Pecador Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Una silueta masculina rodó por el suelo desde el andamio lateral, recuperando el equilibrio de inmediato con el arma en alto. Era el detective Harris.

El cañón de su Glock apuntaba directamente al pecho de Lucien, pero su mirada… su mirada se desvió de inmediato hacia mí.

Se quedó congelado por una fracción de segundo que pareció eterna. El hombre de ley, el tipo serio y metódico que hacía tantas preguntas y me dejó huir ayer, me estaba viendo por primera vez tal y como yo era; despojada de todo, desnuda, bañada en sudor y sangre.

Pude ver el sutil e involuntario parpadeo de sus ojos, la forma en que tragó saliva con dificultad.

—Señora Graves, baja de ese maldito altar—su voz sonó demasiado ronca para el tono pulcro que solía usar—. Sabía que vendrías a buscarlos. Fuiste predecible, maldita sea. Demasiado predecible.

—Llegó temprano a la misa. ¿Vino a salvarnos o a unirse a nuestro coro? —pregunté con evidente sarcasmo.

—Vine a sacarte de aquí antes de que termines de destruirte —dijo, dando un paso al frente, obligándose con un esfuerzo sobrehumano a mirarme a los ojos y no a mis curvas manchadas—.

Todavía puedes parar esto, Señora Graves.

Esta no es la decisión correcta. Volver al psiquiátrico es un infierno, lo sé, pero esto...

esto es el final del camino. No dejes que él te arrastre. Mira lo que estás haciendo.

Iba a responderle, pero Lucien nos interrumpió.

—¿Qué pasa, detective? Te noto un poco... rígido—se carcajeó—. Debe ser jodidamente difícil intentar dar un discurso sobre la moral y las buenas costumbres cuando tienes los ojos clavados en mi gorda. No te culpo, oficial; Daphne es una obra de arte despojada de toda esa hipocresía cristiana.

El detective dio dos pasos más y Lucien acercó la hoja al cuello de mi madre.

—Si das un paso más, lo único que vas a lograr es que la sangre de estos dos salpique tu bonita chaqueta de cuero, detective. Y ambos sabemos que, en el fondo, lo único que quieres es quedarte ahí parado... mirando cómo lo hacemos. Por eso nos dejaste escapar, ¿cierto?

—¿Que él me arrastra? —repetí las palabras del detective—. Nadie me arrastra esta vez, detective. Yo elegí este camino, yo busqué derramar la sangre de todos aquellos que directa o indirectamente me hicieron daño.

Ignoró mis palabras, haciendo un esfuerzo visible por mantener la mirada fija en mis ojos y no en mi desnudez. Esa mirada la he visto antes de Lucien.

—Señora Graves, por última vez, den un paso atrás —dijo, su dedo índice rozando el gatillo de su Glock—. No voy a dudar en disparar si dan un solo movimiento en falso. No me obliguen a limpiar este altar con ustedes.

—¡Oh, miren qué rudo se puso el oficial! —se burló Lucien, arrastrando la hoja por la barbilla de mi padre—. ¿No vas a gastar balas con nosotros? Qué tacaño. Con lo bien que nos vendría un poco de plomo para decorar la sacristía.

Mi madre comenzó a hiperventilar, sollozando con una fuerza insoportable que me encolerizó.

—¡Cállense de una maldita vez! —vociferé, perdiendo por completo la compostura.

Antes de que Harris pudiera siquiera procesar el movimiento, me abalancé sobre el altar, tomé el gran crucifijo de plata con el que me había profanado minutos antes y, usándolo como un martillo, lo descargué con toda la fuerza que recolecté directamente contra el cráneo de mi madre.

El sonido fue melodía para mis oídos. Siempre quise silenciarla de esta maldita manera.

La sangre salpicó el suelo, tiñendo mi pecho y mi rostro con gotas de su sangre caliente. Mi madre dejó de moverse; su cuerpo quedó colgado, atado al pilar del altar, con el rostro desfigurado por la impronta de su propio Dios.

El detective Harris reaccionó de inmediato, pero en lugar de apuntarme, descargó un disparo directo al suelo.

—¡Suficiente! —explotó Harris, obligándose a no mirar el cadáver de mi madre—. ¡Al suelo, Daphne! ¡Ahora!

Me limpié una gota de sangre de la mejilla con el dorso de la mano y me eché a reír, mi cuerpo temblando de adrenalina y fatiga.

—¿Crees que le temo a la muerte? He vivido muerta en vida toda mi existencia. Ahora mismo es cuando por fin me siento viva, feliz, plena y dichosa. Y puedo llevarme esta satisfacción a la tumba con orgullo.

—Esta no era la manera.

—¿Qué pasa con esa expresión? Tú siempre pensaste que era un monstruo también igual que todos ellos.

Toda mi miserable vida me creyeron culpable de todo mal.

Me encerraron, me llamaron poseída sin que yo me hubiera manchado las manos de sangre ni un poquito.

¿Qué piensas ahora? ¿Qué piensas de que finalmente les di la razón a todos?

Mi padre, al ver el cuerpo inerte de mi madre a su lado, enloqueció por completo. Gritó, llamando a un Dios que no iba a bajar a salvarlo, sacudiéndose contra las estolas como un niño haciendo berrinche.

—¡Dios mío! ¡Ayuda! ¡Maldita seas, Daphne! ¡Maldita sea tu alma!

Lucien rodó los ojos fastidiado.

—Cielos, qué maldito escandaloso—Lucien le sujetó la cabeza por detrás y le rebanó la garganta de oreja a oreja.

El grito de mi padre se ahogó en el chorro de sangre que brotaba por su garganta.

Los dos seres que me habían señalado y marcado durante toda mi vida, por fin habían sido despachados de este mundo en el que no merecían existir.

El detective mantuvo el arma en alto, pero su mirada volvió a descender por mi cuerpo. Pensé que Lucien estaba exagerando, porque ni siquiera creí que podría causar tanto en un hombre con un cuerpo como el mío.

Estaba teniendo una erección involuntaria en medio de este conflicto, y su propia decencia lo estaba torturando fríamente.

No sabía cómo sentirme, si halagada o solo sorprendida, pero que un hombre como él mostrara excitación en un momento así, me daba a entender que no éramos del todo distintos.

Sonreí instintivamente, bajando la mirada a propósito de sus ojos hacia la erección en su pantalón.

—Vaya, detective... ¿Qué tenemos aquí?

Frunció el ceño, tratando de disimularlo.

—Tengo curiosidad. ¿Qué es lo que te pone tan duro en un momento como este?

¿Es parte de tu protocolo de orden y ley excitarte frente a un altar lleno de cadáveres?

¿O es que mi cuerpo desnudo te resulta demasiado irresistible como para mantener la compostura?

Porque no has dejado de devorarme con la mirada desde que entraste.

—Esto es solo una reacción del cuerpo, por la adrenalina y el uniforme. Estoy acostumbrado a lidiar con personas como ustedes todo el tiempo.

Lucien, que limpiaba la hoja, contemplando el escenario, dejó escapar una risa atrevida.

—¡Oh, por favor, oficial! No nos vengas con cuentos. Ese uniforme no se levanta solo por un poco de acción. Admítelo, te mueres por profanar el cuerpo de mi gorda.

Algo en esta situación, en ese hombre recto y correcto, despertaba mucha curiosidad en mí y en mi cuerpo.

—Si es el uniforme lo que te confunde, la solución es muy simple. Quítatelo. Desabróchate los pantalones y pruébame que me equivoco. Quítate la ley de encima y ven a demostrarme si eres un hombre correcto... o si eres exactamente el mismo monstruo que nosotros.

El arma en su mano flaqueó, bajando un milímetro, pero apretó los dientes.

Solo un poco más y lo tendré en mis manos.

Me dejé caer de rodillas a los pies del altar, mi corazón latiendo frenéticamente. Esta vez no era para adorar a esa figura mediocre, era a conveniencia y por elección propia, para quebrar esa maldita máscara que traía puesta.

—Mírame, aquí me tienes de rodillas. Estás tan jodidamente desesperado por mantener esa fachada de hombre recto, pero tu cuerpo te está gritando que dejes de mentir.

Olvídate de las esposas, del arresto y de tu maldita placa—le propuse, bajando la voz a un tono asquerosamente vulgar—.

Saca esa porquería de tus pantalones ahora mismo.

Quiero saborear lo duro que te pones mientras miras los cadáveres de mis padres colgados en el altar.

Quiero tragarme tu decencia aquí mismo, en el suelo de esta iglesia mugrienta, mientras Lucien nos mira.

Lucien soltó un silbido bajo y descarado, aplaudiendo despacio con una mano mientras sostenía la hoja con la otra.

—¡Vaya, gorda! Eso sí que es un servicio de primera clase—celebró, con una risita quisquillosa—.

No seas tímido, detective. Es una oferta sagrada.

Pocos hombres tienen el honor de ser bautizados en la boca de un demonio rodeados de tanta carne fresca.

Hazle caso, desabróchate antes de que se te rompa la cremallera por culpa del pudor.

Solo él tenía ese único don de lanzarle más leña al fuego.

—Pruébame que eres el policía correcto que dices ser—le provoqué, relamiéndome—. Sácatela y déjame ver si tienes las pelotas de correrte en mi boca mientras me apuntas a la cabeza con tu arma. Hazlo... o admite de una puta vez que estás tan enfermo como nosotros.

Esperaba que titubeara, que diera un discurso de ley o que nos ordenara a levantar las manos.

Estaba preparada para todo lo que decidiera, desde esposarme las manos, hasta pegarnos un tiro en la cabeza a los dos.

Realmente estaba lista para irme de este mundo, habiendo cumplido con la única fantasía que me tenía aferrada a esta miserable vida.

A estas alturas, ya no tenía nada que perder.

Dejó escapar un suspiro, rindiéndose.

—Maldita sea… Tienen razón. Es imposible ser de piedra en un lugar así.

Bajó el arma por completo y estiró los dedos hacia la hebilla de su cinturón. Lucien rio, al confirmar que no éramos tan diferentes.

En el instante en que Lucien se confió, el detective acortó la distancia que los separaba con una velocidad que me dejó anonadada.

Antes de que Lucien pudiera siquiera reaccionar o levantar la hoja, Harris ya se había ido a su espalda aprovechando el impulso.

De un solo movimiento rápido, pasó su antebrazo alrededor del cuello de Lucien, encajando un estrangulamiento perfecto que bloqueó sus carótidas al instante.