Capítulo 17 #2
Escupí su agujero, antes de hundir mi glande dentro y estirarle el culo. Esa expresión de dolor en su rostro, especialmente el gemido que soltó hizo que valiera la pena la espera.
—M-mi c-culo—se estaba tragando las lágrimas y los mocos—. D-duele, d-duele m-mucho.
—Mmm—me mordí los labios, agitando la espátula y haciendo círculos imaginarios en su interior—. Este culito ya no es tuyo, este culito ahora es mío—lo empujé completo, ignorando su dolor, pero también el mío.
Mi verga ardía al sentir su culo desgarrarse. Era la primera vez que lo metía por el culo de una mujer. El de mi papá y el de mi hermano no se sentía como este.
Se sentía tan bien, tan apretado y delicioso, que no podía parar de moverme, ni siquiera al ver su cuerpo tumbado y oír sus dolorosos gemidos.
La espátula se salió cuando tendió su cuerpo y la dejé tirada, enfocándome en esa sensación tan desquiciante
Por supuesto que comprobé que era su primera vez por aquí, por eso la arremetí con rudeza, esperando que pasara rápido el dolor y lo suplantara el mismo placer que me consumía por dentro.
—Por el culo siempre duele al principio, pero el dolor es pasajero y es parte del proceso de adaptación, gordita.
—No eres tan diferente a él… —susurró, sus ojos cerrándose, pero sin resistirse—. A tu hermano.
Su comentario se sintió casi como si me enterraran un puñal a traición.
Me revolvió el estómago, sobre todo, algo en el pecho. Me irritó hasta el punto de sacarlo.
—¿Estás comparándome con él? —una ira insostenible se acumuló en mi pecho.
—Te dije que dolía.
—Sí, pero no dijiste que parara.
—Y si lo hubiera hecho, ¿habrías parado realmente?
—Por supuesto que… —esa respuesta se alargó más de lo que esperaba—. No. ¿Por qué habría de parar? Se sentía rico abrirte.
Sus ojitos grandes y expresivos me miraron con algo que no supe definir mientras se ponía de pie con dificultad.
—¿A dónde crees que vas? No hemos terminado.
Caminó cojeando hacia la mesa y me levanté al verla coger el pantalón y las llaves de la camioneta.
—¿Estás tratando de huir?
—Dijiste que podía irme si quería, entonces sí quiero irme—se puso el pantalón sin bragas.
—¿Y a dónde vas a ir? ¿A la policía? ¿O a ese infierno del que huiste? No tienes a dónde ir, los dos lo sabemos.
¿Por qué me sentía tan encolerizado y agitado al verla cerca de la puerta?
Se suponía que estaba consciente de que esto podría escalar de esta manera, que matarla habría sido la mejor opción. Todavía estaba a tiempo de remediar mi error por haberla dejado viva. Me confié demasiado con esa gorda.
Su mano abrió la puerta y miré el cuchillo que dejé en la funda cercano a la ventana donde estuve esperándola cuando salió a la tienda.
No me jodas. Ella misma me sacudió el culo y ahora se hacía la más indignada y herida.
No puedo entenderla, tampoco sé por qué busco hacerlo.
¿Por qué querría convencerla de considerar su decisión, si podía simplemente arrastrarla y encerrarla en el ático?
Tal vez porque obligarla a hacerlo conmigo después haría que pierda lo divertido.
Maldición, era eso, ¿verdad?
Mierda, mierda y más mierda.
Mis rodillas tocaron el suelo, quizá como un acto de reflejo, por ansiedad o simplemente era una mezcla de todo el remolino que se había acumulado en mi cabeza al verla de espaldas, con genuinas ganas de irse sin mirar atrás.
No estaba perdiendo absolutamente nada que hubiera quedado intacto en mí; ni amor propio, ni orgullo, ni moral. Estar de rodillas no significaba nada para mí.
Quizás el perro siempre fui yo, porque estaba mendigando atención de una gorda loca como ella.
—Vale, pequeña gorda maniática, tú ganas—me di por vencido, atrayendo toda su atención hacia mí, como siempre debió ser—.
Me rindo. No puedo entenderte. Eres complicada.
Supongo que estás enojada porque te duele el culo, pero no tienes que llegar a estos extremos por algo tan efímero como el dolor.
¿Quieres darme por el culo también para que estemos a mano?
Puedo fingir que me lastimas, si eso te hace sentir mejor.
—¿Qué demonios estás diciendo?
—Te daré cualquier cosa que quieras a cambio de que cierres esa maldita puerta y sueltes las llaves—apreté mis muslos al oír lo ridículo y patético que sonaba. Parecía una maldita súplica y lo detestaba—. Dime, ¿qué quieres, mi gordita?
—Yo… solo quiero salir un rato.
—¿Se supone que te crea?
—Me lastimaste y me duele mucho. Necesito estar sola ahora—huyó de mí, dejándome de rodillas y haciéndome sentir peor que la mierda.
Me supo amarga la boca.
Me levanté, tirando y rompiendo todo lo que tenía cerca.
¡Maldita sea!
¿Por qué mierdas tuvieron que terminar las cosas así?
¿Por qué me sentía culpable, si la única culpable era ella?
Oí la risa de mi hermano arriba y le di un puño a la pared, mis nudillos hinchándose.
—Estoy de mal humor ahora, así que no me colmes la puta paciencia—exploté.
—Qué escena tan miserable.
Cerré los puños, intentando controlar ese descontrol de emociones que estaba teniendo por primera vez en años.
—Te dio un poco de atención y ya estabas listo para arrastrarte como un cachorro por el suelo rogándole que no te abandonara.
—¡Cállate!
—Incluso después de todo lo que estás haciendo, sigues siendo esa cosa arrodillada que necesitaba cariño hasta de la mano que lo golpeaba. Solo bastó una mujer dándote la espalda para volver a verte exactamente igual que cuando tragabas mi mierda y llorabas en silencio para que no te escuchara—rio.
Esbocé una forzada sonrisa, incluso sin sentir ganas. No le daría el placer de verme derrotado y menos por una malagradecida como esa.
Quiero torturarlo lentamente, por eso no puedo permitir que me caliente los cascos. Pienso prolongar sus días de vida, sometiéndolo a los mismos castigos que fui sometido.
Atrapé el vaso de cristal, con destino al ático. En el camino revolvía con el dedo la mezcla de nuestros fluidos y pensando en lo rico que la pasamos los dos, aunque las cosas no salieron como esperaba.
—Te traje la cena de hoy. No la desperdicies.
Él mismo abrió la boca obedientemente, pero sé bien cuál era su estrategia.
Quería recuperar el control a su manera, hacerme dudar y creer que mis acciones no influyen de ninguna manera en él.
Pero por dentro, la vergüenza, su orgullo herido y la humillación debía seguir latente.
Eso no se borra fácilmente y lo sabía por experiencia propia.
Me sentía ansioso, inquieto, no podía quedarme en un mismo lugar.
Miraba por las ventanas cada cierto tiempo, pero nada que aparecía.
Dieron las cuatro de la mañana, cuando vi la camioneta estacionarse frente a la casa y casi salgo a recibirla, pero preferí quedarme al margen cercano a las únicas dos sillas restantes de la mesa.
No quería demostrarle que estaba esperándola como un imbécil.
Cuando tenga oportunidad, haré cenizas esas malditas llaves…
Entró a la casa cabizbaja, supuse que esperaba que fuera yo quien hablara.
—¿Dónde estabas? ¿Por qué tardaste tanto?
—Estoy de regreso, tal y como querías. Al final, eso es lo único que te importa… Iré a ducharme.
Increíble, no tenía planeado decirme.
La seguí al baño, recibiendo el golpe de la puerta en la frente.
—Deja la puerta abierta, gorda.
—No te quiero ver.
—No sé qué según tú hice mal, pero vamos, no fue para tanto.
Abrió la puerta, frunciendo el entrecejo.
—¿No fue para tanto?
—¡Joder, ya fue suficiente! Me está hartando tu maldita actitud.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a matarme como lo hiciste con Andrés y Kathy, o como la vecina?
Esa actitud desafiante, totalmente la opuesta a la que había conocido en ella, me encolerizó demasiado. Ni con su inútil marido se comportó así y conmigo lo hacía. ¿Por quién me tomaba?
Mi mano se cerró en su cuello, mientras su cintura chocaba con el lavabo y la cabeza con el espejo.
—¿Eso quieres? —susurré sobre su mejilla—. Tengo millones de maneras para matarte, pero…
¿Había un pero? ¿Cuál era ese pero? ¿Por qué estaba dando un pero en primer lugar?
—Mira, cerdita, ya entendí que por atrás no te gustó y no voy a obligarte a hacerlo si no quieres, pero entonces, no sacudas el culo como lo hiciste, invitándome a sembrarme en ti para después salir llorando.
Tal vez fui un poco brusco, pero ponte en mi posición.
Se siente muy rico estar dentro de ti. No me podía controlar.
¿Cómo quieres que te consuele? ¿Cómo quieres que te haga olvidar lo que pasó?
—Ni un animal merece ser tratado de esa forma en que lo hiciste. No hay nada que pueda hacerme olvidar.
—Difiero en eso, mi gordita—robé sus labios, bajando sus defensas en un milésimo segundo—. Hay muchas maneras—murmuré sobre sus labios, hundiéndome en ellos de nuevo y saboreando su saliva.
Mi otra mano se escabulló dentro de su pantalón, mis dedos colándose entre sus labios. Sus piernas perdieron la fuerza, sus besos volviéndose más intensos y húmedos.
¿Cómo todo el enojo que traía acumulado se disipó como por arte de magia?
Creo que ella no fue la única que bajó sus defensas.
—Solo besos… —su comentario me llevó a mirarla fijamente—. Solo sigue besándome como ahora y voy a fingir que nada pasó.
Ahora mismo podía pedirme cualquier cosa, lo que fuera, y me sentía incapaz de negárselo.
Por un instante comprendí que mi maldito hermano y yo padecemos del mismo mal; habíamos caído redondos por la misma mujer.