Pecador Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

—Pero está bien, gordita. Puedes seguir fingiendo conmigo.

Cuando regreses, voy a dejar que vuelvas a decirme que no quieres esto—su mano subió despacio por mi cintura de manera descarada y posesiva—.

Y yo voy a seguir haciéndote creer que te estoy obligando, solo para escuchar cómo se rompe tu voz cuando olvides seguir mintiendo.

—Terminaré de bañarme para irme antes de que sea más tarde.

Se separó, sin desviar la mirada y sin borrar esa sonrisa pícara de los labios.

Me sentía algo incómoda y despistada bañándome con sus ojos encima y esa erección que ni se inmutó en ocultar.

Esos pensamientos cuando estuve de rodillas frente a él me atacaron brutalmente, así como la expresión que tenía plasmada en su rostro mientras terminaba en mi garganta.

Me mordí los labios instintivamente.

Jamás vi un hombre tan atractivo y sensual, que con solo mirarlo enviara corrientes eléctricas por todo mi cuerpo… y sus besos, ah, son exquisitos. Me derrito solo de pensar en ellos.

Sacudí mi cabeza rápidamente y alcancé la toalla para salir de la bañera.

“Basta, Daphne, céntrate”, me dije a mí misma.

†

Salí a varias tiendas con ayuda del GPS y encontré cada una de las herramientas. Incluso tomé la debida precaución y me esforcé en no llamar tanto la atención. Iba por las góndolas tosiendo y fingiendo tener una gripe insoportable.

Mientras regresaba, la idea de huir se atravesó en mi mente. Me preguntaba, ¿por qué estoy haciendo esto? Comprando herramientas que serán usadas con mi esposo. Esto me convierte en su cómplice.

¿Qué me garantiza que luego de vengarse de Edward, no seré su próxima víctima?

Apreté el volante.

Pero detrás de esas dudas, apareció la imagen de su cuerpo maltratado. De lo que Edward le había hecho. También lo abusó delante de mí, confirmando que no era la primera vez que lo hacía.

Lucien sufrió mucho, no puedo siquiera imaginar todo lo que vivió. Dijo que sus padres también tuvieron que ver y solo pensar en ello me enfurece, me llena de tristeza y de ira.

Puedo irme, pero… ¿realmente quiero hacerlo?

¿Qué hago?

No se trata solo de no tener a dónde ir, porque cualquier lugar ha de ser mejor opción que regresar a esa casa.

¿Me sentiré mejor huyendo? ¿O me voy a arrepentir después de haberlo hecho? ¿Estaba preparada para descubrirlo?

No, no lo estaba.

Regresar no era una decisión sensata, pero ¿en qué momento he usado bien la cabeza? ¿En qué momento de mi vida he tomado buenas decisiones?

Nunca.

Ni siquiera venir a este estado lo fue.

He vivido toda mi vida huyendo, pero no quiero hacerlo más.

Me bajé de la camioneta y miré hacia las ventanas selladas del ático.

Cada quien cosecha lo que siembra. ¿Y quién era yo para intervenir en el destino que él mismo se buscó?

Accedí al interior de la casa, donde Lucien me estaba esperando sentado en la mesa y con mi diario en la mano.

—¿Alguna vez sentiste curiosidad por matar a alguien? —cerró el diario, dejándolo sobre la mesa—. ¿O nunca te atreviste a saciar esa curiosidad?

Puse las bolsas sobre la mesa, las manos me comenzaron a sudar por su pregunta.

—Creí que habías terminado de leerlo.

—Todavía te quedan demasiadas páginas por escribir.

—Encontré todo lo que pediste. La sierra sigue en la camioneta… pesa demasiado.

—No contestaste mi pregunta—insistió.

No va a rendirse hasta obtener una respuesta.

—Todo el mundo siente curiosidad por matar alguna vez. Aunque sea por un segundo. Cuando odias a alguien, cuando alguien te humilla, cuando te arrebatan algo. La diferencia es que la mayoría finge que nunca lo pensó.

—Pero tú no finges… Tus padres te tenían miedo.

—Mis padres creían que estaba enferma. Que tenía algo podrido dentro de mí.

—¿Por desear monstruos?

—Me llevaron con sacerdotes antes que con los médicos. Rezaban mientras me sujetaban las manos. Decían que un demonio hablaba a través de mí. Que Dios podía salvarme si dejaba de pensar como lo hacía.

—¿Y funcionó, gordita? —sonrió burlesco.

—Solo consiguieron que odiara todo lo que ellos amaban. A ese Dios misericordioso que observó cada cosa que me hicieron y nunca dijo o hizo nada— ¿por qué me sentía más liviana al hablar de esto con alguien?

—Entonces sí los odiabas.

—A veces imaginaba cómo sería verlos muertos—confesé—. Solo eso.

—Pero nunca lo hiciste.

—No.

—Matar no arregla nada. Solo… calla el ruido por un momento.

—Eres la última persona en el mundo de quien esperaba oír eso. ¿No es algo contradictorio, teniendo en cuenta que tienes a Edward encerrado en el ático?

—Después de cierto punto, cuando todos te ven como un monstruo, empieza a sentirse inútil intentar ser otra cosa. Además, no te miento, se siente bien. Me pone duro ver la sangre correr y bañarme en ella. ¿Y tú? Si hubieras matado a tus padres, ¿habrías dormido mejor?

La peor parte era que sí tenía una respuesta a esa pregunta…

—Sí, habría dormido mejor sabiendo que las dos personas que tanto daño me hicieron recibieron su merecido castigo en la tierra—me desahogué, sin quedarme con nada por dentro.

—Por fin das una respuesta honesta—se levantó de la silla, caminando hacia mí—. Creo que me gustas, cerdita—lanzó ese comentario como si estuviera diciendo cualquier otra cosa de esas que suele decir siempre fuera de lugar.

Aun así, no pude disimular el rubor que tiñó mis mejillas.

—Esas palabras no son cualquier cosa.

—Eres la primera mujer a la que he mirado y pensado: “quizá no quiero verla muerta todavía”. Si no es porque me gustas, entonces, no sé por qué otra razón sería.

No supe qué responderle, tampoco estaba segura de cómo llegó a esa conclusión.

Lo único que me perturbaba era su inestabilidad mental y actitud cambiante.

Lo volvía peligroso y poco fiable. En un momento se mostraba así y en otros me amenaza cada vez que puede.

Es incierto lo que me esperaba si me quedo aquí con él.

—¿En qué piensas?

—Dijiste todavía. Significa que eso puede cambiar en cualquier momento.

¿Por qué posponer algo que puedes hacer ahora mismo?

¿Es porque no me has follado o porque aún te sirvo más viva que muerta?

¿Realmente crees que Edward, después de todo lo que me hizo, sentirá algo, lo que sea, al verme follar contigo?

Él no me quiere, y tengo la sospecha de que nunca lo hizo verdaderamente.

¿Qué sacas con todo esto al incluirme en tu venganza?

—Primero tenía mis dudas sobre lo que sentía mi hermano por ti, pero se me hace bastante evidente que sí lo traes de cabeza.

Nunca le había visto una expresión tan profunda, como la que vi cuando me colé entre tus piernas.

Al igual que cuando le confesaste todo ahí arriba.

Nunca le vi perder el control o la compostura, ni una sola vez.

O al menos, se las arreglaba para no darme ese placer.

—¿No te parece una manera poco convencional la muestra de su amor por mí? No solo me fue infiel y buscó justificarlo, abusó de su hermano frente a mis narices, abusó de mí mientras estaba inconsciente, me golpeó y planeaba dejarme en el ático amarrada peor que a un perro. ¿Eso es amor para ti?

—¿Y cómo se supone que sea el amor, según tú? —lucía curioso por oír mi respuesta.

Pero era la menos indicada para darle una respuesta.

Creí que había conocido el amor cuando conocí a Edward, pero ¿era amor de verdad o solo vi en él un escape a mi pasado, a mis padres y a mi verdad?

¿Era amor de verdad si le ocultaba mi pasado, mis miedos, mis luchas, mis deseos, mis anhelos?

¿Era amor de verdad si fingía sentirme plena, completa y feliz en sus brazos, a pesar de sentirme infeliz y miserable después?

¿De verdad un monstruo como yo era capaz de sentir amor o merecía siquiera ser amada?

—Iré a preparar algo de cenar—esquivé la pregunta, como su mirada curiosa y caminé hacia a la cocina, huyendo como lo cobarde que era.

Por lo visto, eso era lo único que sabía hacer y lo que he hecho toda mi vida.

†

Me moví a través de la cocina, en busca de ingredientes y de alejar esa sensación tan opresiva de mi pecho.

Lucien estaba cruzado de brazos, apoyado en la pared que separaba el cuarto de lavado y la puerta trasera.

No estorbaba en el medio, tampoco hablaba, solo se limitaba a observarme.

Sus ojos me seguían a cualquier esquina que me movía.

Hice unos espaguetis con albóndigas rellenas de queso, acompañadas con unos panecillos con ajo. De postre, serví el flan de queso que hice hace dos días y era el favorito de Edward.

Preparé la mesa del mismo modo que lo hacía para cenar con mi esposo, pero se sentía extraño tener de compañía a alguien más, de quien no conocía absolutamente nada, aparte de su sed de venganza.

No me ayudó en nada, pero cada vez que caminaba de la cocina a la mesa y de la mesa a la cocina, me seguía como si fuera el rabo de un perro. Me tenía nerviosa y ni siquiera pude disimularlo.

¿Por qué me sigue? ¿No le es suficiente con vigilarme?

Cuando me senté, él hizo lo mismo, pero en la silla de al frente. Miró el plato varias veces, luego usó el dedo para mezclar la salsa con los espaguetis.

Lo observé fijamente, incapaz de apartar la mirada.

¿Por qué se ve tan extraño? Como curioso e intrigado. ¿Acaso no le gustan las pastas?

Mierda. Debí preguntarle antes.

Usó dos de sus dedos como tenedor para llevarse una pequeña cantidad a la boca y mis ojos casi se salen de órbita. Estaba caliente la comida para andar cogiéndola con la mano. Especialmente las albóndigas, pues el queso se conserva el doble de caliente por dentro.

Succionó el espagueti detrás, frunciendo los labios, pero arrugando la cara. Su expresión no parecía para nada de disgusto. Quizá sí le gustó y solo lo había malinterpretado.

Me sorprendí sonriendo por alguna extraña razón. La verdad es que, por algún motivo, me pareció que sus expresiones no encajaban en lo absoluto con el rostro rudo y maduro que poseía.

Tiene un tenedor al lado del plato, ¿por qué come con las manos?

Planeaba hacerle la pregunta, pero me sorprendió con su comentario.

—Ahora entiendo la razón por la que estás tan gorda.