Capítulo 29
Paz después de la tormenta
Daphne Graves
Teníamos claro que no podíamos desaparecer sin más.
Antes de llegar a Edward, cuando todavía estábamos en la casa del detective Harris, habíamos tenido que saquear su despacho en busca de dinero.
Fue entre sus carpetas privadas, escondidas en un doble fondo de su escritorio, donde encontramos información del paradero de Edward, la dirección exacta del apartamento seguro otorgado como protección de víctima y testigo, adjunto con su nueva identidad.
No podíamos empezar de cero si quedaba alguien vivo en busca de venganza.
Después de saldar esa cuenta pendiente, manejamos días enteros hasta llegar a un pueblo pequeño en la costa de Oregón.
Aquí siempre hay niebla y la gente es gris; nadie te mira a la cara y nadie hace preguntas.
Alquilamos una cabaña de madera cerca de los acantilados, donde el ruido del mar furioso tapa cualquier cosa.
Lucien consiguió trabajo en un taller de mecánica cerca del muelle. Sus manos ya no estaban manchadas de sangre, sino de grasa negra y aceite de motor. Llevamos una vida normal, o lo más parecido a una vida normal que dos personas como nosotros pueden tener.
Cuando llegó del trabajo, tenía los ojos cansados, pero cuando me vio, esa mirada pesada que me dio desde el primer día volvió a aparecer. Se sentó en el suelo, justo frente a mis piernas, y apoyó la cabeza en mis rodillas.
Le acaricié el pelo, sintiendo cómo se relajaba con mis caricias. Era raro verlo así, tan quieto.
—Estás callada.
—Pensaba en Edward—respondí.
No lo pensaba con culpa, pero cada cierto tiempo su recuerdo me acechaba.
Metió las manos por debajo de mi suéter y estaban calientes, ásperas por el trabajo en el taller. Sus dedos se hundieron de inmediato en los rollos pesados de mi vientre, apretándome con esa fuerza que siempre me ha vuelto loca.
—Ese lisiado nunca supo qué hacer con todo esto—restregó la cara en mi barriga y reí por las cosquillas que me dieron—. Tenía demasiada mujer para tan pocos cojones.
—No importa. Ya está muerto.
—Me encanta que seas enorme, mi gorda. Me encanta que me falte mano para llenarme de ti. Pero estas curvas tuyas se sienten distintas hoy.
—Mmm, ¿por qué será?
Le tomé la cara entre las manos y lo obligué a mirarme fijo.
—¿No te haces una idea?
Puse sus dos manos justo en el centro de mi bajo vientre, donde mi gordura habitual ahora se sentía extrañamente dura como una piedra. Planeaba revelarle la noticia hace varios días, pero no encontraba el momento oportuno.
—Vas a tener que pedir más horas en el taller. Esa leche tuya con la que me llenas todas las noches echó raíces aquí adentro—le dije, pegando mi frente a la suya—. Tu gorda va a tener un hijo tuyo.
Sus manos, que hacía un segundo me estrujaban los rollos de las caderas, se volvieron de piedra.
Sus ojos azabaches se clavaron en los míos sin siquiera pestañear.
No hubo la típica sonrisa irónica con la que siempre me mira, ni un chiste sucio de esos que suele lanzar.
Se me quedó mirando por lo que parecieron minutos, procesando la información a su manera.
Miró mi boca, luego bajó la vista hacia mis manos que sostenían las suyas sobre mi vientre, y volvió a subir la mirada hacia mis ojos.
De repente, se pegó a mí, acorralándome contra el respaldo del sillón, y me agarró de la nuca con tanta fuerza que me obligó a mirarlo fijamente.
—Mío—juro que el cuerpo le temblaba, pero no logré descifrar si era de felicidad o algo más—. Un pedazo de mí metido en toda esta carne tuya.
El recuerdo de su infancia podrida y del ático, pareció cruzarse por sus ojos un solo segundo antes de hablar. Fue ahí donde comprendí su reacción.
—Te llené de tanta leche que ya casi abrimos una lechería.
Me gusta. Me gusta saber que hay una parte de mí flotando en toda esa grasa que tanto me gusta morder.
Me vuelve loco ver cómo mi semilla se acomodó tan bien en toda esta carne tuya—sonrió—.
Toda esta gordura hermosa me pertenece solo a mí—sus pupilas se dilataron, retomando una terrible seriedad—.
Si alguien se atreve a mirarlo como si fuera un error, o si intentan hacerles daño, los voy a abrir en canal desde la garganta hasta los huevos, vivos, para que vean cómo se siente ser basura antes de que les arranque los ojos.
—Confío en ti, papi. Sé que así será.
Me rodeó la cintura con los dos brazos, recostándose en mis curvas y pegando su oreja directamente contra mi estómago como si quisiera escuchar el primer latido de nuestro bebé.
Verlo así, tan rudo, pero completamente entregado a mi cuerpo, me generó un cosquilleo en el pecho que nunca había sentido. Por primera vez en toda mi puta existencia, sentí un golpe de felicidad real, de esa que no le pertenece a nadie más que a nosotros.
Me derretía por completo tenerlo ahí abajo. Lucien no era un hombre que supiera hablar de amor, ni falta que le hacía, pues sabía demostrarme con acciones lo que Edward nunca pudo con palabras y promesas vacías en años.
Me gustaba el peso de su cabeza contra mi estómago, la fuerza con la que reclamaba cada uno de mis rollos, como si en mi gordura hubiera encontrado el único rincón del planeta donde de verdad podía descansar.
Pensé en lo que nos depararía el futuro a los tres.
Me imaginé en unos cuantos años más viviendo en este pueblo, viendo crecer a nuestro hijo que seguramente tendría la misma mirada de su padre, pero que nunca sabría lo que era el encierro, la humillación, la soledad o la agonía, porque nosotros jamás íbamos a permitir que nuestro bebé pasara por lo mismo que nosotros.