Capítulo 27
Tripas
Daphne Graves
Cuando llamé a Lucien con todas mis fuerzas, no lo hice por miedo.
Sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que si escuchaba su nombre en mi boca, en ese tono, vendría sin dudarlo.
Él siempre cargaba con una cuchilla de bolsillo y tenía demasiadas mañas encima; zafarse de unas putas bridas de plástico era pan comido para alguien como él.
Verlo aparecer por la espalda del detective y empezar a masacrarlo fue lo más jodidamente hermoso que presencié en toda mi vida.
Me mantuve en la esquina del pasillo, desnuda, temblando, pero no de miedo, sino por la tremenda calentura que se extendió por todo mi cuerpo al ver a Lucien perdiendo el control de esa forma por mí y diciendo que yo era suya.
Se cabreó con el cadáver casi irreconocible del detective; lo apuñalaba en donde lo cogiera, una y otra vez, insultándolo a gritos y explotando todo su odio por cada poro de la piel.
Jamás le había visto una expresión igual.
Se veía tan descontrolado, tan enfurecido, que sentí cómo mi corazón saltaba un latido.
Mi plan original era vengarme de él por haberme entregado, quería darle celos con ese hombre, poniéndolo a prueba aposta. Pero no me imaginé que lograría mi objetivo tan rápido, ni que él me terminaría mostrando esa versión suya tan jodidamente sensual, atractiva y peligrosa.
Dejó de apuñalar el cuerpo cuando el viejo ya no era más que un trapo inservible. Se pasó la mano libre por la frente, apartándose los mechones de cabello que le colgaban llenos de sudor y sangre, mientras jadeaba como un animal. Sostenía la base de la cuchilla, goteando sangre en el piso.
Sus ojos se volvieron hacia mí. Me barrió con la mirada y soltó una sonrisa ladeada.
—Parece que últimamente te has vuelto muy adicta a abrirle las piernas a otros hombres, mi gorda.
Me arrastré hacia él sin importarme absolutamente nada.
—Tenía curiosidad por saber cómo follaba el detective—admití, mientras caminaba a gatas—. Pero mientras me abría, lo único que podía pensar era en ti. Deseaba con toda mi alma que fueras tú el que estuviera metido dentro de mí, follándome como siempre lo has hecho.
Para demostrárselo, me subí directo sobre el cuerpo del viejo.
Me acomodé a horcajadas justo encima de la cara del detective, bajando las caderas hasta aplastarle los restos de la nariz y la boca con mi intimidad.
Sentir la textura pegajosa de su sangre pegándose a mis labios vaginales mientras palpitaba de deseo por Lucien fue una puta locura que me encendió las entrañas.
Extendí los brazos y le pasé las manos esposadas por detrás de la nuca, obligándolo a acercarse a mí.
Él no soltó la cuchilla; al contrario, empezó a jugar con el filo sobre mi piel.
Pasó el filo por mis pezones, haciéndolos ponerse duros al instante, luego lo bajó despacio por mis lonjas, delineando mis curvas con el rastro rojo, hasta volver a subir directo a mi cuello.
Apoyó la punta ahí mismo, hincándome solo un poco, lo justo para cortarme la piel.
Respingué del dolor y del placer al mismo tiempo, soltando un gemido que ahogué con la presión de mis labios.
Sonrió de inmediato al notar que lo estaba mirando con deseo.
Con la misma mano que sostenía la navaja, me acarició los labios, untándome la sangre por la boca.
Después, sin ninguna delicadeza, me metió los dedos ensangrentados en la boca y empezó a agitarlos adentro, restregándomelos contra la lengua y el paladar.
Instintivamente empecé a chupárselos, tragándome el sabor metálico y succionándole los dedos como si fuera su verga.
—Eso es, esa es la mirada que me pone duro.
Usó la otra mano libre para agarrarme la cadera y empezó a moverme el cuerpo, obligándome a frotar mi coño de arriba abajo contra la cara destrozada del detective.
El sonido era ultra excitante. Se oía el roce húmedo de mis fluidos mezclándose con la sangre bajo mi entrepierna, como un chapoteo escandaloso.
Sentía mi intimidad latiendo contra sus huesos rotos cada vez que me empujaba la pelvis.
Me empecé a mover por mi cuenta, perdiendo el juicio, restregándome con más ganas contra el muerto mientras Lucien bajaba la cabeza y hundía la boca directo en mi cuello.
Clavó los labios justo donde me había hincado con la cuchilla, lamiendo la herida y chupando mi piel. Me dejó rastros de su saliva mezclada con mi propia sangre en cada lamida.
Sacó los dedos de mi boca, mirando el cadáver del detective bajo mi entrepierna y luego levantó la vista hacia mí, con una sonrisa que envió corrientes por todo mi cuerpo.
—Te encanta ver cómo reviento todo lo que se te acerca, ¿verdad?
Sin soltar la navaja, metió la mano libre directamente dentro de la panza abierta del detective. Escuché el sonido asqueroso de la carne abriéndose mientras hurgaba por dentro del cuerpo.
Lo seguí con la mirada, viendo cómo sacaba un trozo de tripa, un pedazo de intestino grueso goteando sangre negra y fluidos internos.
Me agarró del cabello, obligándome a echar la cabeza hacia atrás.
Agarró la tripa caliente de Harris y empezó a enredarla alrededor de mi cuello, apretándola como si fuera un collar, una gargantilla de carne que me manchó los hombros y el pecho.
El olor a hierro y a vísceras me pegó directamente en la nariz, y sentir esa textura blanda y húmeda apretándome la garganta me hizo soltar un gemido tan caliente que el coño me latía.
—Mira qué bonita te ves con las joyas de mi papá—me susurró al oído, restregando su barbilla llena de sangre contra mi mejilla—. Ahora estás bautizada por los dos, mi putita hermosa.
No se quedó conforme con eso. Dejó la navaja a un lado, agarró con los dedos el extremo de la tripa que me colgaba del cuello y la bajó a la fuerza por todo mi torso, pasándola por mis tetas y arrastrándola entre mis piernas.
Me abrió los labios vaginales y me metió el pedazo de tripa sangrienta bien adentro de mi coño, empujándolo con sus propios dedos, usándolo como un tapón de carne humana que me estiró las paredes internas.
Fue extraño, asqueroso, pero al mismo tiempo, viéndolo disfrutar de esto me provocaba un cierto placer irresistible. Conocía lo enfermo y sádico que era, pero esto rozaba lo extremo. Solo que era incapaz de negarme a algo que se sentía tan bien.
Me arrastró sobre el cuerpo de Harris, acomodándome boca arriba y aplastando todo mi peso contra su torso. Se me subió encima, usando a Harris de colchón para follarme.
—Vamos a ver si aguantas que te meta toda la verga empujando las tripas de mi viejo dentro de ti. Vas a cagarte del gusto, mi gordita.
Buscó recrear la posición que había estado haciendo Harris conmigo cuando nos encontró. Desenfundó su espada entre mis piernas, acercándola a mi entrada ya ocupada.
—Mírame a los ojos mientras te hundo el regalo que te dejó mi viejo. Vas a tragarte cada pedazo de él.
El dolor me partió el cuerpo en dos. Su estocada fue tan profunda que sentí clarito cómo su verga venosa se retorcía en mi interior, arrastrando y triturando el trozo de intestino que me había enterrado antes.
La carne se aplastó contra el fondo de mi matriz en golpes que me sacaron las lágrimas.
Solté un grito, sintiendo la fricción espantosa de esas tripas deshaciéndose por dentro, estirándome las paredes al límite.
Era una tortura, un dolor inmenso que, al cruzarse con el morbo de su mirada fija, se transformó en un placer eléctrico y salvaje que me hizo contraer el coño a la fuerza.
—Llora todo lo que quieras, pero de aquí no te mueves—gruñó, hundiéndose más hondo y rápido dentro de mí—. Trágatelo entero. Eres una maldita glotona. Todo este coño asqueroso es mío, por eso hoy te voy a dejar bien arruinada para que no olvides a quién perteneces.
Atrapó mi mentón entre sus dedos sucios, obligándome a mirarlo mientras me seguía castigando a fondo y su perfecta sonrisa junto con sus mejillas ruborizadas fue la leña que avivó más el fuego.
—Te amo tanto que me da asco, putita. Te voy a podrir el interior si es necesario. Te voy a marcar tan profundo que, aunque intentes arrancarte la piel, vas a seguir oliendo a mí.
—¡Arruíname, que nadie más pueda volver a usarme después de ti!
Inclinó todo el peso de su cuerpo hacia adelante, aplastando mis muslos. El peso y la presión me hacía complejo respirar, pero no me dio respiro.
Me agarró la nuca con una mano y me devoró la boca. Nuestras lenguas se enredaron entre sí, mandando pulsaciones y electricidad por todo el cuerpo.
Me robó el aliento, mordiéndome los labios mientras movía su cintura en forma circular, estirándome a sus anchas, con tal profundidad que me hacía ver estrellas.
—Te voy a llenar tanto que vas a chorrear mi leche por días.
Hundió su cabeza en mi cuello, dejando escapar unas palabras que me cogieron fuera de base.
—Te amo, maldita puta, te amo.
En medio de los espasmos que ya me recorrían las piernas de arriba abajo, mi mente casi ida intentó procesar esas palabras.
Sabía perfectamente que, en otra situación, él jamás habría dicho algo así. Eso no era amor; era producto de esa conexión entre los dos, de la similitud y la complicidad de nuestros cuerpos llevados al límite, de la calentura salvaje y de la adrenalina.
Nos compaginábamos en la misma basura.
Su descarga fue explosiva. Sentí claramente cómo su leche caliente se expandió por todo mi interior, llenándome y desbordándose entre las tripas del detective que seguían atrapadas dentro de mí.
Sus palabras no debían oírse tan bien en mis oídos, tampoco debían ilusionarme como lo hacían, pero no tuve control sobre ello.
Caí rendida y sin remedio.