02_La feria de los torums
LA FERIA DE LOS TORUMS
José me mira con desprecio. Se los llevan a todos a otro lugar y voy a quedarme sola. La mujer policía que hay frente a mí se interpone entre él y yo.
—José, ¿qué va a pasarme?
Los policías tiran de todos ellos, pero él hace fuerza para acercarse a mí y me dice:
—¡Esto es culpa tuya! No debimos confiar en una mujer, en ti, Ramla —matiza.
Se lo llevan y yo me quedo sola con mi culpabilidad. ¿Qué he hecho mal? Entonces, me trasladan a otra parte.
Creo que tengo un ataque de ansiedad. ¿Cómo he podido pasar de preparar té y escuchar rock a estar a punto de ir a la cárcel? ¿Y por qué me han separado de José y los demás soldados de Dios? ¿Es porque soy la única mujer?
Me aferro al banco donde estoy sentada y miro hacia la policía que está de pie frente a mí.
—Vamos a quitarte las esposas, Ramla —me dice muy amablemente la mujer que me ha escoltado desde el cuartel de policía, donde nos han llevado a todos en primer lugar, hasta este otro edificio, que no sé cuál es.
—Tranquila, no voy a fugarme, lo único que sé hacer con estas manos es preparar té —respondo nerviosa y me doy cuenta de que acabo de decir un montón de palabras sin pensar.
Ella termina de soltar mis esposas y se sienta a mi lado. Es mayor, me mira con cariño y me dice:
—Ramla, seguro que sabes hacer mucho más que preparar té.
—Me señala la puerta que tenemos enfrente—.
En esa oficina te va a atender un hombre que trabaja para ayudar a personas en situaciones complicadas, como la tuya.
Tiene muchas cosas que contarte, sé que has vivido en las Islas, pero has tenido suerte de llegar aquí… Bienvenida a tu nueva vida.
La policía me da un abrazo, sonríe y se marcha.
Abro mucho los ojos y finjo una sonrisa.
¿Qué acaba de pasar? ¿Por qué me trata como si yo fuese la víctima de algo horrible?
Soy yo la que se ha colado en la Península sin autorización.
Soy una bendecida y ellos odian a los bendecidos.
Es más… ¿Por qué me ha dado la bienvenida a mi nueva vida?
Respiro, pero no parece entrar aire en mis pulmones. Me pongo en pie, doy unos pasos, cojo el pomo y abro la puerta. Veo a un hombre de mediana edad trabajar en un destartalado despacho.
—Ramla, ¿verdad? —pregunta sin levantar la cabeza mientras sigue tecleando—. Pasa.
—Buenas tardes —digo formalmente, me siento frente al escritorio abarrotado de papeles, carpetas, móviles, ordenadores y otros tantos aparatos.
No sé si debería estar preocupada por estar sola frente a un hombre de la Península, un pecador… En las Islas no se habla de otra cosa que de lo mala que es la vida que llevan aquí. Hasta ahora, no he visto nada extraño ni malvado… Bueno, sí, a nosotros intentando colarnos.
El hombre termina de escribir en el ordenador y mira algo en la pantalla mientras me habla:
—Ya nos ha llegado el resultado de la prueba de ADN que te han tomado hace una hora. —Sí, me han sacado sangre y no entendía por qué. Él prosigue—: Los datos muestran que naciste en la Península gracias a un donante masculino anónimo. Tu madre denunció tu desaparición cuando tenías dos años…
¿Qué? ¿Es una especie de broma? ¿Mi madre está viva y yo nací aquí? Massimo me contó que mi madre murió cuando yo tenía dos años, en las primeras guerrillas entre la Península y los liberados, por eso me adoptó.
El hombre sigue mirando en la pantalla, tuerce el gesto y se recoloca las gafas, acerca su cabeza al ordenador, creo que está buscando algo.
—Sí, en esa época es cuando los bendecidos se establecieron oficialmente en las Islas.
Se llevaron a muchos niños, así que, técnicamente, has estado secuestrada todos estos años y el Estado no interpondrá denuncia alguna por haberte colado ni irás a la cárcel.
Ahora, vivirás aquí, a salvo de los bendecidos.
¿Secuestrada? ¿Vivir aquí? Abro los ojos hasta que casi se me salen de las cuencas, totalmente horrorizada.
No entiendo nada, pero una ira enorme me recorre el cuerpo.
Quizá no debería creerle, es un pecador de la Península, pero…
¿por qué me está resultando tan fácil pensar que es Massimo quien me ha engañado todo este tiempo?
Él me dijo que mi madre murió, pero es más bonito creer que está viva…
El hombre levanta la cabeza y me mira por primera vez, su expresión cambia totalmente y observa con detenimiento mi cuerpo.
Muchas personas me han mirado así desde que he llegado a la Península.
Mi aspecto les llama mucho la atención. En mi villa, la gente se sorprendía por el azulado color de mis ojos en contraste con mi piel negra, pero esta gente ve en mí mucho más y siento curiosidad.
—¿Vivir aquí? —pregunto desbordada de nervios—. ¿Con mi... madre?
Y un rayito de luz se abre camino en medio de esta tormenta emocional que estoy experimentando. Tengo una madre que está viva, que me quería. Una madre a la que le arrebataron a su pequeña niña de tan solo dos años.
Vale, está decidido, estoy enormemente enfadada con Massimo por haberme mentido y haberme dicho que ella murió. También estoy molesta con los bendecidos por haber secuestrado niños.
—Lo siento, Ramla. El paradero actual de tu madre es desconocido y tampoco tiene pertenencias a su nombre, por lo que no tienes casa ni dinero… Necesitas un trabajo.
—¿Desconocido? —pregunto—. ¿Pero eso qué significa? ¿También la han secuestrado los bendecidos?
¿En serio? ¿Ya hablo de los bendecidos en tercera persona? ¿Qué me pasa? «Yo» soy una bendecida.
Me aparto mi largo y grueso pelo rizado de la cara porque, de repente, tengo mucho calor, y me percato de que el hombre está nuevamente admirando mi cuerpo.
—Es lo único que pone en su ficha, que nadie sabe dónde está, nada más. Ahora, hablemos de tu situación. Necesitas trabajar para poder costearte un piso o, al menos, una habitación compartida, comida, ropa… ¿Qué sabes hacer? ¿Has estudiado una carrera…?
—Sé hacer de todo: sé hacer té, cocinar, en mi villa cuido un huerto y… —Me recoloco el cabello nuevamente porque es tan largo y espeso que me está dando mucho calor.
Él me interrumpe:
—A las bendecidas no os dejan estudiar carreras, ¿no? Vamos, que no sabes hacer nada.
Me enfado de inmediato. Claro que sé hacer cosas, se lo acabo de explicar, además, ¿qué insinúa? ¿Que las mujeres somos unas inútiles?
—Disculpe, caballero —le digo muy amablemente—, pero algunas mujeres bendecidas sí estudian carreras, es solo que mi padre… Mi padre adoptivo —me corrijo— no veía bien que yo… En fin, que siempre ha querido que me ocupase de las labores del hogar, pero he estudiado mucho por mi cuenta y…
—Vale —interrumpe él—. Mi trabajo es buscarte un empleo para que no te quedes tirada en la calle.
No hay ningún puesto vacante de señora del té o de cuidadora de huertos —comenta en tono de burla—, pero estoy seguro de que, con tu aspecto, podrías convertirte en torum, uno de los trabajos mejor pagados de la Península. ¿Sabes lo que es?
Lo reconozco, por primera vez en mi vida, me he quedado muda.
Sé que los torums no llevan IPAS y que dan rienda suelta al pecado, pero no sé de qué forma.
Los IPAS son una inteligencia artificial que previene las ganas de tener sexo.
En las Islas todos los llevamos. Es decir, que ninguno sentimos deseo sexual y, por tanto, nadie tiene sexo.
Aquí, en la Península, la gente también lleva IPAS, pero los torums y los liberados, no, así pueden practicar sexo libremente cuando quieran.
Sexo… No, no tengo ni idea de lo que es. Mi pater nos contó que es un pecado, el mayor y más terrible, que llevó a la humanidad a cometer terribles crímenes, delincuencia, especialmente, contra las mujeres y contra los niños… Suena horrible, sí, pero no sé qué es concretamente el sexo.
—No puedo trabajar como torum, tengo una IPAS —comento y él se ríe.
—Por eso no te preocupes. —Mira algo en su móvil un momento y vuelve a dirigirse a mí—: Hay una feria de torums justo esta tarde.
Acceder a ella es imposible, muchas chicas matarían por tener un hueco, pero dada tu situación y que yo trabajo para el Gobierno, tienes una plaza garantizada, si la aceptas.
En cuanto alguien te ofrezca un contrato como torum, desactivarán tu IPAS, no te preocupes.
Intento procesar toda la información y, lo reconozco, no es fácil, me siento como si tuviese dos años y me estuviesen explicando una ecuación de segundo grado.
—No, no, lo siento, no puedo trabajar como torum, es un pecado, es… —Guardo silencio, porque el hombre se está riendo nuevamente.
—Mira, es el único trabajo que te puedo ofrecer, hay una feria en un rato justo en esta misma ciudad.
Venga… Te acompaño, encuentras trabajo y, con un poco de suerte, esta noche estás durmiendo en una cómoda cama y nunca más te faltará de nada y yo habré cerrado el caso.
Si no, tendrás que ir a dormir a un centro del Gobierno, allí hay vagabundos, exconvictos… No es un lugar para alguien como tú.
Lo que cuenta suena horrible. Estoy acostumbrada a vivir en una bonita casa donde no me falta de nada…
—¿Qué es una feria de torums? —pregunto, porque estoy empezando a plantearme la posibilidad lejana y remota de asistir.
—Pues… —el hombre se ríe de nuevo, creo que le hace gracia mi ignorancia—, van las chicas y chicos atractivos y se exhiben…
—Ve mi cara de desconcierto y prosigue—: Venga, solo tienes que pasear, los liberados solo quieren verte y, si a alguno le gustas, te explicarán todos los detalles del contrato.
Hasta que no firmes, no serás una torum, así que, vamos a la feria, paseas y…
Luego, ya veremos, ¿de acuerdo? Siempre puedes escoger la opción de una cama mugrienta compartida en un centro del Estado.