CAPÍTULO 26 #2
Destapó la pluma. Lo hace siempre antes de decidir algo que no puede deshacer; he observado el gesto cien veces y aún me dice más de lo que su rostro dirá jamás.
—Leerá la nieve tan bien como Rowan y sabrá exactamente dónde estamos y que no podemos alcanzarlo.
Reunirá todo alrededor de su sede y esperará a que la primavera nos entregue, o a que uno de nosotros se quiebre primero dentro de estos muros.
Esa es la versión de los próximos tres meses que puedo predecir semana a semana, y es la versión en la que perdemos por desgaste mientras él se sienta en una sacristía cálida con una ciudad de hombres comprados a su alrededor —apoyó el plumín en la página—.
A menos que aprovechemos el único amanecer.
—Salir al alba —dijo Silas.
La navaja se detuvo.
—Hacia la ciudad. Golpearlo en su propia mesa antes de que termine de ponerla —la navaja se abrió de nuevo—. Me gusta. Llevo dos semanas esperando que me guste un plan.
—Una dirección, no un plan todavía —dijo Gabriel—. Siéntate, Rowan. Quiero tus ojos en esto.
Me acerqué a la mesa. No me senté; trabajo de pie, siempre lo he hecho, costumbre del puesto de tiro.
Me incliné sobre las fotografías extendidas de la catedral, de San Sebastián, el lugar donde había comenzado todo este invierno gris, en la cripta, cuando Clara vio, en tres frases, la puerta cerrada oculta en la vida de todos los presentes. La sede del Abad no era la cripta.
Era el complejo de la sacristía detrás del coro, las antiguas oficinas capitulares que la Sodalidad había tomado para su Oficio Silencioso, un laberinto de habitaciones de piedra con una fachada eclesiástica hacia el recinto y un patio de servicio en la parte trasera donde entraban y salían las furgonetas de las reliquias.
—Aquí —dijo Gabriel, y su dedo de cirujano tocó el patio de servicio—.
Recibe aquí. Concentrará sus fuerzas aquí, en el patio y la escalera trasera, porque de ahí viene cualquier amenaza: una furgoneta, una brecha, hombres a pie.
Cordón detonante en la puerta del patio —me miró—.
Ese es trabajo de Silas y Damien, de cerca.
La brecha es ruidosa. Atrae todo hacia dentro, hacia el ruido, hacia el patio.
—¿Cuántos en el patio al entrar? —dije.
—Desconocido. De tres a seis, según el último barrido.
—Y mientras todo se atrae hacia dentro —dije—, alguien tiene que estar donde no está.
—Sí.
Miré las fotografías largo rato. Tengo una forma de quedarme quieto que los demás han dejado de encontrar extraña.
Dejo que los ángulos del lugar se ensamblen en mí, tramo a tramo, las líneas de visión, el terreno muerto, el viento que se canalizaría por el recinto de la catedral entre las altas fachadas de piedra.
Al otro lado del patio sur, dos calles al este, el campanario de la iglesia desconsagrada se alzaba sobre la línea de los tejados: cuerpo de campanas abierto, parapeto de piedra, y una línea limpia de cuatrocientos metros a lo largo del patio hasta la alta ventana del subsuelo tras la oficina interior, donde un hombre precavido apostaría su última guardia cuando empezara el ruido abajo, lejos de la brecha, tras el cristal, creyéndose a salvo en lo profundo.
—Ahí —dije, y puse el dedo en el cuerpo de campanas del campanario—.
Si va a algún lado cuando el patio estalle, irá hacia arriba y hacia dentro, lejos de la brecha, a su oficina.
Esa ventana da a la última habitación antes de su despacho.
Cuatrocientos metros, más o menos. Querría calcular la distancia sobre el terreno, pero puedo calcularla ahora lo bastante bien para saber que es mío.
—¿Quién más tiene acceso a esa oficina interior a la hora en que nos movemos? —pregunté—. ¿Hay un segundo hombre en esa habitación, o la mantiene solo para él?
—A través del cristal —dijo Gabriel.
No lo dijo como duda; lo dijo como una incógnita más que añadir a la columna.
—Cristal viejo. Emplomado, a juzgar por la fotografía.
Desviará la bala menos de lo que la gente cree si apunto al panel entre las varillas y no al plomo.
Lo compensaré —levanté la vista—. ¿Cuál es la elevación de ese campanario respecto a la ventana de la sacristía?
¿Tenemos un plano del edificio o es una estimación a partir de la fotografía?
Gabriel movió el dedo a una segunda fotografía, la elevación del recinto, y dijo:
—Estimación. Confirmar sobre el terreno.
—Confirmado —volví a mirar la imagen del cuerpo de campanas—.
El viento es la incógnita. Ese recinto canaliza.
No conoceré el viento hasta que esté en el tejado con las banderas y el humo de la brecha para leerlo.
Pero eso no lo resuelvo aquí. Eso lo resuelvo allí, en el medio segundo que siempre tengo, con el medio segundo de aliento en el que siempre confío.
La navaja de Silas se había quedado quieta de nuevo.
—Estás hablando de un disparo del que depende todo.
Todo lo que hagamos en ese patio, cada hombre que pongamos frente a esas puertas, todo funciona si puedes alcanzar una ventana al otro lado de una calle en medio de una ventisca, a través del cristal, doscientos metros, con el único aliento que tienes.
—¿Qué fotografía muestra la orientación de la ventana? —dije—. ¿La elevación del patio o la del recinto?
Gabriel deslizó la segunda imagen.
—Recinto. Orientada al norte, panel único.
—Cuatrocientos, si el viento colabora —dije—. Y sí.
—¿Y si fallas?
La habitación se quedó inmóvil. Las llamas de las velas se alzaban rectas desde las hileras, ni una corriente de aire en toda aquella piedra, y sentí los ojos grises de Clara sobre mí, solo sus ojos, firmes, sin miedo, la misma atención plana e imperturbable que había dirigido al arma en la cripta, la mirada que había deshecho a cuatro asesinos uno por uno y ahora se clavaba en mí a través de una mesa de guerra.
Tenía el telémetro en la mano derecha y solo entonces reparé en que el brazo se me había tensado desde el codo hasta el hombro, el músculo bloqueado en torno a nada, ninguna mira que alzar, ningún blanco que fijar: el cuerpo preparando el disparo antes de que la mente táctica hubiera terminado de decidir que había uno.
Me obligué a dejar el telémetro.
—No fallo —dije. Lo dije en mi tono de siempre, plano, suave, con esa quietud debajo que nadie interpreta jamás como fanfarronería, porque es solo inventario—.
Doce años detrás del cristal y la cuenta sigue limpia.
Viento cruzado, mala luz, un objetivo que se movió cuando no debía.
Nada de eso me ha costado jamás lo que había calculado. Nunca he fallado.
—Estoy apuntando a lo único que se interpone entre ella y el resto de su vida. Lo alcanzaré.
Dejé que el telémetro de latón girara una vez entre mis dedos.
Gabriel me miró un instante que se alargó. Luego escribió una línea en el libro mayor, tapó la pluma, y el pequeño clic de la tapa fue el sonido de algo decidido.
—La vigilancia es de Rowan —dijo dirigiéndose a la mesa—. La brecha es trabajo de cerca, Silas al mando, Damien en la cuerda. Yo dirijo desde el patio. Las pruebas de Clara salen en cuanto nos movamos, de modo que cuando él muera el imperio ya estará sangrando por cien cortes que no puede ver.
La miró.
—¿Estás segura de que estará listo?
—Ya está casi listo —dijo Clara—. Una noche más. Al amanecer tendré cada cuenta, cada informante, cada hombre al que pagó para que desapareciera, todo listo para enviar a quienes pueden actuar en cuanto abráis la brecha. Construyó todo su secreto sobre algo que solo él podía leer.
Algo pequeño se movió en la comisura de su boca que no era una sonrisa.
—Se equivocó en eso. Ha sido un hombre muerto leyendo su propio libro mayor desde el día en que ordenó que me capturaran en lugar de matarme. Solo que aún no lo sabe.
—Entonces tenemos lo que necesitamos —dijo Gabriel—. Descansad. Todos. Partimos al amanecer, mientras haya carretera. Después no hay carretera y no hay segundo amanecer.
Se puso de pie.
—Comed algo. No es una petición del planificador. Es una orden del hombre que tiene que veros a todos entrar en una catedral por la mañana.
Se fueron, de uno en uno y de dos en dos, hacia el calor del refectorio donde Damien tenía pan en el horno y el humo de leña flotaba azul.
Me quedé un momento con las fotografías, calculando el cuerpo de campanas del campanile una vez más en mi mente, luego cerré el catalejo de latón y lo guardé en el bolsillo del pecho, sobre la mano que mantenía caliente, y salí solo al claustro.
Ella me encontró allí.
La nieve había cesado. Las nubes se habían adelgazado lo suficiente para dejar pasar un borrón de luna, y la blancura reciente lo tomó y lo devolvió de modo que todo el claustro resplandecía débilmente desde el suelo hacia arriba, una luz azul fría sin fuente, los setos de boj abultados y plateados, mi única línea de huellas ya desdibujándose en los bordes.
Clara llegó por la columnata con el abrigo negro de Silas, demasiado grande para ella, los puños doblados hacia atrás, la cruz de latón de Mara un pequeño punto frío de luz de luna en el cuello abierto.
Su aliento era lo único cálido en todo aquel frío, un pequeño fantasma que se elevaba y desaparecía.
—Subiste antes del amanecer —dijo—. Has estado allí arriba todo el día. No comiste.
—Estaba trabajando.
—Estabas despidiéndote de ello.
Se detuvo cerca. No se me da bien la cercanía; ella lo sabe; me enseñó la cercanía lentamente, empezando por las manos, con la misma paciencia que se necesita para convencer a un francotirador de que baje de un tejado.
—La carretera. El páramo. Has medido ese terreno cada día desde que me trajeron aquí. Y ahora se ha cubierto de blanco y no puedes leerlo, y mañana vas a ir a un lugar en el que nunca has puesto el ojo, a hacer el disparo más importante de tu vida en un terreno que aún no dominas.
Sus ojos grises recorrieron mi rostro, leyéndome como lee a un santo: por los instrumentos y las heridas, toda la superficie cartografiada antes de hablar.
—Tienes miedo.