32 Rae
RAE
ASPECTO: Granate intenso, casi opaco. Lágrimas pronunciadas.
OLOR: Cereza negra, cuero, tierra húmeda. Cedro. Tabaco. Ligera mineralidad.
SABOR: Con cuerpo. Taninos bien integrados, sorprendentemente suaves para la añada. Fruta negra, grafito, sutil influencia de roble.
FINAL: Persistente. Complejo. Melancólico.
Me aparto de la mesa y gruño como un animal de granja al que han soltado ante el comedero.
—Eso ha sido... —Busco la palabra adecuada y no se me ocurre nada—. Ni siquiera lo sé. ¿Delictoso, quizá? Debería ser ilegal cocinar así.
La terraza da al viñedo, que ahora está bañado por esa luz rosada del atardecer que solo existe en la región vinícola francesa y en las películas de Nancy Meyers. Las velas parpadean sobre la mesa entre nosotros, iluminando los restos de lo que sin duda ha sido la mejor comida de toda mi vida.
Coq au vin, con una salsa tan rica que me la quería beber directamente de la olla.
Zanahorias asadas que sabían como si las hubiera glaseado personalmente el fantasma de Julia Child.
Pan fresco que habría hecho palidecer al maná bíblico.
Me serví tres raciones. No había comido tres raciones de nada desde el Día de Acción de Gracias de 2021, y aquello acabó conmigo engullendo puñados de Tums y desmayándome en el sofá de Jillian mientras un Garfield hinchable gigante del desfile de Macy’s acechaba mis sueños de coma alimenticio.
Lukas me mira desde el otro lado de la mesa. Sigue saboreando su vino. Apenas ha tocado su plato.
—¿Te ha gustado? —pregunta.
—¿Que si me ha gustado? —repito, casi ofendida—. Prácticamente le he hecho el amor a ese coq au vin. Si no hubieras estado sentado ahí, habría lamido el plato.
—No te lo habría impedido.
La forma en que lo dice, divertido, como si guardara la imagen para más tarde, hace que mi estómago dé un pequeño y complicado salto.
Agarro mi copa de vino para darle algo que hacer a mis manos.
Es mi segunda copa, una más de las que suelo permitirme, pero circunstancias excepcionales requieren medidas excepcionales.
Y si que un presunto asesino me invite a cenar y a beber vino en un viñedo francés no se considera excepcional, no sé qué lo es.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —le pregunto.
Lukas agita el vino en la copa. —Me enseñó mi madre.
Espero a que añada algo más, pero no lo hace. Así que, con el vino aflojándome la lengua, me vuelvo entrometida. —¿Las madres rusas enseñan a sus hijos a preparar cocina francesa auténtica y sin fallos?
—La mía sí —Vuelve la cara para mirar hacia el horizonte—. Creía que un hombre debía ser capaz de alimentarse a sí mismo. Y a los demás.
No es gran cosa, pero lo guardo en mi memoria de todos modos. Otra migaja. Un fragmento más del rompecabezas de mil millones de piezas que es Lukas Lazarev.
—Parece una buena mujer —digo con cautela.
—Lo era.
Las velas siguen bailando entre nosotros, proyectando sombras onduladas sobre sus nudillos marcados por cicatrices.
Ha envuelto una mano alrededor del tallo de su copa de vino, y me encuentro mirando fijamente esas líneas pálidas que se entrecruzan en su piel, preguntándome qué significan, de dónde vienen.
—No hablas mucho de tu familia —me atrevo a decir.
—Tú tampoco.
Touché. Doy otro sorbo de vino. Me está calentando por dentro. El aire de la tarde se ha enfriado, pero sigue impregnado del aroma de las uvas y la tierra.
—No hay mucho que contar —digo—. Al menos, nada que tú no sepas ya —Lo miro, pero como él no dice nada y no parece en absoluto avergonzado, me encojo de hombros y relleno los huecos, por si acaso—.
Mis padres murieron cuando tenía diecinueve años.
Mi hermano está en rehabilitación. Trabajo demasiado y duermo muy poco. Fin.
—Eso no es el final —Sus ojos grises reflejan la luz de las velas—. Eso es apenas el principio.
—¿Qué te hace decir eso?
—Que sigues aquí —Deja la copa sobre la mesa—. La mayoría de la gente ya se habría largado.
—A la mayoría de la gente no la compraron en una subasta por cinco millones de dólares.
—La mayoría de la gente no es como tú.
No sé qué responder a eso. El vino me recorre agradablemente las venas, aflojando un pequeño nudo de tensión en el pecho que llevaba días apretado. Semanas. Quizá años.
—Haces que parezca que soy especial —digo—. No lo soy. Solo soy terca.
—¿Así es como lo llamas?
—¿Cómo lo llamarías tú?
Su mirada se clava en la mía al otro lado de la mesa iluminada por las velas. —Valiente.
Me río, porque la idea me parece absurda. —No soy valiente. Las personas valientes hacen cosas valientes a propósito. Yo solo estoy demasiado cansada para seguir teniendo miedo.
—Estás muy decidida a discutir conmigo, señorita Everett.
—Alguien tiene que hacerlo. Tengo la sensación de que la gente no suele decirte que no.
—No lo hacen.
—Probablemente eso no sea saludable.
—Desde luego que no para los pocos que se atreven.
Tiemblo a pesar del cálido aire de la tarde. Me da demasiado miedo mirarlo a los ojos ahora mismo, así que vuelvo a echar un vistazo a sus manos.
Es una locura cómo algo puede ser tan grande y peligroso, y sin embargo sostener con tanta ternura esa delicada copa de vino. Tenía las yemas de los dedos callosas cuando me ajustó el tirante del vestido, pero su tacto era suave como las nubes.
Puede cocinar coq au vin con esas manos.
¿Podrá también matar con ellas?
El pensamiento se cuela en mi mente sin ser invitado, como una serpiente en el jardín. Intento alejarlo, pero el vino tiene otros planes.
¿Habría sido rápido, me pregunto? ¿Una pistola en la nuca de su mujer, frío y eficiente, igual que con todo lo demás? ¿O lento y personal, esos dedos gruesos y brutales apretando su garganta mientras veía cómo la vida se le escapaba de los ojos?
¿Sintió algo? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Alivio? ¿Culpa?
¿O simplemente lo hizo? ¿Un asesinato rápido, y luego a ocuparse de asuntos más urgentes?
Me estremezco por segunda vez. Lukas se da cuenta. —¿Tienes frío? —pregunta.
Hago un gesto con el hombro. —Un poco —miento—. Se está poniendo el sol.
Parpadea y vuelve a mirar hacia fuera, como si no se hubiera dado cuenta de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor. —Así es. La cena ha terminado.
Me levanto y empiezo a recoger los platos. —Déjame limpiar, al menos. Es lo menos que puedo hacer después de que tú...
—Déjalo.
El tono de no te atrevas a discutir en la voz de Lukas es tan natural que me pregunto si siquiera se da cuenta de que lo hace. En cualquier caso, vuelvo a dejar el plato en su sitio.
Se levanta de la silla, desplegando toda su estatura en el crepúsculo que se cierne sobre nosotros. El último rayo de sol se refleja en el plateado de su cabello, fundiéndolo por un instante antes de desaparecer tras las colinas.
—Hay algo que quiero enseñarte —dice—. Por aquí.
Me lleva a través del vestíbulo, pasando por la escalera, hacia una puerta que no había visto antes. Está empotrada en la pared de piedra, más antigua que el resto, colgada de bisagras de hierro que se han vuelto de color naranja por el óxido.
Cuando la abre, veo lo que hay detrás: una estrecha escalera que desciende hacia la oscuridad.
—Después de ti —dice Lukas.
Miro fijamente hacia la oscuridad. La escalera desaparece tras los primeros peldaños, tragada por sombras tan densas que bien podrían ser sólidas.
—¿Quieres que vaya yo primero? —chillo—. ¿Al sótano de los asesinatos?
Él suspira. —No es un “sótano de los asesinatos”.
—Eso es exactamente lo que diría alguien con un sótano de los asesinatos.
Su mano me roza la parte baja de la espalda y ejerce una presión suave. —Ve.
Aprieto los dientes. Sé valiente, Rae, me digo a mí misma. Y entonces me lanzo.
Un pie encuentra el primer escalón. Otro. Otro.
Las losas están resbaladizas y hundidas en el centro por siglos de uso. Avanzo con una mano en la fría pared para mantener el equilibrio mientras descendemos hacia el espacio exterior. Detrás de mí, los pasos de Lukas cubren los míos, pesados y sin prisa.
Ya está, pienso. Así es como voy a morir.
Al menos he tenido una buena última comida.
La oscuridad me oprime los ojos. No veo por dónde voy. De hecho, no veo nada en absoluto, salvo el tenue contorno de mi propia mano contra la piedra.
Al cabo de un rato, llegamos al fondo. O al menos, lo que supongo que es el fondo, porque la pared se aleja de mis dedos. Siento como si estuviera de pie al borde de un acantilado, contemplando un abismo infinito.
Lo siento mucho, Gideon, pienso para mis adentros. Lo siento mucho, Jillian. Ambos pensarán que soy una idiota por meterme en esta situación, y ambos tendrán razón. Espero que los “te lo dije” los satisfagan.
Aprieto los ojos con fuerza. Hazlo de una vez.
Lukas se detiene un escalón más arriba. Siento el aura cálida de su mano acercarse a mi garganta. Estoy esperando… esperando… esperando…
Entonces, se oye un clic. La luz inunda el espacio.
Parpadeo, temporalmente cegada. Cuando mi visión se aclara, estoy de pie al pie de la escalera, muy viva, mirando fijamente a un…
…Bueno, no es un sótano de asesinatos.
Resulta que es una bodega. Ahora que lo pienso, parece bastante obvio. Me da un poco de vergüenza.
Arcos de piedra se extienden en la distancia, agrupados sobre interminables estantes de madera que albergan miles de botellas.
Las paredes brillan por la humedad y el aire es cortante por el frío.
Bombillas antiguas cuelgan de luminarias de hierro corroído y proyectan charcos de luz que no sirven para disipar ni las sombras ni las telarañas de las esquinas.
Es precioso. De una forma inquietante.
—Pensabas que iba a matarte —deduce Lukas desde detrás de mí. Su aliento es cálido contra mi oído.
—La idea se me pasó por la cabeza —admito.
—¿En mi propia bodega? —Suena ofendido—. Nunca lo haría. La humedad de tu cadáver en descomposición arruinaría el producto.
—De verdad que tienes que trabajar en tu definición de “tranquilizador” —Me cruzo de brazos, temblando. La temperatura debe de haber bajado veinte grados respecto a la que había en la terraza—. ¿Cuántos años tiene este lugar?