02_La feria de los torums #5
Así que lo miro, abro mucho los ojos y finjo una sonrisa. Él se me acerca y, de repente, tira del vestido, que sale de debajo de la chaqueta y lo muestra al público, que aplaude y pide más. Me percato de que voy en ropa interior y que lo único que me cubre es la chaqueta de su elegante traje.
La música nos envuelve y el público no nos quita ojo de encima.
Él sonríe divertido y, al mirarlo, me doy cuenta de que sabe muy bien qué está haciendo: entretener al público.
Ahora, lleva sus manos a la manga de la chaqueta, me mira y creo que me está pidiendo permiso para quitármela.
¿En serio? ¿Quiere que todo el mundo me vea en ropa interior?
Comienzo a temblar y él duda y suelta la chaqueta.
Pone sus manos sobre mi cara, una a cada lado, con delicadeza, y me da un suave beso.
¿Acaba de besarme? Por Dios… La gente aplaude, pero piden más.
—Ramla, suelta el pañuelo, estás temblando.
—Suéltalo tú —es lo único que alcanzo a decir porque su beso ha encendido algo en mi interior que se está empezando a desbocar.
Él rechista.
—No puedo, perdería mi trabajo.
La gente quiere ver mi cuerpo, es lo que tengo claro, pero el pelirrojo, en vez de mostrárselo, se aparta, quitando sus dulces manos de mí.
Observo su pañuelo, va a tirarlo, pero no puedo permitirlo, él ha sido amable conmigo, me ha dado ropa, me ha intentado ayudar.
No voy a dejar que pierda su trabajo. Al fin y al cabo, la ropa interior es como un biquini.
Así que soy yo la que me quito rápidamente la chaqueta y la lanzo a un lado, haciéndola chocar contra los barrotes de la celda que nos rodea.
El pelirrojo se queda confundido, pero aferra el pañuelo rojo y da unos pasos decididos hasta mí.
Me gira bruscamente y me lleva hasta los barrotes, haciendo que mi cara se apoye en ellos mientras su pecho descansa sobre mi espalda.
Sí, el sexo tiene que ser esto… José y yo hemos compartido momentos bonitos, con besos, algunas caricias en el rostro, abrazos…
Pero esto es diferente, ni siquiera sabía que podía haber más.
—Desnúdame de la forma más sensual que puedas o tendré que quitarte toda la ropa —me susurra al oído y me gira bruscamente, de forma que nuestros cuerpos se chocan y nuestras caras se encuentran.
—¿Sensual? —pregunto sin entender muy bien qué me quiere decir y lo veo rechistar.
—Empújame fuerte —me ordena y lo hago. El público enloquece y oigo vítores.
El pelirrojo me sonríe y su cara es lo más perfecto que yo he visto nunca.
Me ha pedido que lo desnude y, la verdad, una curiosidad inmensa que jamás he sentido con mi novio me invade.
Miro el temporizador y hemos perdido ya más de la mitad del tiempo, así que le quito la camisa del traje, la corbata, los pantalones y los zapatos lo más rápidamente que puedo, sin pensar en nada más que en que su cuerpo quede totalmente al descubierto.
Quedan unos segundos y el público enloquece. ¿Esto es lo que pasa cuando te desactivan el IPAS? ¿Tienes ganas de ver un espectáculo como este?
El pelirrojo me tumba en el suelo con cierta violencia y se echa sobre mí mientras finge que me besa el cuello, y digo que finge porque, en realidad, me está hablando de forma disimulada, supongo que para que nadie se percate:
—Si no sueltas el pañuelo, voy a seguir, Ramla, y no quiero hacer nada que te haga sentir incómoda.
Se aparta de mi cuello y me mira un segundo intentando descifrar mi cara.
—Estoy perfectamente —miento, pero, en verdad, estoy muerta de miedo porque no sé qué significa para él «seguir».
Parece enfadarse y no entiendo por qué. Sin embargo, sonríe al público y comienza a manosear mis pechos, metiendo mano por dentro de mi sujetador.
Lo reconozco, esto es extraño… extrañamente delicioso e incómodo a la par.
Sus manos chocan con mis pezones y despiertan sensaciones que jamás había sentido, imagino que porque el IPAS me lo impedía.
¿Es esto el pecado? No parece tan terrible.
Aunque, por otro lado, me siento invadida aquí, a la vista de todos.
Mientras sus manos llegan a aquellos rincones de mis pechos que nadie nunca había tocado, baja sus besos por mi escote, luego mi barriga y, por último, mi entrepierna, por encima de mis braguitas.
Algo dentro me grita que detenga esto, pero, al mismo tiempo, otra fuerza extraña me ruega que le deje seguir, necesito saber más, quiero saberlo todo.
Un fuego intenso sale de todas partes y me hace contorsionar mis caderas para acercar mi pubis hacia su boca.
El público grita y aplaude. La música termina y el contador llega a cero. La jaula se va y el pelirrojo se aparta y me ayuda a ponerme en pie. Jadeo y tiemblo. Terror y necesidad se entremezclan, haciéndome sentir culpable por no querer huir de aquí.
La presentadora nos indica que nos vayamos y él me guía por el escenario mientras me coge de la mano.
Salimos en ropa interior, con las prendas en nuestras manos.
Bajamos las escaleras y una amable mujer nos indica una sala contigua donde poder vestirnos y asearnos.
Pasamos, él cierra la puerta, enfadado, y me grita:
—No soy un violador, ¿sabes? ¿Me puedes decir a qué estás jugando?
—Yo… —balbuceo, pero me callo, no sé qué decir y él chista en respuesta a mi silencio.
Comienza a vestirse, yo hago lo propio y, lo reconozco, no puedo evitar mirar su torso definido.
—Te lo preguntaré una vez más —dice él mientras termina de abrocharse la camisa—, ¿quién eres y qué haces aquí?
—Buscar trabajo, no tengo a dónde ir —le confieso.
Él va a decir algo, y creo que va a ser malo, pero luego guarda silencio y se esfuerza por calmarse.
—Hay millones de trabajos mejores que este, Ramla, ¿por qué estás aquí? —insiste.
—¿Y tú? —inquiero—. Parece que odies este trabajo. Si tan malo es… ¿por qué eres un torum?
Él niega con la cabeza, disgustado, y su frondoso cabello se descoloca un poco. Se pone la chaqueta del traje y no contesta. Yo termino de alisar el vestido plateado sobre mi cuerpo.
—Te dejé el vestido y los zapatos —me dice un poco más tranquilo, mientras busca algo en su chaqueta—. Ahora debes responder, es lo justo, ¿cómo te has hecho las marcas del brazo?
Oh, no. Miro los moratones y sé que tiene razón, le dije que le contestaría. Me aparto mi cabello frondoso de la cara y me rindo ante él.
—Mi novio se enfadó y me sacó a rastras de un camión esta mañana. Supongo que tampoco me creerás, pero es la verdad…
Hay un silencio…
—Te creo —dice con una extraña expresión. Entonces, se acerca con el aparato que ha sacado de su chaqueta y, sin que yo pueda evitarlo, escanea mi autorización. Lee detenidamente lo que sea que ponga y yo me inquieto.