Pecador Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Hermana Lucille… —hablé con voz dulce—. He sido una chica muy mala.

—Ay, gordita…

—Shhh—incliné la cabeza como si estuviera rezando—. Por favor, sácame de aquí. Prometo portarme bien esta vez.

Mis uñas se clavaron suavemente sobre mis propias piernas mientras imaginaba algo muy distinto.

No era chuparlo, ni tocarlo, era abrirle el cuello, sentir cómo se vaciaba entre mis manos. Mi cuerpo seguía caliente y odiaba que él pudiera convivir tan bien con lo peor de mí.

Descendió lentamente la mirada hacia mi boca, esa expresión hambrienta y satisfecha, como si de verdad creyera que había ganado.

Pobre imbécil.

Deslicé las manos lentamente por el hábito negro hasta llegar a sus rodillas y soltó el aire.

—Eso es… Así me gustas más.

Casi sonreí, porque de pronto resultaba demasiado fácil verlo.

Quería sentirse elegido, necesario. Quería que alguien lo mirara y decidiera quedarse. Quizás eso era lo único que teníamos en común.

Me incliné hacia adelante hasta apoyar las manos sobre sus rodillas.

—Te prometo que voy a chupártelo otra vez si me sacas de aquí. Voy a portarme justo como quieres.

Cerró los ojos un segundo, de verdad le estaba afectando. Sentí una carcajada queriendo subirme por la garganta.

Cuando volvió a mirarme, tenía esa expresión retorcida que ponía cada vez que intentaba ocultar algo que lo excitaba demasiado.

—¿Eso era lo que querías escuchar?

La sonrisa empezó a deformarme la boca antes de poder detenerla.

—Mírate… —dije entre risas levantando lentamente la cabeza—. Te emocionaste de verdad. Eres tan patético como tu hermano, y como todos ellos.

—Pero sigues de rodillas.

—Sí. Estoy aprendiendo cómo funciona tu ego y creo que ya descubrí algo horrible sobre ti, mucho peor que todas tus atrocidades.

No quieres que tengan miedo de ti. Quieres que te amen aunque seas un monstruo.

Por eso viniste, ¿verdad? Porque viste en mí algo que nunca has tenido en tu miserable existencia.

Entonces significa que eres tú quien necesita de mí, ¿cierto, putito?

Esta vez sí dejó de sonreír. De hecho, por un segundo entero. Y eso… eso se sintió mejor que cualquier orgasmo.

—¿Eso piensas? —preguntó.

—Sí—le aseguré, poniéndome de pie.

—Estás en lo correcto.

No esperaba que lo aceptara tan a la ligera.

—Quiero que me saques ahora mismo de aquí.

Si no lo haces, puedo simplemente gritar y alertar a todo el mundo de que la famosa entidad que no me han creído que existe, está vestida de monja delante de mí.

Pueden cerrar el hospital y no permitirán que nadie entre o salga, sin que la policía haya dado contigo.

Tienes todas las de perder. Yo ya no tengo nada—sonreí—.

Porque tú y tu hermano me lo quitaron todo.

No dijo nada, solo se quedó mirándome con una expresión neutral.

—Si te soy honesta, ya ni me importa demostrarle a nadie mi inocencia, si no me creyeron cuando les dije la verdad. Me declararon culpable antes de siquiera tener oportunidad de defenderme. Ahora solo quiero darles la razón.

No parecía sorprendido, tampoco satisfecho, pero me observó como si estuviera intentando averiguar si hablaba en serio.

—Vaya. El hospital te hizo más rápido de lo que esperaba.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que antes todavía querías convencer al mundo de que eras una buena persona.

Su sonrisa apareció lentamente en sus labios.

—Ahora quieres castigar al mundo por no haberte creído.

—No te confundas. Tú sigues encabezando la lista.

La sonrisa se amplió.

Maldito enfermo. Parecía disfrutar cualquier amenaza que viniera de mí.

—No gastes tus amenazas conmigo, gordita.

—¿Por qué?

—Porque iba a sacarte de aquí de todos modos.

—¿Qué?

—Llevo meses preparándolo todo. Buscando el punto muerto donde pudiera burlar la seguridad. ¿Por qué crees que no hay nadie aquí con nosotros? En cualquier momento descubren un par de muertos más. Si no quieres que los añadan a tu lista, será mejor que nos demos prisa.

—¿Meses? ¿Ha pasado tanto tiempo?

—¿De verdad creíste que vine vestido de monja solamente para molestar a las ancianas religiosas?

—Contigo nunca se sabe.

—Es cierto.

Señaló el pasillo detrás de mí.

—Ven—me dijo, pero no me moví—. ¿Qué pasa? ¿Quieres quedarte aquí?

—¿Por qué quieres sacarme, si fuiste tú quien hizo que me encerraran?

—Has bajado de peso. Parece ser que la comida desabrida de este lugar no te ha gustado—cambió el tema.

—Responde mi pregunta.

—Deja de hacer preguntas innecesarias o no podré sacarte.

Nos quedamos mirándonos unos segundos, pero fue él quien apartó la vista primero.

—Muévete.

Comenzó a caminar por el pasillo y lo seguí. Obviamente, no porque confiara o creyera en él, sino porque la alternativa era volver a mi habitación y no estaba dispuesta a regresar a ese encierro.

El hospital estaba extrañamente tranquilo.

Escuchábamos algunas voces lejanas y puertas cerrándose, pero nadie se cruzó en nuestro camino. Nadie nos detuvo.

—Parece que conoces el lugar.

—Los hospitales psiquiátricos son todos iguales.

—¿Hablas por experiencia?

—Hablo porque pasé años encerrado en uno.

Llegamos a una salida de servicio. Una puerta metálica para ser exacta. Nada espectacular o de otro mundo. Cuando la abrió, la claridad del atardecer me molestó la vista.

¿Cómo pudo ser así de fácil y rápido?

¿No era eso demasiado conveniente y extraño a la vez?

Había pasado meses viendo el mismo techo, respirando el mismo aire, escuchando los mismos sonidos, las mismas voces, viendo las mismas caras.

—¿Piensas quedarte ahí todo el día?

Di un paso hacia afuera, pero todo el aire se fue de mis pulmones cuando avisté al detective Harris de pie junto a un vehículo oficial estacionado cerca del camino de servicio, observándonos.

Mi primer pensamiento fue “se acabó”. No importaba cómo Lucien hubiera logrado sacarme, no importaba cuánto hubiera planeado todo aquello, la fuga terminaba ahí.

Lucien se detuvo a mi lado, extrañamente tranquilo, como si ya hubiera previsto todo, pero yo no. Yo solo podía mirar al detective, esperando las esposas, el arma, escuchar la radio pidiendo apoyo inmediato, fugitiva localizada, cualquier cosa, pero Harris no se movió.

—Detective…

Su mirada permaneció fija sobre mí, después se desplazó lentamente hacia Lucien. Durante unos segundos no dijo nada, absolutamente nada, pero ni siquiera se veía sorprendido. Sabía; de alguna manera ya sabía.

—Así que eres tú—dijo finalmente.

Lucien sonrió.

—Y usted tardó bastante en llegar.

—Quería estar seguro.

¿Seguro? ¿Seguro de qué?

La respuesta llegó sola, antes de siquiera formularla, de que Lucien existía, de que no era una alucinación mía, de que no me había inventado a un monstruo para justificar lo ocurrido.

—¿Va a arrestarme? —la pregunta salió antes de que pudiera detenerla, porque seguía sin entender qué estaba pasando, porque eso era exactamente lo que debía hacer y porque yo era la que estaba escapando, no Lucien.

Sus ojos azules volvieron hacia mí.

—Probablemente debería.

Aquella respuesta me hizo sentir peor que un sí porque sonó honesta.

—Entonces hágalo.

Lucien giró la cabeza para mirarme, pero yo seguía observando al detective.

—¿No es eso lo que quiere?

El detective tardó varios segundos en responder.

—Lo que quiero y lo que puedo demostrar son dos cosas distintas.

—Por eso siempre me gustaron los buenos detectives—agregó Lucien.

—No te confundas. No he dicho que seas inocente—esta vez me estaba hablando a mí—. Nunca lo he dicho.

Asentí porque era verdad.

Jamás me había prometido salvarme, tampoco me había dicho que me creía. Lo único que había hecho era seguir haciendo preguntas. Incluso cuando todos los demás habían dejado de hacerlas.

—Entonces, ¿por qué no me detiene?

El detective observó a Lucien otra vez, con mucha atención, como si estuviera memorizándolo, como si llevara meses esperando ese instante.

—Porque si intento hacerlo ahora mismo, probablemente desaparezca otra vez.

Entendí inmediatamente a quién se refería y Lucien también.

—Llevo demasiado tiempo siguiendo fantasmas. No pienso perder el primero que finalmente dejó huellas y se entregó solito.

Lucien entrecerró los ojos.

—Así que esto es lo que va a pasar—dijo, mientras su mirada regresaba a mí—. Te vas.

No era una pregunta, era una constatación.

—Y yo voy a encontrarte después.

Sentí algo extraño en el estómago al escuchar eso, porque sonó exactamente igual que una promesa. Ni siquiera lo consideré una amenaza.

—Pero cuando todo esto termine, Señora Graves, quiero respuestas.

Por alguna razón, eso me afectó más que cualquier acusación. Era la primera vez que alguien parecía seguir viéndome como una persona capaz de elegir, no solo como una víctima o un monstruo, sino una persona y eso resultaba mucho más incómodo que unas esposas.