Capítulo 26
Ajeno
Detective Harris
Cerré la puerta del baño y me apoyé contra la pared del pasillo, dejando escapar un suspiro largo y tendido que llevaba arrastrando desde que entramos a esta maldita casa.
Llevé una mano a mi rostro, frotándome con fuerza los ojos.
Todavía podía sentirlo. El sabor dulce y adictivo de su piel se me había quedado pegado a los labios, y por más que intentara borrarlo con el dorso de la mano, la memoria del cuerpo es terca.
Qué jodidamente delicioso había sido chuparle las tetas a esa mujer.
Esas tetas pequeñas, erizadas por el frío, encajando a la perfección en la palma de mi mano mientras mi boca se descarrilaba.
Sabía perfectamente que no debía caer en los juegos de esa mujer; conocía de sobra sus tácticas de manipulación y la mente retorcida que se cargaba.
Pero cuando la verga se calienta, la cabeza simplemente deja de pensar correctamente.
El juicio se nubla, la placa se olvida y la moral se va directo al demonio.
Tragué saliva, obligándome a caminar hacia la cocina para servirme un vaso de agua.
Tenía que recordarme a mí mismo que lo que sentía por ella era algo meramente físico y carnal.
No había nada más. Su cuerpo desnudo, sumado a los demasiados años que llevaba arrastrando una sequía absoluta de sexo, me estaba pegando fuerte, desestabilizándome como si fuera un maldito novato.
Me repetía que todo este delirio iba a pasar tan pronto la entregara a las autoridades locales.
El problema era que, por primera vez en mi carrera, no estaba del todo seguro de que entregarla fuera a solucionar las cosas. El panorama completo se había vuelto una maldita pesadilla desde que las sospechas empezaron a cobrar forma en mi mente.
Miré de reojo hacia la puerta de la marquesina, donde mantenía a Lucien en el asiento trasero del auto.
Si resultaba que ese psicópata era realmente mi hijo...
no tenía la más mínima idea de cómo lidiar con esta situación.
Y para colmo de males, sabía el interés insano que mi propio hijo tenía en esa mujer.
Ambos debían enfrentar las consecuencias de sus actos, de eso no había duda; la ley no se negocia y yo era un hombre de ley.
Pero al mismo tiempo, muy a mi pesar, sentía una lástima profunda por los dos.
Eran jóvenes todavía. Si hubieran tenido una crianza normal, menos traumática y libre de los abusos que los moldearon, tal vez hoy estarían teniendo una mejor vida en lugar de jugar a ser dioses.
Si encerraba a Daphne, sabía perfectamente que Lucien volvería a arriesgar el pellejo para sacarla, sin importar cuántas vidas tuviera que llevarse por delante.
Personas como ellos no podían andar libres; eran un peligro público para la sociedad, bombas de tiempo andantes.
Pero si Lucien era de mi propia sangre, el peso de la culpa me aplastaba.
Me sentía en deuda con él. Le debía una vida mejor por el simple hecho de no haber sido parte de su niñez, de sus etapas, de sus dolores.
Nunca sospeché que tendría un hijo perdido, tampoco que pudiera convertirse en el criminal que hoy perseguía.
Y después de todo el daño que ya traía encima no podía simplemente ir, pararme frente a él y decirle que sospechaba ser su padre.
No tenía el derecho, no cuando nunca estuve ahí.
Además, esa revelación me complicaba la existencia a niveles profesionales catastróficos. Yo era el detective; él, un asesino serial. Estaba atrapado en una encrucijada maldita.
Sabía que no había sido una idea inteligente traerlos a mi propia casa.
Era una locura que me costaría la carrera si alguien se enteraba.
Pero, irónicamente, este era el único maldito lugar en todo el estado donde la policía jamás sospecharía que se escondían.
Especialmente ella, que era la prioridad número uno de las alertas tras la fuga del hospital.
Apoyé las manos en la encimera de la cocina y agaché la cabeza.
No debí involucrarme.
Desde el primer interrogatorio debí mantener la distancia. Pero ahora ya era tarde para arrepentimientos; estaba metido hasta el maldito fondo en esto, y el fondo se sentía tan oscuro como los ojos de la mujer que se limpiaba la sangre en mi ducha.
Salí al garaje y en el asiento trasero, Lucien ya no era ese bulto que había cargado en el motel. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo del auto, con esa calma que solo tienen los que ya no tienen nada que perder.
Abrí la puerta y lo sujeté del brazo para sacarlo. No opuso resistencia, pero su mirada se clavó en la mía con intenciones de hacerme preguntas.
Lo llevé hasta el despacho, una habitación pequeña con las paredes cubiertas de expedientes y una sola silla metálica. Lo senté ahí y lo aseguré en la barra de la silla.
—Vaya, detective. Qué casa tan acogedora.
Me puse frente a él, cruzándome de brazos, manteniendo la distancia que mis instintos me gritaban que guardara.
—No estás aquí para una visita social. Estás aquí porque es el único lugar donde no te van a meter una bala en la frente antes de que yo obtenga las respuestas que necesito.
Sonrió, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Respuestas? Por favor. Ambos sabemos que no te importa mi "modus operandi" ni dónde escondí los otros cadáveres. Te mueres por saber si compartimos el mismo código genético, ¿verdad?
¿Qué? ¿Cómo lo sabe? ¿Acaso Magda le habló de mí?
—No sé de qué maldita locura estás hablando.
—Oh, por favor, no me vengas con el discurso de la ley ahora—se burló, inclinándose hacia adelante todo lo que la barra de sujeción le permitía—.
He estado pensando en todo el camino. En la iglesia pudiste haberme metido un tiro en la cabeza.
Tenías la ventaja, tenías el arma, tenías la justificación perfecta.
Pero preferiste arriesgarte a una pelea cuerpo a cuerpo, te fuiste a mi espalda y me dormiste como si cuidaras que no me rompiera un hueso.
Y luego esto... traernos a tu maldita casa.
Una mente recta no hace eso. Algo ocultas, y esa expresión de santo culpable la conozco bien.
Me crucé brazos, apretando la mandíbula.
—¿Sabes? Nunca fui el hijo favorito en casa.
El hombre al que llamaba "papá", ese maldito infeliz que me crio a base de golpes, de experimentos, abusos y aislamiento, se encargaba de recordármelo todos los días.
Siempre supe que yo no llevaba su sangre.
Me lo escupía a la cara cada vez que me visitaba en el ático, haciéndome la vida de cuadros porque yo era el bastardo engendrado por otro hombre.
Un hombre que mi madre guardó en secreto como su mayor pecado. ¿Eres tú mi papá?
Él era inteligente, sumamente inteligente; no necesitaba pruebas de ADN en ese momento, solo le bastaba mirar mi reacción para confirmar la teoría que había lanzado al aire simplemente para ver si caía la piedra.
—Bueno... míralo por el lado amable, “papá”. Si resulta que mis sospechas son ciertas, significa que tú y yo tenemos en común dos cosas jodidamente grandes. La primera es la sangre. Y la segunda, es que ambos sembramos nuestra verga en el mismo coño húmedo.
Mis puños se cerraron.
—Cierra la boca.
—Te hablo de Magda. Tu tierna amante, y mi madre.
Ella tenía una fijación muy especial conmigo.
Supongo que porque me parecía demasiado a ti.
Desde que era un niño, las noches que pasábamos juntos eran largas.
Ella no paraba de agitar sus caderas sobre mí y correrse a chorros con mi verga dentro.
Era una puta ninfómana. No era para menos que mi padre y tú no fueran suficientes para ella.
No le di el gusto de reaccionar, a pesar de sentirme pasmado y fuera de base con sus palabras.
Recordé las pruebas forenses, los análisis psicológicos, el reporte de daños.
Todo encajaba de una forma maldita y perfecta.
Había sido abusado por toda su familia. Magda...
la mujer dulce y apasionada con la que compartí años de una aventura, la mujer a la que creí conocer resultó tener una mente tan jodidamente retorcida que fue capaz de violar a su propio hijo y permitir que su esposo participara en semejantes actos de tortura y aislamiento.
—¿Te da asco saber en lo que se convirtió tu semilla? No me mires con esa lástima de detective. Yo no sufro por lo que me hicieron. Al contrario, aprendí mucho de ellos. Me enseñaron que el dolor es la única moneda de cambio que realmente importa en este mundo.
El hermano de Lucien... el expediente también lo mencionaba.
El equipo forense sospechaba que el hermano también había estado involucrado en los abusos del ático, pero nunca se pudo comprobar porque Lucien se negó rotundamente a mencionarlo en sus escasas declaraciones tras el rescate.
Pero ahora, viendo la frialdad en sus ojos y recordando la brutalidad de lo ocurrido con Edward Veil, todo encajaba.
Daphne no mentía cuando dijo que todo lo ocurrido había sido parte de una venganza por parte de Lucien.
Seguramente él es el próximo objetivo suyo.
—No te quedes tan callado, viejo. Me vas a hacer pensar que te duele la memoria de tu pequeña Magda.
Deberías estar agradecido. Al menos puedes estar seguro de que heredé tu resistencia.
Cualquiera se habría vuelto loco ahí arriba, pero yo...
yo lo disfrutaba. Ella se encargaba de que lo hiciera.
Me besaba con la misma desesperación con la que me imagino que te besaba a ti cuando escapaba de su matrimonio para meterse en tus sábanas.
¿Te decía que te amaba? Porque a mí me decía que era mi dueña mientras me obligaba a lamerle su coño enlechado.
Me di la vuelta lentamente, dándole la espalda para que no viera cómo me temblaban los labios de pura impotencia y asco.