Pecador Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

No le di espacio para respirar; hundí mi boca en la suya en un beso salvaje, metiéndole la lengua hasta el fondo, saboreándola a la fuerza mientras se nos mezclaba la saliva.

Con la otra mano, le agarré el nudo de la toalla húmeda y se la arranqué de un solo tirón, dejándola completamente encuerada.

El impacto de su espalda desnuda contra la pared la hizo jadear en medio del beso. Bajé la mano del cuello directo a su pecho, enterrándole los dedos en la carne de una de sus tetas, apretándosela hasta dejarle los dedos marcados.

Me separé de sus labios solo para bajar la cabeza hacia su pecho, abriendo la boca por completo para morderle y chuparle un pezón, tirando de el con los dientes mientras lo mojaba con mi lengua.

El estímulo la hizo reaccionar de golpe; sus muslos se tensaron y juntó las piernas, atrapando mi cuerpo entre sus rodillas.

—Cierra bien las piernas, que de todas formas te voy a abrir. Sé que te encanta que te traten como a una perra. Sé que te pones cachonda cuando te tratan mal.

Sin pedirle permiso, deslicé mi mano libre hacia abajo, abriéndome paso entre sus muslos apretados hasta que mis dedos se colaron entre sus pliegues.

Estaba hirviendo, empapada en un jugo que me manchó los dedos al primer contacto.

Le hundí dos dedos de golpe, bien adentro, haciéndola arquear la espalda mientras empezaba a bombearla sin ninguna delicadeza, restregándole el pulgar con fuerza contra el clítoris.

—Dime cómo te gusta, perrita—le gruñí al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras mis dedos se adentraban más y más en su humedad, haciéndola chorrear sobre mi mano—.

¿Esto es lo que te hace el loco de mi hijo?

Disfrútalo, porque ahora eres mi puta. Llora y chorréame toda la mano mientras él escucha cómo te dejas coger por mí.

Le empujé los tres dedos bien al fondo, girando la mano adentro para estirarle las paredes. El sonido de su propia humedad salpicando contra mis nudillos era jodidamente ruidoso y constante de lo caliente que estaba.

Arqueó la espalda, soltando un gemido ronco, mientras sus manos esposadas golpeaban la madera de la pared buscando un maldito apoyo que no tenía.

La masturbé con brusquedad, cambiando el ritmo, metiéndole los dedos hasta la base y sacándolos casi por completo solo para volver a hundírselos con más fuerza, haciéndola chorrear sus jugos por la muñeca.

—Mírame cómo te tengo, maldita zorra.

Me arrodillé entre sus piernas sin dejar de bombearla con los dedos. Le agarré la pierna derecha por detrás de la rodilla y la calcé en mi hombro, abriéndola de par en par. Tenía los labios brotados, completamente rojos.

Le clavé la boca ahí abajo sin pensarlo, pegando la nariz a su clítoris y lamiéndola de la manera más hambrienta posible. Le metí la lengua doblada bien adentro, azotándole el centro, mientras con la mano libre le hundía los dedos con una rapidez que la hacía temblar de arriba abajo.

Me la comí como si fuera mi última cena, grabando cada espasmo de sus músculos contra mi cara, cada chorro de su humedad que me mojaba la barba.

Me obsesioné con su sabor en cuestión de segundos.

Ella no era el tipo de mujer que solía cenar; yo prefería cuerpos más refinados, más perfectos, pero el cuerpo de ella tenía una masa blanda y una textura que me llenaba las manos y me enviciaba el paladar.

Su coño me sabía a la adrenalina de lo prohibido, a la victoria de arrebatarle el trofeo a mi propio engendro.

Me ponía la verga tan dura que sentía que me iba a romper el pantalón.

La agarré de las caderas y la giré por completo, golpeando su pecho contra el suelo del pasillo. Quedó en cuatro patas, con el culo alto hacia mí y temblando. Me desabroché el cinturón a la velocidad del rayo y saqué la verga que me latía tan duro que me estaba doliendo.

—Quédate ahí, maldita perra—gruñí, dándole una nalgada sólida, un golpe fuerte con la palma abierta que sonó en todo el pasillo y la tiñó de rojo.

Me acomodé detrás de ella, apuntando directamente a su coño.

Me la clavé de un solo empujón, hundiéndome hasta la raíz en su cueva ardiendo.

Empecé a cavar sin ninguna piedad, dándole embestidas salvajes que hacían que sus nalgas rebotaran.

Desde arriba, la vista era jodidamente pornográfica; podía ver con perfecta claridad cómo mi verga entraba y salía de sus pliegues brotados y grandes, arrastrando sus jugos y dejando un rastro brillante cada vez que la rozaba.

Le acomodé tres nalgadas más, una detrás de otra, tan fuertes que mis dedos se quedaron dibujados en su piel.

—¡Ahg... L-Lucien...!

El nombre de mi hijo saliendo de su boca en ese tono erótico me prendió por dentro.

¿Cómo carajos se atrevía a nombrar a ese monstruo cuando era mi verga la que la estaba partiendo en dos?

Le agarré el cabello con un puño, tirando de él hacia atrás con tanto enojo que la obligué a levantar la cara, obligándola a tragar saliva mientras yo le daba golpes más profundos y agresivos.

—¿A quién carajos estás llamando? El que te está rompiendo soy yo. Mírame, maldita zorra, ¡mírame!

—Él me coge mejor que tú—se echó a reír, una maldita risita quisquillosa y con toda la mala intención.