Pecador Capítulo 22
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Capítulo 22

Reza

Daphne Graves

Los días en este maldito lugar dejaron de sentirse como días después de la segunda semana.

Todo era la misma mierda.

Gritos, pastillas, preguntas, miradas, enfermeras, detectives, habladurías.

Nadie me reconocía por mi nombre, sino como la mujer del ático; la castradora.

Había unas enfermeras que me evitaban por completo, otras disfrutaban demasiado acercándose.

Una de ellas, una mujer llamada Keller, siempre sonreía cuando me daba la medicación.

—Hora de tranquilizar esos pensamientos violentos.

Odiaba su voz. Detestaba a muerte cómo me observaba tragar las pastillas, como si estuviera esperando que intentara escupirlas para pegarme en la cara.

Al principio sí lo hacía. Las escondía debajo de la lengua y las botaba en el inodoro después. Hasta que me encontraron despierta a las tres de la mañana llorando y riéndome al mismo tiempo después de soñar con Lucien cubierto de sangre.

Después de eso empezaron las inyecciones. Según ellos por estabilidad y para ayudarme.

Mentira. Solo querían volverme lenta.

A veces despertaba sin recordar cuánto tiempo había dormido. Otras veces me quedaba sentada mirando la pared durante horas enteras mientras imaginaba cosas increíbles.

La cabeza de Edward abierta contra la mesa. Su verga que no me llenaba ni me hacía sentir nada mientras lo tenía puesto, era la misma que me hizo correr en mano de otro.

Mi cuerpo seguía reaccionando al calor debajo de mi piel cada vez que imaginaba actos violentos.

Incluso encerrada y medicada, seguía siendo yo.

El detective Harris continuó visitándome. A veces preguntaba exactamente lo mismo durante horas, pero nunca tenía una respuesta que sonara cuerda para él.

Los psiquiatras eran peores, porque tomaban notas mientras hablaba. Anotaban cuando lloraba o cuando me quedaba demasiado callada.

Después de un tiempo empecé a odiarlos a todos, pero especialmente odiaba las noches, porque el hospital era más honesto de noche.

Los gritos atravesaban las paredes. Alguien lloraba en el pasillo. A veces escuchaba rezos. Eso era lo que más me alteraba. Las malditas oraciones.

Una paciente del otro pabellón rezaba todas las madrugadas.

“Padre nuestro que estás en el cielo…”

La primera vez que la escuché, vomité. La segunda vez, me tapé los oídos, pero la tercera… me masturbé pensando en arrancarle la lengua.

Después lloré durante una hora entera. Quería morir cada vez que mi cabeza hacía esas cosas, pero otra parte de mí… se sentía viva.

Me entregaron una caja pequeña durante la revisión.

—Correspondencia autorizada—me dijo la enfermera.

Supe que eran ellos antes de abrirla. Mi madre siempre usaba perfume de rosas. Dentro había una Biblia negra, pequeña y con mi nombre escrito en dorado.

“Para que encuentres el camino de regreso a Dios.”

Me quedé mirando esas palabras muchísimo tiempo.

La enfermera debió notar mi expresión.

—¿Quiere que la retiremos?

Negué lentamente.

—No.

Esperé hasta estar sola. Ya sentada en la cama, con las piernas cruzadas y la Biblia sobre mis muslos, la abrí. Tenía versículos subrayados.

Claro. Mi madre siempre subrayaba las partes sobre castigo.

“Y los lanzarán al lago de fuego.”

“Los impuros no heredarán el reino de Dios.”

“Más le valdría no haber nacido.”

Sentí la respiración ponerse pesada.

De pronto imaginé a mi padre arrodillado, no rezando como hace siempre, sino suplicando. Sangre caliente bajándole por la boca mientras yo le hundía las manos dentro del pecho. Y ella, mi madre, mirando. Obligada a ver, a escuchar cómo se ahogaba.

Un escalofrío me recorrió las piernas y cerré los ojos fuerte. Podía imaginar el calor de la sangre. La expresión de terror y desesperación en sus ojos.

Tomé una página entre los dedos y la arranqué lentamente. El sonido me hizo estremecer enteramente.

Cada página que caía en el suelo se sentía obscenamente bien, como arrancarles pedazos de encima, como arrancarle las alas a un Ángel.

Romanos.

Corintios.

Salmos.

Terminé arrancando puños enteros mientras las lágrimas me caían por la cara.

—¡¿Dónde estaba Él?! ¡¿Dónde estaba cuando me llamaban monstruo?! ¡¿Eh?! ¡¿Dónde estaba cuando me encerraron?!

Mi voz rebotó contra las paredes.

Encontré una ilustración pequeña de un ángel y le pasé el dedo por encima. Imaginé algo tan increíble que tuve que morderme el labio para no gemir.

Mi madre ardiendo viva dentro de una iglesia. Mi padre golpeando las puertas sin poder salir y yo observando desde afuera sonriendo.

El calor me subió por el estómago completo, situándose más abajo de mi vientre.

Las páginas rotas quedaron alrededor de mis pies como cadáveres.

Nunca iba a ser suficiente para ellos. Nunca iba a convertirme en la hija limpia y santa que querían. Siempre sería el demonio de la familia.

Mojé mis dedos con la saliva, colando mi mano dentro del pantalón de mi pijama y metiendo mis dedos dentro. Ni siquiera hacía falta la saliva. Estaba tan empapada que mis dedos entraban solos y sin problemas.

—Si para todos esos hijos de puta soy el diablo… tal vez debería comportarme como uno y empezar a disfrutarlo.

†

Odiaba los jueves, porque venían esos dichosos grupos religiosos.

El hospital intentaba venderlo como “acompañamiento espiritual”, pero para mí seguía siendo la misma mierda con otro uniforme.

Nos llevaron al salón común después del almuerzo. Algunos pacientes parecían felices con las visitas, otros solo querían salir de sus habitaciones.

Una mujer comenzó a tocar piano en una esquina mientras dos monjas repartían rosarios pequeños y estampitas.

Siempre buscaba la forma de evadir la situación y escabullirme de este ambiente tan desagradable.

Me levanté antes de darme cuenta.

—Señora Graves—dijo una enfermera—, todavía no termina la sesión.

—Voy al baño.

Caminé rápido hacia el pasillo sintiendo las miradas clavadas en la espalda.

La música siguió persiguiéndome unos segundos hasta desaparecer cuando doblé la esquina.

Ahora silencio, por fin.

Apoyé una mano contra la pared intentando respirar adecuadamente. Por fortuna, el hospital estaba extrañamente vacío en esta ala.

—Qué descortés de tu parte abandonar al Señor así.

Me giré de golpe. Una monja estaba sentada al final del pasillo. No recordaba haberla visto en el salón.

Tenía el hábito negro, las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza inclinada hacia abajo.

—No quiero hablar.

La monja ladeó la cabeza.

—Oh, mi gordita, pero si tú siempre has querido que alguien te escuche.

Esa voz…

No, no podía ser.

Se levantó lentamente, siendo una monja más alta de lo que debería y mi quijada casi toca el suelo al ver a Lucien. El hábito le caía hasta los tobillos, ocultando su cuerpo delgado. Llevaba maquillaje sutil, las pestañas oscurecidas.

¿Cómo entró aquí?

Alzó el borde del velo negro cuando me vio mirándolo fijamente.

—¿Qué pasa, gordita? ¿No te gusta cómo me veo de santa?

Se llevó dos dedos enguantados al pecho e inclinó la cabeza con falsa delicadeza.

—Soy la Hermana Lucille; servidora de Dios y de los casos perdidos.

—Das asco.

—Aun así, no puedes dejar de mirarme. Qué pecado tan feo el tuyo. Excitarte viendo una monja.

—No eres una monja.

—Tú tampoco eras una asesina cuando te casaste… y míranos ahora.

—El único asesino aquí eres tú. Tus muertos me los achacaron a mí.

—Oh, ahí está esa mirada otra vez. La misma del ático. La misma que ponías cuando querías llorar, pero terminabas abriendo más las piernas.

Lo odié tanto que sentí el vapor que se concentró entre mis piernas

El rosario que colgaba de su cintura chocó suavemente contra el hábito negro.

—Tus padres se desmayarían si nos vieran así. Su hija pecadora sola en un pasillo con una falsa monja que probablemente tiene más muertos encima que todos los santos del calendario juntos.

—Cállate.

—¿Por qué? —ladeó la cabeza—. Estoy intentando reconectarte con la fe.

Me miró lentamente de arriba abajo.

—Aunque admito que prefería cuando rezabas mi nombre en vez del de Dios. Ah… ahí dolió.

Levantó una mano y acomodó con suavidad imaginaria una parte inexistente de mi uniforme, como si realmente fuera una religiosa corrigiendo a una alumna.

—Mírate. Tan obediente aquí encerradita. Tomando tus pastillas. Dejando que te llamen enferma otra vez. Casi parece que volviste a ser la niña buena de la iglesia.

Lo empujé del pecho, pero ni siquiera perdió la sonrisa.

—No vuelvas a tocarme.

—¿Por qué? ¿Te confunde? ¿Te hace pensar en cosas impuras? Mmm, porque yo sí estoy pensando cosas impuras contigo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi orgullo y se dio cuenta.

—Sigues siendo tan fácil de leer.

Apreté los dientes.

—No pongas esa cara. Hasta las monjas escuchan confesiones.

Su dedo enguantado rozó la cruz plateada colgando de su cuello.

—Vamos, mi gordita. Confiesa tus pecados. Cuéntame cuántas veces has pensado en abrirle la garganta a alguien desde que llegaste aquí—sonrió malicioso—. Eso pensé.

Sus ojos descendieron lentamente hacia mis manos.

—Y apuesto a que cada vez que imaginas sangre, terminas tocándote después.

Lo abofeteé con toda la fuerza que pude encontrar, pero esa expresión que hizo y el rubor que cubrió sus mejillas, denotaban que había logrado el efecto contrario a lo que buscaba.

Se carcajeó, el labial de brillo ligeramente corrido en la comisura de la boca y la mejilla derecha hinchada, con la marca de mis dedos.

—Ahí está mi putita religiosa favorita. La única mujer que podría golpear a una monja y excitarse por ello al mismo tiempo.

Apreté los puños, temblando de enojo.

—¿Quieres salir de aquí? Entonces ponte de rodillas, junta las manos como la niña religiosa que fingías ser y pídeme que te salve.

Lo miré unos segundos, hasta que no pude contenerme y estallé a reír.

—Oh, Dios mío… —solté entre carcajadas, encontrando cierta fascinación en esa expresión—. ¿Eso quieres?

—Quiero verte suplicar.

Me dejé caer lentamente de rodillas frente a él y vi exactamente el instante en que esos recuerdos de tenerme de rodillas le atravesó la cabeza. El muy maldito se excitó y eso me dieron ganas de destriparlo.

Apoyé las manos sobre mis muslos lentamente mientras levantaba la vista hacia él.