Peccatorum, más que la chica del té 02_La feria de los torums #2
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02_La feria de los torums #2

Es la primera vez que veo la Península. Bueno, la segunda, pero la primera iba esposada en la parte de atrás de un furgón policial y ahora voy en el asiento del copiloto del trabajador social a mi cargo.

Salvo porque la gente aquí parece ir más ajetreada, todo es igual que en las villas de las Islas.

No he visto demonios salir de debajo de las alcantarillas ni a nadie delinquir.

¿Massimo también me mintió en eso? ¿No son tan malos los que viven aquí?

El trabajador social ha hecho una parada y me ha dejado sola en el vehículo. Podría escapar, pero… ¿a dónde? ¿Cómo volvería a las Islas? Como bien ha dicho el señor, no tengo nada más que esta ropa robada a una camionera de una empresa transportista.

El trabajador social regresa, se mete en el coche y me ofrece un café y una bolsa.

—Tómate el café, el día va a ser largo y llevas muchas horas en pie.

En la bolsa hay un vestido de mi hija, no es del estilo de las chicas que van a esas ferias, pero el Estado no me permite gastarme dinero en comprarte ropa.

No hace falta que me lo devuelvas, lo único que quiero es que encuentres trabajo.

El hombre sigue hablando, arranca el coche y conduce por las ajetreadas calles. Mientras, yo finjo que bebo el café, pero… no, lo odio, su sabor amargo no me gusta.

—¿Tienes música rock? —pregunto y él pone una extraña mueca.

El hombre verbaliza un código para activar la red del coche y yo le pido exactamente lo que quiero. Pronto, internet hace que en el coche esté sonando Tina Turner. Me dejo llevar y consigo relajarme por primera vez desde que salí esta mañana de mi villa.

Después de un par de canciones, el hombre detiene la música y el vehículo y me da una autorización que me cuelgo al cuello.

—No puedo pasar contigo, pero te irá bien.

Ramla, nada más entrar, busca un baño, ponte el vestido y sé tú misma.

La feria dura cuatro horas. —Mira su reloj—.

Son las cuatro de la tarde, vendré a recogerte a las ocho.

Tienes mi número de teléfono en la autorización, cualquiera te dejará llamar si se lo pides.

Si alguien te quiere ofrecer un contrato, dales la autorización; al escanearla, sabrán parte de tu historia, pero…

—Espera, ¿tengo que entrar ahí sola? —comienzo precipitadamente—. Yo nunca he estado en una feria de torums. Bueno, en mi villa ponen todos los años una feria con una noria, un montón de tiendas y…

—Ramla —me interrumpe el hombre riendo—, recuerda que te secuestraron, la vida que conocías era una mentira.

Hablando de eso… Iba a decirte que no le digas a nadie que antes eras una bendecida ni que viviste en las Islas, solo conseguirás que te odien.

Esa información es clasificada, ni siquiera sale en la historia de tu autorización.

—Vale, pero…

—Suerte. —Y pulsa un botón que hace que la puerta del coche se abra sola.

Me bajo aferrada a la bolsa con el vestido, el café y la autorización. Estoy sola frente a un enorme y precioso edificio en torno al cual desfilan cientos de personas con vestidos despampanantes, elegantes, bonitos…

Me giro a mirar al trabajador social y él me señala una fila concreta.

Me despido con la mano y voy hasta ella.

Hay chicas y chicos jóvenes en su mayoría.

Van excéntricamente vestidos, algunos casi sin ropa.

Me miran y ahora entiendo que no voy vestida para la ocasión, porque llevo aún la ropa con el logotipo de la empresa cuya trabajadora he pretendido suplantar: unos pantalones anchos y una sencilla camiseta blanca de manga corta que no ciñe en exceso mi figura.

La fila es inmensa y creo que voy a tardar horas en poder entrar a la feria. Un chico se me acerca y me pregunta:

—Vamos a ver, ¿a quién le has robado la autorización? —Voy a contestarle, pero él ya la está escaneando, pone cara de sorpresa, me mira de arriba abajo y me dice—: No sé cómo lo has hecho, pero sí, eres tú y tienes un pase VIP. Sígueme.

—Gracias —digo sin más y sigo al chico, que se salta toda la fila y le grita a alguien que me lleve a la sala VIP de bienvenida.

Pronto ingreso en el edificio y todo es increíblemente elegante. La gente camina de un lado para otro, ríen, conversan y toman canapés y bebida. Creo que estamos en una especie de enorme recepción esperando para acceder a otro salón.

Me indican que siga a una chica, que no me dirige la palabra porque está muy estresada hablando con el móvil mientras escribe mensajes por otro. Yo no tengo móvil, pero siempre me han llamado la atención.

En este lugar hay mucha gente guapa y adinerada, no hay duda.

La chica se detiene frente a una puerta muy lujosa, hay un escáner, pasa mi autorización y la puerta se abre.

—Te recuerdo las normas de la sala VIP de bienvenida —comienza ella aburrida, como si las hubiera dicho ya cien veces—: tu IPAS sigue conectado, pero aquí hay torums y liberados sin IPAS; está totalmente prohibido mantener relaciones sexuales en esta sala.

Magreos, besos y similar, sí, pero cualquier tipo de penetración será motivo de expulsión.

No pierdas tu acreditación. ¿Alguna duda?

Pero antes de que le haya respondido, ella ya se está marchando. Miro la puerta y veo un precioso salón decorado al más puro estilo clásico. Aquí hay mucha menos gente que en la enorme recepción. Conforme avanzo, las puertas se cierran detrás de mí.

¿Qué se supone que debo hacer? Parezco totalmente fuera de lugar mientras estoy aquí, sujetando el café, la bolsa y la acreditación, vestida con pantalones y camiseta, mientras que los demás se mueven con glamur y llevan prendas que jamás había visto. ¿Esto es el pecado?

Después de estar plantada algunos minutos, recuerdo que debo buscar un baño para cambiarme. Miro a ambos lados y no veo ninguno, pero nunca he tenido problemas para socializar, así que doy unos toquecitos a la primera espalda que me encuentro.

Un chico alto y fornido se gira y frunce el ceño al ver mi ropa. Lo primero que me llama la atención de él es que es pelirrojo, nunca había visto un pelo así. Es más, su cara está totalmente llena de pequitas que se reparten por todo su rostro de forma que parece estudiada. Es increíblemente guapo.

—Lo reconozco —dice él—, hoy en día, esta es la única forma de llamar la atención. —Señala mi atuendo y se ríe.

—Gracias… supongo, ¿podría decirme dónde está el baño?

Él vuelve a reírse y pone una mueca de desconcierto.

—¿Te diriges de usted a todos los torums o es parte de tu teatro para que te contraten?

No sé si el comentario ha sido despectivo o no, porque él parece divertido, pero había un toque mordaz en el tono de su voz.

—Llamo de usted a los caballeros que no conozco de nada —comento con cierto tono mordaz también— y a los que muy amablemente les he pedido que me indiquen donde está el baño.

—¿Caballeros? —Él se vuelve a reír—. Si buscas un príncipe… —Se me acerca al oído y huelo su colonia refrescante. Él me susurra—: Te has equivocado de trabajo, pero tú sabrás. —Se separa de mí y añade con voz normal—: El baño está por allí. —Y se da media vuelta.

Ha insinuado que es un torum, pero también que estoy en el lugar equivocado buscando el trabajo equivocado. ¿Qué le pasa a ese chico? ¿Tanto se nota que este no es mi sitio?

No sé si el encuentro con el pelirrojo me ha gustado o enfadado.

Me dirijo al baño y me coloco la prenda que me ha dado el trabajador social.

Es un sencillo vestido negro, ceñido y corto.

No creo que me quede demasiado bien porque no resalta nada en contraste con el color de mi piel oscura.

Llevo zapatillas deportivas (en la bolsa, no hay zapatos), así que, definitivamente, mi aspecto es horrible en comparación con las diosas que he visto ahí fuera.

En fin, ¿qué me importa? Ni siquiera sé por qué estoy aquí, qué es un torum o por qué mi padre me secuestró con dos años y me ha tenido engañada todo este tiempo…

Me miro al espejo. Esos ojos azules se ven bonitos y, aunque no tenga un despampanante vestido, en las Islas jamás habría podido llevar algo así de ceñido.

Le sonrío a mi reflejo porque, en el fondo, me gusta lo que veo.

Me ahueco el cabello un poco, aunque lo llevo bastante frondoso y largo y, con nada que le hago, se ve espectacular.

Me quedo plantada ante mi reflejo mientras me pregunto qué estoy haciendo, debería estar en mi casa cuidando de mi huerto…

Pero José ha dicho que la incursión ha salido mal por mi culpa…

Me enfado y me siento sola. Nadie va a venir a sacarme de aquí.

Salgo del baño a toda velocidad, enervada y deseando que esta estúpida feria termine. Llevo el café aún en la mano y, como voy pensando en mis cosas, me choco contra alguien y la bebida se me cae encima.

—Auuu, quemaaa —grito como una niña.

Pero ¿qué clase de recipiente es este para que el café aún esté tan caliente?

—Perdona, espera, ven —me dice una voz masculina mientras me agarra con rapidez y delicadeza y me pasa al baño de chicos.

Todo el pecho me arde y contengo las ganas de llorar.

—Madre mía, quema mucho…

—Tranquila —dice él, pero su voz denota preocupación.

Me agarra el vestido y me lo quita, lo mete rápidamente bajo el agua fría y me lo acerca al pecho.

Respiro, aliviada, y me inclino frente al lavabo para seguir aliviando mi piel con agua fresca.

Él me ayuda y, cuando por fin siento que la quemazón se va, lo miro para agradecerle su ayuda. Es el pelirrojo.

—Gracias por tirarme el café encima —le digo, y no sé por qué, ya que no pretendía sonar descortés.

Él se ríe.

—Gracias a ti por salir tan rápidamente del baño y sin mirar.

Este chico me intimida y me desconcierta. Entonces, me doy cuenta de que estoy en ropa interior frente a él, totalmente manchada de agua y café.

—¡Oh, madre mía! —grito—. ¡Date la vuelta, estoy desnuda! —Lo empujo y él se queda de espaldas. Le escucho proferir una enorme carcajada—. No te rías y no me mires… —le advierto, pero él sigue riendo.