Capítulo 23
Incógnitas
Detective Harris
Nunca había tenido un expediente que me siguiera a casa de esa manera. Había investigado homicidios, visto cuerpos en estados imposibles de armar. Había interrogado a asesinos que dormían plácidamente después de descuartizar a alguien. Nada de eso se parecía a esa mujer; a Daphne Graves.
El problema era que cuanto más intentaba entenderla, menos sentido tenía.
Nunca he creído en las coincidencias, por eso el caso de esa mujer me había resultado sospechoso desde el principio.
Demasiadas piezas, nombres, conexiones y una maldita casa en el centro de todo.
Cuando me asignaron la investigación pensé que sería otro caso de violencia doméstica llevado al extremo, pero después encontré el apellido Veil y todo cambió.
Habían pasado años desde la última vez que pensé en Magda. Muchos años. Sin embargo, bastó ver aquel apellido para que todo regresara.
Cuatro años de llamadas nocturnas, de encuentros a escondidas, de conversaciones sobre una vida que nunca iba a existir.
Hasta que ella decidió terminarlo. Recuerdo perfectamente sus palabras.
Decía que amaba a su esposo; Edgard Veil, que lo nuestro había sido un error, que tenía una familia, algo que no le importó en lo más mínimo mientras se revolcaba conmigo.
Yo la dejé marcharse, no porque quisiera, sino porque era lo correcto.
Después me encerré en el trabajo cuando ella desapareció y así terminó nuestra historia.
Años más tarde llegó aquella denuncia. Una vecina escuchó gritos y la policía irrumpió en una propiedad, donde encontraron a un adolescente viviendo encerrado en un ático, desnutrido, maltratado. Apenas era capaz de comportarse como una persona.
Todavía recuerdo las fotografías, los informes, la sensación de rabia e impotencia cuando leí lo que habían hecho con ese pobre niño. No la creía capaz de hacer algo tan terrible junto con el esposo.
Después vinieron los hospitales, los tratamientos, los especialistas y finalmente el psiquiátrico.
El muchacho terminó desapareciendo del radar y fue otro expediente archivado. Otro fracaso. Otra herida que el sistema decidió esconder bajo una montaña de papeles.
Entonces apareció Daphne Graves y la misma casa volvió a cruzarse en mi camino. El destino no suele ser tan creativo.
Cuando ella habló por primera vez de un supuesto hermano de Edward Veil, sentí algo extraño.
Sin duda alguna, no era incredulidad. Si eran hermanos, y es algo que nunca probaron hace tantos años atrás, era más alarmante y preocupante para mí.
Porque podría pensar que ese adolescente fue la verdadera razón por la que Magda decidió terminar la relación.
Debía sacarme esas dudas de la cabeza, y solo con una prueba de ADN podría confirmarlo.
Mientras los demás escuchaban un delirio en la boca de esa mujer, yo escuchaba un nombre que nadie se había atrevido a pronunciar durante años. Por eso de pronto todo comenzó a encajar.
El adolescente del ático. Su fuga y desaparición del hospital psiquiátrico.
Por supuesto que esa entidad existía. Daphne Graves no estaba inventando nada.
El problema era que decir la verdad no la convertía automáticamente en inocente. Ese era el detalle que nadie parecía comprender, porque las pruebas seguían ahí.
¿Por qué Edward Veil negó que Lucien estuviera presente? ¿Qué había ocurrido en ese ático? ¿Por qué no mencionó que Lucien es su hermano? ¿Realmente lo es?
Tenía el diario abierto frente a mí. Sí, otra vez. Siempre terminaba regresando a él.
Las páginas estaban llenas de culpa, rabia, deseo, resentimiento, odio, vergüenza. Era como leer a varias personas atrapadas dentro de una sola cabeza.
Tomé otro documento. Los resultados de laboratorio. La evidencia biológica, la cadena de custodia, los informes. Los había leído tantas veces que prácticamente los conocía de memoria, pero seguía volviendo porque los resultados no resolvían nada. Solo hacían las preguntas más incómodas.
Las pruebas indicaban participación, contacto y presencia.
Eso era irrefutable, pero las pruebas no explicaban voluntad, miedo o coerción.
No explicaban por qué una mujer que afirmaba estar aterrorizada parecía haber permanecido allí durante días.
Ni explicaban por qué, después de acusar a Lucien de destruir su vida, había salido caminando junto a él cuando tuvo la oportunidad de elegir.
¿Era dependencia, trauma, miedo o atracción?
No lo entiendo.
Cerré los ojos.
Por un instante imaginé aquella escena del ático, el ADN de esa mujer cubriendo el miembro viril de Edward Veil, que había sido manipulado e insertado en ella.
Sentí una tensión desagradable en el cuerpo. Algo inmediato e involuntario y la aparté de mi mente tan rápido como apareció.
Maldita sea, quédate fuera.
Llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de este caso.
Demasiado tiempo leyendo las palabras de esa mujer.
Demasiado tiempo observando fotografías que nadie debería observar durante horas.
Me levanté de la silla molesto conmigo mismo, con ellos y con todo, porque empezaba a comprender algo que no me agradaba en lo absoluto.
Esa mujer tenía una capacidad extraordinaria para arrastrar a los demás hacia su enfermedad.
Algo en ella me resultaba imposible de ignorar.
Intenté obligarme a pensar como investigador, como detective, como un maldito hombre racional, pero ciertas imágenes regresaban una y otra vez, como si fueran una infección. ¿Cuánto tiempo faltaba para que yo también terminara contagiado?
La pregunta permaneció rondándome la cabeza mientras observaba el diario abierto sobre el escritorio.
Volví a pasar algunas páginas del principio. El odio hacia sus padres aparecía constantemente.
No siempre de forma abierta, a veces era resentimiento, otras veces culpa.
Había páginas enteras dedicadas a ellos, a la religión, a las iglesias, a los sacerdotes, a los exorcismos emocionales que intentaron practicarle durante años, intentando arrancarle algo que consideraban una enfermedad, tratando de corregirla, de salvarla, de cambiarla, pero solo consiguieron lo contrario. Sembrar odio y rencor en su corazón.
Recordé la visita que le hicieron hace unos meses al hospital.
Vi las grabaciones y oí las declaraciones del personal y los guardias que intervinieron.
No hacía falta ser psicólogo para entenderlo, aquella visita no había cerrado una herida, sino que la había abierto aún más.
Ahora que Daphne estaba libre, libre y acompañada por ese hombre, no había nada que pudiera frenarla.
Pensé en los lugares donde podrían esconderse. Algún motel, alguna casa abandonada, alguna propiedad relacionada con los Veil, algún vehículo robado, pero ninguna de esas opciones me preocupó realmente. Antes de esconderse, las personas suelen hacer otra cosa.
Saldar cuentas. Y ella tenía demasiadas cuentas pendientes.
Mi mirada regresó al diario. Luego a una fotografía de sus padres incluida en los documentos del caso. Sentí un nudo desagradable en el estómago.
No era una certeza, pero sí una posibilidad; una posibilidad demasiado grande para pasar por alto.
Si había algo que había aprendido de ella misma era que jamás dejó de escribir, de pensar sobre ellos y de odiarlos. Las deudas suelen cobrarse cuando una persona cree que ya no tiene nada que perder.
Ya podía imaginar lo que harían los demás como emitir alertas, revisar carreteras, buscar cámaras, interrogar testigos.
Todo lo habitual y correcto. Probablemente todo inútil durante las primeras horas, porque mientras todos estuvieran buscando dónde esconderse…
yo necesitaba averiguar a quién quería encontrar ella.
Pero su dirección creo que la tenía.
Si realmente había dejado de importarle demostrar su inocencia, como le oí decir tantas veces, si realmente había decidido abrazar la imagen monstruosa que todos tenían de ella, entonces existía una posibilidad.
Y es que no estuviera huyendo, sino que estuviera regresando; regresando al origen de todo.
A las personas que llevaban años ocupando más espacio en su cabeza que cualquier otra cosa; sus padres.
Y si tenía razón, el tiempo se estaba acabando. Porque no sabía qué pretendía hacerles, pero sí sabía algo.
Después de leer su diario, después de escuchar sus interrogatorios y después de ver la expresión que tenía al salir del hospital… no estaba dispuesto a averiguarlo demasiado tarde.
Tengo que detenerla antes de que cometa una estupidez.