Capítulo 16 #5
—¿Eso es un cumplido disfrazado de insulto?
—Siento curiosidad de ti y de tu mente…
—¿A qué viene eso?
—¿Te obsesionan tanto los testículos? ¿Es otro de tus fetiches?
Casi escupo la maldita albóndiga que me había echado en la boca.
Agarró una albóndiga entre dos dedos, mirándola curiosa.
—Son casi del tamaño de los míos.
Todo mi rostro se calentó de la pena. Este tipo es un sinvergüenza de lo peor. No tiene ni una chispa de pudor. Además, ¿cómo se le ocurre comparar una cosa con la otra?
—Si los quieres en tu boca, solo tienes que pedírmelo.
—No me jodas… —solté, casi exploto como una bomba—. ¿Por qué todo lo ves con un doble sentido? ¿Quién en su sano juicio compara unas albóndigas con unos testículos?
—¿Cuál de los dos te gusta más?
Oí los insultos de Edward arriba de nosotros dirigidos a Lucien y levanté la mirada hacia las grietas del techo, cuando el pie de Lucien descansó entre medio de mis piernas, a la altura de la silla.
—Mírame mientras te hablo.
—No sé por qué nuestra conversación siempre coge el mismo giro.
—Porque tienes hambre, tanto como yo—echó la silla hacia atrás, metiéndose bajo la mesa y gateando hacia mis piernas.
Enderecé la espalda, incapaz de concentrarme en los gritos e insultos de Edward.
Sus manos separaron mis piernas, descansando su cabeza entremedio de ellas.
—¿Q-qué estás haciendo?
—Sigue mirándome. Solo existo yo aquí.
Mi corazón martillaba fuerte en mi pecho al verlo entre mis piernas. Quitó el botón de mi pantalón, bajando luego el cierre y ni esperé que hiciera el trabajo solo. Me levanté a medias para bajarlo y él aprovechó la oportunidad de bajar mi ropa interior a la par.
Sé bien que sus intenciones eran sacar a Edward de quicio porque ambos sabíamos que estaba mirándonos desde arriba, por eso sus insultos y golpes con la cadena en la madera no cesaban.
Estaba dándole ese gusto a Lucien, pero no diré mentiras, lo hacía también por mi propio placer y beneficio, porque su boca es algo que no supero. Todo el día torturándome y dejándome a medias había provocado que no desaprovechara ni una sola oportunidad.
—D-Daphne, no te atrevas—nada de lo que Edward pudiera decir, tenía el poder de cambiar la decisión que ya había tomado—. ¡Los voy a matar a los dos!
Me abrí de piernas por mi cuenta y en sus labios se ensanchó una sonrisa depravada.
Ya conoce mucho sobre mí, por lo que fingir ser alguien que no soy no es algo que me importe en lo absoluto ahora mismo.
Puse mis manos por debajo de las piernas abiertas y separé mis labios, invitándolo a la zona que deseaba ser atendida y devorada. Su pulgar hizo varios remolinos para nada gentiles en mi clítoris.
—¿Estás así de mojadita solo por hacer cerebrito conmigo? —hundió el rostro en el valle de mi humedad y me mordí los labios, mis ojos virándose quién sabe a dónde.
Su aliento caliente y carnosidad de sus labios en esa zona hirvió mi sangre y hasta mi piel de deseo. Es tan pervertido y ese hecho me excitaba tanto.
Restregó su cara en mi intimidad, embadurnándose hasta la nariz en el acto, antes de acaparar con su pervertida y juguetona lengua esos jugos desbordados antes causados por su simple cercanía. Sus técnicas orales eran capaces de hacerle perder el juicio a cualquiera.
Mi cintura se movía sola sobre la silla, bailando a la par de sus lamidas y chupones en mi clítoris mientras su mirada salvaje y feroz escaneaba mis reacciones.
Primero movimientos intermitentes al sentido del reloj y luego viceversa. Sentía tanto calor, casi como si estuviera al límite de una fiebre mortal.
Oh, mierda, me sentía desfallecer con esa manera tan despiadada de usar su lengua. Nada de esto que estaba sintiendo podía ser normal.
¿Cómo me había perdido todo esto?
Casi me vengo en su boca, pero ese maldito se detuvo cuando estaba a nada de explotar.
—¿P-por q-qué siempre me dejas así? —le reclamé, y sonrió malicioso.
—Porque hoy vas a venirte para él—miró hacia arriba y pensé que se refería a Edward, pero de su bolsillo trasero sacó el crucifijo de plata que por mucho tiempo cargué en la cartera y ni en cuenta de que había desaparecido—.
Lo odias, ¿no es así? Hoy podrás humillarlo, así como tus padres te humillaron a ti—le dio varios toquecitos a mi clítoris con la parte trasera de la cruz.
Apreté los dientes.
Dejó caer su saliva sobre la cruz y, aunque tuve tiempo de sobra para cerrar las piernas o evitar lo que fuera a hacer con ella, simplemente lo seguí con la mirada.
No me desagradó la situación, pese a sentir cómo el crucifijo se abría paso a mi interior, el rostro de ese Dios perdiéndose en mi sucio e impuro coño.
Verlo cubierto de mi suciedad, cuando para todos él era perfecto, puro y sagrado, se sintió reconfortante y, en cierto modo, excitante.
Mi madre solía colgar cruces en cada rincón de la casa, como si esa mierda bendita pudiera contener eso podrido dentro de mí. Dormía con una biblia bajo la almohada y me obligaba a rezar de rodillas hasta que sangraban.
“Dios es el único que puede expulsar al demonio de tu alma”, repetía una y otra vez mientras lloraba mirándome como si yo no fuera más que una maldición con la que debía cargar como castigo.
Los sacerdotes marcaban esa cruz en mi frente con aceite y agua bendita mientras rezaban, convencidos de que mis pensamientos eran obra del diablo.
—Míralo bien, cerdita. Graba en tu mente cómo ese Dios inútil que dejó que te hicieran tanto daño entra y sale de tu rico coño.
Tragué saliva, sin perder de vista el puño de Lucien alrededor de la parte baja de la cruz, empujándolo hondo y rápido. Curvé más la espalda, sintiendo escalofríos y ese calor insoportable. Mis gemidos se adueñaron de la casa.
La parte externa de su dedo índice tenía rastros de sangre al chocar con mis labios, que no supe que era mía, hasta ver que la mitad de la plata salía cubierta de cabo a cabo.
Lo había contaminado con mi sangre sucia.
Pero no dolía sangrar, a pesar de saber que debía ser por su brusquedad.
Se sentía tan bien ser clavada una y otra vez.
Su otra mano entró al juego y frotó mi clítoris de manera impulsiva y persistente. Mis uñas se clavaron en la parte externa de mis muslos, mientras mis gemidos se sincronizaban con el chapoteo de mi humedad y sangre mezclada.
—Vamos, putita, muéstrale quién manda—usó la punta de su lengua para estimular mi clítoris mientras seguía entrando y saliendo, llevándose cualquier rastro de cordura que pudiera residir en mí—. Córrete sobre ese inútil.
Recé tantas veces; tantas malditas y jodidas veces, pero jamás me respondió. Ni cuando mi madre me llamó aberración, ni cuando mi padre evitaba tocarme como si pudiera contagiarle algo maligno, mucho menos cuando me encerraron por admitir que las historias sobre asesinos me hacían sentir viva.
Si ese maldito Dios existía, entonces disfrutó verme pudrirme lentamente en ese lugar.
A estas alturas, ya no buscaba salvación, solo quería arrancarme de encima esos años de vergüenza, culpa y oraciones vacías.
Ojalá, mis padres, estuvieran aquí. Quisiera ver sus expresiones, oír sus pensamientos, deleitarme con ellos y su amargura.
Lucien no era como ese Dios mediocre; él sí respondía cuando temblaba y convulsionaba de placer.
Él sí veía cada parte horrible de mí y sonreía en lugar de apartarse horrorizado o buscar cambiarme.
Él no quería salvar o purificar mi alma, como todos ellos; él quería hundirse conmigo en lo más sucio de mi cabeza y hacerme sentir cómoda ahí dentro.
Quería abrirme el pecho y acariciar todo ese morbo y deseo retorcido que llevaba escondido desde niña, hasta conseguir que dejara de sentir vergüenza por ello.
Lo logró.
Dejé de sentirme defectuosa por ese monstruo cubierto de mis fluidos y sangre que parecía conocer cada parte corrupta de mí mejor que yo misma.
Tal vez eso era exactamente lo que llevaba toda la vida buscando; alguien como él…