24 Rae
RAE
A NOMbrE DE: Youth Mentorship Initiative
NOTA: Para la chica de rojo
Los hombres de negro no me tocan. Aunque tampoco tienen por qué. Aunque tengan órdenes de mantener las manos quietas, no es que yo vaya a irme a ninguna parte.
Porque el foco de luz es en sí mismo una jaula. El público es un muro. Todas las salidas están bloqueadas por teléfonos, caras y esa luz implacable y deslumbrante.
Camino hacia el escenario, porque no hay ningún otro sitio adonde ir. El sonido de mi respiración nerviosa se ve ahogado por los aplausos. La gente aplaude. Creen que esto es entretenimiento. Creen que yo estoy al tanto de la broma.
Están muy equivocados.
Subo los escalones hacia el escenario. El presentador me sonríe como si fuera un cerdo premiado en una feria del condado.
—Damas y caballeros, ¿no es impresionante?
Se oyen más aplausos, junto con un silbido lascivo procedente de algún lugar del fondo.
Recorro la sala con la mirada, buscando a Kir, una salida, o a cualquiera que pueda ayudarme.
En cambio, encuentro a Lukas.
Se ha colocado cerca del fondo del salón de baile, con los brazos cruzados y el rostro impenetrable. No aplaude ni sonríe. Solo observa.
El maestro de ceremonias, un hombre mayor con un bigote sudado y una pajarita mal anudada, me toca el codo. Me sobresalto. —No seas tímida, cariño. Ven, ponte aquí —Me guía hasta un lugar en el centro del escenario donde todos puedan verme—. Así es.
Estoy temblando. Lo noto en las manos, en la mandíbula, en mis patéticos tobillos temblorosos. El vestido rojo parece un blanco pintado sobre mi cuerpo.
—¡Bien, pues! —dice el maestro de ceremonias, dirigiéndose al público—. ¿Quién quiere abrir la puja por una velada con la encantadora señorita Everett?
Una velada. Ha dicho “una velada”. ¿Qué significa eso siquiera? ¿Cena? ¿Baile? ¿Algo peor?
Esto es un error. Nunca acepté esto. Quiero bajarme de esta montaña rusa, muchas gracias.
Se levanta una mano cerca de la barra. —¡Cinco mil!
Una carcajada recorre el público. El presentador niega con la cabeza, fingiendo decepción. —Vamos, señores. ¡Mírenla! ¡Es preciosa! Podemos ofrecer más.
Otra voz se alza, en algún lugar a mi izquierda. —¡Diez mil!
Eso abre las compuertas.
—¡Quince!
—¡Veinte!
Las cifras suben, y las filas se hinchan con más y más hombres gritando desde las profundidades anónimas y sombrías de la multitud.
Se me revuelve el estómago un poco más con cada uno.
Me están vendiendo. Aquí mismo, ahora mismo, delante de Dios, de Lukas y de la alta sociedad de Manhattan, me están subastando como si fuera una cómoda antigua en una venta de objetos de segunda mano.
Vuelvo a mirar a Lukas. A pesar de la luz penetrante que me ciega los ojos y de la penumbra que proyecta sobre la multitud reunida, todavía puedo verlo, allá al fondo, elevándose por encima de todos desde su atalaya.
No se ha movido. Su rostro sigue impasible e inflexible.
¿Es esto lo que quería? ¿Para esto me trajo aquí? ¿Para humillarme delante de todo el mundo?
—¡Cincuenta mil! —Sorprendentemente, esta vez es la voz de una mujer. No veo quién es, pero siento una punzada de traición de género.
El presentador silba. —¡Cincuenta mil dólares! ¿Alguien ofrece sesenta?
Aprieto mi bolso de mano tan fuerte que el cierre se me clava en la palma. Por extraño que parezca, el dolor me devuelve a la realidad. Al menos, me recuerda que sigo aquí, que sigo respirando.
Por desgracia, también me recuerda que no estoy soñando, así que no todo es bueno.
—¡Sesenta!
—¡Setenta y cinco!
Oh, qué bonito. Para alguien valgo setenta y cinco mil dólares. La idea me da ganas de reír. O de gritar. O de vomitar. Quizás las tres cosas.
A medida que la subasta continúa, los números empiezan a difuminarse. Me arde la cara bajo las luces y el sudor me resbala por la espalda.
—¡Cien mil!
La voz arrogante proviene de mi derecha. Me giro y veo a un hombre alto y delgado, de unos treinta años, con el pelo peinado hacia atrás y una sonrisa que me pone los pelos de punta. Lleva un reloj que puedo ver perfectamente desde aquí arriba, incrustado de diamantes.
—¡Vaya, que me parta un rayo, si no es Preston Howell! —anuncia el presentador—. ¡El director ejecutivo de Howell Technologies! Damas y caballeros, ¡qué grupo tan ilustre se ha reunido aquí esta noche! ¿Quién se quedará con el premio mayor?
Preston me guiña un ojo cuando me ve entrecerrar los ojos en su dirección. —Vales cada céntimo, cariño. Te prometo que te lo pasarás en grande.
Siento un vuelco en el estómago. Algunas personas se ríen, mientras que otras hacen chistes obscenos en voz baja que finjo no oír.
Voy a vomitar.
—¡Cien mil es la puja actual! —exclama el presentador—. ¿Alguien ofrece ciento veinte?
El silencio es sepulcral. La sonrisa de Preston se ensancha. Cree que ha ganado.
Entonces...
—Quinientos mil dólares.
La voz me resulta familiar.
Kir.
La sala se queda completamente en silencio. Incluso al presentador se le cae la mandíbula.
Lo ubico entre la multitud. Está de pie cerca del borde de la pista de baile, donde lo dejé, con la copa de champán aún en la mano. Pero no me mira.
Está mirando a su padre.
Sus miradas se cruzan. Gris sobre gris. Fuego sobre hielo. Pasa algo entre ellos que no puedo descifrar, algo antiguo, amargo y peligroso.
La sala estalla en exclamaciones y susurros escandalizados. Uno a uno, los asistentes se van pasando el mensaje de lo que está sucediendo. Todas las miradas se dirigen hacia los dos Lazarev, que se lanzan miradas asesinas desde extremos de la sala, esperando a ver qué va a pasar a continuación.
Yo también estoy esperando.
Lukas no se mueve. No levanta ni una paleta ni una mano. Solo vuelve a hablar, esta vez más alto.
—Cinco millones.
…
…
…
Me quedo con la boca abierta.
A Kir le pasa lo mismo.
Preston Howell levanta las manos. —¡Por Dios, Lazarev! Es una subasta benéfica, no una puta adquisición hostil. Ni un concurso para ver quién la tiene más larga…
Lukas lo ignora. Sus ojos se cruzan con los míos al otro lado de la sala.
Y, por primera vez esta noche, me mira de verdad.
No a través de mí.
No más allá de mí.
A mí.
A mí.
La sala contiene la respiración.
Lukas se arregla la chaqueta. Se mueve como si tuviera todo el tiempo del mundo. Un botón. Dos. —Cinco millones de dólares —repite. Su voz llega a todos los rincones de la sala sin esfuerzo, como un estampido sónico que avanza lentamente—. La subasta ha terminado. La chica me pertenece.
Las manos del presentador tiemblan mientras levanta el micrófono. —¡Cinco millones! ¡V-vendida! ¡Al señor Lukas Lazarev!
Estallan unos aplausos dispersos, aunque nerviosos e indecisos. La gente no sabe si debe aplaudir o huir.
Me quedo horrorizada en el escenario. Mi cerebro no procesa lo que acaba de pasar. Cinco millones de dólares. Por mí. Por una velada conmigo.
¿Qué significa eso?
Lukas empieza a abrirse paso entre la multitud. La gente se apresura aún más frenéticamente para apartarse de su camino que la primera vez. Pero aun así, con todas las miradas puestas en él, se toma su tiempo. Se mueve como el agua entre las rocas.
Suave. Implacable. Inevitable.
Llega al escenario y sube los escalones. Sus ojos no se apartan de mi rostro.
De cerca, es abrumador. El esmoquin negro le queda como una armadura. Su cabello plateado refleja las luces del escenario y brilla.
Se detiene frente a mí, tan cerca que puedo oler su colonia, esa menta oceánica, y un almizcle ahumado y primitivo debajo.
Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo. Es un lento recorrido de la cabeza a los pies, absorbiendo cada centímetro de seda roja que se ciñe a mis curvas.
Me siento más desnuda que si realmente estuviera aquí arriba con mi traje de Natasha.
Esto es exactamente lo que él imaginó; lo sé con absoluta certeza. Cuando eligió este vestido, cuando lo envió a mi apartamento, cuando organizó el coche y los diamantes y todo lo demás... estaba imaginando este momento exacto.
A mí, de pie aquí.
Expuesta. En exhibición.
Suya.
La humillación me quema en el pecho. ¿Es así como se siente ser su “algo interesante”? ¿La última baratija de la colección de Lukas Lazarev?
Pero debajo de la vergüenza hay otra cosa. Algo que se parece muchísimo a… orgullo.
Porque pagó cinco millones de dólares. Por mí.
No por Natasha, con su figura perfecta y su confianza inquebrantable. No por ninguna de las ricachonas guapísimas de la alta sociedad que hay en esta sala.
Por mí. La chica común, corriente, con ropa interior de algodón.
Un pequeño rincón de mi corazón está muy, muy contento.
Su mirada completa su recorrido y vuelve a mi rostro. Esos ojos grises están oscuros. Hambrientos.
—Señor Lazarev... —empiezo a decir.
Me coge de la mano.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos. Son fríos al tacto y firmes, y no están pidiendo permiso.
Luego se da la vuelta y me lleva fuera del escenario.
Tropiezo tras él. Mis tacones se enganchan en los escalones, pero él no reduce el paso. Su fuerte agarre se aprieta y me mantiene en pie.
La multitud se hace a un lado para dejarnos pasar. Es un mar de seda y diamantes y de ojos grandes y curiosos. Todo el mundo nos mira y susurra detrás de sus manos. No puedo oír lo que dicen, pero creo que es mejor así.
A un lado, veo a Preston Howell frunciendo el ceño mientras se toma su copa. Veo a Ariel, la pelirroja vestida de oro, con la boca abierta de asombro. Veo mil rostros que no reconozco, todos mirándome boquiabiertos y horrorizados.
Luego veo a Kir.
Ahora está solo, como si nadie se atreviera a acercarse a él. Su copa de champán cuelga olvidada a su lado.
Su rostro está ceniciento, sus ojos grises, vacíos. Parece como si un caballo le acabara de dar una patada en el estómago.
Lukas cambia de rumbo para pasar junto a él. Nos acercamos sin detenernos, lo justo para que Lukas se incline y le suelte a su hijo una sola frase al pasar:
—Ya deberías haber aprendido, chico —gruñe—. No comparto lo que es mío.