Pecador Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Ahora que sabes de dónde vengo y lo que tu querida Magda hizo con la semilla que le dejaste... ¿Vas a ser el policía correcto y me vas a entregar? ¿O vas a intentar salvar lo poco que queda de tu conciencia antes de que decida cobrarte a ti los años que pasé en ese maldito ático?

Lo miré de reojo, sus pupilas se dilataron y no desvié la mirada, porque hacerlo solo le hará creer que le tengo miedo.

—Porque déjame decirte algo, "papá". Si yo logro soltarme de esta silla...

si logro romper tan solo uno de estos malditos eslabones, no vas a tener tiempo de usar esa arma que llevas en la cintura.

No sabía que el mismísimo diablo que me engendró se entregaría a mí en bandeja de plata, metiéndome en su propia casa. Qué jodida obra de arte.

Se lamió los labios despacio, saboreando sus propias palabras.

—Deseo abrirte desde el esternón hasta el vástago.

Quiero meter las manos en tu pecho y arrancarte el corazón mientras aún late, solo para ver si es del mismo color que el mío.

Quiero despellejarte la cara y obligar a Daphne a que mire en lo que se convirtió el hombre que intentó jugar a ser su salvador en ese motel.

Te voy a cobrar cada noche que pasé a oscuras, cada vez que Magda me usó pensando en tu maldito rostro.

Te voy a quebrar los huesos uno a uno, y te juro por la tumba de la puta que nos une, que me voy a reír en tu cara mientras me suplicas que te meta un tiro, exactamente igual que lo hizo mi preciosa gorda.

Así que piénsalo bien antes de dar el siguiente paso.

Duerme con un ojo abierto en tu propia casa, porque el monstruo que ayudaste a crear ya no está encerrado en el ático de los Veil...

y tiene un hambre maldita de conocer el sabor de tu sangre.

Me quedé mirándolo en silencio, con la mano derecha apoyada en la culata de mi arma que llevaba oculta en la espalda.

«Es tan fácil», pensé.

Como detective, me pasaba la vida rellenando informes, buscando los errores de los criminales amateurs, limpiando los desastres que dejaban los estúpidos que no sabían cómo burlar la ley.

Yo sí sabía. Yo conocía cada punto ciego del sistema, cada laguna en los registros de jurisdicción entre Texas y Missouri.

Nadie en la jefatura sabía que Lucien existía en relación con este caso; nadie había conectado los cables de la familia Veil con la iglesia de Texas.

Si sacaba el arma ahora mismo, le plantaba un trozo de plomo entre ceja y ceja y metía su cuerpo en el maletero, Lucien simplemente pasaría a ser un prófugo más en paradero desconocido.

Un expediente archivado que se llenaría de polvo en algún sótano estatal.

Sentí cómo el "monstruo" que tanto presumía controlar daba un apretón dentro del pecho, exigiendo salir.

No era por rabia, ni por las amenazas de muerte que me acababa de escupir en la cara; he visto a demasiados infelices morir como para que las palabras de un psicópata me asusten.

Era por algo mucho más frustrante. Era culpa.

La culpa de darme cuenta de que mi semilla había sido el juguete de una ninfómana desquiciada y el saco de boxeo de una familia de sádicos.

Matarlo no sería un asesinato; en mi cabeza, empezó a sentirse como el único acto de paternidad real que podría ofrecerle.

Una ejecución piadosa. Darle el descanso eterno a un chico que fue roto desde la cuna, una eutanasia para una bestia que ya no tenía salvación ni dentro de un psiquiátrico ni fuera de él.

Él mismo lo había dicho; no sufría, había aprendido que el dolor era la única moneda de cambio.

Y personas así no pueden respirar el mismo aire que el resto del mundo.

Lentamente, saqué el arma de la pretina de mi pantalón. Lucien lo notó. Sus ojos negros se dilataron aún más, fijos en el cañón que ahora apuntaba directamente a su frente. No vi miedo en su mirada, solo curiosidad, la expectativa por ver si el detective recto iba a convertirse en lo mismo que él.

—Hazlo, “papá”. Demuéstrame de dónde saqué el instinto.

Apreté el agarre, liberando el seguro mental.

Mi dedo se posó en el gatillo, calculando la trayectoria para que la bala no atravesara la pared del despacho hacia la calle.

Estaba a punto de apretar. A un milímetro de acabar con la maldición de los Veil, de limpiar mi apellido no registrado de la peor escoria de Missouri.

El sonido de la cerradura del baño abriéndose al final del pasillo rompió ese trance de golpe, devolviéndome a la realidad.

Maldita sea, la había dejado sola en el baño y le había quitado las esposas.

Mi mente, que un segundo antes estaba planeando el crimen perfecto, se activó en modo de alerta policial.

Si oía el disparo, si aprovechaba ese segundo de distracción, esa mujer era lo suficientemente inteligente y desesperada como para saltar por una ventana o buscar un cuchillo en la cocina para intentar escapar.

No podía darle esa oportunidad. No podía perder el control de la otra mitad del problema.

Bajé el arma, ocultándola de nuevo en mi espalda sin quitarle el ojo de encima a Lucien, quien soltó una risa divertida, decepcionado por la interrupción.

—Parece que mi gorda te tiene más distraído que la idea de pegarme un tiro. Te mueres por probarla, ¿verdad? Te huelo la calentura desde aquí, viejo.

Su expresión se volvió realmente oscura. Definitivamente no me equivoqué, está obsesionado con ella.

—Pero grábate esto en la cabeza, "papá".

Esa mujer es mía. Yo la abrí, yo la estrené y yo la enseñé a tragarse mi leche mientras me miraba a los ojos.

No me importa que la tengas metida en tu baño tapándote las vergüenzas.

Puedes lavarla todo lo que quieras, puedes intentar quitarle la mugre, pero ese coño ya tiene mi nombre grabado.

Pierde el control fácilmente cuando se trata de esa mujer.

—En la iglesia, cuando te dijo que te lo chuparía, no era para darte el gusto; era mi putita jugando con su comida.

Ella sabe que la única verga que le llena el estómago y la hace suplicar es la mía.

Nadie más la toca. Nadie. Si dejas caer una sola gota de tu semen dentro de lo que me pertenece, te juro por mi vida que te voy a arrancar la verga a mordiscos y te voy a obligar a ver cómo me la follo sobre tu propio charco de sangre.

Me importa un carajo que me hayas engendrado.

Daphne es mi gorda, mi perra, mi maldito juguete.

Y yo no comparto mis cosas con nadie, mucho menos con un fantasma que se muere de hambre por lo que me pertenece.

Le dediqué una última mirada, asegurándome de que las bridas en la silla estuvieran perfectamente tensadas, y salí del despacho cerrando la puerta con llave a mis espaldas.

Debo ponerle un punto final de una vez y por todas.

Caminé por el pasillo, listo para ver qué demonios estaba haciendo la mujer que, sin saberlo, le acababa de salvar la vida a mi hijo.

Justo cuando llegué, la puerta del baño se terminó de abrir. Daphne salió envuelta en una de mis toallas húmedas, con el cabello goteando sobre sus hombros y la piel sonrojada por el vapor del agua caliente.

¿Por qué no se vistió con la ropa que le dejé? ¿Una vez más con sus juegos sucios?

Al verme, se detuvo, mirándome con esos ojos de gata astuta que sabían perfectamente lo que provocaban.

No le di tiempo de reaccionar. Avancé hacia ella, le agarré las muñecas con brusquedad y, antes de que pudiera protestar, le encajé las esposas.

—Oye, oficial... despacio—protestó.

—Cállate—le solté, empujándola suavemente hacia la pared del pasillo para asegurar el agarre.

La advertencia asquerosa y vulgar de mi hijo no me había frenado; al contrario, no había hecho más que encenderme una curiosidad brutal y enferma por esta mujer. Me quedé mirándole las gotas de agua que le resbalaban por el pecho, pensando en las salvajadas que Lucien me acababa de escupir.

¿Qué carajos tenía esta mujer que traía al loco de mi hijo babeando y encadenado a su presencia? Si todo entre ellos se resumía a puro sexo, ¿cuán delicioso y asqueroso debía ser cogérsela como para que ese psicópata actuara como un perro rabioso protegiendo su hueso?

Sentí un cosquilleo en la entrepierna.

A mí siempre me había gustado lo prohibido, lo que ya tenía dueño.

Esa era mi maldita debilidad. Lo mismo me había pasado con Magda años atrás.

La adrenalina de meterle la verga a la mujer de otro, el morbo de saber que nos podían descubrir en cualquier momento, de vernos a escondidas sabiendo que jugábamos con fuego...

esa mierda siempre me había excitado más que cualquier otra cosa.

Saber que no era correcto, que estaba pisando el territorio de un asesino que compartía mi propia sangre, solo hacía que el deseo fuera más insoportable.

La miré fijamente a los ojos, bajando la vista hacia sus labios húmedos.

Quería saberlo. Quería comprobar por mí mismo si ese coño que Lucien reclamaba como suyo realmente valía una maldita guerra de sangre.

La adrenalina de poseer lo ajeno, de arrebatarle el juguete al monstruo, me estaba nublando el juicio por completo.

—Te vas a quedar quietita aquí—le susurré al oído, pegando mi cuerpo al suyo lo suficiente para que sintiera la dureza de mi pantalón contra su cadera—.

Tu novio está en mi despacho bien amarrado, hablando de lo mucho que le perteneces.

Y a mí no hay nada que me ponga más duro que quitarles sus pertenencias a los criminales.

La arrinconé contra la pared antes de que pudiera parpadear. Le estampé la mano derecha directamente en el cuello, apretándole la garganta con la fuerza justa para cortarle un poco el aliento y obligarla a echar la cabeza hacia atrás.