Pecador Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

Intentó avanzar con las manos, tratando de gatear por el pasillo para escapar, pero no la iba a dejar ir. Le enganché la cadera con la mano libre, inmovilizándola contra el suelo, clavándole las rodillas a los lados para someterla por completo a mi verga dura. Sus nalgas rebotaban al compás.

Su coño se contraía como un puño, exprimiendo mi verga, cuando gritó aún más alto, con las piernas temblando y los ojos en blanco.

—¡¡Lucien!! ¡¡Lucien, ahg!!

La agarré por las caderas y la arrastré hacia atrás, obligándola a girarse sobre la espalda. Le tomé las dos piernas por detrás de los muslos y se las empujé hacia su propio pecho, doblando su cuerpo por completo y dejándola totalmente expuesta, con el coño abierto de par en par.

Me acomodé de rodillas entre sus muslos doblados, apuntando la verga directamente a su entrada.

—Mírame a los ojos, perra. Mírame bien quién te va a vaciar.

Le planté la palma de la mano derecha directamente en la garganta, apretándole el cuello con la fuerza justa para clavarle la cabeza contra el suelo y cortarle el aliento.

En ese mismo instante, dejé caer todo mi peso hacia adelante y la embutí entera.

El impacto de mi verga hundiéndose hasta la raíz en sus paredes estrechas hizo que Daphne abriera los ojos de golpe, ahogándose con su propio gemido mientras sus uñas arañaban inútilmente mis muñecas buscando aire.

La sensación de tenerla tan abierta y profunda era una puta locura. Buscaba el fondo de su matriz en cada embestida.

Con la mano que le aferraba el cuello, le controlaba cada espasmo. Cada vez que intentaba apartar la cara o esquivar el castigo, le apretaba los dedos, obligándola a tragarse mi saliva mientras le lamía los labios y le mordía la boca.

—Grita ahora. Grita su nombre otra vez si tienes ovarios mientras te tengo así de abierta.

Bajé la guardia por completo. Me había empeñado tanto en destrozar a la mujer de mi hijo, en demostrar mi maldita dominación de macho, que mi mente borró todo lo demás.

El dolor y fuego directo al cuello me empujó la cabeza hacia adelante. Sentí el puñal hundiéndose en mi carne, rompiendo los músculos y abriendo la yugular. La sangre brotó a presión, cubriendo mi hombro y salpicando el pecho desnudo de Daphne, quién sonrió al ver mi cuerpo desplomarse a su lado.

Antes de que pudiera asimilar el golpe, Lucien se me subió encima, horcajadas sobre mi pecho, con el rostro salpicado de mi sangre y esa sonrisa de puto loco que le dividía la cara.

En la mano derecha sostenía una navaja de bolsillo ensangrentada, sacudiéndola de un lado a otro, dejando que las gotas de sangre me cayeran en los ojos.

La vista se me empezó a volver borrosa, nublada por una neblina gris que avanzaba rápido. El aire me salía de los pulmones en jadeos débiles, inútiles, mientras la cabeza me daba vueltas en un mareo espantoso.

—Te lo dije, "papá". Te dije que nadie tocaba a mi mujer. Debiste chequearme los bolsillos, viejo estúpido. Debiste meterme el tiro cuando tuviste la maldita oportunidad, pero preferiste venir a meterle la verga a lo que es mío.

Levantó la mano, clavando la navaja directo en el estómago.

El grito se me atoró en la garganta, convertido en una bocanada de sangre que inundó mi boca.

Dios mío, era un dolor desgarrante, horrible, una tortura tan asquerosa que prefería estar muerto en ese mismo instante antes que seguir respirando.

Me habían apuñalado una vez hace años en el servicio, pero esa mierda no se comparaba con esto.

Lucien sacó el puñal y lo volvió a hundir, una, dos, tres veces, con tal brutalidad que fui perfectamente capaz de sentir cómo la hoja perforaba mis órganos, desgarrándome los intestinos y abriéndose paso por mis entrañas como un taladro.

Lo peor de todo, era no haberme muerto al instante. El corazón me seguía latiendo a marchas forzadas, bombeando el dolor por cada maldito nervio de mi cuerpo mientras sentía cómo me vaciaba por dentro.

—¡Maldito viejo verde, pedazo de mierda!

—su rostro enfurecido era realmente terrible y escalofriante, completamente fuera de sí, hundiéndome el puñal en el pecho y el abdomen, salpicándose la ropa y la cara con cada puñalada—.

¿Cómo coño te atreviste a ensuciar lo que me pertenece?

¿Creíste que porque me engendraste podías venir a usar a mi perra? ¡¿Eh?!

Cada insulto venía acompañado de otra puñalada, del filo chocando con mis costillas y desgarrándome la carne.

—¡Muérete ya! ¡Muérete de una puta vez! —gritaba, dándome las últimas puñaladas directas al pecho, destrozándome el corazón.

El dolor, por fin, empezó a adormecerse, reemplazado por un frío que me subía desde las piernas.

Lo último que vi antes de que la oscuridad me cegara por completo fue la mirada desquiciada de mi hijo, coronado en sangre, reclamando el trono que yo mismo le había construido al bajar la guardia.

Mi pulso dio un último salto y me quedé inerte en el suelo de mi propio pasillo, convertido en otro cabo suelto que nadie vendría a buscar.