Capítulo 16 #3
Edward estaba reacio y revolviéndose bajo el peso de Lucien, con los ojos bien abiertos y tirando de la cadena, pero no podía elevar los brazos para sacarlo de encima.
—Vamos, tu orgullo no servirá de mucho aquí. Usa el cerebro y conserva tus dientes por ahora, ¿sí? Dame el placer de arrancártelos uno a uno luego, ¿quieres?
Impaciente al no conseguir lo que quería, decidió cambiar de método, a uno más eficaz a simple vista. Guardó el cuchillo, optando por taparle la nariz con fuerza y presionando tan fuerte que parecía hecha de goma.
—Bueno, entonces esperaré a que abras la boca. En algún momento tienes que respirar, ¿verdad? —rio insidioso, como niño haciendo una travesura.
Sostuvo su verga con la otra mano, esperando con una paciencia envidiable.
Edward no se rendía, su orgullo herido no le permitía ceder tan fácilmente, sin embargo, solo era cuestión de tiempo para que tuviera que abrir la boca y tomar una bocanada de aire.
El rostro rojo, las venas a punto de explotar y los ojos llorosos, hacían bastante evidente que su fracaso estaba a la vuelta de la esquina.
Lucien orinó en su boca, su puntería siendo la más precisa que hubiera visto.
Aunque Edward intentaba no tragar, la necesidad de recibir aire en los pulmones le llevó a tomar una cantidad moderada.
Expulsó vomito mezclado con orina, mismo del que parte tuvo que volver a tragar.
Incluso su nariz lloró con la misma sustancia.
—¿Ves? No era tan difícil—se volteó hacia mí—. Tenemos un inodoro personal, gordita—compartió su felicidad, como si fuera un logro del que debía alardear—. ¿Quieres sentarte?
—Yo… paso.
Era asqueroso ver el vómito con esos residuos de la comida que había ingerido.
Ni en mil años creí verlo en ese estado tan deplorable. No sabía cómo sentirme. Pero bien adentro, era consciente de que lo merecía luego de lo que le hizo a Lucien, y por supuesto, lo que me hizo a mí.
Se puso de rodillas al lado de Edward, quien todavía no se recuperaba del todo, volteando su cuerpo y subiéndose a su espalda del lado contrario. Me pidió que le buscara el otro cuchillo abajo y solo me limité a obedecer.
Le entregué el cuchillo y retrocedí tres pasos.
Edward navegaba sobre su propio vómito, fatigado y con arcadas.
Mis oídos grabaron con escalofriante nitidez el sonido del golpe en la zona posterior baja del tobillo con el cuchillo.
Jamás había oído a mi esposo gritar del modo en que lo hizo.
La sangre no era excesiva, pero el dolor debía ser desesperante y angustiante para que no parara de gritar y llorar.
Hizo lo mismo en el otro tobillo, sin esperar que se recuperara del otro golpe.
—No volverás a caminar, vas a arrastrarte como gusano en la tierra por el resto de lo que te queda de vida, sumergido en constante agonía y miseria. Vendré todos los días a visitarte a darte el mismo trato especial que me diste.
¿Qué cosas horribles vivió en el pasado para que esté tan lleno de odio?
Llevé mi mano al pecho.
¿Por qué siento la necesidad de saber más de él?
—Vamos abajo—dijo Lucien, luego de reincorporarse.
Lo seguí escaleras abajo y fue camino al armario.
—Necesito que vayas a la tienda por unas herramientas. No puedes comprarlas todas en un mismo lugar o sería muy sospechoso.
—¿Qué tipo de herramientas?
—Herramientas de trabajo extremo. En ferreterías podrás conseguir algunas y otras en la farmacia. No tengo mucho dinero guardado, pero el de tu esposo puede servir.
Busqué en mi gaveta una libreta de notas y un bolígrafo.
—¿Por qué tus padres no te incluyeron en la herencia? Se supone que ese dinero lo hayan dividido entre Edward y tú.
No respondió la pregunta, solo quedó mudo.
—Escríbeme todo lo que necesitas.
Se quedó observando el bolígrafo fijamente, dejándome con la mano extendida.
—Escríbelo tu. Mi letra no es legible.
Está muy serio. No puedo descifrar lo que piensa.
—¿De verdad no podrá caminar nunca más?
—Ahora eres la esposa de un hombre invalido, ¿qué se siente, gordita? —sonrió malicioso.
—No es gracioso.
—¿Y esto sí lo es? —su dedo pulgar acarició mi labio partido, y la corriente de dolor me obligó a respingar.
—No lo toques. Me duele.
—No podrás chuparlo por unos días—volvió a acercar la mano con la intención de tocarme, pero retrocedí—.
Le diste permiso a golpearte, ¿yo también lo tengo?
—llevó su puño hacia mi boca y me sobresalté pensando que sí lo haría—.
Voy a golpearte, pero será en un lugar que te guste y donde pidas más—extendió el dedo índice, elevando mi mentón—. Como tus nalgas por ejemplo.
Retrocedí dos pasos, en un intento desesperado por reaccionar y volver a la realidad.
—Voy a ducharme antes de salir.
—¿Es una invitación?
—Por supuesto que no.
Sonrió descaradamente.
—Tendrás que usar una mascarilla. Si te ven ese labio partido y la cesta llena de herramientas peculiares, alertarán a la policía.
—Ir sin nada sería menos sospechoso que taparme la mitad de la cara.
—Un resfriado lo tiene hasta el más fuerte. Además, luego de esa pandemia que casi arrasa con la humanidad, es justificable que las personas usen ese tipo de métodos preventivos.
Tiene su punto.
A muchas herramientas él no les sabía el nombre, a pesar de ser muy comunes, pero la descripción bastó para dar con lo que buscaba.
Pero en serio, ¿una sierra eléctrica? ¿Qué pensaba hacer con eso? ¿Lo iba a picar en pedazos?
En estos momentos es cuando más odiaba tener demasiada imaginación.
¿Cómo puede sorprenderme algo de Lucien, después de lo que hizo ahí arriba?
Se oía a Edward arrastrarse por el suelo y quejarse, pero ninguno de los dos subió a verlo.
Guardé la libreta de notas en mi bolso, antes de buscar una muda de ropa limpia, lo más casual que encontré en el armario. Luego, entré al baño, dejando que el agua arrastrara toda la suciedad e incomodidad de mi cuerpo. Se siente que había pasado mucho tiempo desde la última vez que me bañé.
Dejé escapar un suspiro bajo el agua, cuando escuché que corrieron la cortina y vi a Lucien entrar desnudo como lo más normal del mundo.
Mis ojos barrieron su torso y abdomen, antes oculto bajo aquella chaqueta de cuero.
Eran horrible las cicatrices que tenía. Creo que no había piel lisa o libre de daños.
Algunas parecían quemaduras, otras provocadas por algún objeto punzante.
Ni siquiera sus pezones habían sido ignorados.
Es como si se los hubieran quemado. Los brazos, los hombros, la espalda, todo era más de lo mismo. Cicatrices dolorosas y crueles.
¿Cuánto sufrió? ¿Qué monstruo le hizo esto? ¿Edward estaba detrás de cada una de sus cicatrices?
Mi mano se levantó sin pensar, tocando suavemente su torso áspero y arrugado.
—¿Te duelen?
—Esa mirada es de lástima. ¿Te da asco lo que tocas?
—No… —apreté los labios, por alguna razón sentí que el corazón se me arrugó por dentro—. ¿Esto lo hizo Edward? Por favor, respóndeme.
—Sí, un 95% de ellas.
—¿Y ese otro 5%?
—Mis padres.
Entonces, ¿sus padres también tenían que ver en esto? ¿Era esa la razón por la cual Edward nunca me habló de ellos? Pero no lo entiendo, ¿por qué este trato tan horrible e inhumano con Lucien? Porque solo era con él, porque Edward no tiene ni una cicatriz en el cuerpo. ¿Por qué lo odiaban tanto?
—¿Por qué te hicieron esto?
—Porque a mi madre le gustaba abrir las piernas tanto como a ti.
Sé que estaba tratando de evadir el tema al mencionarme.
—¿Eso qué significa?
—No abras más la boca—se acercó, haciendo que mi espalda chocara con la pared.
El agua le cayó en la cabeza, mojándole todo el cabello y pegándosele en la cara.
Se levantó el mechón largo que le cubría el ojo derecho.
Se veía diferente, casi dócil y pasivo a como regularmente luce.
El agua bajo nuestros pies se llevó la suciedad y la sangre de sus heridas.
Su mejilla aún se mostraba hinchada por el puño de Edward, pero se veía mejor a como estaba.
—El champú está ahí detrás—le señalé, segundos antes de que lo alcanzara y me lo extendiera.
No cabía duda de que estaba esperando que se lo pusiera.
Vertí del champú en la mano, luego lo froté en su cabello, usando los dedos para hacer mejor fricción en el cuero cabelludo y darle masaje. Traté de ser lo más cuidadosa y gentil posible. Tal vez solo eran ideas mías, pero sentí que debía tener los ojos cerrados bajo los mechones caídos.
Mi mano descendió desde sus orejas hacia los hombros y su mano se aferró a mi muñeca. Sus tripas rugieron de repente, ni el sonido del agua pudo ocultarlo.
Debe tener mucha hambre. Edward no permitió que comiera.
—Tienes hambre… ¿Quieres que cocine algo?
Se echó el cabello para atrás usando sus dedos como un cepillo.
—Cuando llegues de hacer el mandado.
—¿No temes que escape?
—Esperaba que te fueras desde que te di la llave, pero no tienes a dónde ir, por eso sigues aquí, ¿no?
Tiene razón y odiaba dársela.
—¿Puedo irme?
—¿Quieres irte? —respondió casi instantáneamente—. Oh, ya entiendo, gordita. Quieres que te obligue a quedarte para sentirte menos culpable y miserable.
—No se trata de eso, yo…
—Si no regresas, te buscaré hasta por debajo de las piedras y cuando te encuentre, le harás compañía a tu esposo en el ático—hundió su rostro en mi cuello y cerré las piernas—.
Pero eso no suena como un castigo para ti, ¿verdad?
Nada de lo que te diga suena aterrador o amenazante en tus enfermos oídos—mordió mi cuello y ahogué el gemido en mi mano—.
Eso es lo que más me enferma de ti, cerdita.
Que mientras más peligroso me vuelvo, más bonito te brillan los ojos—deslizó los dedos por mi muslo, y se echó a reír en mi oreja—.
Aprietas las piernas cada vez que me acerco, como si tu cuerpo reaccionara antes que tu cabeza invente otra de esas mentiras ridículas sobre querer irte.
Por favor, al menos intenta mostrarte más convincente—depositó un suave beso bajo mi oreja, pasando su lengua hacia el lóbulo.
Maldición, mis piernas pierden la fuerza con facilidad.