Pecador Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Lucien abrió los ojos de golpe, intentando clavarle la hoja en el costado, pero Harris apretó la llave con fuerza, presionando su propia cabeza contra la de él para evitar el contraataque y anulando cualquier espacio de maniobra.

Fueron apenas tres segundos de resistencia, hasta que las piernas de Lucien flaquearon, la hoja cayó de su mano, y su cuerpo se rindió quedando completamente inconsciente en los brazos del detective.

Harris lo puso en el suelo con cuidado, dejándolo tendido e inofensivo a un lado del altar.

Me quedé congelada en el mismo sitio, aún de rodillas, con el corazón latiendo a mil. Todo se vio en cámara rápida como una película. Esperaba ser la próxima ahora. Solo era cuestión de tiempo.

Usó una mano para desabrocharse la chaqueta de cuero y se la quitó, arrojándomela por encima de la cabeza.

—Cúbrete.

El olor a cuero y a su perfume me envolvió de golpe. Era agradable y cálido.

—¿De verdad pensabas que un par de curvas y un poco de sangre me iban a doblegar? Sé exactamente lo que hay en mis pantalones cada vez que pienso en ti, y sé perfectamente lo que provoca la adrenalina en una escena del crimen. Pero yo no soy como ustedes.

Me quedé estupefacta, con los labios entreabiertos, incapaz de articular una sola palabra mientras me aferraba instintivamente a las solapas de su chaqueta.

—Ustedes son esclavos de sus impulsos enfermitos.

Disfrutan de la masacre porque no tienen el control de nada, son solo animales siguiendo el olor de la carne.

Yo controlo a mi monstruo. Sé exactamente qué es, sé lo oscuro que es, y decido cuándo dejarlo salir y cuándo mantenerlo encadenado.

Así que no te confundas, Señora Graves. Tu mente me fascina, pero no estamos en el mismo nivel.

Me arrastró de regreso a la cruda realidad cuando extendió su mano grande hacia mí, ofreciéndome apoyo.

Lo miré desde abajo, sintiendo cómo el orgullo me pegaba fuerte. No iba a aceptar su lástima, ni su caballerosidad, ni nada que viniera de él.

Ignoré su mano, apoyé mis propias palmas en el suelo y me levanté por mi cuenta, tambaleándome un poco, acomodando la pesada chaqueta de cuero sobre mi cuerpo desnudo para que no se deslizara.

—¿Qué va a hacer ahora? —le pregunté—. ¿Me va a llevar de regreso a ese maldito hospital? Se lo advierto, detective. Prefiero un balazo en la cabeza antes que volver a pisar ese lugar.

—Soy detective en Missouri, Daphne. Al estar en el estado de Texas, técnicamente pierdo jurisdicción.

No puedo interferir formalmente hasta que se compruebe que esto es parte del mismo caso que estoy investigando en mi distrito.

Por ende, tengo que seguir el protocolo.

Voy a dar una llamada a la policía local para que vengan a investigar la escena y a asegurar a los rehenes que Lucien encerró en la sacristía.

Me distraje con la cadencia de su voz, con la seguridad con la que hablaba.

Era endemoniadamente bueno con las palabras. Tanto, que no sentí las esposas hasta que ya era demasiado tarde. Me maldije internamente por haberme dejado engañar, por bajar la guardia ante su maldito discurso.

—Camina—ordenó, sujetándome del brazo.

Me sacó de la iglesia, llegando hacia su vehículo.

Abrió la puerta del copiloto y me empujó para que entrara.

Antes de cerrar, fue hacia el maletero, hurgó un momento y regresó con otro par de esposas en la mano.

Sin decir una sola palabra, enganchó un extremo de las esposas nuevas, a la cadena de las otras esposas que ya apresaban mis muñecas, y el otro extremo lo aseguró a la barra de sujeción interna de la puerta.

—¿Era necesario llegar a este extremo? No es como que pudiera hacer mucho con las manos ya esposadas, genio.

Me ignoró por completo, cerrando la puerta de golpe.

Lo vi caminar de vuelta a la iglesia a través del parabrisas.

Tardó unos minutos, hasta que reapareció cargando a Lucien.

Lo traía en los brazos como si fuera un bulto, con la cabeza colgando hacia atrás.

Abrió la puerta trasera y lo depositó en el asiento.

Esperé el sonido de un nuevo par de esposas, pero el detective no lo amarró; simplemente cerró la puerta, dio la vuelta y se subió al asiento del conductor.

Yo esperaba que nos quedáramos en espera a que las patrullas llegaran.

Pero para mi sorpresa, encendió el motor y aceleró, alejándose de la iglesia.

Condujo un par de kilómetros en silencio, hasta que divisó un teléfono público en una esquina oscura de la carretera.

Detuvo el auto, bajó y comenzó a marcar números, haciendo varias llamadas consecutivas.

No entendía qué demonios estaba haciendo. ¿Por qué no usaba su celular?

Aproveché que estaba de espaldas para girarme hacia el asiento trasero lo más que las esposas me lo permitieron.

—¡Lucien! ¡Lucien, reacciona, muévete! ¡Despierta, maldita sea!

Lucien seguía completamente noqueado, ni siquiera oía su respiración.

Cuando Harris regresó al auto y cerró la puerta, el pánico al encierro en el psiquiátrico me nubló el juicio. Toda mi soberbia se desmoronó, dejando al descubierto la llaga viva de mis desgracias.

Lo miré, sintiendo las lágrimas de impotencia inundando mis ojos.

—Detective, por favor. Se lo ruego, no me lleve a ese hospital.

Haré lo que quiera. Lo que me pida, lo que sea...

a cambio de que me mate. Solo hágalo. Tiene su arma ahí.

Puede decir que me puse violenta, que intenté atacarlo, que no tuvo otra opción más que pegarme un tiro.

Hay mil formas de justificarlo. Nadie va a dudar de usted, saldrá victorioso, como el maldito héroe de la situación. Por lo que más quiera, máteme...

Clavó las manos en el volante y giró la cabeza hacia mí. Su rostro se transformó en uno aterrador.

—Cierra la boca. Matar no es cualquier cosa. No es un juego para cumplir tus caprichos ni para solucionar tus miedos. Sea un monstruo o lo que sea que tengas en la cabeza, no hay justificación alguna para arrebatarle la vida a nadie.

—Ellos se lo merecían...

—¡No me importa! Ni siquiera una mierda de persona como Lucien, como tú o ni siquiera tus padres, nadie merece morir de esa manera.

Van a pagar por sus crímenes ante la ley, que es donde pertenece la justicia, no en el suelo de una iglesia—suspiró pesadamente, y por un microsegundo, sus ojos se suavizaron con algo cercano a lástima—.

Lamento... de verdad lamento lo que tus padres te hicieron cuando eras joven.

Sé lo del manicomio, sé lo de los exorcismos.

Sé que te destruyeron la mente. Pero eso no te daba el maldito derecho de matarlos como lo hiciste. No eres Dios, Daphne.

Sus palabras me tocaron el nervio más podrido de mi existencia.

—¡Tú no sabes nada! —vociferé—. ¡¿Que no tenía derecho?

! ¡Ellos me arrebataron el derecho a vivir desde el maldito día en que decidieron que mi mente estaba maldita!

¡Pasé años encadenada a una cama! ¡Escuchando los rezos estúpidos de un cura que me escupía agua bendita a la cara mientras me decía que Dios me había abandonado!

¡Me miraban a través de un cristal como si fuera un jodido animal de circo, con asco, con desprecio!

¡Mis propios padres me encerraron en ese infierno de paredes blancas!

¡Me robaron la juventud! ¿Y me dices que no tenía derecho a verlos morir?

¡Merecían morir! ¡Merecían sentir el terror absoluto de saber que su Dios no iba a bajar a salvarlos de mí!

Y no me arrepiento de nada, ¡¿me oyes?! ¡De nada!

Él no respondió, se quedó con las manos en el volante, mirando la carretera por unos cuantos minutos que parecieron horas.

—Tienes razón. Te arrebataron la vida. Te encerraron, te rompieron y te hicieron creer que estabas podrida por dentro. Tienes todo el derecho del mundo a estar furiosa.

Parpadeé varias veces seguidas, sorprendida.

—Pero mírate ahora. Mírate las manos. Mira la chaqueta que llevas puesta.

Al matarlos de esa manera, no te liberaste de ellos.

Les diste la victoria. Pasaste años gritando que no estabas maldita, que no eras el monstruo que ellos decían...

y fuiste y te convertiste exactamente en el demonio que tu madre rezaba por ahuyentar.

Hiciste exactamente lo que ellos esperaban que hicieras. Les diste la razón.

Esas últimas palabras se sintieron como un puñal hundiéndose en mi orgullo. “Les diste la razón”. La verdad detrás de su lógica me fastidió con tanta fuerza que la réplica se me atoró en la garganta.

†

Condujo durante horas por la Interestatal 20 profunda de Texas. El viaje de regreso a Missouri iba a ser largo, casi nueve horas de carretera, y el cansancio por todo lo ocurrido y el orgasmo empezó a pasarme factura.

A mitad de la madrugada, desvió el auto hacia las afueras de un pueblo fantasma.

El letrero de neón decía Motel El Dorado.

Era uno de esos lugares de paso sumamente discretos y de mala muerte, diseñados para la infidelidad o el crimen.

Cada habitación era independiente y contaba con su propio garaje privado con portón manual.

Entrabas con el auto, bajabas la persiana y nadie sabía qué o quién estaba dentro.

Detuvo el auto dentro del garaje asignado. Se bajó en silencio y tiró de la cadena del portón. Abrió mi puerta, soltó las esposas que me unían al auto, pero dejó las de mis muñecas.

—Camina—dijo, ayudándome a bajar mientras yo me aferraba a su chaqueta de cuero, que aún me cubría de la cintura para arriba.