Pecador Capítulo 25 #4
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Capítulo 25 #4

Entramos a la habitación del motel. Olía a cigarrillos y a humedad.

Había una cama matrimonial con sábanas baratas, un televisor viejo y una pequeña mesa.

Harris regresó al auto y entró cargando de nuevo a Lucien, que empezaba a quejarse, recuperando la consciencia muy lentamente.

Arrastró a Lucien hasta el baño de la habitación, usó un par de bridas plásticas de alta resistencia para esposarlo de pies y manos a las tuberías de hierro del lavabo, y cerró la puerta con llave.

Cuando volvió a la habitación principal, se quitó el arma, la guardó en la parte trasera de su pantalón y se sentó en la única silla de madera, frente a la cama donde yo me había sentado.

La bombilla amarillenta del techo parpadeaba.

Yo estaba desnuda bajo su chaqueta, con las piernas cruzadas sobre la colcha.

Harris no me quitaba los ojos de encima; su mirada recorría el contorno de mis clavículas, deteniéndose en las manchas de sangre seca que adornaban mi cuello, para luego subir a mis labios.

El aire acondicionado empezó a sonar, enfriando la habitación rápidamente. Dejé escapar un escalofrío involuntario, arqueando suavemente la espalda, haciendo que las solapas de su chaqueta se abrieran un milímetro, dejando ver el inicio de mis pechos.

Harris tragó saliva. El movimiento de su nuez de Adán lo delató desde la distancia. Su mandíbula se volvió a tensar y desvió la mirada hacia sus propias botas por una fracción de segundos.

—Descansa. Mañana será un día pesado.

—¿Y cree que puedo descansar estando amarrada?

—Confío en que tienes muchas habilidades, y espero que esta sea una de ellas.

—¿Me está vacilando? —apreté los dientes—. Tengo frío. Mucho frío.

Su mirada descendió por la abertura de su chaqueta de cuero, deteniéndose justo donde el frío hacía estragos en mi piel.

—Puedo notarlo.

Se levantó, acercándose al borde de la cama y tomó la colcha barata, estirándola con la intención de cubrirme. Pero cuando se inclinó sobre mí, su cuerpo quedó a escasos centímetros del mío, y ese perfume tan agradable inundó mi nariz.

Sus manos se detuvieron a mitad de camino. La colcha quedó en el aire mientras sus ojos azules se desviaron inevitablemente hacia abajo. Mis tetas pequeñas y con los pezones erectos por el frío, quedaban perfectamente expuestos por la caída de las solapas de su chaqueta.

Soltó la colcha, sus dedos, grandes y callosos, rozaron primero la piel de mis costillas. Fue un contacto casi accidental, pero luego su mano subió con extrema lentitud.

Su mano grande envolvió una de mis tetas; cabía perfectamente en su agarre. Suspiré, arqueando la espalda contra el colchón, mientras sus dedos apretaban la carne blanda con una urgencia que me hizo cerrar los ojos.

—Estás helada.

Sin previo aviso, sentí su lengua cálida rodeando mi pezón, primero con una timidez que se evaporó en un segundo, y luego chupando con una fuerza que me hizo soltar un gemido. La fricción de su barba contra mi piel sensible me enviaba oleadas de electricidad directamente a la entrepierna.

Me aferré a sus hombros, con las manos esposadas rodeando su nuca, tirando de él, queriendo que continuara.

Sus manos no se quedaron quietas mientras su boca trabajaba. Una de sus palmas descendió hasta mi muslo, apretando mi carne con tanta rudeza que me hizo jadear.

Sentí el jalón en mi pecho, una chupada profunda que parecía conectar directamente con el vacío caliente entre mis piernas. Sus labios rodeaban mi pezón, tirando de el, mientras su lengua trazaba círculos imaginarios alrededor.

—Maldita sea... —murmuró contra mi piel, el calor de su aliento me quemó más que el propio frío de la habitación.

Cerré los ojos, apretando mis muslos uno contra otro, sintiendo cómo mis propios fluidos me manchaban mientras lo veía perder la cabeza.

Me encantaba la sensación de sus dedos grandes enterrándose en mi pecho libre, amasándolo con una rudeza que rozaba el dolor.

Quería que bajara más. Quería que su boca, esa boca que hablaba de leyes y de "controlar al monstruo", se perdiera en el desastre que yo tenía entre las piernas.

Deseaba que me lamiera hasta que borrara el rastro de la sangre de mis padres, que se atragantara conmigo hasta que no quedara ni un gramo de decencia en su cuerpo.

—Chupa más fuerte. Hazme sentir que ese animal que escondes es mucho más real que tu maldita placa.

Él respondió con un leve mordisco, antes de volver a chupar con una fuerza que me hizo soltar una maldición. El contraste entre la aspereza de su lengua y la sensibilidad extrema de mi pecho me estaba volviendo loca.

Estaba ahí, el detective estrella, quien me había interrogado tantas veces, con la cara hundida entre mis tetas, olvidando que hace un par de horas me había esposado para salvar su alma.

Me sentía poderosa. Verlo así, tan vulnerable. Cada vez que tragaba, cada vez que su barba me rozaba, yo sentía que le estaba robando un pedazo de su cordura, y me encantaba el sabor de su caída.

Pero más que todo eso, sentía que quien caía en picada y más hondo era yo, al desear que me follara el único hombre que podía decidir mi destino.

Escuché su respiración agitada, un jadeo pesado de quien acaba de despertar de un trance.

Se separó de golpe, retrocediendo dos pasos hasta chocar con la mesita de noche, casi como si mi cuerpo lo hubiera electrocutado.

Se pasó una mano por el rostro, recomponiéndose, mientras su expresión retomaba su seriedad, aunque sus pupilas seguían gritando lo contrario.

—Tápate—ordenó, sin mirarme—. ¡Qué te tapes, joder!

—¿Dónde está el hombre que dijo que podía controlar a su bestia interior? —bufé.

—Mañana salimos al amanecer. Y si vuelves a abrir la boca para decir una sola palabra que no sea sobre el caso, te juro que te pondré una mordaza hasta que lleguemos a Missouri. Duerme, si puedes.

Se sentó en la silla de madera, frente a la puerta, con la Glock descansando sobre sus muslos y la mirada fija en la nada. Estaba despierto, alerta, torturándose con el recuerdo de mi pezón entre sus labios.

†

El viaje de regreso a Missouri fue un calvario de horas muertas. Yo esperaba ver las rejas del hospital psiquiátrico en cualquier momento. Sin embargo, cuando el auto finalmente se desvió de la carretera principal, el paisaje no fue el de la institución.

Harris condujo hasta una zona residencial apartada, bordeada de árboles altos, y se detuvo frente a una casa desconocida. El portón del garaje se abrió con un mando a distancia y el detective metió el vehículo, entrando de nuevo en la privacidad de cuatro paredes antes de apagar el motor.

Se bajó, caminó hacia mi lado y abrió la puerta.

—Abajo.

Me bajé del auto, dejando escapar todas las preguntas que se aglomeraron en mi mente.

—¿Qué es esto? ¿A dónde demonios nos trajiste? No veo los malditos pabellones blancos por ningún lado.

—Es mi casa—me tomó del brazo para guiarme hacia la puerta interior—. Se hospedarán aquí mientras arreglo unas cosas en la jefatura y cruzo los datos de Texas con mi distrito. No puedo entregarte formalmente hasta que el papeleo de la jurisdicción esté blindado.

—Vaya... ¿Tu casa? ¿Qué pasa, detective? ¿Acaso quieres follarme unas cuantas veces en tu propia cama antes de encerrarme de por vida?

Para mi sorpresa, no se enfureció como esperaba. Una ligera sonrisa se asomó en la comisura de sus labios, divirtiéndose genuinamente por mi audacia, aunque la apagó de inmediato.

—No te des tanta importancia. Camina.

Me llevó hasta un baño amplio en el pasillo principal. Sobre la encimera, ya había colocado una toalla limpia, un jabón nuevo y una muda de ropa que no parecía para nada de mujer.

—Báñate. Quítate esa porquería de encima. Das asco—dijo, señalando la sangre seca en mi piel.

—¿No te conviene más entregarme así? Estarías alterando la prueba del delito.

—Solo hazlo.

Miré mis manos unidas y luego lo miré a él, entornando los ojos con intenciones puramente provocativas.

—¿Y se supone que lo haga así? Amarrada es meramente imposible ducharse bien, genio... Pero si tanto te estorban mis manos, puedes entrar tú y lavarme tú mismo. No me enojaría en lo absoluto.

Se acercó, acorralándome contra el borde del lavabo, sus ojos azules clavándose en los míos con una intensidad que revivió la electricidad de la noche anterior.

—El agua fría te sentará bien por hoy, Sra. Graves. No sé por qué insistes en este juego. Sé perfectamente que yo no encabezo la lista de tus fantasías. Teniendo en cuenta al maldito psicópata que tienes atrás y tus... inclinaciones peculiares, dudo que busques algo normal.

—¿Lucien? Por favor. Entre Lucien y yo no hay nada más que sexo de por medio. Y respecto a lo otro... bueno, estoy bastante dispuesta a averiguar si reacciono o no a ti. Ya vimos que tú sí reaccionas a mí.

Frunció el entrecejo, pero en lugar de marcharse o huir, se cruzó de brazos y se apoyó contra el marco de la puerta.

—Quítalas mientras me baño. No haré ninguna estupidez. Lo prometo.

Sacó la llave del bolsillo, tomó mis manos y soltó las esposas.

—Hazlo de una vez—dijo, mientras guardaba las esposas—. Pero ya que mencionas que solo es sexo… explícame una cosa. ¿Por qué después de lo que dijiste que te había obligado a hacerle a tu esposo esa noche, decidiste escapar con un tipo como él? No lo entiendo.

Me despojé de su chaqueta de cuero.

—Prefería cualquier cosa. Prefería caminar junto al demonio en el mismísimo infierno antes que quedarme pudriéndome en aquellas cuatro paredes—dije, entrando a la ducha y abriendo la llave del agua—.

Además, tengo que pasarle factura a Lucien por lo que me hizo.

Estoy segura de que esa noche entregó mi cabeza a la policía para poder huir él solo, y eso no se lo voy a perdonar nunca.

Simplemente vi en él la oportunidad perfecta para salir y cobrarle con creces a mis padres lo que me hicieron.

El agua fría arrastró los hilos de sangre reseca hacia el desagüe.