Pecados en la sala de juntas (La bratva multimillonario 1) 78 Rae
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78 Rae

RAE

OFICINA DE RELACIONES PÚBLICAS DE LA POLICÍA DE NUEVA YORK

COMUNICADO DE PRENSA: PARA SU PUBLICACIÓN INMEDIATA

ASUNTO: Declaración pública de Lukas A. Lazarev

FECHA: 21 de diciembre de 2025 | 7:00 a. m.

El Sr. Lazarev ha solicitado la oportunidad de hacer una declaración pública sobre la muerte de Elena Lazareva. Su asesor legal le ha desaconsejado realizar esta declaración. El Sr. Lazarev ha rechazado el consejo de su asesor.

Salgo disparada del restaurante y corro hacia la entrada del metro más cercana. Las páginas del diario están apretujadas en el bolsillo de mi chaqueta, crujiendo con cada zancada. Subo las escaleras de dos en dos, salto el torniquete y me lanzo al tren justo cuando se están cerrando las puertas.

Mientras el tren serpentea por las entrañas de la ciudad, miro obsesivamente la hora en mi teléfono. Los minutos se desvanecen y mueren, y solo puedo rezar para que me queden suficientes como para marcar la diferencia.

Cuando por fin llego a la comisaría del distrito 20, estoy jadeando, con un pinchazo que me grita en el costado. El circo mediático ya ha comenzado. Parece diez veces peor que el que se apoderó del edificio de ladrillo rojo cuando lo arrestaron.

Me abro paso entre la multitud, ignorando las preguntas que me gritan y los micrófonos que me apuntan. Estoy a punto de llegar a las escaleras cuando lo veo.

No es Lukas.

Kir.

Está saliendo de un sedán negro, ajustándose los gemelos, con el rostro convertido en una máscara de fría determinación. Aún no se ha fijado en mí.

—¡Kir! —grito—. ¡Espera!

Se gira al oírme llamar su nombre. Cuando me ve, frunce el ceño, casi como si lo decepcionara que yo siga queriendo estar siquiera en el mismo código postal que su padre.

Le agarro del brazo antes de que pueda moverse. Intento explicarle, pero ahora mismo ni siquiera estoy respirando lo suficiente como para que mi cerebro funcione, y mucho menos para contar toda esta espinosa historia de forma concisa y coherente.

—Tu madre llevaba un diario... lo enterraron con ella... Estaba enferma, Kir, se estaba muriendo, y le pidió que... las pastillas no eran... él no... ella quería... Se lo suplicó, y él solo lo hizo porque ella le hizo prometer que te protegería de...

—Para —Kir libera su brazo de un tirón y aparta la cara—. No sé a qué juego estás jugando, Rae, pero no me interesa.

—¡No es un juego! Tengo pruebas, tengo el...

Pero él se aleja cada vez más de mí, y los periodistas nos acosan, abriéndose paso entre nosotros como esa agua negra que me cubrió la cabeza cuando estuve a punto de ahogarme en la gruta, con Lukas mirándome desde la orilla.

—¡Kir, por favor…!

Las puertas se abren de par en par. Él desaparece en el interior sin mirar atrás.

Espero un segundo.

Luego entro tras él.

Si fuera reinaba el caos, dentro es aún peor. Policías y periodistas se empujan con equipos de cámara y curiosos. Me cuelo en la abarrotada sala de prensa justo a tiempo: justo cuando encuentro un hueco para meterme en el fondo de la sala, oigo a un agente empezar a gritar que la sala está llena.

—¡No hay sitio para nadie más! —grita—. ¡Enciendan la tele o lo que sea, pero aquí no entran!

Cierra las puertas de un tirón ante las protestas de todos los que han tardado demasiado en entrar.

Un momento después, las luces se atenúan. Un silencio se apodera de la multitud.

Entonces se abre una puerta y Lukas sube al estrado.

Sus abogados deben haberle traído ropa limpia ahora que ha pagado la fianza, porque su camisa está planchada y su traje es ahora negro como la noche. Su cabello plateado está peinado hacia atrás, lejos de su cara, y su barba, aceitada y reluciente. Los anillos en sus dedos brillan bajo los focos.

Es increíble pensar que antes veía a un monstruo cuando lo miraba. Ahora lo miro y veo mucho más.

Veo a un marido cavando la tumba de su esposa en una noche sin luna, con lágrimas en el rostro, barro en las manos y sangre en la espalda.

Veo a un padre que se aleja de su único hijo para no mostrarle el dolor de amar y perder.

Veo a un hombre. No a un monstruo, a un hombre.

Sus ojos grises recorren la sala, pasando por encima del mar de periodistas, el bosque erizado de micrófonos, los objetivos hambrientos de las cámaras y los detectives que esperan devorarlo, enterrarlo bajo la cárcel tan pronto como les dé una razón para hacerlo.

Pronto, esos ojos me encuentran.

El resto de la sala desaparece mientras él me mira y yo lo miro a él. Mantiene mi mirada durante un largo y doloroso instante. Veo todo en esos ojos de nubes de tormenta: amor, arrepentimiento, disculpa, adiós. Toda una vida de lo que podría haber sido comprimida en una sola mirada.

Entonces, su mirada se desplaza. Se posa en Kir, de pie, rígido, a unos pasos de distancia.

Padre e hijo se miran en silencio. No sé qué le dicen los ojos de Lukas a su hijo, pero parece que dura mucho, mucho tiempo.

Al final, sin embargo, Lukas vuelve a los micrófonos. Se inclina hacia delante. Se aclara la garganta.

—Hace dieciocho años —comienza—, maté a mi mujer.