera ayudarme si se entera que me metí aquí por voluntad propia.

—Pero entonces… —le recrimino nerviosa—, si alguien quiere romper el contrato y no tiene ese dinero, ¿qué ocurre?

—Va a la cárcel, además de que embargan sus cuentas, pertenencias y posesiones, incluidas las de sus familiares más cercanos.

—Qué bien, no tengo posesiones ni familiares… —comento con ironía—. Y lo de la cárcel… No será tan malo, ¿no?

Erin se pone en pie y se recoloca sus cabellos pelirrojos. Yo hago lo propio y me sitúo frente a él.

—Mira, Ramla, no te conozco de nada, pero no sé a qué juegas, en serio.

Estás aquí a sabiendas de lo que implicaba.

La cárcel es el peor lugar al que alguien pueda ir, te lo digo solo porque parece que no vivas en la tierra y que creas que esto es un juego al que puedas jugar solo cuando te apetezca.

Pero no, aquí los liberados tienen el poder y tú bailarás a su son siempre que te lo pidan, algo que… ya sabías… ¿No?

Aprieto la mandíbula para no llorar. No, no sabía nada de esto, aunque él me lo intentó advertir.

La res no me dijo que leyera el contrato, yo tampoco se lo pedí.

Tiene razón, soy una tonta, una ingenua…

Y parece que esté jugando, pero el día de ayer fue muy duro para mí y tomé malas decisiones basándome en el enfado que tenía —que tengo— con mi padre adoptivo, con mi novio y con los bendecidos.

Me dijeron que firmar era lo mejor y lo acepté sin pensar.

—Gracias por tus sinceras palabras —le digo amablemente y me marcho de su cuarto con la cabeza alicaída.

Vuelvo a mi habitación y aguardo a que los minutos pasen hasta la hora en que enfrente mi destino.

Me visto con la ropa que ha dispuesto Albert, me aseo como me han indicado y recorro la lujosa mansión hasta la habitación privada del presidente, al que ni siquiera me han presentado aún.

Lo reconozco, si mi padre estuviera aquí, lo abrazaría y permitiría que mis lágrimas brotasen libremente, dejaría que él solucionase todo mientras yo espero en un rincón huyendo de mis problemas.

Pero estoy aquí, sola y, posiblemente, el culpable sea mi padre adoptivo.

Él me secuestró, me privó de la verdad y jamás me explicó nada sobre la Península, sobre qué significa ser una pecadora, sobre lo que el IPAS realmente hacía…

El IPAS te priva de mil sensaciones intensas y… ¿gratificantes?

Miro la bonita bata de verano que llevo puesta.

Parece más un vestido sedoso que una prenda para estar cómoda en casa.

Debajo, llevo ropa interior de lo más sofisticada.

No creo que en las Islas fabriquen prendas tan elaboradas solo para llevar debajo de la vestimenta de calle.

Pero aquí, en la Península, creo que necesitan sujetadores y bragas extraordinarias porque los liberados pagan a los torums para tener sexo, y sea lo que sea lo que implique ese pecado del que siempre he intentado huir, deduzco que es en ropa interior o, al menos, con poca ropa.

Toco a la puerta y nadie contesta durante un rato.

Después, se abre sola y paso. Vuelve a cerrarse sin que yo haga nada.

La estancia es muy iluminada y elegante y en ella hay vitrinas que exponen aparatos que yo no sabría decir para qué son.

Algunos parecen herramientas para torturar o pegar a alguien y eso me pone nerviosa.

Hay varios sofás, sillones, camas y otros muebles similares.

En una de las paredes, hay proyectada una enorme chimenea que, aunque no es real, lo parece.

También una barra de bar con unos taburetes altos y, en uno de ellos, ingiriendo un líquido, está el presidente de la Península, el mayor enemigo de los bendecidos, a quien, si mi padre tuviera delante, como poco, le escupiría.

El presidente me hace un gesto con el dedo para que espere mientras se termina el líquido y los hielos chocan contra el vaso.

Cuando ha terminado, imagino que va a presentarse, a saludarme con una sonrisa, como hizo ayer en la feria con todo el mundo; sin embargo, sus ojos oscuros me miran serios.

Se levanta del taburete y me percato de que no lleva ropa interior, solo una bata mal atada.

Su cuerpo no es como el de Erin o el de los torums. No es atlético y tiene algo de grasa en la barriga.

Rondará los cuarenta y muchos, pero su rostro, aunque presenta un cabello gris, es atractivo.

Tiene una nariz picuda que le otorga carisma a su cara, haciéndola única.

Se acerca mucho y me besa en los labios sin previo aviso, metiendo su lengua en mi boca.

Yo no hago nada porque no tengo ni idea de qué espera de mí.

Lo único que recuerdo es que debo decir «rojo» si algo me hace sentir incómoda, pero ya estoy incómoda y deseo salir corriendo.

No obstante, me acuerdo de que, si fui capaz de aprender a conducir un camión en un mes, puedo hacer esto.

El presidente se aparta y me quita mi bata con cuidado. Después, me hace una señal con los dedos y creo que quiere que me gire. La prenda termina de caer al suelo y estoy en ropa interior frente a este desconocido.

—¿Quiere que gire? —pregunto confundida, pero él me pide silencio llevándose los dedos a la boca y asiente.

Giro una vez lentamente, pero él dibuja figuras nuevamente con los dedos para indicarme que lo haga otra vez más rápido.

Lo hago, una y otra vez, hasta que el mareo me hace dar un traspiés y él me agarra entre sus brazos.

—Voy a follarte, Ramla, ¿cómo de cachonda te pone eso? —pregunta en un susurro y, la verdad, me he quedado muda porque no entiendo la mitad de palabras que dice.