Pecador Capítulo 21
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Capítulo 21

La razón

Daphne Graves

En este lugar el tiempo parece una eternidad. Las horas pasan lentamente. No sé si han pasado días, semanas o incluso años.

Mi peor error fue aceptar la visita de mis padres. No era para menos que los hubieran puesto al tanto de la situación, pero odiaba a muerte que entre todas las personas, fueran ellos quienes tuvieran que verme así otra vez.

Me arrepentí de ver a mi madre entrar, con esa jodida cruz colgándole en el cuello.

Ni siquiera me miró primero, solo miró las esposas y por último el uniforme.

Mi padre entró detrás de ella con la Biblia apretada bajo el brazo.

Todavía recuerdo cuando usaba esa misma mano para sujetarme la cabeza mientras los sacerdotes rezaban encima de mí.

“Expulsen la impureza.”

“Arranquen el demonio.”

El guardia se quedó cerca de la puerta, pero no me quitó las esposas.

—Mírate—soltó mi madre.

Ni siquiera sonó triste, más bien avergonzada.

—Salió en las noticias—dijo mi padre—. Todos vieron lo que hiciste.

¿En las noticias?

—Yo no…

—¡Cállate! —mi madre levantó la voz.

El guardia levantó la cabeza, pero no dijo nada.

—No vuelvas a mentir delante de Dios.

La imagen de ese crucifijo entrando y saliendo de mi empapado coño no debía sentirse tan delicioso como lo hacía. Tal vez esa viva imagen de su Dios contaminado me hizo reír.

—¿Dios?

Mi madre cerró los ojos como si la hubiera abofeteado.

—No pronuncies Su nombre con esa boca sucia.

Tantos malditos años escuchando lo mismo.

Suciedad, impureza, pecado, demonio.

—¿Vinieron hasta aquí para eso? —pregunté—. ¿Para mirarme como si fuera un animal?

—Vinimos porque todavía nos queda algo de vergüenza humana—agregó mi padre—. Queríamos escuchar de tu boca si realmente mutilaste a tu esposo.

Me mordí el interior de la mejilla.

—No entienden nada de lo que pasó.

—No queremos entenderlo.

Mi madre por fin me miró a los ojos. Hubiera preferido odio, pero lo que había en sus ojos era repulsión.

—Siempre supimos que había algo podrido dentro de ti.

—Mamá…

—No me llames así.

Sentí el primer estirón en el pecho. Ese maldito impulso. Las ganas de arrancarle la garganta, de callarla, de verla sangrar por una vez.

El guardia cambió de postura, al parecer notó el cambio en el ambiente.

Mi padre abrió la Biblia.

—Romanos uno, versículo veinticuatro. “Por eso Dios los entregó a los deseos vergonzosos de sus corazones”.

Reí por su patética hipocresía.

—¿Todavía siguen con eso? ¿Todavía creen que Dios se toma el tiempo de mirar debajo de mis faldas mientras deja que monstruos reales respiren tranquilos?

—Tú eres el monstruo.

Las palabras de mi madre me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Porque parte de mí… todavía quería que ella me quisiera.

Qué asco. Qué ridícula era.

—¿Saben qué es lo más gracioso? Que ustedes hicieron esto.

Mi padre frunció el ceño.

—No.

—Sí. Ustedes. Me encerraron con sacerdotes. Me hicieron creer que mi cuerpo estaba maldito. Me hicieron odiarme tanto que terminé siendo presa fácil para alguien peor.

—Nadie te obligó a abrir las piernas como una prostituta enferma.

—¿Qué dijiste?

—Dios nos castigó contigo.

Me levanté tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

El guardia avanzó de inmediato.

—¡Señora Graves, siéntese ahora!

—¡Váyanse a la mierda ustedes y su puto Dios! —exploté, años enteros acumulándose en mi garganta—. ¡¿Dónde estaba su Dios cuando me encerraban en habitaciones para “purificarme”?! ¡¿Dónde estaba cuando me hacían arrodillarme durante horas diciéndome que era basura?!

—Porque lo eres. Nunca debimos haberte traído al mundo.

El guardia me sujetó del brazo cuando avancé. No recuerdo siquiera haber decidido moverme. Solo recuerdo la cara de mi madre alejándose con miedo.

—¡Suélteme!

Forcejeé, escupiendo al suelo frente a ellos.

—¡Hipócritas de mierda! ¡Ustedes me hicieron esto! ¡Ustedes querían un cadáver obediente, no una hija!

—Está completamente trastornada—susurró mi padre al guardia.

Me lancé otra vez, dispuesta a borrarles esa fachada de seres perfectos, devotos e intocables.

Tres guardias entraron después y mientras me inmovilizaban contra la mesa, vi a mi madre persignarse, como si estuviera mirando al diablo, no a su hija.

Lo verdaderamente peor, fue que una parte de mí quiso demostrarle que tenía razón.