02_La feria de los torums #3
—¿Pero de qué planeta has salido tú? ¿Vas a convertirte en torum y te da vergüenza que te vean desnuda?
Me seco torpemente con papel higiénico y vuelvo a ponerme los pantalones y la camiseta de manga corta.
—He salido de un planeta donde aún existe la decencia —le digo molesta—. Además, aún no soy una torum. —Termino de ajustarme los pantalones—. Vale, ya puedes girarte.
El pelirrojo se da la vuelta, me escudriña de arriba abajo y una incredulidad enorme aparece en su rostro. Se apoya en el lavabo, se cruza de brazos y me pregunta:
—¿Quién eres y cómo es que tienes un pase VIP para la sala del presidente?
¿El presidente? Oh, no.
—¿Con «el presidente» te refieres a…? —Abro los ojos y finjo una sonrisa porque acabo de comprender que sí, se refiere al maldito presidente de la Península. Respiro con dificultad y balbuceo mi nombre—: Ramla.
—Ramla… —comienza él con la voz llena de dudas—, si quieres, puedo conseguirte una toalla y un vestido nuevo y… —mira mi calzado— unos zapatos.
Lo observo un momento. Tiene los ojos azules, como los míos.
Su cara está enmarcada por multitud de pequeñas pecas, dispuestas armónicamente.
Tiene la barbita recortada, pero algunos pelitos pelirrojos asoman, haciéndolo bastante atractivo y único.
Su cabello es frondoso y lo lleva suelto a media melena. Nunca había visto a un chico así.
No sé por qué, pero pienso en José y en que no debería estar a solas en un baño con un desconocido, menos aún, con un hombre. Es más, no debería estar en la Península ni en esta feria de torums, yo soy una bendecida y esto es una pesadilla.
—Gracias, pero estoy genial así, no necesito unos zapatos ni un vestido.
Sonrío de manera fingida y hago amago de irme, cruzo por delante de él en dirección a la puerta, dándole la espalda, pero me lanza unas palabras que me hacen detenerme:
—¿Qué te ha pasado en el brazo?
Miro mi brazo izquierdo y veo los moratones. ¿Cómo ha podido percatarse? Mi piel es negra, pero sí, ahí están los dedos de José marcados. Me ha sacado a rastras esta mañana del camión y parece que hace un millón de años de eso, pero no se lo voy a contar.
Me giro lentamente y veo al pelirrojo observarme con cautela. Su presencia me intimida. Él me llama mucho la atención y, aunque sé que debería irme de este lugar, mi enfado con José al recordar todo lo acontecido hoy me hace sentir rabia y le digo:
—Si me prestas el vestido del que hablabas… te lo cuento.
Me miro en el espejo y me pregunto por qué no hay vestidos como estos en las Islas.
Una ceñida prenda se adhiere a mi cuerpo marcando cada curva y cada detalle.
Analizo mi figura y me doy cuenta de que vestida así todos sabrán exactamente el tamaño de mis caderas, de mis pechos…
Es color plata y, en contraste con mi piel negra y mis ojos azules, me hace bonita.
—¿Sigues ahí, Ramla? —pregunta el pelirrojo mientras llama a la puerta del baño de la lujosa habitación donde me ha traído para que me cambiase de ropa.
—Em, sí, claro, estamos en un quinto, no es que vaya a tirarme por la ventana. —Sí, vale, quizá estoy siendo borde y yo no suelo ser así, pero es que estoy enfadada, no sé qué hago aquí.
Él se ríe, pero, después, añade con la voz más dura:
—Vamos, el desfile va a empezar y no querrás perdértelo ¿no? Para eso has venido…
Abro la puerta y pregunto:
—¿Desfile? ¿Tengo que desfilar? —Finjo una sonrisa. Nunca he hecho algo así, ¿van a mirarme todos?
Él me observa confundido, pero después se percata de que llevo la prenda puesta y un extraño destello cruza su cara mientras intenta no fijar la vista en mi figura.
Me señala la puerta y me deja pasar. Después, camina a mi lado llevándome a través del elegantísimo edificio hacia nuestro destino: el desfile.
Una vez en el ascensor, el espacio es demasiado reducido y él está muy cerca. Me siento incómoda.
—¿Quieres convertirte en torum? —pregunta con una extraña voz, como si le molestara que yo quisiera ser una pecadora. Porque eso es lo que son los torums para los bendecidos…
—Ahora mismo, lo único que quiero es no caerme con estos tacones. ¿No tenías otros más altos? —pregunto irónicamente y él ahoga una risa, esforzándose por no divertirse con mis absurdos comentarios.
—¿Nunca has usado tacones?
—Pues… no, ¿y tú?
Ahora no lo puede evitar y se ríe profundamente. Entonces, el ascensor llega a la planta baja y ante nosotros aparece la enorme recepción por la que crucé al llegar a la feria. Él se detiene y se me queda mirando.
—Si no respondes a mis preguntas, voy a tener que pedirte que me dejes escanear tu autorización.
—Y señala el pequeño código que llevo colgado al cuello.
Su voz ha sonado algo dura y, entonces, me percato de que lleva un pinganillo por el que quizá se comunique con alguien.
Su chaqueta está abierta y veo que lleva un arma en la cintura.
—Pensaba que eras un torum, no un policía.
Él me mira desde su altura con esos enormes ojos azules que tiene, yo agito mi cabeza un poco y mi cabello se desplaza a través de mis hombros para taparme un poco el pronunciado escote. Me siento desnuda delante de este chico.
—Soy un torum y, además, trabajo para la seguridad del presidente y su esposa. Siento decirte, Ramla, que no eres la clase de chica que entraría a un sitio así, menos aún, con un pase VIP para la sala del presidente.
No sé si quiero que escanee mi autorización, es más, tampoco sé qué dice en ella. El trabajador de los servicios sociales me ha dicho que no le cuente a nadie que soy una bendecida.
Lo miro, su rostro está esperando una respuesta y yo prefiero permanecer oculta ante él. De alguna forma, siento que me desnuda con la mirada… Así que lo único que se me ocurre es mentirle:
—Sí, estoy deseando convertirme en torum y pensaba que la única forma de hacerlo era vestir de forma que nadie lo hiciese, para llamar la atención de… —guardo silencio porque ni siquiera sé bien lo que significa ser una torum y de quién se supone que debo llamar la atención.
—De los liberados —completa él.
—Sí —afirmo, algo molesta—. Muchas gracias por la ropa. Al terminar, te buscaré para devolvértela. Ahora, si no te importa, tengo que desfilar para convertirme en torum, el mayor sueño de mi vida.
Cruzo delante de él y lo dejo con la palabra en la boca, pero entonces, me agarra de la mano y me detengo, él me suelta al instante y lo escruto.
—El desfile es por el otro lado, Ramla. —Ahora, sonríe y se cruza delante de mí con aires arrogantes, siendo él quien me deja plantada a mí.
Lo veo marcharse y abro mucho los ojos, alucinada.
¿Qué acaba de pasar exactamente? No es que sea una experta en el trato con los hombres.
En las Islas, las chicas y los chicos estudiamos en colegios separados, es difícil conocer al sexo masculino, la verdad.
José empezó a trabajar para el pater Massimo como soldado de Dios y pronto se convirtió en mi novio.
Ahora me pregunto si fue una elección o la única opción.
Y volver a pensar en mi novio, en mi padre adoptivo y en que estoy lejos de mi hogar, sin familia, sin nadie que me cuide, me hace sentir nuevamente enfadada e insegura.
¿Estar aquí es de verdad la única opción que tengo?
¿Debo cruzar la recepción e ir al desfile?
¿Debo llegar hasta el final y conocer qué me aguarda?
Tal vez debería buscar al trabajador social y decirle que me niego a ser una torum, sea lo que sea lo que implique…
La recepción comienza a vaciarse, todos pasan a un enorme salón donde deduzco que será el desfile de los candidatos a torum.
Siento que mi vida pende de un hilo, que debo elegir cruzar esas puertas y empezar a entender qué es tan malo para que los bendecidos y los de la Península estemos enemistados, qué es tan terrible para que el pater Massimo me arrebatase de los brazos de mi verdadera madre…
Y lo hago, camino hacia delante, sonrío a todos a mi alrededor y sé, por sus miradas, que no soy invisible. Me abro camino hasta llegar a la puerta. Allí hay varias filas, me acerco a la que indica «VIP» y pronto me llega el turno. Un chico escanea mi código y me dice:
—Tienes que dirigirte a la zona de candidatos QJS. Te recuerdo que, al cruzar estas puertas, tu IPAS se desactivará y el sexo estará permitido. ¿Alguna duda?
—¿El IPAS? Yo nunca…
Pero el chico me mira aburrido y me dice:
—Tranquila, estarás bien, pasa.
Así que accedo al salón y siento un pequeño calambre que me recorre el cuerpo. Es el IPAS, acaba de desactivarse. ¿Y ahora qué? ¿Voy a tener unas ganas locas de sexo? ¿Y cómo voy a saber yo lo que es el sexo?
Los nervios se adueñan de mí mientras me arrepiento por haber tomado esta maldita decisión, pero la gente de detrás empuja hacia delante porque todos quieren ver el enorme salón. Así que avanzo mientras me percato de que esto que está sucediendo delante de mis ojos es… raro.
Una lluvia de polvo dorado cae por todas partes, haciendo que el lugar parezca mágico; sin embargo, cuando intento tocarlo con mi mano, se diluye sin dejar marca alguna.
Hay una orquesta de músicos al fondo vestidos completamente de dorado.
Un enorme escenario alargado ocupa el centro de la sala rodeado de numerosas sillas.
Entonces veo los códigos y pronto localizo el que me han dado y me dirijo hasta allí.
No dejo de sorprenderme por lo que observo.
Las luces son blancas y azules por zonas, lo que crea un ambiente precioso.
Todo es lujoso, pero la casa donde vivo con mi padre adoptivo también lo es, así que esto no me sorprende tanto.
Lo que sí lo hace son las jaulas que cuelgan del techo con un sistema que debe valer mucho dinero, pues parece que floten, es más, se mueven sutilmente y ondean por el aire.