Capítulo 24
Infierno
Enid Ross
El padre Samuel estaba terminando la homilía cuando una voz lo interrumpió desde el fondo de la iglesia.
—Mentira.
Toda la congregación se giró y mi corazón se detuvo al reconocer a mi hija. Estaba de pie junto al último banco.
Dios mío, ¿cómo está libre?
—¿Qué acabas de decir? —preguntó el Padre.
—Que es mentira.
La iglesia entera guardó silencio.
—Daphne... ¿cómo estás aquí? —dijo Herald, mi esposo.
—Acaba de decir que Dios nunca abandona a sus hijos—volvió a mirar al Padre Samuel—. ¿Es cierto?
—Hija, podemos hablar después del servicio—le dije.
—No—se negó rotundamente.
—Llevan años diciéndome que hable con Dios, pues hoy voy a hablar delante de todos ustedes.
Algunas personas comenzaron a levantarse, cuando se escuchó un fuerte sonido. La puerta principal acababa de cerrarse y todos se giraron. La figura de una monja estaba colocando el cerrojo.
—¿Qué está haciendo? —gritó alguien.
La monja se acomodó el velo.
—Tranquilos. Si Dios quiere salir, puede abrir la puerta—dijo la monja, con voz gruesa.
¿Era un hombre disfrazado de monja? Era demasiado alto para ser una mujer y su rostro no era tan afeminado.
Era imperdonable. Una aberración.
—Oh, no me mire así, padre. Llevo puesto el uniforme correcto. ¿No se supone que aquí reciben a todos los hijos de Dios?
Las personas comenzaron a murmurar.
“Abran las puertas”.
“¿Quién es esa mujer?”
“¿Qué está pasando?”
—¡Esto es una iglesia! —gritó alguien.
—Lo sabemos—contestó mi hija—. Por eso vinimos. Llevo años escuchando que Dios cambia vidas, por eso he venido a pedir un reembolso por su pésimo servicio.
¿Por qué estaba avergonzándonos delante de todos ellos? ¿No había sido suficiente humillación la que nos hizo vivir desde que era una niña?
—Estás enferma. Necesitas ayuda—dijo Herald.
—Y ahí está—señaló a mi marido—. La palabra favorita de ustedes. Enferma. Pecadora. Impura. Desviada. Monstruo.
Miró a todos los presentes.
Sentí vergüenza, pero también rabia de que estuviera ventilando los problemas de nuestra familia y haciendo este escándalo.
El hombre vestido de monja se sentó en el borde del altar como si estuviera en una cafetería.
—¿Saben qué es lo que más me gusta de las iglesias? Que están llenas de gente convencida de que son buenas. Es adorable.
—¡Baje de ahí!
—No.
—¡Respeten la casa de Dios!
El hombre soltó una carcajada.
—¿La casa de Dios? —miró alrededor—. Entonces debería pagar impuestos.
—Mamá, dime una cosa. Si Dios me creó exactamente como soy, ¿por qué llevaste toda mi vida discutiendo con su trabajo?
—Daphne, por favor, no hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Estás interrumpiendo una ceremonia.
—¿Como ustedes interrumpieron mi vida?
Presioné los labios.
—Padre Samuel—dijo Daphne sin apartar la vista de nosotros—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto, hija.
—Si Dios ama a todos sus hijos… ¿Por qué algunos padres aman más a Dios que a sus propios hijos?
Nadie respondió su pregunta, pero fue un balde de agua fría por encima.
—¿Por qué? —insistió—. ¿Por qué era más importante salvar mi alma que entenderme y protegerme? Díganme, ¿por qué?
Mis manos comenzaron a temblar y a sudar.
—Ustedes querían un demonio y pasaron tantos años buscándolo… que terminaron fabricándolo con sus propias manos. He aquí el fruto de su arduo trabajo—esas palabras me dieron escalofríos al haberlas escuchado de mi propia hija.
La cruz del altar siempre vista como un símbolo de bendición y paz, se levantó por unos cortos segundos por la mano de ese farsante vestido de monja, quien delante de todos los presentes, le cortó el cuello de un extremo a otro al Padre Samuel, cubriendo su vestidura sagrada con sangre.
El Padre Samuel se llevó la mano al cuello, pero la sangre era abundante y en tan solo segundos su cuerpo se desplomó, escaleras del altar abajo.
—“Sin derramamiento de sangre no se hace remisión.” Hebreos 9:22—recitó el farsante.
—Todos ustedes arderán en el infierno—soltó mi hija en medio de los gritos.