Capítulo Dos
CAPÍTULO DOS
DORIAN
Hace un año
El champán sabe a ceniza, como siempre ocurre cuando odias el evento al que te han obligado a asistir.
Las copas de cristal tintinean con ritmos delicados y ensayados, y las suaves notas de un cuarteto de cuerda en directo flotan por la sala.
Todo reluce. Todo está dispuesto para que parezca que nada ha requerido esfuerzo, desde las torres de champán y las orquídeas blancas que se desbordan sobre las mesas de la entrada hasta las sonrisas aburridas de quienes llevan toda la vida fingiendo que el dinero equivale a tener buen gusto.
Exactamente la clase de gente que detesto.
Permanezco de pie cerca del fondo de la sala, junto a una escultura que no le importa a nadie pero que todos fingen entender, contando los minutos que faltan para poder desaparecer sin que nadie lo note.
Mi padre me quiere visible pero al margen, impecable pero callado. Un adorno de los Van Roth vestido con un traje negro, colocado donde los inversores, los miembros de la junta directiva y los arribistas puedan admirar la continuidad de la familia.
He interpretado el papel toda la noche: frío, controlado, intocable.
Entonces entra ella y la sala se reorganiza a su alrededor; su sonrisa es tan luminosa que hace parecer opacas las lámparas de araña que cuelgan sobre su cabeza. Va vestida con sencillez: ninguna marca de diseñador, ningún diamante.
Pero, Dios mío, lleva ese vestido de un verde suave como si lo hubieran hecho para su cuerpo, para su calidez, para esa clase de luz en la que un hombre como yo no tiene derecho a fijarse.
En cuanto la veo, algo dentro de mí se queda inmóvil, como un depredador que se agazapa entre la hierba antes de matar. Y entonces arde.
Su risa, luminosa, sin reservas y con un desenfado que nadie se permite jamás en este lugar, atraviesa la sala cuando su madre le susurra algo.
Observo cómo arruga la nariz, cómo se coloca el cabello detrás de la oreja y cómo recorre la galería con la mirada, como si lo viera todo por primera vez y aún no hubiera aprendido lo feas que pueden llegar a ser las cosas hermosas.
No pertenece a este lugar, ni a esta galería, ni a esta familia, ni a mi mundo.
Es demasiado delicada para todo esto, demasiado luminosa; demasiado viva en una sala llena de personas que llevan años embalsamándose en dinero y buenos modales.
Demasiado peligrosa, maldita sea, como para desearla.
—Dorian —irrumpe la voz de mi padre, tan cortante como siempre—. Ven a conocer a alguien importante.
No quiero. Ya estoy luchando contra el impulso de volver a mirarla, luchando y perdiendo terreno pulgada a pulgada.
Aun así, me indica con un gesto que me acerque, porque Richard Van Roth nunca pide las cosas dos veces. Da órdenes disfrazadas de invitaciones y espera que el mundo se doblegue antes de que él tenga que alzar la voz.
—Esta es Madeline Marlow —dice, apoyando la mano en la parte baja de la espalda de la mujer con un gesto posesivo que me tensa la mandíbula—. Recordarás que te hablé de ella. Es dueña de una pequeña peluquería en la zona alta de la ciudad. Nos casamos esta mañana.
Parpadeo.
¿Qué?
La sala se mueve bajo mis pies, pero nada se mueve en mi rostro.
¿Mi padre se ha casado con alguien y me entero después?
Me observa asimilar la noticia. Siempre ha disfrutado dando información como quien desliza una hoja entre las costillas, en silencio y con precisión.
—Y esta es su hija, Livia.
De cerca es peor.
Enormes ojos marrones. Una boca suave. Una piel tersa en la que aún asoma esa clase de inocencia que esta familia arruinará si alguna vez consigue ponerle las manos encima.
Me mira directamente, sin miedo, estrategia ni el cálculo nauseabundo que llevo toda la vida viendo en cada rostro que se vuelve hacia el apellido Van Roth.
No hay ninguna sonrisa ensayada, ninguna ansia disfrazada de encanto, ninguna valoración cuidadosa de mi reloj, mi traje, mi apellido o mi utilidad.
Sus labios se curvan en esa clase de sonrisa que no esconde artificio alguno.
—Hola. Me alegra mucho conocerte.
Mi padre me observa mientras yo la observo a ella, y su sonrisa se estrecha.
Lo sabe.
Tal vez no todo, no la forma completa y despiadada de lo que se abre dentro de mí cuando ella sonríe, pero sí lo suficiente.
No sonrío ni le estrecho la mano. Si la toco, mi padre lo sabrá. Peor aún: yo lo sabré. Sentiré la calidez de su piel y algo dentro de mí tomará una decisión de la que jamás podré retractarme.
En lugar de eso, le lanzo una mirada lo bastante cortante para hacerla vacilar.
Su mano queda suspendida entre nosotros durante medio segundo antes de que ella la retire. Su sonrisa se apaga, y una parte pequeña y desagradable de mí odia ser el motivo.
—Encantado —digo sin inflexión.
Es mentira. Lo que siento no tiene nada de encantador, nada de inofensivo ni aceptable.
Mi padre me lanza una mirada de advertencia, pero no me importa. Me doy la vuelta y me alejo sin decir nada más, porque la distancia es lo único decente que me queda por ofrecerle.
No vuelvo a hablarle esa noche, pero no puedo dejar de pensar en ella. La imagen de su risa permanece en mi mente como una cicatriz.
Presente
Ha cambiado, pero no lo suficiente para que yo deje de desearla.
Todavía resplandece como algo que no tengo derecho a desear. Todavía conserva la calidez bajo todo ese dolor, incluso con los labios temblorosos y los ojos hinchados de tanto llorar. Todavía mira el mundo como si aún no le hubiera mostrado todas las formas en las que puede destrozar algo delicado.
Hoy viste de negro, con un suéter demasiado fino para esta sala.
Tiene la postura demasiado rígida y los hombros demasiado tensos, como si intentara impedir que su cuerpo se derrumbara delante de personas que lo confundirían con debilidad.
Tiene los ojos enrojecidos de llorar y, debajo, un vacío que no estaba allí hace un año.
Y, aun así, sigue siendo tan hermosa, maldita sea, que me hace sentir desquiciado.
La observo al otro lado de la mesa, pero nunca permito que mi mirada se cruce con la suya. Nunca dejo que vea la grieta que se está formando detrás del hielo.
Cuando el abogado pronuncia su nombre, ella se estremece. Cuando lee las condiciones del fondo fiduciario, se le tensan los hombros. Cuando dice mi nombre, su expresión se tuerce, primero por la incredulidad y después por la humillación.
Siento cada segundo, cada destello de pánico que intenta tragarse, cada bocanada de aire que traga a la fuerza y cada pregunta que se acumula tras sus labios mientras comprende el poco poder que le queda.
Pero no muestro nada.
Permanezco sentado con las manos entrelazadas y el rostro inexpresivo mientras leen los documentos.
No sabe que ya he decidido que regresará a la residencia, lo quiera o no.
La alojaré, financiaré sus estudios y pagaré todas sus facturas antes de que tenga que pedir nada. Cerraré todas las puertas antes de que se le ocurra atravesarlas. Levantaré los muros tan despacio que los confundirá con refugio.
Me volveré necesario, después inevitable y, por último, alguien de quien resulte imposible escapar.
Me adueñaré de ella poco a poco hasta que abandonarme le resulte más aterrador que quedarse.
Porque la chica que me sonrió bajo las lámparas de araña y pareció decepcionada cuando no le devolví la sonrisa nunca iba a ser solo una hermanastra para mí. No desde el momento en que la vi.
Ahora es mía para protegerla, mía para retenerla y mía para controlarla.
Es mejor que crea que la odio porque, si alguna vez descubre la verdad, huirá.