Capítulo 25
Piedad
Daphne Graves
La expresión de todos, especialmente de mis padres, fue más afrodisíaca de lo que esperaba. No debía sentirse tan placentero verlos tan perturbados como lo hacía, pero no podía evitarlo.
Deseé por gran parte de mi vida destruir esa maldita fachada de seres perfectos e intocables.
¿En qué momento había perdido la sensibilidad hacia la sangre y la muerte de otra persona?
No lo sé. Tal vez fue cuando abracé por fin lo que soy.
Dentro de mí, no sentía nada más que odio y desprecio por todos aquellos seres que ahí se encontraban, alabando a una figura vacía, a algo inexistente que solo existía en su maldita cabeza.
Me parecía repugnante oír sus rezos y súplicas mientras Lucien les daba el descanso eterno a unos cuantos que no siguieron sus órdenes de soltar sus celulares y seguirlos a la sacristía.
A mis padres los quería separados del resto, donde solamente pudieran verme a mí. Esa expresión aterrada en sus rostros era solo un aperitivo, el maldito comienzo al resto de emociones y sentimientos que les haría experimentar.
No hablaban, solamente lloraban estando de rodillas. Mi madre con el rosario a vuelta y redonda de su mano, y mi padre sirviéndole de apoyo.
Me despojé de la ropa, prenda por prenda cayendo a mis pies.
—¿Recuerdas lo que decías, mamá? El cuerpo es un templo de Dios—mis dedos recorrieron lentamente mis curvas—. Lo repetías tanto que terminé aprendiéndomelo de memoria.
—¡Ponte ropa, por el amor de Dios!
—Este es mi templo, pero vamos, esto es solo un cascarón. Y como todo buen templo, madre, necesita sus propios rituales.
Caminé hacia el sagrario, ignorando por completo las oraciones de mi madre.
Lucien se mantuvo en la puerta de la sacristía, limpiando la hoja en la sotana de uno de los caídos, mirándome con esa perversión que me alimentaba el alma.
Me subí al altar, el mismo lugar que tantas veces me obligaron a mirar con pavor. Me senté en el borde, cruzando las piernas con deliberado descaro.
—Tantos años arrodillada aquí, tragándome su culpa, sus pecados heredados...
—miré a mi padre, quien se debatía entre el terror y la indignación moral—.
¿Y para qué? Para descubrir que su Dios no habita en estas cuatro paredes.
Si lo hiciera, no habría permitido que Lucien borrara a su coro de hipócritas en menos de diez minutos.
Mi madre sollozó más fuerte, apretando el rosario con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—“Dios te salve, María, llena eres de gracia… —susurraba.
—No gastes saliva, mamá—me carcajeé—. Tus oraciones no pasan del techo. Además, ¿no decían que el altar es el lugar del sacrificio más puro? Mírenme. Aquí estoy. Libre de manchas, consagrada a mi propia voluntad.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, fijando la vista en el rosario que mi madre retorcía.
—Esa cruz que llevas en la mano… —señalé con la barbilla—.
Siempre me pareció un adorno tan tétrico.
Un hombre clavado, sangrando, sufriendo por los errores de otros.
Qué concepto tan retorcido de la perfección.
Yo prefiero ser mi propia redentora. Y hoy, el castigo les toca a ustedes.
Hagamos una nueva misa—dije, estirando los brazos hacia los lados, imitando la postura de las estatuas que nos rodeaban—.
Una donde yo sea la que absuelva o condene.
Mis ojos se desviaron hacia el centro del altar. Ahí estaba el gran crucifijo de plata, la figura de un Cristo agónico que mis padres habían besado con devoción cada domingo de sus vidas.
Estiré la mano y tomé el crucifijo por la base de metal.
—¡No! ¡Daphne, por lo que más quieras, deja eso! —gritó mi padre, intentando levantarse, pero Lucien apoyó uno de sus zapatos llenos de sangre sobre su hombro, aplastándolo contra el suelo con una facilidad tan morbosa que ese miedo que se reflejó en mi padre me encendió por completo.
—¿Esto? —pregunté, jugando con la cruz en mis manos—. Si tanto les gusta que adore este pedazo de metal, voy a hacerlo a mi manera.
Me deslicé de espaldas sobre el altar, abriendo las piernas ante la mirada horrorizada de mi madre, quien comenzó a rezar a gritos, tapándose los ojos mientras las lágrimas le empapaban aún más el rostro.
—Mírenme—ordené, con la voz ronca por la excitación—. Miren cómo su Dios entra en mi templo.
Froté la base alargada de la cruz contra mi clítoris lentamente, mientras mis ojos se fijaban en los cuerpos inertes del pasillo y en la figura de Lucien, que me observaba con una sonrisa sádica, complacido por mi degradación.
Imaginé el momento exacto en que Lucien había hundido la hoja en los cuellos de los fieles; imaginé el sonido casi como el de mi esposo aquella noche que lo castré, el brote cálido y reconfortante de la sangre escapando de su cuerpo. La cruz se tiñó rápidamente de mis propios fluidos.
—¡Eres un monstruo! —gritaba mi padre, sollozando de pura impotencia, obligado a mirar cómo el símbolo sagrado se convertía en mi juguete sexual.
—Oh, sí, ser un monstruo jamás se sintió mejor que ahora—gemí, arqueando la espalda sobre el altar, entregada por completo a esas imágenes sembradas en mi cabeza—.
La sangre, la muerte, es tan jodidamente perfecta—mi mano frotó mi pezón erecto y sensible, mientras la mirada de Lucien seguía sobre mí.
Introduje la base de la cruz en mi interior, profanando ese objeto tan sagrado para ellos y despreciando su fe. Todos los acontecimientos me empujaron al límite, desde el escenario sangriento, el olor, hasta los gritos y llantos de mis padres.
Mis músculos se contrajeron en un orgasmo terrible que me hizo gritar el nombre de Lucien, manchando la madera del altar con los fluidos de mi clímax.
Me quedé un momento jadeando, con la cruz aún dentro de mí. Miré a mis padres, cuyas almas se veían completamente destruidas, más allá de cualquier posible salvación. Había quebrado su fachada de santidad de la forma más sucia posible y no podía sentirme más que satisfecha.
Sonreí, saboreando el colapso de su mundo.
Su silencio era cobardía, el mismo silencio con el que me miraban a través del cristal del psiquiátrico mientras el sacerdote me rociaba con agua bendita, asegurando que mi alma estaba podrida.
—Lucien—habíamos acordado algo antes de salir de Missouri, y es que él me ayudaría en todo con mis padres, a cambio de que huyamos juntos después, pero por supuesto que no le dejaría las cosas tan fáciles—. Tráelos. Súbelos a nuestro templo.
Los arrastró por el cabello escaleras arriba. Los obligó a arrodillarse frente al altar, uno al lado del otro. Tomé las estolas moradas del Padre Samuel y, con la ayuda de Lucien, les até las manos a los pilares de la mesa consagrada.
Me senté frente a ellos, completamente desnuda, pero con las piernas cruzadas.
—¿Se acuerdan de este rito, mamá? ¿Te acuerdas, papá? —me incliné, acariciando la mejilla de mi madre con los dedos aún untados de mí misma. Ella se apartó con un quejido de asco—. Las correas del manicomio estaban más apretadas. Y los rezos... ¡oh, los rezos eran más ruidosos!
—Daphne... por favor... ten piedad—sollozó mi padre—. El demonio te está usando... Dios puede…
—¿Dios? —fruncí el entrecejo.
Me bajé del altar y caminé hacia el sagrario. Con un golpe de la base del crucifijo, salté la cerradura de oro. Saqué el copón y regresé con ellos. Lo destapé, mostrando las hostias sagradas.
—El sacerdote decía que yo no tenía salvación. Que Dios me había abandonado en esa celda blanca porque mi mente era un nido de perversión. ¿Saben lo que se siente pasar años escuchando que estás maldita por los mismos que te dieron la vida?
Lucien me arrebató el copón, llevándolo con él hacia uno de los feligreses que aún agonizaba en los escalones.
Con un corte en la muñeca, la sangre brotó a chorro tendido dentro del copón, tiñendo el blanco de las hostias con ese rojo carmesí.
Sentí el aroma inundar mis sentidos y apreté los muslos.
Me extendió el copón y lo tomé sin vacilar, tomando entre mis dedos una hostia.
—Es hora de su exorcismo. Es hora de sacarles la hipocresía.
Me arrodillé frente a mi madre. Con una mano le apreté la mandíbula con una fuerza que no sabía que tenía, obligándola a abrir la boca.
—Tomen y coman todos de él, porque este es mi cuerpo—recité en un tono burlesco, imitando la voz del cura del psiquiátrico—. ¡Comulga, mamá! ¡Trágate la sangre de tus santos mártires!
Mi madre intentaba escupirla, llorando, asfixiándose con la hostia ensangrentada, mientras mi padre gritaba maldiciones deshecho en lágrimas. Ver su devoción destruida, ver el pánico sagrado en sus ojos mientras la sangre les manchaba los labios, funcionó como el detonante final en mi cabeza.
Me froté contra el borde del altar, jadeando sin apartar la vista de su degradación. Imaginé a Lucien abriéndoles la garganta a ellos también, imaginé sus cuerpos inertes y esa fantasía de su muerte me empujó al abismo.
—Recen... —gemí, sacudiéndome con rudeza—. ¡Recen más fuerte, a ver si su Dios baja a salvarlos!
Los había llevado a mi propio infierno, y la vista era jodidamente hermosa.
Introduje mis dedos dentro del copón, solo para empaparlos con la sangre.
—Es hora de su extremaunción. El sacerdote decía que los monstruos como yo van al infierno sin derecho a réplica. Pero hoy... hoy yo soy la que unge.
Le dibujé una cruz perfecta a mi madre en la frente, luego en los párpados y finalmente en los labios, sellando sus sollozos. Hice lo mismo con mi padre.
—Yo los condeno al olvido—sentencié, mirándolos desde mi trono.
Lucien se colocó detrás de ellos, posicionando la hoja en el ángulo perfecto para cortar ambas gargantas en un solo movimiento.
Cerré los ojos a medias, preparándome para el baño de sangre, cuando de pronto, ambos escuchamos el estallido de uno de los enormes vitrales laterales.
Los vidrios templados, teñidos con las imágenes de mártires y santos, llovieron sobre los bancos de madera.