Pecadores Capítulo Once
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Capítulo Once

NICO

Le bajo el cuerpo del vestido. La tela queda debajo de sus pechos y Francesca inhala bruscamente cuando el aire frío le toca la piel.

La miro sin fingir que tenga intención de hacer otra cosa. Llevo pensando en ella así desde que la vi.

Francesca, capaz de discutir conmigo veinte minutos sobre algo que ya ha decidido, acaba de admitir que quería mi atención. La ha tenido durante meses. Ahora verá lo que he estado conteniendo.

Mueve las muñecas por encima de la cabeza. Quiere cubrirse; le veo el impulso antes de que recuerde la cuerda. Entonces levanta la barbilla. —¿Piensas hacer algo más que mirar?

—Estoy haciendo algo. —Trazo un círculo alrededor de uno de sus pezones con un dedo enguantado, evitando el centro—. Te estoy enseñando cuánto puedes llegar a desear algo antes de que te lo dé.

Se arquea hacia mi mano y la retiro. El sonido frustrado que suelta casi hace que merezca la pena dejarla así.

—Ahí está ese precioso mal genio tuyo. No te gusta que te hagan esperar, ¿verdad?

—No cuando lo haces tú —lo dice entre dientes, todavía tratando de acercar el pecho a mi mano.

— Sobre todo cuando lo hago yo. —Inclino la cabeza y dejo que mi aliento roce el pezón endurecido. Todo su cuerpo responde—. Viste la máscara, los guantes, la cuerda. Sabías qué clase de hombre soy y aun así fuiste a parar directamente a mis manos.

Cierro la boca sobre su pezón antes de que pueda discutir. Su jadeo llena el pequeño espacio entre nosotros.

Lo succiono despacio, mirándola mientras mi lengua rodea la punta. Se arquea para ofrecerme más y lo acepto durante unos segundos antes de rozarla con los dientes y soltarla.

La protesta llega enseguida. Paso al otro pecho y arrastro los labios por la curva inferior en lugar de darle lo que espera. —Qué codiciosa.

—Tú fuiste quien me ató. —Mientras habla, se frota un muslo contra el otro. Se lo hago notar y se queda quieta, como si así yo pudiera dejar de darme cuenta.

Deslizo la mano por su estómago y recojo la falda, levantando los flecos por encima de las medias. Ella sigue cada movimiento.

Cuando le paso la palma alrededor del muslo para agarrarla por debajo del culo, toma aire. Atraigo sus caderas hacia mí y muevo las mías una vez para que sienta lo duro que estoy a través de los pantalones.

—Esto me pasa cada vez que me miras como si no supieras si darme una bofetada o ponerte de rodillas.

—Estás muy seguro de ti mismo. —La voz se le ha afinado, pero no ha perdido esa actitud. La echaría de menos si lo hiciera.

—Estoy seguro de ti . —Retrocedo y dejo que la falda siga recogida a la altura de su cintura. Medias, ligas, bragas ya lo bastante húmedas para delatarla.

Empieza a cerrar las rodillas.

—Sepáralas —ordeno. Vacila y levanto la mirada hasta encontrar la suya—. No me obligues a repetirlo, princesa. — Separa las piernas—. Más. —Esta vez se mueve sin hacerme esperar.

Me agacho frente a ella, apoyo las manos en sus muslos y aprieto el borde de la máscara contra la cara interna de uno de ellos. Inhalo. Siento cómo se pone rígida encima de mí. —No.

—¿Qué no? ¿Que me dé cuenta de lo mojada que estás antes siquiera de tocarte el coño?

—Aparta la cara. Le muerdo la piel suave por encima de la media, lo suficiente para hacerla dar un respingo, y después beso la marca—.

Mírame. —Se niega hasta que le aprieto el muslo con la mano—.

Mírame mientras te digo lo que les has hecho a esas preciosas bragas.

Vuelve a mirarme a los ojos. Meto un dedo bajo la tela y lo deslizo lentamente a lo largo de su hendidura. Sus caderas se sacuden. Mi voz sale más áspera de lo que pretendía. —Estás empapada. Tanto discutir conmigo, y tu coño ha estado diciendo la verdad por ti todo este tiempo.

—Que te follen —lo dice sin aliento, tirando de la cuerda.

—Eso voy a hacerte yo. —Aprieto la tela húmeda contra su clítoris y froto una vez. Ella deja caer la cabeza hacia atrás, pero me detengo cuando vuelve a moverse hacia mi mano.

—No pares. —Ya no intenta disimular lo que quiere. Se esfuerza por acercarse a mi pulgar, que mantengo apoyado contra ella—. Sabes lo que quiero.

—Lo sé. Quiero oír si te atreves a decirlo. —Mantengo exactamente la misma presión. Sus piernas tiemblan a mis lados y la cuerda cruje cuando tira de ella.

—Tócame. Como es debido. —Intenta sonar autoritaria, pero la última palabra se le quiebra. Antes de que pueda responder, añade—: Por favor. —Eso me afecta más que cualquiera de sus discusiones. Me inclino hacia su muslo y la hago esperar otro segundo antes de rozarle la piel con la boca.

—Qué exigente para ser una mujer que, de momento, me pertenece por completo. —No muevo el pulgar—. ¿Por favor, qué? —Entreabre los labios, vuelve a cerrarlos y espero a que termine.

—Tócame el sexo. —Las palabras le salen enfadadas y avergonzadas. Presiono a través de la tela y echa la cabeza hacia atrás contra la pared.

—Buena chica. —Le aparto las bragas y dejo que la tela húmeda se pegue un instante antes de deslizarse a un lado. Mis dedos recorren su humedad desde la entrada hasta el clítoris. Enseguida se mueve hacia ellos—. Apenas te he hecho nada y ya intentas follarte mi mano.

Rodeo su clítoris con los dedos, aumentando la presión mientras sus caderas se sacuden. Ahora no me quita los ojos de encima. Me incorporo y acerco la boca a su oído. —¿Quieres acabar?

—Qué seguro estás de ti mismo. —Levanta la barbilla, pero el efecto se arruina cuando le introduzco dos dedos. Los curvo despacio y desaparece lo que fuera que iba a decir.

Los meto, los curvo, los saco. Mi pulgar sigue moviéndose mientras ella intenta frotarse contra la palma de mi mano.

Ya está cerca; lo percibo en cada movimiento impaciente.

—Dime qué quieres, princesa. —Vuelvo a agacharme y le beso el muslo, lo bastante cerca para que se mueva hacia mi boca—. Suplícame.

—¿Quieres verme de rodillas? Desátame y a ver qué pasa. —Da un tirón a la cuerda—. ¿O tienes miedo de que te haga suplicar a ti ?

Me río y bajo la boca entre sus muslos. Mi lengua le acaricia el clítoris antes de llevármelo a la boca. Las rodillas empiezan a fallarle y mis dedos entran más hondo, curvándose otra vez.

Se mueve hacia mí, con los dedos de los pies tensos dentro de los tacones. El vestido se engancha en su cadera y se rasga. Intenta decir algo al respecto, pero mantengo el ritmo lento y la queja se convierte en un sonido muy distinto.

Cuando se contrae alrededor de mis dedos, casi a punto de acabar, me detengo. Aparto la boca y después la mano. Se queda temblando e intenta seguir a ambas.

Aflojo la cuerda de arriba lo suficiente para que se dé la vuelta y le sujeto las caderas mientras se mueve bajo sus manos levantadas. Cuando queda de cara a la pared, vuelvo a tensarla.

Mantiene los pies bien separados mientras me coloco detrás de ella. Mi pene presiona entre sus nalgas a través de la tela de los pantalones. La máscara le roza el cuello cuando bajo la boca hasta su oído. —¿Todavía crees que vas a ganar?

Le recojo la falda rasgada por encima de las caderas y libero mi pene. La punta se desliza entre los pliegues de su vulva y ella empuja hacia atrás. Le sujeto la cadera, dejándola sentirme sin darle lo que intenta conseguir. —Pídemelo bien, Francesca.

—Por el amor de Dios, fóllame de una vez, Nico. —Se arquea y tensa la cuerda. El desafío dura hasta que me apoyo contra su entrada—. Deja de esperar, mierda.

Que haya usado mi nombre de verdad para suplicármelo solo aviva mi deseo.

Me coloco y entro en ella de una sola embestida. Grita y siento cómo se tensa. Me aprieta, tiembla a mi alrededor y sus piernas luchan por sostenerla mientras le agarro la cadera.

Me quedo dentro y dejo que los dos lo sintamos. Se mueve contra la pared, intentando que yo también lo haga. Pongo la otra mano en su cadera. Puede desearlo tanto como quiera. No he terminado de hacerla esperar.

Cuando me muevo, la primera embestida le corta la respiración. La siguiente es más lenta, más profunda. Intenta empujar hacia atrás y la detengo con las manos.

Se contrae a mi alrededor, impaciente, y me retiro, agarro mi pene y le doy un golpe con la punta en el clítoris antes de volver a entrar. Se le sacuden las caderas. Las sujeto y repito el roce lento.

Quiere que deje de medir cada movimiento, que le dé más. Lo oigo en los sonidos que intenta contener.

No es ni de lejos tan fácil como hago que parezca. Mi respiración me delata, estoy seguro. La oye y vuelve la cabeza, pero mantengo el ritmo.

Aparto una mano de su cadera para agarrarle un pezón y después el otro. Gime suavemente. Me inclino junto a su cara, con la máscara raspándole la mejilla, y reduzco el ritmo cuando empieza a moverse conmigo.

Tira de la cuerda con las muñecas. Intenta acercarse más a la pared, pero mi mano sigue sus caderas. No hay lugar al que pueda moverse sin sentirme.

Vuelvo a reducir el ritmo, hundido bien adentro, y ella vuelve la cara hacia mi boca. El sudor le corre por la sien. Ya no oculta lo que quiere.

—Ríndete, Francesca. Dime la verdad.

Sus caderas se sacuden contra mi mano y el sonido que hago no se parece en nada a la voz controlada que he usado con ella.

Me enderezo y subo más la tela. Una embestida fuerte la empuja contra la pared. Una mano enguantada se cierra alrededor de su garganta y apoyo la otra en la parte alta de su pecho mientras la mantengo contra mí.

—Vas a acabar. Pero a mi manera. Cuando yo diga. —Me quedo lo bastante cerca para que oiga cada palabra.

Empiezo despacio y después aumento la fuerza. Cada pocas embestidas me detengo cuando empieza a contraerse a mi alrededor. Permanezco hundido bien adentro mientras se le encogen los dedos de los pies; luego me retiro y siento cómo me busca.

Intenta resistirse al ritmo y me río contra su mejilla. Quiere arrebatármelo. Yo quiero oírla admitirlo.

—No luches contra mí, Francesca. Acepta que estás a mi merced y te dejaré acabar. —Me hundo en ella y me muevo sin salir—. Quiero cada puta parte de ti abierta de par en par y gritando por mí.

Aparto la mano de su garganta y la apoyo en la cadera. Con la otra le busco el clítoris. Los círculos pequeños le arrancan un sollozo y acelero.

Una embestida me sale demasiado rápida y se me corta el aliento. Mierda. Se vuelve para intentar mirarme a los ojos y no puedo dejar de observarla.

El pelo le cruza la cara. Abre la boca para dejar escapar un sonido que no puede contener. Deja de resistirse al ritmo y me permite dárselo.

—Acaba para mí. —Ahora tengo la voz áspera—. Suéltate. Déjate llevar.

Lo hace. Se le contraen los músculos y el coño se le cierra a mi alrededor mientras grita. Tira de la cuerda, empuja hacia atrás y mantengo la mano justo donde la necesita. Le tiemblan las piernas.

Sigue pidiendo más incluso cuando ya no le quedan palabras, y la atraigo hacia mí. Sigo follándola mientras dura, hasta que se me rompe el ritmo.

No puedo ocultar el gemido ni seguir midiendo nada cuando vuelve a contraerse a mi alrededor. Empujo hacia delante y acabo, sujetándola entre mi cuerpo y la pared.

Me quedo ahí mientras se calma el temblor, con una mano en su cadera y la otra en su nuca. Apoya la frente contra los ladrillos.

Cuando su respiración empieza a serenarse, salgo de ella y me abrocho los pantalones, sin dejar de sujetarla por la cintura.

Le vuelvo a colocar el vestido y le pongo mi abrigo sobre los hombros antes de soltar la cuerda que está sujeta arriba. Baja los brazos despacio. Deshago las vueltas que quedan y aparto la cuerda; después me quito la máscara y los guantes.

Le tomo una mano y después la otra y las hago girar entre las mías. Sus dedos se curvan alrededor de los míos y miro las marcas rojas de sus muñecas.

Sigo una de ellas con el pulgar, suavemente. —¿Te duele?

Niega con la cabeza y después parece darse cuenta de que sigo esperando una respuesta.

—En realidad, no. Solo se sienten raras. —Tiene la voz ronca.

Me observa mientras inclino la cabeza y beso el interior de una muñeca y después la otra. El estremecimiento la recorre antes de que pueda ocultarlo y, de pronto, no termina de mirarme a los ojos.

No sabía que pudiera parecer tan tímida. Después de todo lo que me ha dicho esta noche, ha bastado con besarle la muñeca.

Quiero seguir mirándola. Quiero descubrir qué otras cosas de ella aún no he visto.

Le sostengo la mano hasta que levanta los ojos hacia mí. —Vamos a casa.