Capítulo 18
Solución
Daphne Graves
Desperté por los gritos de Edward retumbando en la habitación.
Quedé de pie a orillas de la cama, con el corazón a mil.
La puerta del ático estaba abierta, pero no había rastros de Lucien en la cama.
Todo lo de anoche se aglomeró en mi cabeza, trayendo consigo ese ardor y punzadas en el culo. Me pesaba caminar.
Subí las escaleras al ático, escuchando la voz de Lucien arriba.
Me detuve quedando a solo dos escalones, no hizo falta hacerlo para sentirme asqueada con la escena que se desplegaba ante mis ojos.
Edward tendido bocabajo sobre una de las mesas de madera completamente desnudo, las manos por arriba de la cabeza todavía amarradas con las cadenas y piernas separadas, pero elevadas, ambas amarradas por una soga fina a las patas de la mesa.
Había lágrimas de sangre bajando por su entrepierna.
Su culo ensangrentado y abierto por una enorme piedra del tamaño de una bola de béisbol.
Lucien usaba las pinzas que le traje de la ferretería para empujarla dentro.
La piedra tenía ligamentos filosos, razón por la que sangraba tanto.
Jamás imaginé ver a mi esposo en esas condiciones. Estaba impactada, no me atrevía a moverme siquiera, pero el asco me llevó a bajar un escalón, mismo que me delató con Lucien.
—No te vayas. Sé que te gusta mirar. Quédate.
Negué con la cabeza.
—Vamos. No podrás creer que existe alguien más glotón que tú.
—¡Lárgate! —vociferó Edward, casi como si me estuviera maldiciendo, al mismo tiempo como si aún quisiera conservar el orgullo intacto.
—A tu esposo le quedó gustando que le detonen el culo. No le bastó con perder la virginidad conmigo, según él por curiosidad, sino que buscaba rellenarse esta boca con hombres, con ese amigo de la gritona, por ejemplo. ¿Cómo no te diste cuenta de eso, gordita?
¿No se harta de abrir más la herida?
Sacó la piedra bruscamente, llevándose parte de la piel en el tirón y arrancándole un grito a Edward, que vino acompañado del sonido de varias piedras cayendo una tras otra de su ano.
Hubo piedras que eran un poco más grandes que otras y no tuvo de otra que expulsarlas por su cuenta, dejando rastros de sangre y heces detrás. El hedor casi me hace vomitar.
—Le estoy aplicando la misma dosis de veneno, la única diferencia es que mi cuerpo no se había desarrollado lo suficiente cuando sembró tantos objetos dentro de mí—hizo un círculo con la mano, simulando un roto pequeño entre el pulgar y el dedo índice—.
Así de pequeño y cerrado era mi culo cuando tenía seis años, pero por su culpa ya no puedo sentir dolor ni cuando hago del dos.
Ahora más que nunca odié mi imaginación. No quería imaginar tales cosas.
—Tú sí sientes todavía—sé por dónde venía con su comentario—, por eso, sé agradecida por sentir, aunque sea dolor.
Este lugar me enferma y me repugna. Es asfixiante y terrible.
Una vez más hui. Esa sensación fría corriéndome por la nuca.
Me senté en la silla del comedor, mirando por la ventana, lo que se sintió que transcurrieron horas.
Los gritos de Edward retumbaban en las paredes.
Pero no me atreví a intervenir en lo que fuera que estuviera ocurriendo ahí arriba.
Eso me convertía en su cómplice, lo sé. Y ese precisamente era mi mayor temor.
Mis ojos siguieron al auto que se estacionó en la casa de la vecina.
Casi arranco la cortina al levantarme para espiar.
Un hombre con dos niñas se bajaron del auto, corriendo a la entrada de la casa.
Le vi llamar varias veces por teléfono al no obtener respuesta cuando tocaron varias veces el timbre.
Caminó por el lado de la casa y mi corazón saltó un latido.
Se percató de la ventana quebrada y no pude hacer nada más que ir de regreso al ático.
En el camino me debatía en si avisarle era lo correcto.
Edward estaba boca arriba ahora sobre la mesa, un torniquete a vuelta y redonda de su verga erecta y roja. Mis manos apretaron el pasamanos. ¿Qué planeaba hacer?
—Hay problemas—le avisé, pero a él no pareció importarle en lo más mínimo, al menos no más que la hoja del bisturí que compré en la farmacia que llevaba en la mano—. Alguien llegó a… —mi aviso se vio interrumpido por el toque insistente en la puerta.
Debe ser ese hombre. Seguramente al ver la camioneta afuera, vino a preguntar por esa mujer. ¿Qué hacemos?
—Llegó alguien a la casa del lado. Es un hombre con dos niñas. Vio la ventana rota. Seguramente llamará a la policía.
—¿Estás pidiéndome que me deshaga de ellos? —se giró a medias, sin darme demasiada importancia.
—No… yo…
—¿Qué otra cosa podríamos hacer si no es matarlos?
—No, por supuesto que no. Puedo hablar con él y decirle que…
—¿Que la vecina te sirvió como estimulación e inspiración personal?
—Eso no es cierto.
—Sé honesta contigo misma, al menos una sola vez, gordita. Tus ojitos brillaban como dos luceros cuando me viste matarla.
Me sentí entre la espada y la pared.
—No puedes matarlos, hay dos niñas con él.
—Bueno, si quieres ir a la cárcel, entonces los dejamos con vida.
—No tienen forma de saber que fuimos nosotros.
—“Nosotros”, eso suena encantadoramente dulce.
Apreté los puños.
Tal vez no puedan descubrir que tuvimos algo que ver, pero ¿y si lo descubren?
¿Y si Lucien dejó alguna pista que los guíe hacia acá?
¿Por qué no se ve asustado o preocupado como yo?
Le vi amordazar a Edward. A todas estas pensé que iba a hacer algo para solucionar lo de la vecina, pero no, su sed de venganza era más importante para él.
—¿No harás nada? —insistí.
—Claro que sí—se acercó, y mis piernas no retrocedieron como quería—. Tengo mucho por hacer—paseó libremente con la hoja cerca a mi cuello, pero sin rozarme—. Anoche te complací con esos besos que me pediste luego del berrinche, entonces ahora te toca a ti complacerme.
—¿Cómo?
—Quiero que lo castres.
—¿Has perdido la cabeza? Siempre he sabido que cuerdo no estás, pero pedirme semejante cosa…
—No te hagas la desinteresada. Ese tipo, tu marido, abusó de ti e incluso te pegó. ¿Ya tan rápido te olvidaste?
—Jamás haría algo así.
—Has hecho cosas peores, gordita. Ya ni puedo enumerarlas porque he perdido la cuenta. Ve esto como una oportunidad que solo se da una vez en la vida. Esa verga asquerosa es la misma que entró sin tu consentimiento, la misma que nunca te causó ni cosquillas—rio.
—No voy a hacerlo.
—Ya veremos—me agarró el cabello tan fuerte que sentí que me lo iba a arrancar de raíz.
Logré zafarme con el empujón que le di en el pecho, pero casi instantáneamente volvió a agarrarme del cabello y me sacudió, arrastrándome por la cabeza y lanzándome entre la separación de las piernas de Edward. Su erección quedó casi cerca de mi frente.
—Haciéndote la dura siempre con quien no ha hecho otra cosa que ayudarte.
¿No sientes un poquito de vergüenza o remordimiento al asumir esa actitud tan inmadura y rebelde conmigo?
Somos del mismo equipo, pero pareciera que no sabes cuál es tu lugar, entonces te lo mostraré—su cuerpo me acribilló por detrás, evitando que pudiera siquiera retroceder, mientras su mano, antes en mi cabello, agarraba mi mano por la muñeca.
La mano que tenía la hoja forzó la mía, haciendo que me cortara justamente donde la acomodaba a presión.
Grité del ardor y el dolor que se extendió por esa zona, especialmente por la sangre que se acumuló en mi puño.
—Las cosas no tendrían por qué ser así, si no fueras tan testaruda.
Una sola cosa te pido y no puedes hacerlo.
A estas alturas pensaré que ese diario no lo escribiste tú.
¿Dónde está esa fascinación tuya por la muerte, por las torturas, por la sangre?
Hasta llegué a pensar que éramos realmente compatibles, pero parece que me equivoqué.
No estoy contento con el berrinche de anoche y tampoco con el de ahora. ¿Quieres tomar su lugar?
Lágrimas empaparon mis mejillas. Se me hacía difícil respirar.
—“Hasta que la muerte los separe”, ¿no es así? Puedo cumplirles ese deseo ahora mismo.
Negué repetidamente, intentando controlar el llanto y la respiración.
—Entonces córtalo. Demuéstrame que estás de mi lado y no en mi contra.
—E-está b-bien.
Mi piel estaba media abierta, sangre bajando por mi muñeca hacia el codo. Dolía más que cualquier otra herida que me haya hecho alguna vez.
Sostuve la hoja temblorosa, viendo la mano de Lucien que antes sujetaba la mía, manteniendo recta la erección de Edward.
No podía ni quería mirarlo a la cara, porque sabía que su rostro iba a perseguirme en cada una de mis pesadillas.
Bastaba con sentir sus movimientos bruscos bajo el peso de mi cuerpo para saberlo.
—Lo siento, lo siento, lo siento… —lo repetí tantas veces, incluso antes de que reuniera el coraje u organizara mis pensamientos.
El sonido no iba a olvidarlo jamás. La carne cediendo bajo la hoja, con la misma facilidad de cortar un papel con tijeras, pero mucho más prolongado y asqueroso.
La sangre caliente cubrió toda la mesa en pocos segundos desde que comencé a cortar.
Incluso salpicó en mi rostro. La sentí caer en mi párpado y en la mejilla.
Los gritos, los temblores de Edward, todo parecía cesar por segundos y luego continuaba, como si perdiera el conocimiento por momentos.
La hoja cortó de un extremo a otro, Lucien quedándose con el pene en la mano como si fuera un trofeo.
—Eres la mejor, mi gordita. Ahora solo falta que tengas un golpe de realidad—hundió mi rostro en el pedazo faltante donde se ajustaba el torniquete y los testículos ensangrentados y el vómito me subió a la garganta.
El olor metálico de la sangre, de la carne recién cortada, de sus genitales sin bañar y las heces pegadas por todo aquello fue nauseabundo e intolerable.
Él se separó, permitiendo que pudiera caer en el suelo, vomitando justo al lado de la sangre, las piedras y las heces que había expulsado Edward antes.
Estaba sucia. El olor no se desprendía de mi ropa, de mi cuerpo, de mi nariz.
—¿Cuál de los dos te gusta más?
Lo miré entremedio de los mechones de mi cabello y el muy desquiciado estaba midiendo su verga con la de Edward, una al lado de la otra.
—Estás loco…
—Siempre supe que el mío era mucho más grande—lo sacudió en la mano, este se veía un poco flácido, casi como un consolador de látex—.
Creo que hay que buscarle un uso, antes de que se pudra—se acercó, tomándome del cabello y tirando mi cabeza hacia atrás—.
¿Qué te parece? —me dio unos suaves toquecitos con la verga en los labios e hice arcadas al sentir la sangre mojarlos—.
No vomites. Es la verga de tu marido. Lo harás sentir mal.
Trató de forzar mis labios para meterlo en mi boca, pero mantuve los dientes apretados.
—¿Otra vez nos volvemos rebeldes?
—No voy a meterme eso en la boca, maldito asqueroso.
—Bien, lo que tú digas—me agarró el cuello, abalanzándose sobre mí en el suelo sucio.
Su presión era tan fuerte, que le arañaba los brazos intentando que me soltara, pero no lo hacía. Prefería morir sin poder respirar, que abrir la boca.
—Maldita sea, antes eras divertida—me soltó el cuello y tosí, buscando aire—. Si te atreves a poner resistencia, me veré en la obligación de matar a esas niñas de la casa del lado. ¿Quieres que las mate también, mi gordita? Me pareció que no querías que lo hiciera, entonces, demuéstralo.
¿Por qué tenía que ser tan cruel y siniestro?
Todo esto es mi culpa. Debí escapar cuando tuve oportunidad.
¿Por qué volví? ¿Por qué me quedé?
Me rendí. Por primera vez asumí las consecuencias de mis errores y de mis terribles decisiones.
Me bajó el pantalón, mi cuerpo desnudo sintiendo esa mezcla de líquidos asquerosos debajo.
Mi cabeza estaba saturada de cosas horribles, pero en medio de ellas, este cuerpo enfermo estaba respondiendo a ese hombre.
No sé por qué estaba lamiéndome y haciendo esas cosas que solamente él hacía que se sintieran bien.
La razón me gritaba que no era el momento de sentirme así, que era terrible, que si antes realmente no era un monstruo, de a poquito me estaba convirtiendo en uno.
Mi cuerpo parecía solo moverse a su voluntad. Ni si quiero evitó o se resistió de que pusiera esa cosa media fría y sangrienta dentro de mí, mientras usaba aún su lengua en mi clítoris.
—Tu marido ha pasado la vida creyéndose la gran cosa, pero míralo ahora, reducido a algo que cabe en mi mano.
Esta mierda floja no puede llenarte como lo hago yo, ¿verdad, putita?
—lo apretó tan fuerte que parecía de goma, entrando y saliendo de mi coño.
La sangre hacía más fácil su entrada—. Eres jodidamente perfecta—se mordió los labios, mientras lo dejaba adentro y sus mejillas se ruborizaban de manera enfermiza—.
Tú no tienes un coño; tienes una puerta al infierno disfrazada de cielo.
Como arrodillarse ante Dios, solo para escupirle en la cara segundos después.
Sabía disfrazar de ternura hasta la crueldad más indecente. Hacía que las peores cosas sonaran hermosas cuando salían de su boca.