Peccatorum, más que la chica del té 02_La feria de los torums #4
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02_La feria de los torums #4

Sin embargo, no es el polvo dorado ni las luces ni las jaulas lo que está haciendo que algo se despierte en la parte baja de mi estómago, más concretamente, en mi entrepierna…

Sino que es el contenido de las jaulas lo que me ha dejado extraña, perpleja y está despertando en mí raras sensaciones que jamás había experimentado.

Mujeres y hombres atractivos, atléticos y, en general, sin un gramo de grasa, con máscaras doradas y el cuerpo envuelto en este mismo color y sin un ápice de ropa se están…

¿Tocando? ¿Besando? Sus labios pasean por el cuerpo de la otra persona sin ningún tipo de pudor, rozando zonas a las que jamás creí que los labios pudieran acceder.

Los hombres tienen sus partes íntimas endurecidas y no sabía que podían ponerse así.

Trago saliva, me paso la lengua por los labios y me obligo a dejar de mirar el espectáculo y a caminar hasta donde me han indicado.

Allí reconozco a los que deben ser el presidente y su esposa, así que, sin haberlo meditado, ya estoy buscando al pelirrojo y, efectivamente, está sentado, rodeado de despampanantes chicas jóvenes, guapas, con vestidos como el que llevo yo, que marcan sus siluetas y dejan poco a la imaginación.

Sin embargo, no son ellas las que atraen mi mirada, sino él.

Está sonriendo y parece divertirse con las chicas… Es tan atractivo y elegante…

La música cesa y me doy cuenta de que todo el mundo está acomodado menos yo.

Tomo asiento, las luces cambian y alumbran el escenario.

Veo a una bonita presentadora que va… ¿desnuda?

Ella sonríe y todos la aplauden. No parece llevar ningún vestido, pero tampoco se aprecian claramente sus pezones o sus partes íntimas.

Creo que su cuerpo va pintado de tal forma que parece que lleva una segunda piel.

Los aplausos de los centenares de personas rebotan en el inmenso salón. La presentadora hace un gesto desde el enorme escenario y todos guardamos silencio.

—Bienvenidas y bienvenidos a la Segunda Feria Anual de Torums de la capital de la Península. Hoy tenemos la suerte de contar con nuestro presidente y su esposa. Les pido un fuerte aplauso para ellos.

Las miradas de toda la enorme sala se dirigen hacia los mencionados, que se ponen en pie y saludan.

Son elegantes, pero nada que ver con la belleza de los que están en las jaulas, que parecen esculpidos por el mismo Dios.

Intento no pensar en ellos, no mirar hacia arriba y apagar el fuego que parece que está creciendo por momentos en mi entrepierna.

El presidente y su esposa se sientan y la presentadora continúa hablando sobre la feria un breve tiempo hasta que da paso al desfile, que comenzará con las candidatas y candidatos a torum de la sección VIP del presidente, es decir, donde yo me encuentro.

Así que nos piden que nos acerquemos al escenario y me doy cuenta de que, en este apartado, solo somos tres chicas y un chico.

Con cierta inseguridad y dando pasos muy estudiados para no caerme con los tacones que me ha prestado el pelirrojo, me desplazo con los demás candidatos hasta llegar al escenario. Ellos suben las escaleras y yo les imito. Una vez arriba, me quedo en un lateral.

La música suena y nos piden que desfilemos todos a la vez.

Ellos salen antes que yo, con prisa y con unos pasos firmes, estudiados y decididos.

Las chicas contonean sus caderas y abren la boca de extraña forma, como queriendo incitar a los espectadores a besarlas.

El chico también hace unas muecas que nunca había visto en José, mira seriamente a todos y se esfuerza por caminar erguido y mostrar una figura ruda.

Están terminando de desfilar y yo aún no he comenzado.

La presentadora se acerca hasta mí y me da un leve empujón algo molesta, así que doy un traspiés que seguro que todos han visto.

Me repongo, abro los ojos y finjo una sonrisa.

Camino por el escenario intentando no caerme de los zapatos con tacón.

Mientras que los demás han tardado en pasearse, yo alcanzo rápidamente a los otros cuatro candidatos, porque lo mío ha sido más bien una carrera nada glamurosa, no un desfile.

Ellos se detienen y yo hago lo propio. Los nervios se apoderan de mí porque aquí debe haber cientos de personas, quizá miles, y todas nos están mirando.

Nerviosa, dirijo mi atención hacia un punto concreto.

Ahí está el pelirrojo, sentado y con una extraña mirada que va en una única dirección: la mía.

—Ahora, como suele ser habitual, nuestros liberados tendrán un minuto para hacer una puja en sus móviles por el candidato o candidata a torum de esta sección que más les haya gustado. Y el tiempo comienza… ¡ya!

Mis compañeros de escenario sonríen, yo lo intento, pero creo que no lo consigo.

Hay muchas personas de todas las secciones pujando en sus móviles…

¿Están pagando por uno de nosotros? ¿Para qué?

Tenía entendido que, para convertirte en torum, tenías que firmar un contrato, pero, de repente, tengo la sensación de que cualquiera que pague puede llevarme consigo.

La gente me mira. Ven mi piel negra, mis ojos azules, el vestido plateado que ciñe mi silueta y deja demasiada piel al descubierto. Observan mi cabello largo y frondoso. ¿Están pujando por mi aspecto? Porque no me conocen de nada…

El tiempo termina y, mientras la presentadora habla, yo solo puedo buscar al pelirrojo. No me mira porque ni siquiera está en su asiento. ¿Dónde se encuentra? Deslizo mis ojos y lo veo conversando con el presidente y su esposa; después, me mira y se ríe mientras niega con la cabeza.

—Así pues —prosigue la presentadora con la ropa pintada—, el aspirante a torum por el que más han pagado es…

—Entonces, ella viene hasta mí, toma mi mano y me obliga a dar un paso al frente.

¿Qué? ¿Soy la que más votos ha obtenido?

Todos aplauden mientras me observan y ella prosigue—: Y el liberado que ha pagado por ella no es otro que nuestro presidente.

—La presentadora lo señala nuevamente y el mencionado vuelve a saludar.

¿Qué? ¿Me va a llevar para que tengamos sexo? ¿Y qué se supone que es eso? Algo me dice que tiene que ver con lo que están haciendo en las jaulas y con lo que se está despertando en mi interior…

La presentadora comenta que, debido a su cargo, será un torum quien subirá al escenario en su lugar y no él mismo, como es lo habitual, por ser quien ha pagado por mí.

Y entonces, veo al pelirrojo dirigirse hasta mí mientras los demás candidatos abandonan el escenario.

La presentadora sigue hablando y explicando lo que va a suceder, pero mi atención está puesta en ese pecoso enormemente guapo que viene riendo directo hasta mí.

Camina con elegancia, luciendo el traje de chaqueta con tanto estilo que parece que nació con él.

Sonríe y mira hacia todas partes, como incitando a que todos lo vean.

Llega hasta mi posición, me coge de la cintura y su mano sobre mí despierta zonas que no sabía que se podían activar.

¿Es porque el IPAS está apagado? ¿Esto es el deseo sexual?

Todos aplauden y sé que han terminado de explicar lo que va a suceder, pero no he entendido nada porque mi cerebro está totalmente en las nubes.

—¿Ambos lo tenéis claro? —pregunta la presentadora mientras nos entrega dos pañuelos rojos, uno a cada uno. El pelirrojo asiente y yo me quedo congelada, totalmente aterrada.

—Ramla —susurra él para que solo yo lo escuche—, si quieres ser la torum del hombre más importante de la Península, asiente.

Así que asiento sin saber muy bien a qué estoy dando mi conformidad.

El pelirrojo sigue con su mano en mi cintura, pero se gira y coloca su cuerpo totalmente pegado al mío. Las luces cambian y una jaula dorada nos envuelve pronto.

—¿Tienes algo en mente? —me pregunta él.

—¿Sobre qué? —inquiero.

Él se ríe, pero pronto se percata de que no tengo ni idea de qué va a pasar.

—Imagino que habrás previsto que esto podría suceder, que alguien pujase por ti…

—Em… no sabía que soy un objeto por el que se pueda pagar —le digo al mismo tiempo que me arrepiento. Creo que el comentario ha estado fuera de lugar.

—No, no lo eres —dice él mientras aferra mi cintura con las dos manos—, pero, a no ser que sueltes el pañuelo rojo, tenemos dos minutos para dar un espectáculo sexual.

Me paso la lengua por los labios totalmente angustiada y, al mismo tiempo, con gran curiosidad.

—Pues… —balbuceo—. ¿Tú tenías algo pensado?

Él vuelve a reírse y escuchamos una cuenta atrás desde diez. Él se apresura a decirme:

—Sí, claro, sé lo que quieren ver. Entonces… —Él me sonríe con diversión—. ¿Mando yo?

Acerco mi cuerpo un poco al suyo y siento un extraño calor salir de todas partes de mi ser al entrar en contacto con él.

—Los hombres siempre me mandan…

Él suelta mi cintura de inmediato, la cuenta atrás llega a su fin y él susurra:

—Mierda, Ramla, ¿de qué planeta sales tú? ¿Te das cuenta de la situación en la que estás? —Niego con la cabeza con el miedo reflejado en mi rostro, él niega con disgusto y me dice—: Vale, yo te guío, recuerda soltar el pañuelo rojo si algo te incomoda.

—Vale, pañuelo rojo, soltar —balbuceo como si fuese un bebé que acaba de aprender a hablar.

Una música suena y veo el contador de los dos minutos proyectado sobre una pared, hemos perdido ya algunos segundos.

El pelirrojo se quita la chaqueta recreándose en sí mismo y me la pone sobre los hombros.

El público abuchea, pero él les hace un gesto para detenerlos, algo divertido.

Entonces, mete sus manos por debajo de la prenda y notos sus dedos hurgar cerca de mi piel.

Aferro el pañuelo rojo y me tenso. Él lo nota y me pide en un susurro:

—Relájate y sonríe, Ramla, o no conseguirás el trabajo.