Capítulo Siete
FRANCESCA
Cuando llego, Maya ya ha pedido papas fritas. O es un gesto de amistad o quiere asegurarse de que no me pase veinte minutos pensando si pido una ensalada.
Empuja la cesta hasta dejarla entre las dos, pone el teléfono boca abajo y me sonríe.
—Nada de solicitudes, ni ensayos, ni gente que necesita algo para mañana.
He respondido tantos correos que ya podría pasar por una pequeña institución.
Soy toda tuya. Cuéntame algo vergonzoso de alguien que conozcamos.
Me río, me quito el abrigo y me deslizo en el asiento del reservado. —Ayer Theo se quedó dormido en la biblioteca con la cara apoyada en la computadora portátil. Al despertar, tenía las marcas de todo el teclado en la cara y tres minutos después se fue a una cita de Tinder.
Se ríe y me roba la papa frita que acabo de elegir.
—De eso hablo, Fran. Tenemos que salir a bailar, acostarnos con otras personas, ¿sabes?
Volvernos locas. Se supone que deberíamos estar disfrutando de nuestro último año, y todo el mundo ya habla como si nos hubiéramos graduado.
Le pregunté a Penelope si quería tomar algo después de clase y me contó su plan para los próximos cinco años. En el plan no figuraba ninguna copa.
—Sé a qué te refieres. —Acerco la cesta para defender mi parte—. Yo todavía siento que acabo de llegar. No dejan de preguntarme qué haré después de graduarme, y me gustaría encontrar todas mis aulas antes de tomar otra decisión importante.
Maya se ríe y luego admite que también está cansada de que le hagan la misma pregunta.
Se ha pasado cuatro años deseando terminar y ahora cualquier noche corriente puede ser una de las últimas.
Lo entiendo mejor de lo que esperaba. Trasladarme de universidad para cursar el último año debía hacerme sentir que por fin había llegado a alguna parte.
Hay días en que siento que he entrado a una fiesta justo cuando todos empiezan a recoger sus abrigos.
Hablamos de las clases que lamentamos haber elegido, de amigos que de pronto fingen ser adultos y de una fiesta a la que Maya fue el fin de semana pasado, donde nuestra amiga Taylor llevó a un chico y se pasó toda la noche explicando por qué aquello no era una cita, hasta que el chico se fue con otra chica.
Estoy en plena discusión sobre cómo el solo hecho de dar tantas explicaciones la convierte en una cita cuando Maya se recuesta y me observa.
—Hablando de gente que ha dejado de fingir, cuéntame de la boda. Tu mamá salía preciosa en las fotos. ¿Fue raro verla casarse otra vez? No digo que fuera malo. Solo distinto a saber que salía con alguien.
—Fue raro. —Hago girar el vaso entre las palmas al recordar la cara de mamá cuando Alexander le tomó la mano—.
Pensé que esperarían hasta el verano que viene, por lo menos.
Pero organizaron todo en menos de dos semanas y, de pronto, yo estaba en una iglesia viéndola pronunciar sus votos.
Creo que aún no había asimilado el compromiso cuando ella ya se había convertido en esposa.
—Tú también parecías feliz en las fotos —añade Maya con delicadeza.
—Lo estaba. Lo estoy . Ella se veía muy segura, y Alexander no podía dejar de mirarla. —Sonrío—. Me alegra que tenga a alguien que se dé cuenta de que quiere algo antes de que ella tenga que pedirlo. Quiero eso para ella. Simplemente no había comprendido cuánto iba a cambiar todo para mí.
Maya asiente y bebe un trago antes de añadir: —Incluido vivir con Nico en la misma casa.
—La casa es enorme —digo, evitando su mirada—. Casi no nos vemos.
Se le curva la boca, pero me deja pasar esa respuesta antes de continuar. —Te estaba preguntando por Nico. Y antes de que me digas que ustedes dos solo trabajan juntos, sé que le gustas.
—Le gusta todo el mundo . —Hago que suene evidente, casi desdeñoso. Sería más fácil si me lo creyera tanto como llevo intentando creerlo.
—No. A todo el mundo le gusta él . —Apoya los antebrazos en la mesa y se olvida de las papas fritas—. Nunca lo he visto mirar a nadie como te mira a ti. Ni una sola vez en los cuatro años que lleva aquí. Tú no lo sabes porque acabas de trasladarte este año. Crees que él es así con todo el mundo.
Bajo el vaso sin haber bebido. Me he estado diciendo que Nico disfruta provocándome una reacción. Que le gusta el poder que tiene sobre mí y sobre mi diario. Sabe cosas que preferiría que no supiera y le he dado motivos de sobra para encontrarme entretenida.
—Lo dices como si llevaras tiempo investigándolo —respondo, intentando recuperar el control de la conversación antes de que note cuánto deseo conocer los detalles—. No sabes si sale con alguien fuera del campus.
—Estuve en la presentación previa, Fran, y no soy ciega.
Te miraba como si se le hubiera olvidado que había más gente en la sala.
Luego te volviste hacia él y se le transformó toda la expresión.
—Hace una pausa mientras me estudia—. Es simpático con la gente.
Encantador cuando quiere. Le encanta sacar a la gente de quicio a propósito.
Pero esto, lo que pasa contigo, es diferente.
Le gusta todo de ti. Nunca me ha ayudado con ningún proyecto tanto como te ayuda a ti con un teatro, y yo presido el comité organizador.
Suelto el aire y me recuesto en el asiento.
Llegué a Bellweather esperando entusiasmarme por todo.
La universidad es más hermosa que la que dejé, las clases parecen materias que elegí en lugar de unas que me toca soportar, y puedo pasear por Litchfield sin desear estar en otro sitio porque el pueblo es increíblemente bonito.
Quería venir aquí mucho antes de que trasladarme de universidad fuera una posibilidad real, antes de que mamá consiguiera un trabajo aquí el año pasado, antes de Alexander.
Hace años, mamá me trajo para mostrarme dónde había crecido y estudiado.
Pasamos frente a los edificios de la universidad y ella no paraba de señalar los lugares que recordaba, como si me estuviera presentando a personas.
Esa noche fuimos al teatro Blackwood. No recuerdo todas las escenas de la obra. Recuerdo el silencio cuando se apagaron las luces, el reposabrazos gastado bajo mi mano y a mamá riéndose a mi lado con una libertad que yo quería comprender.
Fue entonces cuando decidí que trabajaría en las artes. Solo tenía nueve años cuando supe que esa era mi verdadera vocación.
Después no dejé de hacerle preguntas sobre la universidad. Este lugar pasó a formar parte de la vida que imaginaba para mí.
En esa vida tenía que haber espacio para amigos nuevos, clases interesantes y noches que se alargarían hasta tarde y que acabaría describiendo como errores.
No esperaba que mi vida cambiara tan rápido en estos últimos meses: universidad nueva, familia nueva, casa nueva. Tampoco esperaba acabar obsesionada con mi hermanastro. Aún no puedo llamarlo así; hasta pensarlo me encoge el estómago.
Y ahora apenas puedo separar la emoción de estar aquí de la posibilidad de encontrarme con Nico en la próxima habitación a la que entre.
Maya espera mientras bebo. Me conoce lo suficiente para no interrumpirme cuando necesito ese momento.
—En realidad, ha parado —digo—. Las bromas. Los comentarios inapropiados. Últimamente se porta de maravilla. Me ayuda cuando necesito algo y me deja terminar una frase sin convertirla en un plan de seducción.
Levanta las cejas. —Y suenas destrozada en vez de contenta. ¿Cambió sin más o pasó algo?
—Le pedí que mantuviera la distancia y está respetando ese límite —digo, consciente de que sueno decepcionada en lugar de feliz.
Cuando levanto los ojos hacia Maya, sé que ella también lo ha oído.
—No sé qué me pasa —continúo—. Estoy siempre esperando que diga algo que no debería y, cuando no lo hace, no sé qué hacer conmigo misma.
Maya deja que el silencio siga su curso. Agradezco que no se ría, porque ya es bastante vergonzoso oírme decirlo en voz alta.
Llevo semanas contándole lo mucho que me irrita. Incluso le hablé del diario. No de la fantasía en sí, sino de que él lo leyó.
Y ahora esto... Sueno como una adolescente decepcionada que ha perdido al chico que le tiraba de las trenzas.
—A lo mejor solo me gustaba discutir con él —añado—. Por lo menos sabía qué hacer con eso. Ahora me abre una puerta y sonríe, y me paso los diez minutos siguientes preguntándome qué está pasando.
—No creo que esté mal que un hombre te abra la puerta.
—Vuelve a extender la mano hacia la cesta y le da un poco de aire a la conversación—.
Tampoco creo que estuvieras aquí preocupándote si lo único que echaras de menos fuera tener con quién discutir.
Me tienes a mí. Para eso siempre estoy disponible.
Me río, pero eso no me ayuda con lo que está diciendo.
Si tiene razón, estoy jodida. Desear a Nico era más fácil cuando él era quien insistía, quien me recordaba siempre mis fantasías secretas, y yo podía echarle la culpa de obligarme a recordarlas.
Él decía algo escandaloso y yo reaccionaba.
Se acercaba y yo no podía pensar. Ahora me está dando espacio, pero por alguna razón sigo deseándolo.
De hecho, lo deseo aún más. Y no puedo seguir fingiendo que no estoy esperando que vuelva a tocarme.
—No puedo desearlo, Maya —digo, negando con la cabeza—. Ahora somos familia, ¿recuerdas? Si pasara algo entre nosotros, mamá se quedaría impactada y probablemente pasaría vergüenza en la universidad. Los dos se sentirían así. Alexander es el director de la universidad, por Dios.
—Sé que es complicado. —La expresión de Maya se suaviza y pone una mano sobre la mía para tranquilizarme—.
No intento convencerte de que hagas nada.
Solo quiero que dejes de decirte que él mira así a todo el mundo porque es más fácil creerlo.
Lo conozco desde hace mucho tiempo. Decidas lo que decidas hacer con eso, él se fija en ti, cariño. Solo en ti.
Rodeo el vaso con las manos y me tomo un momento antes de contestar.
Quiero preguntarle cómo me mira exactamente. Quiero que me lo describa con un lujo de detalles humillante, hasta poder estar segura de que no me he imaginado todos esos silencios cargados de tensión entre nosotros. En vez de hacerlo, asiento y dejo que cambiemos de tema.
Pedimos postre y seguimos hablando de nuestro último año de carrera, de los amigos que queremos conservar y de los lugares que Maya insiste en que visitemos antes de graduarnos. Me hace prometerle que saldré una noche de verdad antes del próximo semestre.
Cuando nos vamos, he vuelto a reírme.