Peccatorum, más que la chica del té
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01_La incursión
LA INCURSIÓN
—A ver si lo he entendido bien —digo ciertamente confundida—: voy a vivir en una mansión lujosa, voy a tener ropa a espuertas, vais a desconectar mi IPAS para siempre y me entregaréis un montón de monedas a final de mes para gastar en lo que quiera. ¿Es así?
—Sí —asiente la señora, la que se ha presentado como la res del presidente de la Península.
—Y, a cambio, pide poder practicar sexo conmigo cuando él quiera —confirmo, pero, en realidad, sigue siendo una pregunta. La res asiente nuevamente.
Si estuviera acostumbrada a decir palabrotas, soltaría alguna; en cambio, trago saliva y me paso la lengua por los labios.
Bailo y me contorsiono al ritmo de la melodía. Adoro la música rock de 1960 a 1980. Cuando escucho las cuerdas de las guitarras eléctricas vibrar, siento que toda esa energía fluye por mi cuerpo y activa todos mis rincones.
Realizo un giro cuando la batería acelera y veo cómo ondea mi recatado vestido floral.
—¡Ramla! ¿Qué haces?
Me quito los cascos y observo la expresión de cabreo de mi novio.
—Perdona, sí, qué tonta, ya sabes, la música rock que… —comienzo divertida, pero su enfado no disminuye, así que añado—: Sí, ya está, ya voy.
Él se va. Yo agarro rápidamente la bandeja con el té que había preparado para él y para el pater Massimo y se lo acerco al despacho. Entro y, mientras se lo sirvo, sonrío al pater, pero no digo nada; cuando está reunido, no suele mostrarse cercano conmigo, aunque sea mi padre adoptivo.
Me dispongo a retirarme para seguir con mi música, pero José, mi novio, me lo impide, cierra la puerta y me mira.
¿Qué ocurre? Soy una mujer, tengo muy claro que eso significa que no formo parte de la política de las Islas, y esta es una reunión de política.
¿Quizá quieran pedirme unas pastas para acompañar al té?
—Ramla, siéntate —me pide el pater Massimo—, tenemos un problema y José asegura que puedes ayudarnos.
Miro a mi novio, abro mucho los ojos y finjo una sonrisa. Me conoce lo suficiente como para saber que le estoy preguntando con la mirada de qué va todo esto, pero él solo me señala un sillón frente al escritorio de mi padre. Me siento.
El pater Massimo coge la taza de té que era para él y me la da. Estoy alucinando, ¿qué ocurre? Me llevo el vasito a la boca, pero no bebo porque odio el té, algo que nadie sabe, porque en las Islas, todo el mundo toma té cuando se reúne.
—¿Sabes en lo que consiste una incursión a la Península, Ramla? —pregunta mi padre. Las duras arrugas de su rostro me miran sin esperar nada de mí, cree que soy una ignorante y lo cierto es que no tendría que saber lo que es, pero lo sé, José me lo ha contado, pero no puedo delatarle.
Agarro los pliegues del vestido floral y sopeso mi respuesta.
—«Incursión» significa que un grupo de personas se adentran en un territorio —digo en un alarde de ser una persona muy leída— y sé lo que es la Península, pater, lo he estudiado en el colegio.
Así que, entiendo que te refieres a entrar en la Península con algún fin no demasiado amigable, teniendo en cuenta que son nuestros enemigos.
Se supone que debería estar impresionado por mi respuesta, pero las arrugas de su rostro se endurecen y me repito a mí misma que siempre hablo de más, podría haberme limitado a contestar «sí».
—Tienes veinticuatro años —interviene mi padre—, ya eres suficientemente mayor como para entender que, a veces, los hombres tenemos que hacer sacrificios para mantener a salvo a los bendecidos.
Tú, hija —me sorprende que me llame así, incluso delante de mi novio—, vas a ser un sacrificio que voy a tener que hacer.
—Ahora mira a José y yo me inquieto y me aferro a la taza de té como si en verdad estuviese deseando bebérmelo—. Explícale la situación a Ramla.
Miro a mi novio. Su tez es pálida, tiene el cabello negro y está fuerte porque es un soldado de Dios.
José me mira y toma la palabra:
—En la Península, nos tienen prohibido el acceso a los bendecidos. Si ponemos un pie allí, nos encierran automáticamente en la cárcel.
—Pero —intervengo— exportamos materias a la Península.
Y sé, en cuanto termino la frase, que debería guardar silencio. No son temas que una mujer bendecida deba conocer, pero yo soy demasiado curiosa. Quiero pensar que no iré al infierno por un poco de curiosidad… ¿O sí?
—Sí —responde mi novio y tengo que elevar la cabeza para mirarlo, pues está de pie y yo sentada frente a la mesa del despacho—, tenemos acuerdos comerciales con la Península; por eso, ellos envían sus camiones en barco, recogen el producto de nuestras Islas y se los llevan de vuelta por mar.
Intento entender lo que me están contando, pero… ¿qué pinto yo en todo eso?
—Y la camionera que va a llegar para la próxima recogida es una mujer negra, como tú —dice mi padre, que me mira con incredulidad. Supongo que no entiende que en la Península permitan que una mujer sea camionera. También veo cierta preocupación en su rostro y no sé a qué viene.
—Ramla, tienes que hacerte pasar por la conductora del camión y meternos a un grupo de bendecidos en la Península.
Y, sin pensarlo, me tomo el té de un trago. ¡Está asqueroso! ¿Por qué me lo he bebido si lo odio? Porque estoy histérica, sí, lo estoy.
Estamos a punto de llegar al puerto de embarque que nos llevará de la Isla a la Península. Miro el reloj del camión y me doy cuenta de que he pisado el acelerador más de la cuenta, así que llegaremos antes de lo previsto.
Pongo el intermitente, aparto el camión de la carretera y paro. Bajo, cojo aire y maldigo a José por no haberme dejado traer música rock a este viaje.
Sé que no debería hacer lo que voy a hacer, pero aquí, en mitad de la carretera, no hay nadie y yo tengo un maldito ataque de ansiedad, así que abro las puertas del enorme camión, aparto las cajas y voy hasta el compartimento secreto, tiro de una de las palancas y abro.
José está ahí escondido junto a ocho hombres más, todos bendecidos, como yo.
Me miran en silencio sin entender por qué he abierto la puerta.
—Tranquilos, aún estamos en la Isla, no hay nadie, necesito hablar con José.
Mi novio me mira y su enfado se hace patente. Sale a regañadientes y con dificultad del pequeño escondite, pero se queda dentro del camión y me susurra:
—Ramla, ¿qué haces? Tienes que seguir lo planeado, esto es muy peligroso.
—Vale —susurro—, pero necesito saber qué habéis hecho con la camionera. Si yo tengo su camión y me voy a hacer pasar por ella…
Sí, estoy de los nervios, llevo varios días sin dormir pensando en esa pobre chica, porque debe tener veinticinco años o por ahí si yo he podido hacerme pasar por ella.
—Los bendecidos somos la palabra de Dios, no hacemos daño a la gente, al contrario —comenta molesto mientras intenta que no se note su cabreo—, esto lo hacemos para que los pecadores de la Península puedan unirse a nosotros.
Sí, vamos a entrar en la Península a empapelar su capital de carteles que hablan de cosas que yo no termino de entender: IPAS, sexo, torums, liberados… He visto la publicidad, aunque no debería haberlo hecho.
—José, ¿quién lleva los pantalones? No sabía que tenías que darle tantas explicaciones a tu chica —comenta un soldado de Dios entre risas desde el escondite.
Mi novio no deja de mirarme, pero su rostro indica un malestar que va a ser difícil de apaciguar.
—¡Limítate a conducir, niña, y deja lo demás a los hombres! —exclama otro.
Doy unos pasos lejos de mi novio, me acerco hasta ellos muy enfadada y les digo:
—Ya veremos quién es la niña cuando pasemos los controles y os meéis de miedo mientras yo doy la cara por todos vosotros.
Ellos me abuchean.
—¡Cállate, Ramla! —me grita José mientras me agarra del brazo y tira de mí hacia atrás, avergonzado—.
¡Joder! No deberías haber venido, esto no es para chicas.
¡Y callaos todos! —grita mientras da un golpe a una de las paredes del camión.
Ellos le obedecen porque mi novio, aunque es joven, está al mando de este grupo de soldados de Dios.
—Vale —le digo a José conteniendo las lágrimas. Odio cuando se pone así. Sé que me quiere, pero, a veces, me hace sentir como si ser mujer significase ser idiota, justo lo que hace mi padre.
La mano de José está en mi brazo, pero yo se la aparto de un manotazo, demostrándole que no tiene tanto poder sobre mí como le gustaría; sin embargo, todos le abuchean nuevamente y él usa toda su fuerza para tirar de mi brazo y sacarme a rastras del camión.
Lo hace de forma tan agresiva que caigo al suelo, pero él no recula y sigue tirando de mí.
Cuando estamos lejos de los demás, las lágrimas ya inundan mi cara.
—Lo siento, Ramla —me dice, y no sé si es porque sabe que me ha hecho daño o porque no debería haberme pedido que viniese a esta incursión a la Península—, pero estos hombres se juegan la vida haciendo esto.
Ningún pater habría dejado a una mujer hacer lo que estás haciendo tú, pero Massimo, sí; en el fondo, confía en ti, y yo también.
Se mete al camión y cierra la puerta trasera desde dentro. Contengo las lágrimas. ¿Se supone que debería sentirme mejor por lo que me ha dicho? Él y mi padre adoptivo confían en mí, aunque sea una mujer.
Aunque sea una mujer.
Una mujer.
Miro mi brazo izquierdo y agradezco tener la piel negra, así nadie verá las feas marcas que me van a salir por la fuerza con la que me ha agarrado José.
No es la primera vez que un hombre me trata de esta forma para hacerme callar y debo tener la piel sensible, porque pronto me salen moratones allí donde antes han estado sus dedos.
Respiro y me armo de valor. Me acomodo en el asiento del conductor del vehículo y lo conduzco hasta el puerto de embarque de las Islas.
He aprendido a conducir este enorme camión en menos de treinta días, así que, pasar el control que me espera para ir a un lugar donde los bendecidos tenemos prohibida la entrada bajo pena de cárcel debería asustarme muchísimo.