Capítulo 25 #5
—Si están en tan malos términos por lo que te hizo, y según tú no hay una relación amorosa en medio...
¿por qué él se habría arriesgado a sacarte del psiquiátrico?
Tuvo que haber algún interés muy grande de por medio.
Nadie arriesga todo por nada. Lucien mantuvo su existencia oculta por bastante tiempo, y tirar todo por la borda para ser vinculado con esos crímenes no es algo que un pragmático haga gratis.
Me pasé las manos por el cabello mojado, echándolo hacia atrás, y lo miré a través del agua.
—¿Qué estás infiriendo, detective? ¿Que Lucien pueda sentir algo por mí?
¿Amor? No seas ridículo—bufé, restregando el jabón por mis brazos—.
El único propósito de Lucien para haber ido por mí es que ambos no somos tan diferentes.
Tenemos intereses en común, inclinaciones y gustos bastante peculiares que no se encuentran fácilmente por ahí.
Tal vez los dos nos aferrábamos a ese "algo" para no estar solos en nuestra propia mierda, pero no hay nada más allá.
Me detuve un momento, mirando el agua teñida de rosa desaparecer por el sifón, y mi voz perdió ese tono provocativo para volverse extrañamente plano, casi como si alguien más dentro de mí estuviera haciendo una confesión que ni en miles de años yo haría.
Sí, seguía sintiéndome sola y vacía. No había ningún cambio después de todo como creí.
—Yo no espero ser amada por nadie. Toda mi maldita vida fue un engaño, una mentira piadosa de mis padres y de la iglesia.
Nadie me ha querido lo suficiente en este mundo y, a estas alturas, ya ni me interesa que lo hagan—levanté la mirada, haciendo contacto con la suya—.
Solo quiero venganza y sexo. Son las dos únicas cosas que descubrí recientemente que son mucho mejores que cualquier otra fantasía que te enseñan.
Y ambas se sienten jodidamente reales para mí. Así que es suficiente.
—Venganza y sexo... Al menos eres honesta, Sra. Graves. La mayoría de la escoria que arresto pasa horas llorando, inventando excusas morales para justificar las atrocidades que cometen. Tú no. Tú abrazas tu podredumbre con orgullo.
¿Con orgullo? Ese orgullo murió hace tiempo.
—Pero te equivocas en algo. Lucien no arriesgó su cuello solo porque comparten "gustos peculiares".
Un psicópata narcisista como él no mueve un dedo por simpatía ni por evitar la soledad.
Si fue a sacarte de ese hospital, es porque te ve como su posesión más valiosa.
Eres el único espejo en el mundo que le devuelve la imagen distorsionada que él tiene de sí mismo.
Se nota que no conoce a Lucien.
—Y en cuanto a mí... no te confundas con lo que pasó en el motel.
Que me fascine estudiar cómo funciona tu cabeza no significa que vaya a dejarme manipular por tus juegos de cama.
Dijiste que querías averiguar si reaccionas a mí.
Pues mírate, estás desnuda en mi ducha, hablando de tus traumas, intentando provocarme para sentir que tienes el control de la situación.
Pero la realidad, Daphne, es que las esposas siguen sobre la encimera.
Tu libertad depende de mí firma, y tu vida, de que yo decida no dejarte caer en el próximo hospital psiquiátrico.
Así que límpiate bien la sangre de tus padres.
Disfruta de la calidez de mi casa hoy, porque cuando este papeleo termine, el infierno te va a parecer un lugar bastante frío.
El sonido de la puerta del baño al cerrarse fue el golpe definitivo que me devolvió a la realidad. Me quedé bajo el chorro de agua, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.
Solo cuando estuve segura de que se había ido, me permití derrumbarme.
Apagué la llave de la ducha y me abracé a mí misma, hundiéndome en esa soledad tan familiar que me había acompañado toda la vida, pegando la espalda contra la pared fría del baño mientras me deslizaba lentamente hasta el suelo húmedo.
«Quizás este siempre fue mi destino», pensé, enterrando la barbilla entre las rodillas.
Estar encerrada. Nacer para el fracaso, para el abandono. Una línea recta que iba desde las correas del psiquiátrico hasta las esposas de Harris. Un círculo vicioso del que nunca iba a salir.
En mi mente apareció la imagen del altar.
Recordé el cuerpo de mi madre colgado del pilar, con la frente hundida por aquel objeto; recordé a mi padre, sacudiéndose como un niño castigado antes de que Lucien le abriera la garganta.
Instintivamente, una pequeña sonrisa se asomó en mis labios.
No me arrepentía. Dios sabiendo que volvería a descargar ese crucifijo una y mil veces con tal de silenciar sus malditos rezos.
Se merecían cada gota de dolor y terror que experimentaron.
Mis ojos se cristalizaron, empañando la vista de mis manos limpias de sangre, pero perpetuamente manchadas. Las lágrimas cayeron, mezclándose con las gotas de agua que aún resbalaban por mis mejillas.
No lloraba por ellos. No lloraba por remordimiento.
Lloraba porque me sentía una absoluta mierda ahora mismo.
El discurso de ese hombre me había invadido hasta la médula, infectando el único triunfo que creía tener.
“Les diste la razón”, me había dicho. Y era verdad.
Había destruido mi propia vida para demostrarles que tenían razón al temerme.
Me convertí en el monstruo que justificaba sus abusos.
Al final del día, la gran redentora de su propia fe era solo una piltrafa humana desnuda en el baño de un detective, esperando a que decidieran en qué celda la iban a refundir.
—Qué maldita escoria eres, Daphne…
Miré la encimera. Ahí estaban las esposas, el jabón, la ropa limpia. Si tan solo tuviera la valentía. Si tan solo tuviera el coraje de tomar un pedazo de ese espejo y cortar de una vez por todas este hilo miserable por mis propios medios.
Sería tan fácil. Un corte en la muñeca, ver mi propia sangre irse por el desagüe y acabar con este dolor de cabeza que no me dejaba respirar desde hacía años, pero no pude moverme. Las manos me temblaron y me encogí más sobre el suelo.
Fui una cobarde. Siempre lo he sido. Una cobarde que necesitó de los errores de su esposo para aprender a castrar, que necesitó el sadismo de Lucien para salir de una celda y arrancar gargantas, y que ahora arrastraba los pies rogándole a un detective que le pegara un tiro en la cabeza porque no tenía las pelotas de hacerlo ella misma.
Necesitaba que alguien más hiciera el trabajo sucio por mí.
Hasta para morir dependía de la voluntad de otros.
Había matado a mis padres, había profanado su maldito altar, había jugado a ser un demonio libre, pero la verdad era mucho más patética; solo era una niña rota, asustada y miserable, esperando a que el dueño de la casa regresara para decidir qué hacer con los restos que quedaban de mí.