Peccatorum, más que la chica del té 03_La primera vez
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03_La primera vez

LA primera vez

Vale, lo reconozco, si mi conciencia no me gritase a un volumen desorbitado que estoy siendo una pecadora, podría disfrutar plenamente de esto.

Estoy en la casa del presidente, a las afueras de la capital, una enorme mansión bastante más lujosa que la casa donde he crecido, y eso que los pater son los que mejores hogares tienen en las villas.

Los torums viven —vivimos, ahora soy una de ellos— en la parte de atrás de la planta baja de la mansión, con acceso a un jardín privado con piscina.

Tenemos cocina, salón y una habitación enorme con un gran vestidor para cada uno, además de personal que se turna durante todo el día para atender a nuestras necesidades.

No sé cuántos torums suelen tener los liberados, pero el presidente y su esposa, que son dos de ellos, solo tienen cuatro chicas, contándome a mí, y dos chicos, uno de ellos es Erin. Pero aquí hay muchas más habitaciones, no sé si tienen pensado llenarlas de torums.

Me siento en la gran cama de mi habitación y observo el espacio que me rodea.

Es bonito, grande y tiene de todo, incluso un ordenador.

Lo primero que pienso es en que, quizá, podría usarlo para contactar con mi padre y contarle lo sucedido, pero no es que yo sea muy diestra en el uso de esos trastos, nunca se me dio autorización para ello.

Me abrazo a mí misma y respiro. ¿Esta va a ser mi vida ahora? ¿Eso es bueno o malo? Estoy confundida y lo único que hago es cerrar los ojos y dormirme sin quitarme el vestido plateado con el que me han traído.

Alguien aporrea la puerta y me sobresalto. Miro el reloj, he dormido hasta pasadas las diez de la mañana.

—Adelante.

Una chica de rasgos asiáticos cruza la puerta. Es bonita y comprendo que, para ser torum, uno debe serlo. Se planta delante de la cama, me mira y enarca las cejas.

—¡Ostia puta! Sí que eres única. ¿Y esos ojos azules? ¿Son lentillas?

Me incorporo en la cama y me doy cuenta de que aún llevo el atuendo de la feria.

—Son reales.

—Vale, bueno, me llamo Fen. Ya me ha dicho Erin que te llamas Ramla. Quería darte la bienvenida.

—Gra…

—Vale, no te emociones —interrumpe ella mientras rodea la cama para sentarse justo a mi lado, invadiendo mi espacio personal—, que también quería advertirte de que soy la favorita del presidente y que, si quieres vivir aquí, tendrás que respetar eso.

Yo estoy por encima de ti y de todas. ¿Lo entiendes, princesita?

Me pongo en pie y ella se lo toma como una ofensa, pero es que no pretendía hacerme su amiga. Esta chica me parece una maleducada, pero, por cortesía, finjo una sonrisa.

—Encantada de conocerte, Fen, pero no soy ninguna princesita. Me llamo Ramla y no he venido a quitarle el trabajo a nadie.

Ella también se incorpora de golpe, dibuja una mueca de disconformidad en su cara y se va de la habitación sin decir nada.

Voy a cerrar la puerta, pero un señor de edad bastante avanzada se asoma y emite una sonrisa cercana y amistosa.

—¿Ramla? ¿Puedo pasar? Soy Albert, trabajo en la casa. Me envía Amanda para ponerte al día sobre cómo funciona todo y para que te ayude a prepararte para vuestra reunión de la una.

Amanda, la res del presidente, la mujer con la que firmé el contrato para ser una torum.

—Mucho gusto, Albert.

El hombre accede a la habitación y comienza a explicarme una y mil cosas, pero lo hace de forma simple, pausada y agradable, haciendo bromas sobre esto o aquello.

Parece un hombre sencillo que disfruta de la vida y se esfuerza por que los demás también lo hagamos.

Agradezco, la verdad, la conversación con Fen, porque la chica asiática me ha dejado algo enfadada.

Paso el resto de la mañana con Albert: me ayuda con el desayuno, la ropa, el maquillaje, el peinado… No veo a nadie más en las habitaciones, no sé dónde están los otros torums, a todos los conocí anoche, porque, salvo Fen, estaban en la feria y Erin me los presentó.

A la una estoy en el despacho de Amanda, situado en la misma planta que nuestras habitaciones. Albert se despide de mí y yo me siento en la silla frente al escritorio, que es más bien un cómodo sillón.

La res habla por un móvil sobre algo de unos disfraces de gato que deberían de ser de tal forma.

No presto demasiada atención porque parece bastante estresada y necesito relajarme.

En cambio, sí me paro a mirar su despacho, que incita totalmente a sentir paz, pues tiene mucha vegetación y todo está dispuesto en colores suaves.

No me equivocaba cuando pensé que era como una especie de psicóloga; al menos, su despacho parece estar preparado para ese oficio.

La res cuelga y me mira.

—Buenos días, Ramla. Espero que Albert te haya explicado el funcionamiento de la casa. —Intento contestar, pero solo logro asentir, ella parece tener prisa—. Esta noche hay programado un encuentro sexual entre el presidente y tú.

—¿Esta noche? —pregunto mientras abro tanto los ojos que creo que se me van a salir.

—¿Algún problema? —inquiere ella molesta—. Es lo que hacen las torums, para eso estás aquí y para eso firmaste un contrato.

Lo reconozco, en estos momentos, no me parece agradable la idea de que el presidente ponga sus manos sobre mi cuerpo… Porque el sexo se hace así ¿no?

—No, no, sin problema, estoy deseando —finjo y creo que ella ha notado la ironía en mi voz.

Amanda se recoloca las gafas y sigue hablando:

—Al ser vuestro primer encuentro, él no te pedirá nada raro, iréis poco a poco, tenéis que conoceros. Tampoco intervendrán más personas en el acto.

—¿Más personas? —interrumpo y ella se vuelve a molestar.

—Sí, Ramla, supongo que lo sabes… El sexo puede ser con quien él desee: chicos, chicas, uno, varios…

—Sí, claro, estoy informada —miento mientras un nudo crece en mi estómago y los nervios se apoderan de mi cuerpo.

—Bueno, pues si estás informada, te agradecería que no me interrumpieses más —comenta molesta mientras coge el móvil y teclea algo un segundo.

Luego, se recoloca las gafas y prosigue—: Tengo más cosas que hacer, muchas, en realidad.

—Hace una pausa—. Bueno, a las once de la noche, subirás a su habitación privada, Albert te indicará dónde es.

Si en algún momento estás incómoda con algo de lo que te pide, solo tienes que decir «rojo».

Si el presidente lo considera, te preguntará qué te ha molestado o terminará la relación, pero si prefiere continuar, cambiará la acción por otra.

También te indicará si quiere que te marches nada más terminar o desea que te quedes un rato con él.

Eso es todo, bienvenida, disfruta y mañana por la mañana nos vemos a la misma hora y me cuentas cómo ha ido. ¿Alguna duda?

¿Alguna duda? ¡Todas!

Niego con la cabeza y finjo una sonrisa. Ella me señala la puerta y me marcho de su despacho, intentando recordar cómo se camina, cómo se respira…

Avanzo lentamente por el pasillo, pero no puedo continuar, creo que estoy teniendo un ataque de ansiedad.

Veo una puerta que da al jardín y salgo corriendo, me tiro al suelo y hundo mis dedos en la hierba.

Tengo que irme de aquí, esto ha sido una mala idea.

Siento que el enfado con José y con el pater Massimo han desaparecido y lo único que quiero es que vengan a rescatarme.

—¿Estás bien? —pregunta una voz que reconozco muy bien, es la de Erin.

Levanto la mirada y maldigo que esté aquí justo en este momento.

El sol brilla y hace calor. Él solo lleva una sencilla camiseta de manga corta, que deja a la vista sus brazos musculados.

Algo extraño vuelve a recorrerme y me acuerdo que anoche desactivaron mi IPAS para siempre y supongo que ahora me sentiré constantemente así de confundida.

—Estaba… tocando la hierba —miento, finjo una sonrisa y abro mucho los ojos para forzar a las lágrimas a quedarse dentro.

Él ahoga una risa y me mira con… ¿lástima? Después, me tiende la mano y se la tomo para ponerme en pie.

—¿Quieres darte un baño en la piscina, Ramla? —Me doy cuenta de que va en bañador.

Alguien interrumpe la conversación. Es Fen, que me mira con desprecio a través de sus ojos rasgados y me dice con una voz molesta:

—Mejor que guarde las fuerzas para esta noche, ¿verdad, princesita? No vayas a decepcionar al presidente tu primer día. —Y se tira a la piscina con un estilizado salto.

—¿Esta noche ya…? —pregunta Erin sorprendido y ciertamente molesto.

—Sí —comenta el otro chico torum que acaba de llegar, un joven moreno que creo que se llama Luc—, ¿quién querría esperar con semejante cuerpazo? —Y se planta delante de ambos y se quita la camiseta—. Vamos, Ramla, que Erin ya se dio el festín en el escenario. —Y me tiende la mano.

Erin deja el tono divertido y se molesta mucho por la presencia de Luc. Le cojo la mano por cortesía mientras le digo:

—No llevo bañador.

Pero Luc me coge en volandas y me lanza con ropa a la piscina mientras grito asustada.

Me sumerjo en el agua, está fresquita y es reconfortante.

Saco la cabeza y escucho risas y a alguien lanzarse de golpe a mi lado.

No sé las edades de los torums, pero imagino que todos estarán cerca de mis veinticuatro años. Al menos, parecen jóvenes.

—¿Sabes nadar? —pregunta Luc mientras me coge de la cintura y me abraza dentro del agua. Me hace sentir algo incómoda tanta confianza y, por alguna extraña razón que no comprendo, miro a Erin, que se ha quedado plantado delante de la piscina.

—Em, bueno, creo que hago pie —comento con una sonrisa mientras intento zafarme del chico, pero él no me suelta.

—Oye, Ramla, ¿y esos ojos azules? No son propios de la gente negra. ¿Tus padres son negros los dos? —Me suelta y coge ahora mi cabello y lo entrelaza en sus dedos.

La pregunta me incomoda porque hace que recuerde que mi verdadera madre está en paradero desconocido, mi padre fue un donante y, Massimo, un padre adoptivo que me secuestró y me mintió.

Finjo una sonrisa, abro mucho los ojos y me dirijo a la escalera, mientras me zafo, con algo de dificultad, de los brazos de Luc.

—Venga, no te enfades —me dice él.