01_La incursión #2
Hago avanzar el camión por la carretera mientras intento no pensar demasiado en dónde estará la verdadera conductora.
Llego hasta el embarcadero, ya huelo el mar, hay muchos camiones y seguridad.
Paso los controles sin más problema, mientras curioseo y miro a los policías que me dan acceso.
Subo el vehículo al barco que lo transportará hasta la Península.
Todo va bien, tal y como hemos planeado José, Massimo y yo este último mes, así que sonrío.
Llevo el camión hasta el aparcamiento que me corresponde dentro del barco. Lo he conseguido, al menos, la primera parte del plan.
Me doy cuenta de que es la primera vez que salgo de las Islas.
Abro una bolsa de snacks para matar el tiempo mientras observo desde dentro del vehículo al resto de personas que viajan en sus camiones, ellos sí que son de la Península.
No es como si fueran alienígenas, porque son personas como yo, pero los miro ciertamente curiosa.
¿Qué nos diferencia en verdad? ¿Por qué hay tanta rivalidad entre ellos y los bendecidos?
Los pater nos enseñan que en la Península manda el pecado, pero nunca he estado allí.
¿Qué me voy a encontrar? ¿Acaso hay demonios sueltos por la calle?
Massimo no me ha dado demasiados detalles a pesar de mis muchas preguntas a lo largo de estos años.
El barco comienza a moverse y me relajo. Todo va bien. Vamos rumbo a la Península.
Escucho un pitido fuerte y me despierto. Me he quedado dormida. Es casi la hora de comer y acabamos de llegar al embarcadero de la Península, así que el viaje está a punto de concluir.
Sigo las instrucciones del personal del barco, que nos indica que saquemos los vehículos. Arranco y conduzco el camión hacia fuera. Todo es muy sencillo porque esto es algo rutinario para ellos; sin embargo, a mí me palpita el corazón más fuerte a cada momento.
Una vez fuera del barco, veo el siguiente control y me ubico en la fila a la espera de que sea mi turno.
Respiro, una vez que lo pase, estaremos fuera de peligro, ya no habrá más controles.
Conduciré hasta la capital. Aparcaré en el punto que ha dejado indicado José en el GPS del camión y, una vez allí, solo tendré que esperar a que se haga de noche para abrirles la puerta y ellos se encargarán de todo.
Mañana por la mañana haremos el camino de vuelta.
Entonces, un ladrido me saca de mis pensamientos y veo a lo lejos a unos policías con unos perros. Están rastreando olores. Oh, no. Espera… ¿eso es malo? No he hablado nada de esto con José, pero sé lo que es un perro policía.
Un fuerte ruido me hace girar la cabeza para el lado contrario de donde estaba mirando. Hay una mujer gruesa con dos cafés en la mano. Está en la puerta del copiloto y creo que quiere que le deje entrar.
—¿Quieres? Esto va para largo.
Bajo la ventanilla para oírla mejor.
—Hola, em… gracias, no me gusta el café.
—Soy Juliet, encantada, conduzco ese trasto de ahí —me dice señalando el camión de delante—.
¿Puedo subir? —Pero antes de que le dé paso, ella ya ha tomado con destreza el asiento del copiloto y me da un vaso de café que cojo mientras abro mucho los ojos en señal de agradecimiento y finjo una sonrisa.
No me gusta el café—. Perros, ¿te lo puedes creer?
He hablado con un tío que dice que buscan bombas, por si los chungos esos de los bendecidos nos han puesto alguna.
Este trabajo se merece un plus de peligrosidad, ¿no crees?
Asiento sin más porque no tengo ni idea de qué se supone que debo decir. ¿Cree que somos capaces de poner bombas? Por Dios, eso sería ir en contra de todo lo que defendemos: la paz, ayudar al prójimo…
Ella, que hasta ahora estaba mirando hacia los perros, da un sorbo al café y me escruta; entonces, cambia la expresión de su cara y observa mi cuerpo de arriba abajo.
Supongo que lo hace porque es diferente al suyo.
Yo soy delgada y delicada, mientras que ella parece más tosca y sus formas femeninas no están marcadas.
—Chica, pero ¿qué haces trabajando aquí? Con ese cuerpazo, podrías ser una torum.
Torum… una palabra que describe el mal del que pretendemos huir los bendecidos, pero si alguien me pregunta qué es un torum… Bueno, ni idea.
—Sí, supongo que podría, sí —comento entre risas nerviosas. ¿Cuándo se va a ir de mi camión?
—¿Y esos ojos? ¿Desde cuándo las negras tienen los ojos azules? A ver, chica, que no pretendo ofender, pero estoy flipando contigo. En las ferias de torums te rifarían, ¿de verdad te compensa trabajar en esta mierda?
Ella da otro sorbo de café y yo abro mucho los ojos y finjo una sonrisa mientras asiento.
—Me gusta conducir, qué más puedo decir…
Ella se ríe, me mira y niega con la cabeza. Sí, es cierto que soy bonita, supongo. Bueno, no sé, no soy deforme, estoy delgada y sí, soy una negra un tanto extraña porque mis ojos son azules.
—Tía, los perros se están acercando a tu camión. En fin, suerte, encantada.
Ella me da la mano y se la estrecho. La observo mientras baja del vehículo y cierra la puerta. No sé, para vivir en la Península y ser una pecadora, no me ha parecido tan mala, ha intentado darme conversación y ha compartido su café conmigo, aunque… odio el café.
Los perros se acercan con los policías. Solo tengo que esperar a que pasen de largo, no van a oler armas porque no llevamos nada de eso… ¿verdad? A mí me ha parecido que solo transportamos propaganda sobre los bendecidos.
Los perros no ladran y creo que van a pasar de largo. Sin embargo, uno de los policías se separa del grupo y viene con una sonrisa de oreja a oreja. En cuanto me ve, se le tensa la mandíbula y mira el camión varias veces; después, me dice:
—Buenos días, baje del vehículo.
Sonrío falsamente, tanto que creo que se me va a desencajar la mandíbula. Suelto el volante, abro la puerta y bajo del camión, como ha ordenado.
—Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? —pregunto amablemente, pero el policía no tiene cara de querer hacer amigos.
—¿Dónde está Rachel Davis? —pregunta con un tono muy duro de voz y, después, me dice un número de identificación.
Saco el identificador falso con mi fotografía y se lo muestro.
—La tiene delante.
El policía saca la porra y la levanta sobre mí sin siquiera haber visto el identificador. Otro policía llega corriendo y le impide que me golpee.
—Tom, ¿qué pasa? ¿Qué haces? —le pregunta el policía que acaba de llegar.
—Que esta mujer dice que es Rachel Davis.
—¿Cómo? —pregunta el recién llegado, que me mira de arriba abajo, coge mi identificador y llama por el móvil—. Necesitamos una patrulla completa, tenemos un problema.
No tengo experiencia en esto de colarme en la Península, pero mi novio dice que es fácil, que lo han hecho un montón de veces y siempre han vuelto sin altercados. Esto parece un altercado y yo me estoy poniendo muy nerviosa.
—¿Ocurre algo, caballeros? —inquiero muy cortésmente mientras aprieto los dientes para que no vean el ataque de ansiedad que me está dando.
El primer policía que ha llegado contesta fuera de sí:
—Que soy el marido de Rachel Davis y tú no eres ella. Que te vas a pudrir en la cárcel, bendecida, y que como le haya pasado algo, te mato.
Y el tiempo comienza a pasar muy rápidamente y todo se llena de policías que me apuntan con armas.
¿Van a dispararme? ¿Van a meterme en la cárcel?
¿Dónde está la pobre mujer del policía? ¿La soltarán los míos ahora que no vamos a regresar?
¿Qué les va a pasar a José y al resto de hombres que van escondidos?
¿Hará algo mi padre para salvarme? Sí, él me quiere, es frío a veces, pero es porque es un pater de una villa y los pater son nuestros guías espirituales, nuestros jueces, nuestros alcaldes.
Él es todo eso y dirige nuestra villa muy bien, por eso es frío y distante, pero me quiere, me adoptó, me cuidó.
Me sacará de aquí, él no es un bendecido cualquiera, es un pater, él tiene poder…