Capítulo 28
Sabor amargo
Edward Veil
Ocho malditos meses arrastrando el cuerpo como si fuera un saco de carne descompuesta.
Apoyé todo el peso de mis brazos en las plataformas del andador y empujé hacia adelante.
Las órtesis de metal y plástico KAFO se me enterraban en los muslos, obligando a mis piernas rígidas a avanzar como las de un autómata.
Mis tobillos, los mismos que ese bastardo deforme rajó de lado a lado, mandaron un fuetazo de dolor por todo el cuerpo.
Me detuve frente a la ventana del apartamento, respirando con dificultad, mareado por el esfuerzo sobrehumano que me tomaba.
Miré el cielo grisáceo de Missouri a través del cristal.
Hoy anunciaron fuertes lluvias.
Esta era mi vida ahora.
Una puta existencia mediocre, encerrado entre cuatro paredes bajo un nombre falso que no era el mío, dependiendo de que el maldito detective moviera los hilos para traerme analgésicos o de que un enfermero me cambiara las vendas.
Terminé convertido en un lisiado que tiene que cagarse encima si nadie viene a ayudarlo a ir al baño.
Todo por culpa de ese bastardo de mierda.
Cada segundo de dolor me traía recuerdos de su puto rostro, esa mirada de perro rabioso que siempre debimos ahogar cuando estaba encerrado en ese maldito ático.
Papá tenía razón; esa basura nunca debió nacer. No era más que un parásito que contaminó nuestra casa desde que era un bebé.
Todo lo que le hicimos fue poco, en comparación a lo que realmente merecía.
De lo único que me arrepentía ahora era de no haberle matado cuando tuve la oportunidad.
Si me hubiera quedado en esa casa, todavía seguiría siendo mi juguete, uno que esperaría obedientemente a que escupiera en su boca.
Giré el andador, arrastrando las órtesis de metal sobre la alfombra, sintiendo un alivio inmediato al oír que estaban abriendo la puerta.
Pensé que era el maldito enfermero con mi dosis de morfina.
El dolor me tenía tan cegado que tardé unos segundos en darme cuenta de que los pasos eran demasiado ligeros para ser de un hombre mayor.
La puerta se cerró, dejando entrever dos siluetas que reconocí inmediatamente y que deseé con todas mis fuerzas que fuera solo producto de mi imaginación, así como me ha pasado otras veces. Ellos no pueden estar aquí. La falta de medicamentos me estaba creando alucinaciones.
Daphne me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas ortopédicas y luego bajando la vista hacia mi entrepierna vacía con curiosidad.
En sus labios se dibujó una sonrisa, casi igual a la de ese bastardo.
Mi corazón saltó un latido.
—Tenías razón. Quedó hecho una completa lástima. Mi maridito ya no sirve para nada. Bueno, en realidad, nunca serviste para mucho, ¿verdad? Ni siquiera cuando tenías eso ahí abajo.
Intenté retroceder, pero las malditas barras de metal de mis piernas se trabaron.
Odié profundamente que mis ojos me traicionaran.
—Sigues siendo el mismo cobarde que solo sabe llorar cuando le toca estar abajo—Lucien se posicionó justo detrás de Daphne.
Verlo de pie, intacto, mientras yo dependía de unos tubos de metal para no irme de bruces, me encendió la sangre.
La rodeó por la espalda, pegando el pecho a su nuca.
Sus manos grandes se posaron en la cintura de ella, subiendo con descaro hasta apretarle las tetas por encima de la ropa.
Ella soltó un suspiro, apoyando la cabeza en su hombro y cerrando los ojos. Estaba cómoda y entregada a ese puto bastardo.
—Dime, mi gorda. ¿Qué se siente ver a tu maridito hecho una completa mierda? Míralo bien. Mírale la cara de imbécil.
—Da asco.
—Escuchaste eso, ¿verdad, hermanito? —bajó una de sus manos hacia la cadera de ella, enterrándole los dedos—. Todo lo que era tuyo, todo lo que era tu maldito mundo, ahora me pertenece. Ella es toda mía.
Ver a mi esposa, la mujer que juró amarme, disfrutando de mi humillación con ese bastardo, me fastidiaba más que este miserable dolor.
—Ver tu ruina, tu amargura y tu puta impotencia...
—le mordió el cuello, paseándose luego con la lengua hacia su oreja y ella jadeó, cruzando las piernas —...
te juro que me sabe casi tan glorioso como correrme dentro de tu esposa mientras tú gritabas amarrado.
¿Te acuerdas del olor de mi leche mezclado con tu sangre? Porque ella sí se acuerda.
“No es real, no es real, no es real”, me repetí. Cerré los ojos, ignorando las lágrimas de rabia que me mojaban las pestañas.
Sigo alucinando. Es la falta de morfina. El detective Harris me aseguró que este lugar era seguro. Estoy solo en el apartamento, la fiebre me está haciendo ver demonios. No pueden estar aquí. No hay forma.
—¿Qué pasa? ¿Vas a rezar? ¿En serio vas a cerrar los ojos como una puta indefensa? —ella no era la mujer que conocí.
No alcancé a abrirlos, cuando una patada en la base del andador hizo que las barras se trabaran y el aparato volara hacia un lado, haciéndome perder el equilibrio por completo y caer en la alfombra.
El golpe en mis muslos, aplastados por el peso de los armazones de plástico, me sacó un grito.
—¡Míralo cómo se arrastra! Parece un maldito gusano. Un gusano con patas de metal.
Traté de apoyar las manos para levantar el torso, pero mis piernas no me daban apoyo. Me retorcí en el suelo, arrastrando las órtesis. El dolor era demasiado agudo, demasiado real para ser una alucinación.
Lucien plantó la suela de su zapato sobre mi nuca, hundiéndome la cara contra la alfombra. El peso de su cuerpo casi me fractura las vértebras del cuello.
—A ver, hermanito, déjame revisarte.
Sentí cómo sus manos toscas tiraban de las bisagras de mis órtesis. Forzó los mecanismos de metal y plástico en la dirección contraria a la que mis piernas rígidas podían dar, obligando a las articulaciones de mis rodillas a doblarse hacia atrás, tensando mis tendones de Aquiles ya jodidos.
Un alarido salió de mi garganta. El dolor fue tan horrible que por un segundo se me borró la vista; sentí que los músculos se me desprendían del hueso.
Mientras me retorcía involuntariamente y arañaba el piso, Daphne se agachó a mi lado.
Me pisó los dedos de la mano derecha con el tacón de su bota, hundiéndolos contra el suelo para que no pudiera moverme.
—¡Suéltame, bastardo! ¡Daphne, carajo, para! —vociferé, ahogándome con mi propio llanto.
—¿Qué pasa, Ed? ¿Te duele? Pensé que eras más fuerte. Qué lástima.
Daphne sacó de entre sus pechos el frasco de morfina que el enfermero mayormente traía. Los agitó frente a mis ojos, haciendo sonar las pastillas.
—Sé que te toca tu dosis para el dolor—murmuró, abriendo el frasco—. Pero nos parece que ya has tomado demasiada medicina.
Volcó el frasco sobre la alfombra, dejando caer decenas de píldoras blancas justo a unos centímetros de mi rostro. Lucien levantó el zapato de mi nuca y, junto con ella, empezaron a pisotear las pastillas, moliéndolas contra la alfombra hasta convertirlas en polvo.
—Vas a saborear cada maldito segundo de tu dolor sin anestesia—Lucien me obligó a levantar la cabeza, forzándome a mirarlos.
No alcancé a saborear el miserable segundo de alivio que me dio a creer que se marcharían.
Antes de que pudiera arrastrarme un milímetro, el peso masivo de ese bastardo cayó sobre mi espalda, aplastándome los pulmones y sacándome el poco aire que me quedaba.
Intenté gritar, pero una tela gruesa invadió mi boca.
Me amordazó, pasándome una tira de tela alrededor de la cabeza y anudándola con una fuerza que casi me desencaja la mandíbula.
Mis quejas se convirtieron en gemidos agolpados en mi propia garganta.
—Para que no interrumpas la música, hermanito.
Daphne fue al área de la cocina, trayendo consigo dos cuchillos largos de hoja ancha que debió tomar de la encimera.
Sin el menor titubeo, se los pasó a Lucien, quien me agarró la mano izquierda, la dobló hacia atrás y me atravesó desde la palma, hasta la espalda baja. Grité, mordiendo el paño con el mismo dolor que me carcomía por dentro. Casi se me parten los dientes.
Traté de encogerme, pero mis piernas ortopédicas solo se sacudieron inútilmente, como dos enormes estacas.
Repitió el proceso con mi mano derecha, clavándola justo al lado de la otra.
Lucien se puso de pie, limpiándose las manos ensangrentadas del pantalón y metió los dedos en el bolsillo.
Sacó un pequeño pedazo de plástico y lo dejó caer frente a mis ojos, justo encima del polvo.
Era la tarjeta de identificación del enfermero que debía venir por la noche.
La credencial estaba manchada de sangre seca.
—Por cierto. Tu enfermero no va a llegar hoy. Ni mañana. Nos encargamos de él antes de venir. Así que no gastes el aire que te queda pensando que alguien va a ayudarte. Estás completamente solo.
La última chispa de esperanza se apagó al ver esa tarjeta. La certeza de que era el día de mi muerte, de que había fracasado, de que no había nada que pudiera hacer para evitarlo. No tenía forma de hacer nada más que esperar a morir.
Lucien se sentó en el sofá que quedaba justo al frente de mí, abriendo las piernas y Daphne no tardó ni un segundo en subirse a su regazo, acomodando su falda mientras se sentaba encima de él, dándome la espalda.
Empezaron a besarse. Besos húmedos y ruidosos, ignorando por completo mi agonía y la pérdida de sangre.
Deslizó sus manos grandes por debajo de la blusa de mi mujer, subiéndosela hasta el cuello.
Le sacó las tetas y empezó a chupárselas, mordiendo sus pezones mientras sus manos descendían hacia la falda, levantándola y revelando que ni ropa interior llevaba.
Ella nunca hizo eso conmigo. Ella no se vestía así.
La mirada de ese bastardo se conectó con la mía, mientras le apretaba las dos nalgas y se las separaba para que viera los rastros de su semen casi seco en sus dos agujeros y restregándome en la cara que tenía todo lo que alguna vez creí mío.
Estaban esperando pacientemente a que me desangrara, usándome como el entretenimiento de fondo.
Ni tragar mi sangre era tan amargo como las hincadas en el orgullo.
Me arrepentí con el alma de no haberle reventado la cabeza cuando era un bebé indefenso en el maldito ático; me arrepentí de haber dejado viva a esa escoria, permitiendo que creciera hasta convertirse en lo que era hoy en día.
Pero lo que más me dolió, lo que me terminó de romper el corazón antes de que se detuviera, fue haberme enamorado de esa mujer.
Haberla adorado, haberla creído diferente, haberle entregado mi vida solo para que terminara convirtiéndose en la mujer de ese bastardo.
Mis ojos empezaron a pesar. La vista se me nubló, tiñéndose de un tono grisáceo mientras las siluetas de ellos en el sofá se volvían borrosas.
Mi cuerpo entero dejó de doler de repente. Me desconectaba del mundo por microsegundos y luego regresaba, por más que me esforzara en simplemente irme y no seguir saboreando ese trago amargo.
Mi miseria era su placer y el remordimiento que llevaba sembrado en el corazón no servía de nada ahora mismo.
Vi mi vida entera pasar frente a mis ojos. Vi a mis padres, a ese bastardo, a la mujer que más amé ahora en los brazos de otro. Lo vi todo; excepto el futuro que soñaba tener al lado de ella.
Lo peor es no saber cómo, después de todo… mi corazón nunca supo odiarla.