Pecador Capítulo 17
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Capítulo 17

Mi gordita

Lucien

Bajo capas de culpa y vergüenza, por fin había dejado salir a flote lo que realmente era.

—Q-quiero c-correrme m-más.

Me mordí el labio inferior con la misma fuerza que quería morderle los suyos.

Su crema batida con sangre, su coño palpitante y ojos llorosos…

Carajo, jamás había visto algo tan jodidamente hermoso.

Había planeado esperar. Seguir entrando en su cabeza lentamente hasta que no quedara nada en ella que no me perteneciera.

Esa puta no tenía idea de lo que me hacía, ni siquiera yo mismo entendía por qué demonios saltaba cada obstáculo que ponía en medio.

Saboreé el crucifijo, el néctar adictivo e impuro de su interior esparciéndose por mi boca. Su honestidad versión líquida.

Cerré los ojos por unos cortos segundos. Su sangre era deliciosa. Nunca probé una igual.

—Fóllame aquí… —se abrió los labios, regalándome una mejor vista de su coño.

No recuerdo haberla visto sonreír alguna vez, sin embargo, ahora lo hacía.

Tiene una sonrisa encantadora.

Empujé la silla con toda la fuerza que reuní, haciendo que cayera hacia atrás con ella. El respaldo se rompió bajo el peso de su cuerpo. Su cabeza recibió el impacto, pero seguía lúcida y patas arriba.

Tenía que liberar esa maldita molestia del pantalón y sembrarla bien adentro de esa gorda. Flexioné sus muslos, dejando su espalda curvada y el coño accesible.

Le di varios azotes con mi glande sobre sus labios mojados y ensangrentados, frotándolo de arriba abajo y hacia los lados con toda la mala intención.

—¿Esto querías, putita?

—Sí, sí, por favor… —esa expresión suplicante me tentó más de lo que debía.

¿Cómo podía negarme a semejante súplica?

Por dentro se sintió mejor acolchado y resbaloso de lo que imaginé. Sus paredes se expandieron, tomando la forma de mi base y tragando centímetro a centímetro sin quejas.

De mi garganta se escapó un gruñido que silencié con el apretón de dientes.

Los gemidos de esa mujer me ponían tan duro y caliente que solo quería oírla más.

El placer de oír la furia de mi hermano en el ático no se podía comparar con nada.

Lo saqué unos cortos segundos para ver su agujero abierto y palpitante, rogando que lo ocupe de nuevo.

—Mira cuán abierta la dejo. ¿Alguna vez viste a tu esposa así? —lo empujé completo de una sola embestida, notando su cuerpo temblar como gelatina—. Gime más duro. Enséñale cuán puta eres.

Esta posición era perfecta. La piel de su coño estirándose y poniéndose roja, casi del mismo color de la sangre. Un roto tan pequeño, pero tan glotón. Su clítoris brotado, buscando atención, sus lonjas juntas y saltando al unísono con mis embestidas, eran una vista difícil de ignorar.

—Apriétalo más, gordita, demuéstrame que no quieres que lo saque.

Mis órdenes fueron escuchadas y puestas en marcha casi de forma instantánea. Casi me lo dobla cuando esa boca sin dientes se contrajo.

—Sí, justo así…

Cerré la mano en su garganta, sintiendo su pulso acelerado bajo mis dedos. Su coño, siempre tan sentimental, lloró de felicidad y gozo. Salpicó mi camisa con sus lágrimas, produciendo un sonido pegajoso y delicioso mientras me clavaba más en ella.

Su cara en estos momentos era digna de grabar. Su rostro rojo, saliva escurriendo por su boca, los ojos húmedos, llenos de lágrimas y blancos, como si estuviera poseída.

Maldita gorda, creo que sí tendré que exorcizar y purificar su cuerpo desde dentro con mi leche.

—Como te encanta que te ahorque mientras te doy un buen trozo de carne.

—S-sí, s-sí, m-me e-encanta—dijo con voz entrecortada.

—Oh, ¿todavía te queda aire y fuerzas para hablar? —usé mi otra mano para arrebatarle el aire y sentí la presión caliente y burbujas que aflojaron su coño.

Me estremecí entero, apretando más fuerte su cuello y viéndola casi desfallecer con mi agarre.

Puedo matarla fácilmente, quebrarle el cuello si solo presiono un poco más, pero no, no la quiero muerta. Eso sería volver al silencio…

Prefiero su coño caliente y empapado, a que esté frío y seco, donde solo pueda usarlo por un tiempo limitado.

Prefiero oírla gimiendo, haciendo sus preguntas innecesarias o sus irritantes ronquidos mientras duerme.

Prefiero esto, ver su rostro vivo, teñido de rojo, pero con colores vivos, a que su brillo sea apagado.

Prefiero sus ojos llenos de lágrimas y pupilas dilatadas, a ojos muertos, sin reflejos o brillo.

Puede que sea cierto… Esta gorda me encanta.

Me sembré en su perverso coño como quien quiere permanecer en un mismo lugar para siempre.

Joder, me vi en el infierno ardiendo en llamas.

Hace unas expresiones tan seductoras que es inevitable que no despierte esas ganas de hacerla mía.

Si pudiera, lo metía con todo y bolas dentro. Es riquísimo imaginarlo.

Dejé ir solo un poco el agarre firme de su cuello al sentir sus pulsaciones a mil.

—A-ahhh, me corro—su voz desgarrada y ronca casi me hace venir como un imbécil.

—Córrete para mí, no te contengas.

Su fuerte estallido provocó que se orinara. El chorro caliente mojó mi camisa y mis muslos. Su cuerpo sufrió espasmos y temblores incontrolables.

—L-Lucien, m-más… —jadeó.

Pasé saliva, mi corazón bombeando rápido. Mis labios se curvaron en una sonrisa.

Mi nombre en su boca se escuchó distinto, casi adorable, aunque no estaba seguro si esa sería la palabra que mejor lo defina. A mis oídos les gustó, pero a mi verga le encantó, porque recibió una fuerte corriente eléctrica por la uretra, latiendo casi a la par de mi corazón.

Arrastré lo que restaba con las patas de la silla, alejándola lejos nuestro. Con su cuerpo de lado, levanté su pierna, descansándola sobre mi antebrazo y volví al ataque.

Quizás eran solo ideas mías, pero mi verga estaba más viva y dura que nunca. Toda la situación era estimulante, desde el chapoteo de su coño mojado, hasta los sonidos de mi hermano arriba.

Saber que seguía mirando, que debía estar duro como yo, deseando algo que no volverá a tener, ah, era un sabor delicioso y dulce como la miel.

Le había arrebatado lo único que al parecer le importaba. Había profanado a la reina que tanto amaba y guardaba en un pedestal. Ahora solo podía verla, más no tocarla. Condenado a verla follar conmigo, a oír los gemidos que le afloja otro hombre y los orgasmos desmedidos que nunca tuvo con él.

Quisiera saber qué es lo que siente. Cuánto le duele. Cuánto le amarga la consciencia. Me encantaría ver su expresión cuando me corra dentro de su esposa.

Pero este solo era el comienzo de mi desquite.

Me vine profundo en su interior, enterrando las uñas en la piel suave de sus muslos y gruñendo fuerte como hace tanto no lo hacía.

Mordí el exterior de su muslo, temblando casi como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

No quería sacarlo. Apenas lo intentaba, sentía cosquillas en la cabeza, pero tenía que hacerlo.

Lo llevé de vuelta hasta el fondo, haciendo varios movimientos circulares en su interior y sacándolo despacio, para volver a hacer lo mismo y sentir su cuerpo vibrar.

Alcancé en la mesa un vaso de cristal, derramando el contenido y acercándolo a su cavidad dilatada y enlechada.

—Empuja. Sácalo todo.

Maravillosa la vista de su cueva chorreando mi semen. Me mordí los labios instintivamente, sintiendo a su vez mis bolas llenarse.

—Vamos a recolectar toda la leche que vas a sacarme. No te olvides que nos toca alimentar a ese cerdo que tenemos arriba.

Solté su pierna, dejando que descansara unos minutos y recobrara el aliento. Los dos lo necesitábamos. Pero ese cuerpo tan tentador y perverso era demasiado rico para no contemplarlo. Especialmente ese culo y muslos grandes.

Descansé mi verga todavía erecta sobre su nalga izquierda, frotándolo sobre su piel suave y mordiéndome el labio al sentirme con ganas de seguirla follando.

—¿Y si te rompo el culo ahora, mi gordita?

Se arrastró lentamente, levantando el culo hacia arriba y gateando en cuatro patas.

—¿Lo quieres? Atrápalo si puedes—esa sonrisa maliciosa era peligrosa

La perrita tiene ganas de jugar, ¿cómo iba a negarme?

Solté el vaso sobre la mesa, tomando prestada la espátula recta de metal que planeaba usar para el postre. El mango era de plástico, pero no iba a hacerlo tan fácil para ella.

Fui gateando detrás suyo, cediendo a su juego como un buen hombre lo haría. Tremenda vista la de sus dos agujeros a la intemperie. Uno abierto y el otro cerrado, como si me estuviera guiñando el ojo.

Sostuve su pierna, atrayéndola hacia mí y arrastrando su cuerpo por el áspero y frío suelo.

—¿Crees que te dejaré ir muy lejos, perrita? Veamos si todavía te quedan ganas de huir—sembré mi rostro entre sus nalgas, aspirando su aroma y dejando una lamida desde su enlechado coño hacia su culo cerrado y oí sus uñas arañar la madera en un intento por mantener el equilibrio.

Lamí la punta de la espátula por ambos extremos, acercando la hoja fría y lubricada a sus labios menores.

—Te mantendré ocupada en ambos rotos—lo empujé en su cavidad y su grito aceleró mis latidos.

Poco a poco la hoja desaparecía y su cuerpo temblaba sin control.

—Muy bien. Lo estás dominando. Ya casi entra completo.

Ella era mi postre, por eso debía prepararla adecuadamente, para que comérmela entera fuera un lujo exquisito y único.

Para hacer de su incomodidad algo más llevadero e intenso, ocupé mi boca en su pequeño culito. Lo lamí a vuelta y redonda, mientras entraba y sacaba despacio la espátula en su coño. Sus jugos cubrieron el mango de plástico y mis dedos; esa mezcla de semen, sangre, sus fluidos femeninos y orina.

Succioné su tenso culito, cada vez forzando mi lengua rígida en su interior, pero no quería darme la bienvenida. Me pregunté si mi hermano había estado aquí antes, porque era sospechosa su actitud, pero planificaba descubrirlo de una maldita vez.

Mi verga ya seca la lubriqué con sus fluidos, agitando la mano libre en la base y acercando mi cabeza en su pequeño culo. El aire se volvió tenso, tanto como todo su cuerpo.

Me miró por arriba del hombro, pero no dijo nada, ni siquiera pidió que me detuviera. Supongo que entonces sí lo quiere.